miércoles, 7 de junio de 2017

Recuerdos de la zona de Moniello




José Ramón Muñiz Álvarez
"RECUERDOS DE LA ZONA DE MONIELLOS"

PRÓLOGO

Hay algo de nosostros que queda siempre atrapado en la naturaleza que habitamos, algo que volvemos a encontrar cuando, sin saberlo, retornamos a esa naturaleza como el que, sin haberse movido durante décadas, un día cualquiera, retorna a ese paisaje como quien vuelve de un largo viaje. En unos casos se trata de los riscos encrespados de las montañas más atrevidas, donde, llegado el otoño, el invierno si cabe, la nieve se enseñorea de las rocas y mira las quebradas con no poco orgullo de desde las alturas; en otros casos, es el llano, o quién sabe si ese océano de colinas que se suceden, que se van siguiendo hasta las llanuras y los páramos que cierran el marco de estampas tan distintas..., pero también el pincel del artista busca el azul reflejado de los cielos en los mares, y también sabe hablar de espumas la pluma del poeta, si es cierto que el poeta es pintor a través de la palabra. Pero el poeta está más cercano al músico, y, si el músico sabría pintar en una sinfonía esos acantilados, debemos imaginar que pueden ser los versos del poeta, tal vez sus prosas, las que sepan simular esos rumores que todos conocéis y amáis como los niños, que sueñan con las nuevas vacaciones.

INTROITO

No puede haber más luz en la esperanza de ver que la poesía ha despertado detrás de los cantiles de la zona. Buscar el mar, buscar esos paisajes que quieren ser el mar, que quieren siempre flotar sobre la espuma cadenciosa. Buscar el mar, buscar, entre la arena de playas olvidadas y dormidas, los ocles que quisieron las galernas. Buscar el mar, buscar en el espíritu la furia que desata el viento triste que corre los océanos violento...
No puede haber más luz en el deseo de ver que los escritos de los viejos discurren sobre el mar y sus azares. Buscar también la espuma y, con la espuma, la arena que, manchada por la espuma, descansa bajo el sol del nuevo día. Buscar también la espuma y los azules que brillan a lo lejos, dibujando destellos de esos soles que se apagan. Buscar en el otoño bajamares que muestren los moluscos a los ojos del hombre que camina entre las peñas.
No puede haber más luz en los anhelos que encienden, como un faro, lo profundo del alma que navega mientras mira. Y mira los paisajes de los mares que flotan en la espuma de las olas que llegan, cadenciosas, a las playas. Y mira las arenas olvidadas, las playas olvidadas, las arenas, los brillos del crepúsculo que muere. Y mira, más allá del horizonte, moluscos en las playas silenciosas que esperan, en la noche, el alba clara.

PRIMERA PARTE

I

No pueden olvidarse los lamentos del aire que estremece cada parte, dejándonos su llanto melancólico: la escarcha del camino brilla siempre con esa luz extraña pero bella que envidia los colores de la aurora, y el bosque siente a veces el aliento que trajo el mes un día, maldadoso, jugando a ser travieso como un niño. Europa se sumerge en el otoño, los árboles se rinden a la brisa y entregan sus follajes moribundos, manchados por el oro sucio y bello, los pardos del ayer, los de otro otoño, los rojos encendidos de la vida que quieren regresar y que regresan como el bermejo alegre de unos labios que saben de los barros de otras veces. Un búcaro de amor sospecha al tiempo los níscalos que nacen de la tierra, los blancos champiñones de la tierra, los verdes del helecho malherido -si quedan los helechos malheridos-, detrás de la arboleda donde lloran los densos eucaliptos que los años dejaron avanzar por esos montes que huelen a un pasado irrenunciable.

II

El caso es que la playa queda lejos, perdida más allá de los caminos que habremos de encontrar esta mañana, callada como el eco de las olas, que quieren ser mejores, mortecinas, igual que el aire frío y los anuncios del vil invierno, porque, con su espada, se dice general de los granizos y dueño de las nieves que se acercan. Pensad que los oricios nos esperan, pensad que nos aguardan en las rocas, hermanos de la espuma silenciosa, pues poco importa ya si el avefría se acerca por los cielos desde el norte, fugándose del hielo bullicioso que llega con tormentas inclementes a reinos de ese sur amenazado por hordas siberianas que nos hieren. El coche, que ya es viejo, sin embargo, no avanza con más prisa porque corre por sendas y caminos muy estrechos. Los trajes de neopreno de mi amigo descansan en el viejo maletero que siente cada bache entre las ruedas. Nosotros, que sentimos esos golpes, también nos lamentamos muchas veces: "A ver si cambias pronto esta tartera".

III

La zona de Moniellos me recuerda momentos olvidados de la vida, los años que volaron a la nada.

IV

De niño conocí las aguas claras del mar aprisionado en esos pozos que son como piscinas mal trazadas, y amé el color del agua, tan distinta del denso azul y el verde de los mares que extienden su horizonte hacia los cielos, y supe, en mi inocencia, que esas aguas hablaban en secreto con las olas, queriendo verse libres de su cárcel. También nadé en el mar, bajo la espuma, y hallé, bajo las olas agitadas, corales que formaban raros bosques, las algas y los densos ramalotes, correas meneadas lentamente por la corriente suave que discurre cuando las olas pasan, cuando corren, acaso cuando siguen a su rumbo, buscando las arenas y la grava. Las playas son así donde las rocas alternan con los densos arenales, extensos pero bellos de mañana, callados a la tarde, si la tarde los mira como el sol en su crepúsculo, que admira las estrellas en la altura, que ve cómo relucen, temblorosas, jugando con sus guiños apartados, igual que el faro triste cada noche.

SEGUNDA PARTE

I

Los míos son recuerdos de la infancia, buscando los lugares que sentía fundirse en mi interior, en mis recuerdos. Quizás esa memoria habla del alma que sigue subsistiendo en el presente, perdida en un rincón de mi cabeza. Quién sabe qué lugar de mi cerebro conecta ese pasado a este presente que hurgaba en el ayer del abandono. Y hay algo que me lleva de regreso, que me hace retornar a lo que he sido, que me hace hundirme en años sucedidos: pensad que este regreso lo producen las voces de un paisaje inalterable que sigue como entonces, como siempre. De pronto tengo muchos menos años, hundido en una década lejana que pudo ser la voz de la memoria. De nuevo soy la infancia que he perdido, dejada atrás, vencida, traicinada por ese tiempo vil que se acelera. De nuevo soy la infancia que tenía, la infancia que era mía solamente, febril en excursiones y aventuras. El agua verde y triste de la charca devuelve a mis caprichos sugerencias que esperan y que callan en silencio.

II

La cuesta que conduce hasta la playa nos habla del ayer, de aquellos tiempos perdidos, enterrados para siempre: quizás esos recuerdos que reviven nos digan quiénes somos, quiénes fuimos, quién busca lo que fue en aquel momento. Y el ruido repentino de las olas parece, como en días de verano, llamarnos a la calma de sus reinos. Parece que promete la aventura, parece que promete cada brisa, parece que promete el oleaje. La tarde va cayendo lentamente y el mar nos abre el pórtico sagrado que deja que busquemos sus secretos. La calma de los mares acompaña, pues estas aventuras del otoño parecen transportarnos a otros días. Los días que suplica mi aventura sugieren los recuerdos de otros años, tal vez no en el otoño ni en invierno. Yo sé de los veranos infinitos que habitan los recuerdos de la infancia (entonces el verano y sus dos meses, las largas vacaciones del verano, jugaban a mostrar el infinito).

III

Moniellos tiene bosques de eucaliptos que miran a los mares más lejanos desde el acantilado más violento.

VI

El fondo de los mares nos esconde paisajes hermosísimos y bosques que saben de las algas silenciosas: el paso de las olas, las espumas, ocultan los tesoros más extraños que habréis de hallar después de sumergiros. Allí bebe el percebe solitario, debajo de las olas, el salitre que impregna su sabor, su gusto fuerte. Pensad en que la esguila, cuando nada, disfruta de su nado, contemplando los valles como un ave desde el cielo. Yo mismo, cuando nado y miro el fondo, parezco como un ave desde el cielo, me siento como un ave desde el cielo. Y siendo como un ave desde el cielo, ¿no habré de repetir que son hermosas las algas, los corales, las correas? Es bello conciliarse con el mundo que vive bajo el agua, que se oculta debajo de ese mar que lo sepulta, nadar como un delfín y ser, acaso, quizás una gaviota que se posa, tal vez un frailecillo en los cantiles, acaso un gran albatros que domina las costas con su gran envergadura, corriendo sin apuro los espacios.

TERCERA PARTE

Quisiera escribir cosas de los mares, poder pintar un lienzo con imágenes calladas de los mares y su fondo. Quisiera escuchar esas sinfonías que prestan los alientos de Neptuno, si sale, sobre el mar, con su tridente. Quisiera ser acaso algún cetáceo que cruza los océanos sagrados y sabe de los trópicos y el hielo. De todos modos, pienso que las olas nacieron del hechizo de ese viento que corre a su capricho la llanura. El mar es, en efecto, la llanura, tal vez esa llanura que recorren los viejos bucaneros del Caribe. Pensad en esos viejos balleneros que corren cada mar, que van siguiendo la estela de un destello con el día... Quisiera escribir versos sobre mares que saben las desdichas del marino, que calman sus durezas repentinas. Quisiera hablar de mares encendidos, de furias y tormentas, de energía que vuela como un ánade en la altura. Quisiera definir la fuerza magna que brota de esos mares que, violentos, azotan precipicios son clemencia.

CUARTA PARTE

I

Moniellos es lugar para el buceo, lugar para los baños en verano, lugar para el descanso vespertino. Los grillos que poblaron el verano se callan en otoño, traicionando las raras sensaciones de otras veces. No es tiempo de verano y ya las hojas del árbol moribundo lo pregonan al níscalo que asoma de la tierra. Quizás en el verano, con los grillos, los baños sin el traje de neopreno, la brisa repentina, regresamos: es este ese regreso hacia otras épocas, los años transcurridos de la vida que vuelven a ser ciertos, repitiéndose; es este ese regreso hacia otros años que vieron en la altura densas nubes y el sol que se asomaba casi tímido. Asturias, con sus densas humedades, las costas traicioneras y su clima, sugieren que era bello aquel verano. La gracia del estío se renueva, pero uno no es un niño como entonces, ni sueña aquellos sueños del entonces. Detrás de Luanco es todo diferente, si bien parece igual, si bien parece idéntico a los tiempos que se fueron.

II

Y, entonces, me sumerjo lentamente, dejándome llevar, sabiendo hermosos los bosques que me aguardan allá abajo. Y miro los corales, las correas, las algas que saludan con su juego de gestos, arrastradas por las aguas. Y miro los paisajes como un ave, si bien todo es nadar, pero, nadando, se puede ver un mundo desde arriba. Y casi siento, puestos a acercarnos, que puedo conversar con las anémonas, que saben de la mar y sus peligros. También la tintorera algunas veces se adentra a investigar en estas playas, por más que viva en aguas más profundas. La llaman en Asturias "la canía", y es cierto que las gentes de otras tierras la llaman muchas veces azulejo. Y no quiero temer a la canía, prefiero ver el mar, sentir las olas, acaso comulgar con esas vistas. Parece que el paisaje se me ofrece igual que al ave rauda cuando vuela, igual que al montañero cuando asciende. Ya Nietzsche subió a cotas elevadas y Heidegger amó, con su locura, las cimas que se alzaron sobre el resto.

III

Las costas asturianas nos invitan a conocer el fondo y sus cantiles nos dejan contemplar desde la altura.

IV

No lejos de Moniellos hay hermosos lugares con extraños precipicios que imponen su belleza y su peligro; no lejos de Moniellos, donde el Cabo, buscando la Gaviera y las espumas, es bello contemplar los temporales: la zona es un paisaje que el espíritu romántico venera, si es que sabe sentir como algo bello la galerna. En cambio, en estos días del otoño, buscamos esos mares apacibles, distintos de la fuerte marejada. Tal vez en otros siglos, tal vez en unos tiempos muy lejanos, los viejos marineros sucumbían. Es cierto que también hay accidentes, naufragios y tragedias, muertes tristes, en estos años nuestros que se esfuman. De todos modos, cierto es que la gente no vive como entonces y el destino resulta menos duro para todos: los viejos marineros de otras veces corrieron esos riesgos que parecen hacerse innecesarios tras los años. Y en ese mar de calma y de sosiego, mirar el mar, perderse entre sus aguas, renueva el alma en un bautizo nuevo.

CONCLUSIÓN

Parece muchas veces que los grillos callaron para siempre cuando vino, callado y pusilánime, el otoño. Parece muchas veces que sus cantos no habrán de buscar más el aire puro, cruzando las distancias kilométricas. Parece muchas veces que el reclamo que trajo el mes de abril, casi acabado, volviera a su destierro para siempre. No ignoro que el rumor de la cigarra y acaso de los grillos no encendiera, igual que los calores, el espíritu.
Lo cierto es que yo siento que las horas del día se hacen cortas, que la llama del sol va declinando con apuro. Tal vez el mediodía va cediendo, en estos meses tristes, y su fuego, sus llamas, sus colores nos hechizan. Tal vez las horas tristes se suceden igual que los más negros nubarrones que pueden irrumpir tranquilamente (sabed que el verde puro tan intenso lo tiene Asturias gracias a las lluvias, al beso de las muchas humedades).
Y el baño en aguas frías me complace, mas ha de dejar paso a otro momento distinto: el del regreso a la morada. Y en la imaginación queda la estampa del mar y lo profundo, de la anémona, las algas silenciosas, las correas... De todos modos, digo que es hermoso buscar en esas aguas silenciosas en horas de sosiego y de paciencia. Pensad que es más hermoso ver el mundo que yace bajo el mar que ver los muros callados de las tristes poblaciones.


2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

No hay comentarios:

Publicar un comentario