viernes, 20 de julio de 2012

LOS ARQUEROS DEL ALBA (III)

En memoria de María de los Dolores Menéndez López
 
Los palacios del sueño
 
       Para encontrar tu mirada,
Parda como los castaños,
Cansada ya de los años,
He de encontrar la morada,
La mansión deshabitada
Donde reposa, tranquilo,
El viento, cuyo sigilo
No intentará despertarte,
Temeroso de rozarte,
Un viejo guardián en vilo.
       Y hallaré allí, silencioso,
Un palacio que, ya en ruina,
Duerme la larga rutina
De su sueño caprichoso,
Donde el tiempo, perezoso,
Su curso ve detenido,
Borrando el dulce sonido
De la brisa sosegada
Que dejó, de madrugada,
Su singladura al olvido.
       Y, aunque el viaje será duro,
Hora es ya de la partida,
Llevándote de la vida
A este extraño reino oscuro,
Que alza en la altura ese muro
De sombras y de tristeza
Que, escondiendo la belleza,
Quiere negar el aliento
De la luz que fue alimento
Del sol que se despereza.
       Y gozo serán mis brazos
Tomando de tu cintura
Lo que tu frágil figura
Espera de mis abrazos,
Para desatar los lazos
De la noche que te encierra,
Siendo valor en la guerra,
Que, luchando con empeño,
Quiero arrancarte del sueño
Que de la luz te destierra.
       Y en las noches del camino
Que jamás podrán vencerme,
Sabré luchar, defenderme,
Vencedor de tu destino,
Cuando, al ver el sol vecino,
Cure el dolor de tu herida,
Y te devuelva la vida
Con el hechizo de un beso,
Para emprender el regreso
Del sueño en que estás dormida.
 
Soneto XXXII
 
       Alumbra en su mirar la llama ardiente,
Su brillo, su color más encendido,
Un sol que se aventura, decidido,
En un amanecer resplandeciente.
       Y busca una sonrisa que, inocente,
Dejó volar al aire inadvertido
El ángel de ternura que, vencido,
Un astro es ya lejano, aunque luciente.
       La luz, el oro, el brillo es aderezo
De aquel fanal que irradia, luminoso,
Buscando los amores de su rezo.
       Y es dulce aquel suspiro silencioso,
Y el beso y el sonido del bostezo
Que ardieron con el tiempo perezoso.
 
Soneto XXXIII
 
       La vida se encendía en tus luceros,
Antorchas de cristal, cuya mirada
Los vio nacer, corriente alborotada,
De espumas, de corales y veleros.
       La densa oscuridad de los senderos
Sus pórticos abrió con la alborada,
Dejando que cruzasen su morada,
Alegres, relucientes, los overos.
       Tus ojos, cuyo brillo luminoso
Lució la magia bella de su embrujo,
Hablaron con su fuego más hermoso.
       Y un rápido reflejo se produjo
En tu mirar callado, silencioso,
Tan bello como el oro en su dibujo.
 
Soneto XXXIV
 
       Las luces de un suspiro repentino
Borraron su sonrisa y su fatiga,
La cálida expresión que se prodiga
En un recuerdo dulce y cristalino.
       Dejó de ser camino aquel camino
De acuerdo con la ley que nos obliga,
Y aquella voz que amaba por amiga
Mezclóse a los inciensos del destino.
       Volando, alma de mar, a la deriva,
Su espíritu partió a un lugar tranquilo,
Quién sabe a qué región abandonada.
       Partió la noche, lánguida y esquiva,
Cruzando los pasillos del sigilo
Que halló la luz mostrando la alborada.
 
La yegua soberana
 
       Alzóse irreverente
La yegua soberana
Que corre los espacios encendidos,
Lanzándose, arrojándose a su antojo,
Y, abriendo paso franco
A la mañana nueva,
No halló tus ojos bellos ni tu risa.
       Alzóse irreverente
La yegua soberana
Que corre los espacios encendidos,
Dejándose llevar, hija del viento,
Y, abriendo paso franco
Al alba dulce y cálida,
No halló tus ojos bellos ni tu risa.
       Alzóse irreverente
La yegua soberana
Que corre los espacios encendidos,
Besando los palacios de la noche
Y, abriendo paso franco
Al sol del horizonte,
No halló tus ojos bellos ni tu risa.
 
Soneto XXXV
 
       El cielo despertaba silencioso,
Cansado de dormir, triste y tranquilo,
Dulce y feliz, al tiempo que el sigilo
Dejaba en las estrellas su reposo.
       Un verde transparente y luminoso
Brillaba para el mar, lágrima en vilo,
Luz sin calor, aurora sin estilo,
Que halló su sueño siempre perezoso.
       Un beso que intentaba despertarla
Rozó su piel, helada de los montes,
Al tiempo que asomaba el nuevo día.
       Y en ella resbaló cuando, al tocarla,
Lejano el sol, junto a los horizontes,
Prudente, se ocultaba todavía.
 
Soneto XXXVI
 
       Los labios de la abuela pronunciaron
El vuelo de su risa, que, ligero,
Lleno de amor, cruzaba el cielo entero
Que sus mejillas bellas adornaron.
       Las rosas de la aurora despojaron
Su rayo caprichoso, su lucero,
Las sombras que tuvieron prisionero
Un sol de cuyo sueño levantaron.
       Un alboroto mágico encontraron
Su cándido mirar, su voz y el fuero
Escrito en el cordal que dibujaron.
       Al ave quiso libre el halconero
Por las colinas que en su boca alzaron
Sus gracias y el cariño más sincero.
 
Mansiones del alba
 
       No encontrarás la hermosura
De los cielos hechizados
Cuando enseñen sus bordados
Luminosos en la altura.
No verás la noche oscura,
Si en silencio se convierte.
Será el beso de la muerte
Lo que sientas a deshora,
Cuando la luz de la aurora
Sobre los mares despierte.
       No hallarás la luz del día
En un horizonte hermoso
Cuando luzca, luminoso,
El sol en la lejanía.
No encontrarás la alegría
De la mañana que nace.
Será triste el desenlace
Que traerá la madrugada,
Justo cuando la alborada
Sus negras sombras deshace.
       Y estarás sola y perdida
Cuando el hielo te apuñale,
Cuando la noche te iguale
Y huya, cobarde, la vida.
Sentirás, aunque dormida,
Que se te escapa el aliento.
Y, callado, el firmamento
Verá temblar las estrellas
Cuando sus luces más bellas
Vuelva en oro ceniciento.
       Luego un sol enamorado
Lucirá con elegancia,
Derramando su abundancia
Sobre un mar apaciguado.
Su luz habrá despertado
Los más cálidos colores.
Después vendrán los albores,
Y, en los cielos, su belleza
Anunciará la tristeza
Que mengua sus resplandores.
       Y cruzará la mañana
Las alturas espaciosas,
Haciéndolas luminosas
Con su sonrisa lozana.
Y, agotándose temprana,
Traerá la nieve su hechizo.
Y nieve será, y granizo
Que correrá por el suelo,
Y mis ojos en el cielo
Un rayo serán huidizo.
       Y buscarán tu ternura,
Preguntándole a la brisa
Por tu mágica sonrisa,
Por tu gracia y tu dulzura.
Y vendrá la noche oscura
Y sus sombras apagadas,
Y no faltarán veladas
Para buscar en el cielo
Los colores de tu pelo,
Al tornar las alboradas.
       Déjate pues al sosiego
Y duerme un sueño tranquilo
Mientras llega, con sigilo,
La muerte, su beso ciego.
Ríndete al sueño que luego
Se volverá silencioso.
Busca ese mar en reposo
Donde no corren las horas
Y, esperando otras auroras,
Protege el sueño gozoso.
 
Soneto XXXVII
 
     Las horas desnudó con su reflejo,
Las sombras, las cenizas en la altura,
Abriendo las cortinas, sombra oscura,
El brillo de un relámpago bermejo.
       Las puertas derribó, mostró el espejo
Luciente que, bordado de hermosura,
Las brumas arrancó de la espesura,
Dejando que corriera el oro viejo.
       Rompió la aurora y descubrió la helada
Con una antorcha ardiente, aquella flecha
Que ardió dando más luz a la alborada.
       Y el sueño derramó la senda estrecha
Que, abierta al oro, dio la puñalada,
Callando de la muerte la sospecha.
 
Soneto XXXVIII
 
       El tiempo silencioso nos la enseña
Al lado del fogón, donde, apartada,
Alegre a veces, otras fatigada,
Solía colocar la blanca leña.
       La suelo recordar siempre risueña,
Más bella que la luz de la alborada,
Hermosa como el oro, delicada,
Estrella de bondad, alma que sueña.
       La suya era una casa acogedora,
Humilde pero digna, aunque, sencilla,
Su vida no gustara ningún lujo.
       También recuerdo, a veces, que la aurora
Solía iluminarla en la buhardilla
Y despertar su voz con su dibujo.
 
Soneto XXXIX
 
       Mis labios, al rozarla, percibieron
La escarcha de su piel, hilo de plata,
El hielo que, en diciembre, se desata
Sobre los bosques que se adormecieron.
       Mis labios, al rozarla, no quisieron,
Huyendo la ventura tan ingrata,
Saber que fue puñal la luz que mata,
Si, al cabo, resignados, comprendieron.
       Mis labios, al rozarla, se asustaron
Temiendo que ya hubiera sucedido,
Sabiéndolo en la muerte que besaron.
      Y fue al rozar aquel ángel dormido
Cuando, cobardes, necias, lo negaron
Mis lágrimas, palabra del olvido.
 
Soneto XL
 
       Los sueños son secretos misteriosos
Que nacen como el árbol y marchitan,
Que corren, que se mueven, que se agitan
En los salones viejos y espaciosos.
       Llegaste a los castillos silenciosos
Del alma solitaria donde habitan,
Y, alegres unos, en su alcoba gritan,
Y, tristes otros, callan perezosos.
       Estás junto a los sueños, en mansiones
Extrañas y es extraña la morada
Y el polvo sobre sus habitaciones.
       Los ves en esa alcoba desolada
Que llena con su polvo corazones
Cansados de su voz deshabitada.
 
Soneto XLI
 
       Será el recuerdo bello de tus manos
Como un cristal vencido y tembloroso,
Tu voz como un bostezo perezoso,
Tus ojos como un sol, y más lozanos.
       Las nieves cubrirán montes y llanos
Cuando el invierno llegue, silencioso,
Y copie tu cabello luminoso
Con tus pinceles suaves y tempranos.
       Después se deshará, con el deshielo,
El fuego que bordó, con alegría,
La nieve que hizo blancos los follajes.
       Será, al llegar el alba, blanco el cielo
Y escarcha de la aurora, si es que, fría,
Madruga, estrella azul, en sus paisajes.
 
Soneto XLII
 
       Descansa en ese sueño silencioso
Su espíritu, su voz y su alegría,
Cubierta por la nieve, siempre fría,
En la región del viento quejumbroso.
       No mostrará su rostro luminoso,
Esclava de la noche, aunque podría,
En el desierto gris, la luz del día,
Por no turbar su sueño, su reposo.
       Podrán regar las flores encendidas
Las lágrimas que brotan de mi pena,
Besando el blanco mármol de los sueños.
       Descansan hoy sus horas encendidas,
A veces lirio, a veces azucena,
Oyendo allá mis versos halagüeños.
 
Soneto XLIII
 
       Quisiera, aunque fugaz, alzar un beso
Al cielo en que levantas la morada,
Y verte, estrella azul, de madrugada,
Junto a un amanecer claro y travieso.
       El tiempo retener, tenerlo preso
En la mansión que prende la alborada,
Será sólo ilusión desengañada
Del llanto y del dolor que te confieso.
       El alma, deshaciéndose la vida,
Pretende ir hacia ti para adorarte
Donde la luz se esconde dolorida.
       Mis manos no podrán acariciarte
Junto a la sombra negra que, escondida,
Negar pudo el derecho de besarte.
 
Soneto XLIV
 
       No fue justa la vida con el brillo
Luciente de sus ojos y su risa,
Su voz, llevada al aire por la brisa,
Su frente, verso bello, alto castillo.
       El suyo era el semblante más sencillo,
Humilde como el alba que, imprecisa,
Alumbra, estrella triste, en la cornisa
Donde, al ocaso, el vuelo alzó el autillo.
       Las lluvias son torrentes sobre el prado
Y, lento, se oye un eco silencioso:
La noche del Erebo se ha cerrado.
       No fue justa la vida con su hermoso
Semblante, ayer alegre y animado,
Al regalar sus horas al reposo.
 
Soneto XLV
 
       Luchando contra el viento y el granizo,
Relámpago de luz a la alborada,
Brotaba en el jardín de tu mirada,
Risueño, como siempre, aquel hechizo.
       La luz de aquel crepúsculo rojizo
Ardió sobre los campos y, callada,
La noche llegó, triste y apagada,
Y el blanco de los cielos se deshizo.
       Después de derrotar la lluvia fría,
Abriendo las cortinas la andadura, 
Tu risa se hizo brillo de alegría.
       Y un ángel coronó con su hermosura
La llama juvenil que se encendía,
Bebiendo la emoción de tu ternura.
 
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.

LOS BALLESTEROS DE LA TARDE


Para Pilar Muñiz Muñiz
 
Soneto I
 
       Fue el suyo el corazón más generoso
Que nadie conoció sobre la tierra,
Y más dulce fue el pecho que lo cierra
En una urna de amor vuelta en reposo.
       No dejará jamás de ser hermoso,
Más blanco que la nieve de la sierra,
Este recuerdo grato que destierra
La muerte hacia su imperio silencioso.
       Mas no podrá arrancar tanto cariño,
Ni tanto amor ni fe, con insolencia,
La ronda de la noche silenciosa.
       No robará el recuerdo de aquel niño
Que ayer la vio y, llegada ya su ausencia,
Su voz recuerda dulce y temblorosa.
 
Soneto II
 
        Llegar al cielo quise en raudo vuelo
Y el alma rescatar cuando ascendía,
Mas no alcanzó la altura que quería
El llanto de los suyos sobre el suelo.
       Las llamas derramó el sol en el cielo
Como un cristal ardiente de alegría,
Mas luego se apagaron, con el día,
Sus ojos fatigados de desvelo.
       Así será que el horizonte hiera
El rayo más temprano, el alba clara,
Un nuevo despertar de primavera.
       Y, libre ya su voz, jamás avara,
No será entonces sueño ni quimera
Su voz cuando en el sol se reflejara.
 
Soneto III
 
       Al cielo regresó el alma desnuda
Dejándonos en estas soledades,
Viajando más allá de las edades,
Más lejos del lugar que un mar anuda.
       Sus labios se cerraron y, ya muda,
Cerró los ojos, llenos de bondades,
Y, faltos de certezas y verdades,
Al verla así, voló libre la duda:
       Dará le el sol más luz de la que hoy hubo,
Si quiere, generoso, devolverle
Con su rayo veloz el claro día.
       Su llama mayor brillo del que ya tuvo
Alegre mostrará cuando encenderle
La antorcha quiera el alba siempre fría.
 
El alba despertaba
 
       La tarde silenciosa
La espalda volvió al sol que se ponía
Con un bostezo hermoso:
El mar estaba en calma
Y el cielo despejado,
Cuando llegó la tarde,
Y el sol dejó escapar su raro overo
Y los corceles bellos de su sueño.
        La tarde silenciosa
La espalda volvió al sol que se ponía
Con un bostezo hermoso:
La paz llenó la brisa
Y fue el calor cediendo,
Cuando cayó el silencio,
Y el sol dejó escapar su raro overo
Y los corceles bellos de su sueño.
       La tarde silenciosa
La espalda volvió al sol que se ponía
Con un bostezo hermoso:
La luz se iba perdiendo
Allá en la lejanía,
Cuando llegó la noche,
Y el sol dejó escapar su raro overo
Y los corceles bellos de su sueño.
La tarde silenciosa
La espalda volvió al sol que se ponía.
 
Soneto IV
 
       Su vida derramó cuando la tarde
El cielo fue vistiendo de tristeza,
Febril ayer, alegre en su belleza,
Ya tímido, ya triste, ya cobarde.
       Voló un gorrión entonces, y un alarde
Le dio la luz del sol, vuelto en pereza,
Al beso del crepúsculo que empieza
A despojar su llama mientras arde.
       Y no borró su rostro la hermosura
Ni su semblante por la edad herido
La muerte que en sus fauces apresura.
       Del aire fue un suspiro consumido,
Del raro aliento extraña quemadura,
Su voz cansada, verso en el olvido.
 
Soneto V
 
       Volvió a brillar el sol, la luz temprana,
Mas no fue en su cansado cristalino,
Otrora alegre y frágil, peregrino,
Como la luz se atreve a la mañana.
       La llama ardió, del cielo soberana,
Y no cruzó su risa en su camino,
Que ya es su lirio en el jardín vecino
La antorcha que se yergue más lozana.
        No la hallaréis jamás donde risueña
La visteis otras veces, que un lucero
La arranca hacia el lugar en el que sueña.
        Las playas, los arroyos y aún entero
Un ponto en las alturas ven por dueña
Su voz sobre un altar más duradero.
 
Soneto VI
 
       Despertará feliz la luz del día
Atenta a la belleza del espacio
Y el blanco del coral verán despacio
Mezclarse en su curiosa algarabía;
       Mas no estarás tú ya donde solía
La nieve decorar tu pelo lacio,
El hielo del granizo, ese palacio
De luces que, en tu boca, fue alegría;
       Que la sonrisa tierna, la mirada
Y la expresión más dulce que la aurora,
Durmió con el verano su invernada:
        Hoy vuela a ti, cansada y a deshora,
La lírica más triste ayer usada,
Donde los hielos guardan su demora.
 
El crepúsculo callado
 
       La tarde cayó cansada
Dominando la hermosura
Que dio al cielo su figura
Cuando nació la alborada.
La belleza derramada
Sobre el arroyo callado,
Sobre el cielo despejado
Y su sublime belleza,
Sucumbió con la firmeza
De un sol triste y derrotado:
       Los campos adormecidos
Que, cubrieron las heladas,
Hallaron las madrugadas
Por el silencio vencidos:
Los ocasos malheridos
A los cielos derrotaron,
Que, lentos, se resignaron
A perderse entre las sombras
Cuando negras las alfombras
Su hermosura desgarraron.
       Y partiste a lo lejano
Con el ocaso y su overo,
Para ver el mundo entero
Una tarde de verano,
Pues sobre un potro lozano
Llegaste a la inmensa altura
Donde bella tu ternura
Feliz contempla los mares,
Los campos y los altares
De la sierra y su hermosura.
 
Soneto VII
 
        Al sol diré que quiera darte amparo,
A las estrellas que el palacio habitan
De noches tristes, cuando allí crepitan
Sus fuegos de color, su vuelo raro.
       Será el fulgor del sol tal vez más claro:
Más brillarán los astros donde gritan
Y más luz te darán donde levitan
Sus cuerpos temblorosos sin reparo.
       Diré al cielo que acoja allá en la altura
La cálida sonrisa, la mirada
Que dijo, sin palabras, tu ternura.
       Ya no estarás aquí con la alborada
Ni habremos donde hallar tanta dulzura,
La llama de tu risa alborotada.
 
Los arqueros de la tarde
 
       Las estrellas primerizas
La vieron desde la altura,
Cuando llegó su hermosura
A un cielo vuelto en cenizas.
Sobre las viejas calizas
Y los montes con empeño,
Durmió en el aire su sueño,
Como el ángel que, cansado,
Se alza al cielo, fatigado,
Entre callado y risueño.
       Voló feliz y ligera
A las mansiones sagradas
Donde viejas alboradas
Anuncian la luz primera,
Donde la mira, a la espera
La última estrella del cielo,
Donde se desliza el vuelo
De un sol triste y sin alarde
Que, declinó, con la tarde,
Llorando su desconsuelo.
       Y nos deja la tristeza
De la ausencia que deshizo
Su dulce gracia, el hechizo
Del mirar que con dureza,
Con crueldad, con aspereza,
Arrancó firme la muerte,
Llenando de negra suerte
Los ojos que, ya rendidos,
Se cerraron, abatidos,
En el silencio más fuerte.
       La hará el cielo ser lucero
Entre sus muchas centellas,
Cuando en su coro de estrellas
Brille su fuego sincero.
Allí será duradero
El resplandor más lozano
Que, en las tardes de verano
Querrá iluminar la altura,
Mostrándonos su figura,
Como ofreciendo la mano.
       Será la aurora, sin ella,
Menos clara y luminosa,
Cuando la sala espaciosa
Llene de luz su querella.
Y la pradera más bella
Dormirá bajo la helada,
Cuando nazca la alborada
En las sagradas mansiones
Donde estrellas y blasones
Tornan sus luces en nada.
 
Soneto VIII
 
       Tu pecho se apagó cuando el semblante
Sin luz buscó la luz que no encontraron
Tus ojos cuando en vano la buscaron
Temiendo no encontrarla en ese instante.
       La luz faltó, y buscaste delirante,
Al tiempo que los labios se callaron,
Tus ojos levemente se cerraron,
Y no encontró tu pecho el aire errante.
       Hoy rozas, entre escarchas el granizo,
La nieve que los valles más lejanos
Esconde con su manto de tristeza.
       Qué rápido tu vida se deshizo,
Qué frágiles cayeron los veranos,
Qué pronto te dio el hielo su dureza.
 
Soneto IX
 
       La tarde derrotó tu fortaleza
Y muerte dio a tus torres y castillos
Después de que la sombra los anillos
Del sol febril tomó con aspereza.
       Su espada, helada y triste, con dureza
Tu pecho atravesó y, donde, sencillos,
Volaban dos alegres herrerillos
También tu alma voló, rica en belleza.
       Llamaron las campanas en la altura,
Y alzaron con su largo recorrido
La seca, amarga y triste singladura.
       Mil lágrimas oyeron su sonido,
Mil lágrimas la paz de tu figura,
Mil lágrimas tu amor desde el olvido.
 
Alzó el mirar el alba
 
       Alzó el mirar el alba
Con un bostezo claro,
Mirando los arroyos
Que corren por los campos,
Y, entonces recordó que ya no estabas,
Que no estaban aquí tus ojos viejos,
Heridos por la vida,
Heridos por los años
Que por tu voz corrieron largamente.
       Alzó el mirar el alba
Con un bostezo claro,
Mirando los arroyos
Que corren por los campos,
Y, entonces recordó que ya no estabas,
Que no estaban aquí tus labios tristes,
Aquellos labios tristes
Que ya no hablaban nunca
Callados como el ángel de la noche.
       Alzó el mirar el alba
Con un bostezo claro,
Mirando los arroyos
Que corren por los campos,
Y, entonces, recordó que ya no estabas,
Que no estaba ya aquí tu blanco pelo,
Herido por las nieves
Y por la escarcha herido,
Después de que fue sueño tu mirada.
 
Soneto X
 
       No morirá la voz de la esperanza
Ni negará su fuego a quien lo quiera
Al darle su más grata primavera
A quien valiente espera y no la alcanza.
       No morirá la voz por la tardanza
Que el tiempo impone, pues, donde la espera
Aguarda con paciencia una quimera,
Muy pronto será dicha su bonanza.
       Que no podrá la daga de la muerte,
Si fue tan poderosa al arrancarte,
Negarme ahora el capricho de quererte.
       Será mi fe feliz con no olvidarte,
Mi pecho lo será con no perderte,
Será mi voz más clara al recordarte.
 
Soneto XI
 
      Dejó el tiempo malvado en cada rizo
El blanco más mortal y despiadado,
Haciendo su cabello más callado,
Más claro que la nieve y el granizo.
        Su rostro, que era joven, vio invernizo,
Su piel halló vencida y derrotado
Un rostro por los años ya cansado,
Que, a fuerza de ser bello, se deshizo.
       Sus labios un suspiro sacudieron
Dejándola en el lecho, ya rendida,
Las tardes que por ella transcurrieron.
       Así cayó y así acabó su vida:
Sus ojos y sus labios descendieron,
Quedando para el sueño allí dormida.
 
Soneto XII
 
       Heló el viento las fuentes del camino
Que lloran ya su sueño y que, cuajadas,
Recuerdan su alegría alborotadas
En otro tiempo alegre y peregrino.
       Heló el viento, con ánimo mezquino,
Las cumbres silenciosas que, nevadas,
Aguardan nuevos meses, y calladas,
El rayo esperan, siempre repentino.
       Los reinos alcanzó y los horizontes
El beso de granizo que, no en vano,
La sierra mira alegre, aunque dormida.
       Heló el viento la falda de los montes
Los campos que, risueños en verano,
Gimieron al partir de allí la vida.
 
Soneto XIII
 
       Decid del sol que es fuerte su lucero
Para que en él encienda la esperanza,
Como un aliento alegre cuya danza
La luz eleva allí donde la espero.
       Mas no digáis que, débil, su platero
Se extingue ya en la vieja lontananza,
Su luz haciendo mísera mudanza
Que niega su color al mundo entero.
       Ya brilla el sol, y en él una alegría,
Que acá en la tierra rompe la tristeza
Y da blanco color al alba fría.
       Allí la siento, llena de belleza,
Corriendo entre los astros con el día,
La vida dando a la naturaleza.
 
Soneto XIV
 
        Hirió el sol la belleza de la helada,
La escarcha y el granizo que, sagrado,
El alba derritió y, alborotado,
Dejó libre correr a su morada.
       El viento heló de nuevo a la invernada
La lluvia que al ser ya cristal cuajado,
Tranquila, silenciosa, en este estado,
Dejó pasar feliz la madrugada.
       Y el sol volvió a nacer en lo lejano
Y el rayo a deshacer la nieve bella,
Si bien no fue como lo es en el verano.
       No pudo, en cambio, aquella vaga estrella
El hielo deshacer del que ya cano,
Ornó el cabello con mortal querella.
 
Soneto XV
 
       Las rosas de la vida deshojaron
Las horas sin clemencia, y el rocío
Que trajo la mañana del estío
Allí donde las noches la miraron.
      Rondó después la muerte, y la encontraron
Los vientos de la tarde a su albedrío,
En un callado y triste señorío
Donde un mirar sincero alborotaron.
      Partió Pilar de donde la quería
Aquel cariño bello de los suyos
A una morada lóbrega y callada.
      Cayeron de su vida los capullos,
Segados por la tarde, aunque no fría,
Que no le dio esperanza en sus arrullos.
 
El brillo del ocaso
 
       Dejad que vuele
En las lontananzas
El brillo del ocaso       
Y llene de color el horizonte,
Y que, quebrando el día,
La noche se cierna sobre el cielo,
A sus anchas siempre,
Con los corceles de la tarde.
       Alcanzará los llanos y montes.
Y bosques y lagos.
Y valles serán suyos, y arroyos.
       Y, rezando como las sombras rezan,
Llegará la noche no esperada,
Hiriendo el cielo como un potro airado,
Con su tristeza repentina y amarga,
Robando bullicio
A las horas que bostezan.
       Alcanzará estanques y charcas.
Alcanzará los mares y playas.
Las calas serán suyas, los cantiles.
Y, rezando
Como las sombras rezan,
Llegará la sombra rigurosa,
Hiriendo el cielo, sus balconadas tomando,
Con su amargura mezquina.
 
Soneto XVI
 
       La cubre hoy ya la tierra desolada,
Mas fue el oro del alba, la alegría
Que enciende las antorchas donde el día
Renace donde nace la alborada.
       Dichosa fue y fue dicha engalanada
Que, llena de cariño se encendía,
Los suyos contemplando a quien sabía
Tan llenos del amor de su mirada.
       Partió en un carro bello hacia la nada,
Serena al respirar, que, aunque partía,
Seguía su mirada enamorada.
       Jamás bebió tu voz de la amargura
Que, siempre por la dicha alborotada,
Dejó de ser sin ser melancolía.
 
2008 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Segunda parte: "Los ballesteros de la tarde"
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