lunes, 17 de julio de 2017

Terras fidei IV

"TERRAS FIDEI" IV

        Dirá al morir la llama que mezquinas
se esparcen por los cielos que, abatidos,
se rinden, entre sombras escondidos,
las ascuas en el aire peregrinas:
        la noche esconde en velos y cortinas,
al fin, los brillos tristes y vencidos
que vuelan con los soles malheridos,
callados bajo brumas y neblinas.
        Y el beso silencioso de su aliento
parece arder dichoso, si el hechizo
sereno de la tarde se deshace.
        Mirad en lo lejano, si el granizo
en cumbres elevadas toma asiento,
narrando su dolor, su desenlace.


        De pronto comprendieron que era tarde: la cena no podía tardar mucho y había que volver hasta el villorrio. Tendrían que seguir por el camino y hacerse a la aventura o dar la vuelta, que nunca fue ni honroso ni valiente. "Yo tengo que volver", se repitieron, llevados de un temor más terrorífico que el grito de la bruja y sus maldades:
        -Mi madre quiere siempre que esté pronto -decían, alarmándose, pues vieron el sol callado ya en el horizonte.
        -Mi padre me reprende y me castiga, mañana no saldré si no volvemos -venían repitiendo por la senda.
        -Será mejor volver, porque ya es tiempo -decían, admitiendo que la noche venía a desplomarse por la altura.
        Juraron regresar al día siguiente, pues era necesario hacer lo propio y hurgar en esa casa abandonada. La casa de la bruja estaba cerca de la colina aquella del arroyo, llegando ya al camino del embalse. No habré de repetir que un sol hermoso brillaba sobre el agua del pantano, menguando su vergüenza y su derrota. Pesaban sobre el verde del helecho la muerte del ocaso y del otoño malévolo que llega con sigilo. Pesaban sobre el verde del helecho los brillos de una tarde moribunda que sabe como el tiempo que se fuga. Pesaban sobre el verde del helecho las brumas, las neblinas y el ladrido de perros lamentándose a kilómetros. Los niños de esta edad son muy valientes, si no es que los asustan los fantasmas y el grito de Cernnunnos, si aparece: cumplidos los catorce, nadie piensa ni en diaños ni en misterios, ni en las pócimas del tiempo en que las brujas eran brujas (Pichola nos diría que en los tiempos de meigas y de dólmenes callados, no lejos del enclave de los castros). Rondando los catorce, los muchachos buscaban esos claros de los bosques, discretos para gustos más diversos: fumar sin que la abuela los soprenda y hablar de las muchachas que en verano se bañan en las charcas, pero en cueros. Llegados los catorce, si era el caso, tal vez gustaba más ese deporte de darle al cuerpo mucha manivela.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

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