miércoles, 7 de junio de 2017

Lamentos de una infancia sin castillos



José Ramón Muñiz Álvarez
"LAMENTOS DE UNA INFANCIA SIN CASTILLOS"

Los días de la infancia retornan nuevamente, si se abren con cuidado las páginas del libro del recuerdo, las páginas del libro más sagrado, del libro en que quedaron, para siempre, los rezos de otros días, los cuentos y romances, los juegos de niñez por las aceras que siguen, sin apuro, hacia los bosques. Y aquellos castañares y bosques de eucaliptos que había a las afueras tenían los encantos de una fuente sin hadas y sin elfos, sin dragones, sin cuélebres que llenen de misterio, y acaso de peligro, las horas de aventura que quedan ya muy lejos de los parques, de arenas, toboganes y columpios. Por eso yo recuerdo aquellas tardes mágicas, perdido entre el helecho del denso sotobosque, en la arboleda, buscando los caminos que se pierden, andando aquellas sendas sin concierto, queriendo otra aventura, queriendo, como un niño, dar caza a las ardillas y milanos que pueblan los lugares de la zona.

Le faltan los castillos quizás a esta niñez que digo impertinente, mas no las viejas torres del antaño, los castros y sus piedras enterradas, los moros de los tiempos ancestrales, islámicos tal vez (lo cierto es que supongo que nada hay en común entre estos seres y aquellos invasores islamitas). Mi infancia sin castillos no impide que los sueñe, que sueñe bosques densos que quieren recibirme y me reciben con la paternidad que siempre es propia del mundo en que nos mira, el escenario que sabe hablarnos siempre de todo lo que somos y todo lo que pudo sucedernos en un reino de magia como es este. Mi infancia sin castillos me llena de poesía, y toda la poesía que nace de mí mismo es solamente tomar algunas notas escuchando las voces del arroyo, que repite... su canto interminable, su llanto interminable, como un rumor que enciende nuestras horas y vuelve a repetirnos sus discursos.

Los versos que susurra la voz de los arroyos nos habla de otros días, de tiempos muy lejanos, de esos tiempos que hubieron de vivirse intensamente y al fin quedaron solos y apartados, dejados al olvido, sumidos en la nada, para volver a ser, con la corriente, el agua del arroyo que regresa. Por eso los antiguos supieron que el riachuelo pudiera ser imagen del mundo, de la vida y del recuerdo que anida y que subsiste, contra todo, como los cambios mismos del paisaje, como los cambios mismos del alma que regresa, que torna a la niñez perdida a veces, para reconciliarse con su espíritu. El canto del arroyo, la voz del arroyuelo pudiera ser poema, pudiera ser el curso de los versos que lleva el agua pura y cristalina, sin rima y sin color, solo un murmullo de acentos que repiten sucesos de otras veces, los tiempos de los juegos infantiles en esa Asturias llena del hechizo.

¿Tendremos los poetas un algo de la herencia del sabio y del druida? Quizás se me encapricha que los castros tuvieron una historia diferente de la que nos refieren los manuales de historia más modernos, y aquella raza celta quería ser entonces una parte del mundo natural que la circunda. Por eso es necesario que aquella gente fuerte que supo resisitirse después de la llegada del Imperio, hablase con los tejos y los robles, sabiendo los lenguajes del aliso, del fresno y de las ramas del avellano regio, que pudo dar firmeza a los chamanes que hicieron de los bosques sus iglesias. Sucellos y Cernunnos no deben andar lejos, pues vieron esas tardes de juegos inocentes, de esos juegos que dejan que descubra un niño viejo la magia de las aves cuando vuelan, el pardo de la ardilla que trepa por los árboles, el verde derrotado de las hojas, la extraña majestad de los otoños...

Guerreros y poetas lo fueron los astures en tiempos anteriores al tiempo en que llegaron los romanos cambiando cada nombre, definiendo las cosas en sus griegos y latines, distintos del lenguaje de aquella mezcla extraña del Bronce y de los pueblos que llegaron con carros y caballos desde el Este. Y es cierto que en el Sueve existen asturcones, un signo misterioso de un tiempo que no pasa, que no acaba de terminar al fin, que se mantiene, igual que nuestros dólemenes arcaicos, poblados de maleza, dejados al silencio de tantos siglos tristes que discurren y habrán de discurrir para el planeta. En tardes despejadas, detrás de algunos cabos, se puede ver el Pienzu, la sierra entera espera cada noche, y a veces se adivinan, tras las nubes, los Picos con sus nieves blanquecinas, los montes que supieron llorar esa batalla que un día se perdió contra el romano, mas no contra el emir y sus secuaces.

Mi infancia sin castillos retorna hacia los árboles, regresa hacia esos árboles que quieren ser un cántico pausado, si mueven ya las brisas la hojarasca y alcanzan sus palabras a ser algo. ¿O no escucháis sus voces, absortas en la nada, cruzando, a su capricho, el aire mismo que juega a confundirse con la lluvia? Los árboles hablaron a veces con los brujos y escuchan, en silencio, las voces del poeta que imagina su acento sabio y dulce, siempre viejo, tan viejo como todo lo que es leña, tan viejo como todo lo bello que regalan los frutos de los árboles que viven, los frutos de los árboles que mueren. Y mi niñez perdida, privada de castillos, entiende ese lenguaje, la lengua de la xana que mantiene guardados los secretos de un tesoro que pudo ser acaso de los cuélebres, que pudo ser acaso del diañu de los montes, de todos los demontres y los diantres que habitan lo boscoso de la zona.

¿Y tienen que decirnos tal vez las arboledas alguna cosa bella, alguna cosa extraña que ignoremos, algún secreto ignoto de otros tiempos, de días que se escapan al olvido? ¿Pensáis que los castaños pudieran avisarnos con su lenguaje bello de las cosas que ofrece cada bosque a la ignorancia? Pues somos ignorantes de todos los secretos que yacen, tras los siglos, en estos bosques bellos y bucólicos que escuchan esas églogas hermosas del árbol con el árbol, si son árboles, si robles y castaños conocen las verdades que no han de sospechar muchachos simples que juegan a ser niños nuevamente. El bosque milenario no olvida que soy niño por más que no lo sea. El bosque milenario no se olvida de que eres un muchacho, si lo pisas, si corres por su suelo y sus caminos. Pisando la maleza soy más aventurero, del modo en que tú miras estas líneas, buscando la poesía y la aventura.

Septiembre es mes hermoso: sus soles me acarician como una primavera que me saluda lejos, apartada, distante ya, detrás de ese verano febril que en su morir va refrescándose de todos sus rigores, de todas las durezas que hubimos de sufrir en cada playa, en esas calas tristes y románticas. De nuevo los castaños florecen y sus brillos parecen pronunciarnos discursos sin valor, puras palabras, mensajes que se pierden en el aire, tal vez como la voz de los políticos en un televisor que ya no es cucha nadie, después del desengaño y las mentiras que vienen con sus nuevos desengaños. Y entonces yo comprendo las voces de los árboles que saben pronunciarnos las cosas que nosotros, ignorantes, debemos aprender de su palabra, que suena desde siglos, anunciándose; entonces yo comprendo la voz que nos anima de nuevo a la niñez, la tierna infancia perdida entre hojarascas y senderos.

Escucho a los castaños:
-Tenéis que conciliaros con la niñez perdida.
Escucho al eucalipto del camino:
-Tenéis que regresar a vuestro origen.
Escucho a los alisos del arroyo:
-Tenéis que ser de nuevo los niños que ya fuisteis.
Y escucho el eco dulce del arroyo, que sabe al fin hablar ese lenguaje.
También oigo a los pinos. Repiten el discurso que vuela por el aire:
-Volved a la niñez que habéis perdido.
Y siento aquellas voces que se acercan, las voces de las aves al ocaso.
-Volved a vuestro tiempo, soñad vuestra aventura.
¿En qué momento triste y miserable dejamos de soñar nuestro destino?
Ignoro lo que somos, ignoro lo que fuimos, ignoro qué buscamos, y el aire de la noche nos lo dice, el aire de la noche lo pronuncia, el aire de la noche nos lo grita:
-Volved a vuestros días de magia y de inocencia, buscad en el pasado las leyendas, los cuentos que os hicieron más dichosos.

Sabed, entonces, algo de toda esta locura que viene a complacernos: acaso los amantes de los versos conciben esos versos en los bosques, oyendo a los arroyos y a los árboles. Quién sabe si las ninfas nos dictan estos versos, haciéndose pasar por viejas musas, jugando a ser las musas del pasado. Si es cierto que nos dictan a veces las ondinas sus cantos hechizados, si es cierto que los árboles pronuncian palabras de los duendes y los elfos, entonces hay verdad para este oficio,
y entonces es posible seguir el sacerdocio de hablar tejiendo sílabas en verso, tal vez como el aedo en otros días. Mas solo puede el bardo mostrarse como bardo si canta con los bosques, si canta en el espacio de los bosques, igual que en el antaño las murallas de alguna fortaleza lo escucharon alzar su voz rotunda, de tonos ancestrales, hablando del misterio de las cosas, gritando los misterios de las cosas:

"Quizás en estos cantos
que apunto en mi cuaderno
recoja la palabra
de los elementales, de los elfos,
los duendes y las hadas de los bosques
que saben de la luna y de la noche,
si saben guarecerse,
si quieren, temerosos,
buscar algún refugio, porque el hombre
profana lo sagrado de estas zonas.

Acaso cuando escribo
recojo una amenaza
del diañu y de los trasgos,
quién sabe si del eco del Mufosu,
quién sabe si el del mágico Busgoso
que duerme, que sestea a su capricho,
que habita estos lugares,
que vive entre las sendas,
que calla cuando corres los senderos
cansados de la lluvia interminable.

A veces me imagino
que no tiene sentido,
sino es hacer poesía,
querer dejar plasmadas estas cosas,
dejar plasmadas estas impresiones
que habrán de deleitaros, si, curiosos,
queréis entreteneros
leyendo tonterías
de bosques y de helechos, de los musgos
que crecen en los troncos más antiguos."

Los árboles contemplan el alma de la gente, parece que conocen las cosas que suceden en nosotros, los sucesos que mueven el espíritu de todos los que corren por el bosque, de todos los que siguen la senda de los bosques, buscando entre las frondas algo propio, buscándose a sí mismos en las selvas. Vosotros, que, infelices, buscáis otros caminos, podéis ir a los bosques, y, atentos a las voces de los árboles, saber vuestra verdad, vuestra inocencia, oyendo lo que dicen los castaños, oyendo robles viejos, oyendo estas palabras que brillan encendidas, cuando dicen:
-Parece que la infancia está escondida.
Los árboles os dicen verdades que enterrasteis en vuestros corazones:
-Volved a la inocencia primigenia, volved a ese momento de la vida que vio el amanecer de vuestra esencia.
Los árboles os hablan de todo lo que fuisteis. Volved, como los árboles os dicen, y hallad lo que ya fuisteis hace décadas.

Mi infancia sin castillos podrá dar fe, si acaso, de todos los saberes que brotan de las voces de los árboles, que prenden en las voces de los árboles, que hieren los adentros del que escucha si escucha atentamente las voces de los árboles, que saben repetir ese discurso que sabe a la añoranza de otro tiempo. Los árboles repiten que tiene su sentido volver la vista atrás, hacerse, en el recuerdo de la vida, conscientes de que somos, en el bosque, un algo que mantiene sus esencias, que estamos en el bosque, que somos, en el bosque, la parte de un ayer que se revive, pues somos parte todos de ese bosque. Mi infancia sin castillos, sin torres ni murallas, sin grandes saledizos, acaso sin almenas y sin fosos también sabe estas cosas del pasado, conoce aquellos tiempos de leyenda, de fábulas calladas de zorros y de cuervos cantadas a las gentes por los griegos en esa noche oscura de la historia...

Los días de la infancia retornan nuevamente, si se abren con cuidado las páginas del libro del recuerdo, las páginas del libro más sagrado, del libro en que quedaron, para siempre, los rezos de otros días, los cuentos y romances, los juegos de niñez por las aceras que siguen, sin apuro, hacia los bosques. Y aquellos castañares y bosques de eucaliptos que había a las afueras tenían los encantos de una fuente sin hadas y sin elfos, sin dragones, sin cuélebres que llenen de misterio, y acaso de peligro, las horas de aventura que quedan ya muy lejos de los parques, de arenas, toboganes y columpios. Por eso yo recuerdo aquellas tardes mágicas, perdido entre el helecho del denso sotobosque, en la arboleda, buscando los caminos que se pierden, andando aquellas sendas sin concierto, queriendo otra aventura, queriendo, como un niño, dar caza a las ardillas y milanos que pueblan los lugares de la zona.


2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

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