lunes, 17 de julio de 2017

Terras fidei II

"TERRAS FIDEI" II

        Decís que enciende el ánimo cobarde,
sabiendo que es el oro el que se enfría,
pero es el sol más bravo cuando el día
desciende a sus palacios sin alarde.
        Y muere lentamente, mientras arde,
la llama que, si vuelve a ser sombría,
murmura como el canto de alegría
del agua que se rinde con la tarde.
        El sol no aguarda lluvia ni granizo,
buscando su crepúsculo a caballo,
si prende lo lejano sus bermejos:
        a veces, temeroso de un hechizo,
no espera la palabra del "orbayo",
si borra sus colores a lo lejos.

 
        Requejo, que decía que la bruja, después de haberse muerto, retornaba, reía al asustarlos con sus cuentos: "Las noches en que hay luna muchos viejos la ven llegar volando en una escoba, soltando carcajadas como el diablo". Los otros escuchaban estas cosas con algo de inquietud, porque no es fácil callar esos temores en el pecho. Pichola sostenía que la bruja podía convertirlos en insectos, a fuerza de pociones y de hechizos. Había mil culebras en su casa, las ratas lo llenaban casi todo y había un fuerte olor a podredumbre. Por eso en las casonas donde hay brujas se queman muchas cosas y el ambiente podrido se entremezcla con azufre:
        -Tal vez en los infiernos, los demonios procuran evitar esos olores quemando vieja pólvora de antaño: los diablos mismos odian los olores de todas esas pócimas malditas que suelen cocinar las viejas brujas.
         Quizás hasta Requejo imaginaba la llama de aquel fuego y la marmita, la risa de la bruja y los demonios, con las de murciélago volando.
        -¿Y dices que está cerca esa casona? -fingía impacientarse el más valiente, si es cierto que era acaso el más valiente. Los otros lo miraban con respeto, con esa admiración siempre inspiran los mozos en los niños más pequeños. Sabían que podía aconsejarles, pues era más mayor y conocía secretos de las cosas más extrañas.
        -¿Será que tienes miedo y nos apuras, queriendo aparentar que eres más fuerte? -le dijo el pequeñuelo con orgullo. Su escasa longitud no le impedía gritarle a los mayores y encararse con muchos de los bravos del colegio. Odiaba que le dieran ese trato que suelen dar algunos a los chicos que pueden parecer menos capaces.
        -¡No tengo miedo a nadie, así que calla! -decía el más crecido de los cuatro, seguro de sí mismo, complaciéndose. Pensó que no podía un mequetrefe ponerlo de cobarde ante los otros, hablando de la casa de la bruja. Tal vez tuviese miedo, como todos, en esa extraña empresa de acercarse y hurgar entre las ruinas de la casa.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

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