martes, 11 de julio de 2017

"Cosas de otro tiempo"

-Son cosas de otro tiempo, son leyendas de viejos que murieron hace mucho -le comentó prudente, sin burlarse: a veces las preguntas son incómodas a fuerza de evidentes, y, otras veces, ofenden simplemente por ser tontas. Quizás no era acertado preguntarle por cosas que no pueden responderse, por los misterios mismos del pasado.
Los viejos castañares dormitaban, oyendo los sonidos de la lluvia callada del otoño primerizo y el barro del camino, con sus ocres, sentía las canciones de la tarde, dormida bajo un eco melancólico. La torre solitaria se rendía, dejándose tomar por la hojarasca de hiedras que escalaban las alturas.
Y, en cambio, en las preguntas que le hacía vivía, por supuesto, ese deseo que anima a investigar y a ser curioso: ¿quién dice que esa torre, con sus muros, no tenga alguna historia de otros tiempos, después de tantos siglos levantada? La ruina medieval, medio escondida por la maleza verde que trepaba, tenía sus encantos sugerentes.
-No pienso que los moros estuviesen jamás por esta zona -repetía, queriendo confirmar lo que pensaba-. Lo cierto es que contaban que la torre fue alzada por los moros en los tiempos callados del ayer y del silencio. Los tiempos que se fueron sin escritos son parte de la historia sin memoria y son, al mismo tiempo, pura nada.
-La gente de la zona cuenta chismes de moros que habitaron la comarca -le dijo, dibujando sus sonrisa-.  Lo cierto es que no sé nada de moros. Son cosas que se cuentan solamente, son cosas decían las abuelas.
Daniel no comprendía que hay relatos que encierran la verdad en lo fantástico, como un tesoro viejo en una gruta. Y el agua penetrante del "orbayu" seguía lentamente su camino, jugando a descender sin apurarse.
-Yo pienso que la historia de esta torre tan solo es ese tiempo detenido de siglos contemplando los paisajes.
Así dijo el muchacho, y sus palabras sonaron como el eco malicioso del viento en los cantiles de la playa.
Inés, que no aspiraba a convencerlo, no quiso hablar de moros y de moras: las gentes asturianas, los gallegos, bercianos y leoneses son conscientes de que hubo un tiempo lleno de belleza que vio a la vieja raza del antaño, los moros, que no fueron islamitas, sino la gente extraña de la estirpe nacida de gigantes legendarios.
No quiso Inés hablar de los vaqueiros, de crónicas y cartas que mentaban que fueron confundidos con los moros, que muchos, en los siglos más lejanos, hablaron de la gente de los castros, de dólmenes y torres y decían que todos fueron moros hechiceros, iguales que los cuélebres y el hada que habita entre el arroyo y la colina. Inés sabía mucho de estas cosas y hablaba con frecuencia del folclore, de todas las leyendas y los mitos. Las ramas y los árboles, el viento, querían pronunciar en su defensa leyendas y relatos de otros días. Incluso pareciera que intentaban gritar que aquellos seres mitológicos vivieron en la Asturias del pasado.
El cielo del otoño moribundo podría parecer esa alborada que nace siempre gris en primavera. Debajo de las densas arboledas caía con violencia el precipicio, buscando las espumas de las olas. Mirar abajo tiene sus encantos y un algo que nos llena de temores, de angustias y de vértigo, si acaso.
Dejado a la tristeza del helecho, perdido y enterrado en la maleza, lloraba su condena el viejo dolmen: son días de dolor y de paciencia, son meses de dolor y de paciencia, son siglos, son milenios de silencio... La lluvia y su lealtad son indudables, mantienen su presencia, nunca fallan, después de que el sol salga algunos días.
-¿No dices -respondió con tono seco, después de sus palabras, la muchacha- que no cabe un misterio en este mundo? Pues mira el viejo dolmen, ese musgo que extiende su verdor por esa roca, callada, silenciosa, resignada...
Inés hablaba siempre con un tono sencillo y literario al mismo tiempo, llenando de emoción cada palabra.
 



2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

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