miércoles, 7 de junio de 2017

Los reinos, los paisajes que eran míos

José Ramón Muñiz Álvarez
"LOS REINOS, LOS PAISAJES QUE ERAN MÍOS"

El paso peregrino de las décadas nos hiere en sus avances implacables, llenándonos el rostro con arrugas. Quizás no queda nada de esos días dejados tanto atrás, cuando de niños jugábamos alegres en los prados. Los árboles de entonces son los mismos, los mismos son acaso los senderos y en cambio son distintos nuestros ojos. Parece que miramos con los ojos de extraños que no pueden conocerse, mirando su reflejo en los estanques. Parece que miramos con los ojos de gente que ya es otra, diferente, que no ha de saber nada con los tiempos. Y hay tiempos que son nuestros para siempre, momentos que son nuestros para siempre, instantes que son nuestros para siempre: los años de niñez, los de la infancia, filtrándose en las aguas del recuerdo, parecen hacer burla en lo lejano. Los reinos, los paisajes que eran míos parecen encenderse de momento, queriendo transmitirme una vivencia. En cambio ya no es tiempo de vivencias: el tiempo de vivencias se ha perdido, quedando atrás, disuelto con la nada.
El brillo de un sol débil al crepúsculo, la llama de un sol débil al crepúsculo derraman su tristeza entre lo nuestro. Los valles de Carreño se iluminan si llega con paciencia un abril triste, que bebe de las lluvias incesantes. Después el sol invita a los cuclillos al canto en plena tarde y su concierto nos hace por momentos más dichosos. Las casas marineras de una villa, las casas de la aldea -no muy lejos-, y la panera vieja nos contemplan: de niños conocimos los lugares que vemos como extraños si pasamos caminos más allá de la Matiella. Parece que ese tiempo se apresura, que corre, que se lanza, que sonríe, que llora cuando cruza por delante (sabed que, en todo caso, los que sienten a veces la añoranza y la lamentan también encuentran parte del tesoro, pues es como un tesoro para todos saber que están inmersos en la mente, dejados a sus anchas en la mente, dormidos en la voz de la memoria, los tiempos que vivimos, esos tiempos que quedan en la noche del recuerdo).
¿Y acaso no he de hablaros de la tierra que pudo ver saltar a los muchachos en tardes de veranos agotados? Pensad en esas cortas recortadas, pensad en los cantiles y en las olas, quebrándose debajo contra el muro. Pues estos son castillos que defienden la tierra que quisieran las espumas tomar para sí mismas con ahínco. Los viejos eucaliptos todavía revisten la capilla donde el santo solía escuchar viejos temporales. Hoy no se escuchan vientos de galerna ni se habla de naufragios ni desgracias que impongan esos lutos del antaño. En todo caso, quedan los inviernos, sus días derrotados y sus noches, a veces despejadas, con helada. Sabréis decir, con todo, que estas cosas quizás no son lo mismo, pues entonces tenían otra magia diferente. Es cierto, y esa magia está olvidada, guardada en ese cofre que tenía quizás nuestra niñez en otros años. Si acaso os olvidaseis de los mares, entonces no serían tan azules las sábanas lejanas que contemplo...
Quisiera regresar hacia esa infancia que vio con ojos mágicos la vida, que pudo ser también como un hechizo. No en vano, ese regreso no es el fruto del alma pusilánime que llora por un pasado triste en el olvido. Diré que, en este caso, es diferente: los tiempos recordados enriquecen el ánimo del ser que los habita. Por eso dejaréis que venga a hablaros de todo lo que sois y lo que fuisteis en tiempos muy distintos al presente. ¿Quién es presente ya, si lo presente se escapa tan a tiempo que no hay tiempo a ser presente ya donde hay presente? El alma que tenéis es el pasado que vive en el recuerdo que os habita, que llena ese recuerdo que os habita. Estamos habitados por el tiempo que fuimos y que somos, ese tiempo que vive entre nosotros y nos hiere. También somos espacios y paisaje, pues somos esa Asturias que nos mira vivir en lo lejano, sin quererlo. Y somos un suspiro melancólico que vive suplicando, en la añoranza, nostalgias que entristecen nuestras horas.
Por eso, si recorro los caminos de entonces y recorro los momentos, revivo lo que fui, siendo tan niño: hay parques que me vieron, si jugaba, llevado por la mano de mi abuela, a veces por la mano de mi madre, y en ellos está todo aquel pasado de un tiempo diferente que es el mismo, si quiere confundirlos la memoria. Por eso, si recorro los parajes de entonces y recorro aquellos días, retorno a ese pasado que es presente: los viejos toboganes, los columpios de la niñez más tierna no son todo de aquella infancia mía y sus locuras, pues fue también la guerra con gomeros y con los tirachinas de esos años con los que disfruté como un enano. Hacíamos casetas en los árboles, colgando de las ramas esos suelos no exentos de peligros insalvables. A veces, nos caíamos del árbol, tal vez un viejo roble, algún castaño, crecido entre los densos eucaliptos. Y aquella libertad se fue borrando sin sospechar acaso los deberes que habían de venir al ser más viejo.
¡Son tantos los recuerdos que se agolpan, si sigo por la senda y voy saliendo por estas callejuelas a la aldea! Las vías se abren paso sobre piedras de tono blanquecino que flanquea el verde de los prados de la zona. La Fuente de los Ángeles promete su mundo y sus extrañas aventuras de ardillas que se mueven en las ramas. Los cielos que hospedaron al milano no dejan de hospedarlo en el presente, si veis cómo se mueve majestuoso (me dicen que no suelen encontrarse milanos en los campos y que admiro tan solo a los humildes ratoneros). La noche será acaso ese palacio que quieren los autillos para el canto que brilla entre los densos castañares. Allí la juventud es alegría que ignora las tristezas de este mundo que cuentan los periódicos más grises. No hay nada como un ser tan inocente que ignora los terribles telediarios que cuentan las miserias de este mundo. Quizás una pedrada en la cabeza pudiera figurarse ese peligro que deben evitar los más prudentes.
¡Y hay tiempo para el juego en cada playa, quizás en los pedreos apartados que huelen a salitre y a moluscos! ¡Y hay algo de misterio en esos ocles rojizos que llegaron de los mares, mezclados entre espumas blanquecinas! ¡Y hay algo de dolor y de miseria, si cantan los ancianos las durezas del mar del tiempo de los pescadores! Y es ese mar, el nuestro, diferente: el mar es hoy un mar para bañistas que gozan de sus largas vacaciones. Los baños en la playa de Palmera parecen ser un lujo para algunos que llegan de las tierras castellanas. El mar imprescindible en el verano parece ser también como una parte que todos encontramos en nosotros... Dejemos que ese mar abra su paso, si quiere, por el alma que quisiera ser mar en el momento del bautizo. Dejemos que ese mar haga que el aire que llena de salitre los ambientes nos llene de la dicha pretendida. Pensad que en ese mar está el recuerdo de gentes que murieron hace tiempo, de gentes que no están desde hace mucho...
¡Y luego cada calle de la villa! Y el pueblo, siempre bello, ha padecido los golpes de los años y el progreso: el lujo del progreso de los pueblos se paga con la pérdida indudable de toda nuestra esencia y patrimonio. Las casas ya no son como eran antes, las calles ya no son como eran antes, las plazas ya no son como eran antes. De niño yo jugaba a las canicas, corría por los parques y ascendía la vieja escalinata de la iglesia. De niño yo tenía un tirachinas y hablaba con amor a las abuelas y odiaba aquella ropa de domingo. De niño yo era el mismo, pero niño, capaz de mil diabluras, inventando historias y curiosas maravillas. Y fue por estas calles donde paso por donde yo fui niño hace ya tiempo, por donde tuve todo en esa infancia. Y fueron esas calles mis palacios, a falta de palacios que no tengo y a falta de ciudades más hermosas. La lluvia regalaba aquellas piezas tan bellas como extrañas sinfonías que cantan con dulzura en el oído.
Me gusta ver el sol tras la tormenta, la lluvia que humedece cada brizna, los soles que reflejan sus colores. Me gusta ver la tarde, cuando muere, y el eco del silencio del verano (pongamos que es verano, si no es cierto). Me gusta ver el cielo con las nubes, la lucha entre las densas nubaradas y el oro de ese brillo moribundo. Mirando, desde el piso de mi padre, el mar y sus colores me sorprendo: parece muchas veces como un cuadro. Me llaman la atención esos colores nacidos del pincel y la paleta de viejos holandeses talentosos. ¡Quién sabe si es que Dios no fue el pupilo de alguno de los genios del Barroco, después de tantos siglos de talleres! El sol tras la tormenta y cada lluvia me explican la niñez que hube vivido, mis años infantiles, sus matices (parece que las gotas de la lluvia pretenden recordarnos lo que fuimos, hablándonos, diciendo sus palabras; y acaso pensaréis que son locuras, mas no lo son, por cierto, pues admito que solo son manías de poeta).
También prefiero ver esas escarchas que llenan las colinas con sus blancos, con esos blancos tenues, cristalinos. Y soy amante siempre del granizo que llega con violencia de la altura, queriendo abrirse paso en los cristales (me admira cómo salta en la repisa, gritando con su enfado acostumbrado, con ese gesto agreste y con sus ímpetus). Y siempre vivo lleno de tristezas, soñando con la nieve que no veo, si no es en las alturas de una cima (sabéis que los inviernos asturianos, tan cerca de la costa, nunca ofrecen la nieve que es frecuente en otras partes). Quizás esa violencia del granizo se vuelve ante nosotros más romántica, pues no vemos la nieve sino a veces. Y siento siempre dentro del espíritu la mano del otoño, si se atreve, jugando con las hojas, a acercarse. Lo vemos insinuarse desde octubre, y alcanza, con noviembre, su momento, para perderse luego en el invierno. Su aliento envejecido tiene un algo de muerte y de viveza, de misterio, que embauca a los poetas más pintados.
Tampoco quiero un cuadro modernista con cisnes que embellezcan los estanques, que hay algo artificioso en todo ello. Pero hay en el encanto de esta tierra la llama más vivaz de cuantas pueden llenar de luz y vida los paisajes: la tierra, los lugares que habitamos confluyen suavemente y se engalanan con la interioridad de los que sienten. Yo sé que pensaréis que es la locura de todos los que quieren a su tierra, de todos los que adoran a su tierra. Tendremos que admitirlo, soy un hombre que vive del paisaje y su sonido: su música me inspira y me condena. Lo cierto es que la música no es fácil de hallar en cada parte del paisaje, y os digo, sin embargo, que está siempre. Los árboles nos hablan con su canto y es propio de los sabios escucharlos, pues tienen mil sentencias sus acentos. Pensad que este lugar que nos regala la vida es un lugar privilegiado que no puede gozar quien no lo sabe. Yo os digo que hay poesía en nuestra tierra, que suena en los adentros del que mira y alcanza el interior de los que escuchan.
Digamos que es preciso repetirse, digamos que insistir es necesario, que falta hará decir lo más difícil. Nos vamos acercando a ese crepúsculo que suena como suena cada muerte que pueden percibir los más mayores. Nos vamos acercando, y, al hacerlo, parece lo más lógico y valiente beber de los paisajes y adorarlos. Y, viéndonos llegar hacia el remanso de todos los silencios no queridos, queremos ser aurora y elevarnos. ¿No envidian los raposos ese vuelo fugaz y tan hermoso, cuando pasan, cortando el aire, todos los gorriones? Decid si el azulón, cuando se eleva, no busca los paisajes blanquecinos del cielo que despierta con el día... Mis bosques silenciosos del helecho podrán hablar también al alma noble que sepa comprender ese lenguaje. Yo pienso que hay un algo que nos dicen las fuentes y los lagos, los estanques que ven nuestros paseos en la orilla. ¿Sabéis que las ondinas adivinan los nombres de la gente cuando pasa? Las ninfas nunca ignoran lo que somos...

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

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