domingo, 12 de agosto de 2018

Peña Furada de Candás (Asturias)


  
Soneto I

          No solo encontraréis las llamaradas
que encienden ese brillo repentino
que el cielo alumbra, el rayo coralino
que sabe de la niebla y las heladas.
          También, tras esas costas recortadas,
el alma de esta tierra es el camino,
si busca ese lugar del campesino
y el tiempo de las tardes apagadas.
          Y es cierto que las torres y bastiones
las gentes atribuyen a un pasado
manchado por la voz de la leyenda.
          Las horas del ayer, verso callado,
asoman donde campos y mansiones
enfrentan al presente en su contienda.


Soneto II

          El monte que contempla aquellas calas
que aguardan el silencio de su sueño
el mar hermoso y claro de Carreño
contemplan donde espuma son sus galas.
          El cielo que amanece y sus impalas
sabrán tener al sol siempre por dueño,
y nunca será el brillo algo pequeño
del mar que al aire pide largas alas.
          Y viejos eucaliptos que el olvido
segar pudo con toda su dureza
serán como una llama repentina.
          Hoy quiere ser presente el tiempo herido,
y alcanza, a su capricho, esa limpieza
que siempre sueña el alma peregrina.


Soneto III

          La lluvia hirió dichosa, en su torrente,
la voz de la mañana, que, borrada,
calló su nombre, viendo la alborada,
la llama silenciosa y reluciente.
          La espuma se rizó con voz doliente
y fue granizo toda la ensenada,
que no es siempre el invierno marejada,
si no son los veranos tiempo ausente.
          Y pudo el mar hacerse una aventura
de luces y colores que encendieron
aquel rincón callado y silencioso.
          La luz de la alborada por la altura
cuajar hizo a las nubes que corrieron
por ese cielo claro y espacioso.

2018 © José Ramón Muñiz Álvarez

lunes, 6 de agosto de 2018

Plaza de la Baragaña de Candás


Soneto I

          No solo encontraréis las llamaradas
que encienden ese brillo repentino
que el cielo alumbra, el rayo coralino
que sabe de la niebla y las heladas.
          También, tras esas costas recortadas,
el alma de esta tierra es el camino,
si busca ese lugar del campesino
y el tiempo de las tardes apagadas.
          Y es cierto que las torres y bastiones
las gentes atribuyen a un pasado
manchado por la voz de la leyenda.
          Las horas del ayer, verso callado,
asoman donde campos y mansiones
enfrentan al presente en su contienda.


Soneto II

          El monte que contempla aquellas calas
que aguardan el silencio de su sueño
el mar hermoso y claro de Carreño
contemplan donde espuma son sus galas.
          El cielo que amanece y sus impalas
sabrán tener al sol siempre por dueño,
y nunca será el brillo algo pequeño
del mar que al aire pide largas alas.
          Y viejos eucaliptos que el olvido
segar pudo con toda su dureza
serán como una llama repentina.
          Hoy quiere ser presente el tiempo herido,
y alcanza, a su capricho, esa limpieza
que siempre sueña el alma peregrina.


Soneto III

          La lluvia hirió dichosa, en su torrente,
la voz de la mañana, que, borrada,
calló su nombre, viendo la alborada,
la llama silenciosa y reluciente.
          La espuma se rizó con voz doliente
y fue granizo toda la ensenada,
que no es siempre el invierno marejada,
si no son los veranos tiempo ausente.
          Y pudo el mar hacerse una aventura
de luces y colores que encendieron
aquel rincón callado y silencioso.
          La luz de la alborada por la altura
cuajar hizo a las nubes que corrieron
por ese cielo claro y espacioso.

2018 © José Ramón Muñiz Álvarez

jueves, 2 de agosto de 2018

La Fuente de Santarúa de Candás

"

Soneto I


          La roca habrá de hacerse fortaleza,
alzarse cual bastión y, sin reparo,
frenar la guerra frente al desamparo
del viento, la galerna y su vileza.
          Diréis que no fue poca la firmeza
de aquella vieja roca y el descaro
que pudo consentir al aire avaro,
al mar, a la presión de su dureza.
          El viejo precipicio que, elevado,
contempla la delicia de los mares,
ignora las tragedias de esos días.
          La espuma no recuerda su pecado,
no lloran esa sangre en bajamares
las aguas de septiembre, siempre frías.


Soneto II

          El alba, en cuyos brillos y bermejos
deshizo lentamente la mañana
su luz y su belleza soberana,
intenta contemplarse en sus reflejos.
          Más bella la veréis en mares viejos,
más fuerte y vigorosa, más ufana,
buscando con la brisa más lozana
las olas convertir en sus espejos.
          Manchando en su pincel raros colores,
podrá extinguir su fuego de repente,
saludo de las costas más bravías.
          Su llama habrán de ver los pescadores,
su brillo y su color resplandeciente,
sus manos blanquecinas, pero frías.


Soneto III

          Y canta el ave, al fin, desde esa rama,
que brilla, que se enciende y, a deshora,
contempla el cielo azul que se acalora,
si es cierto su color y lo reclama.
          La tierra de Carreño halló la llama
que encienden los colores de la aurora,
del mar, si es que la ven, desde Perlora,
las sendas sobre las que se derrama.
          También Candás escucha ese sonido
que llega, prorrumpiendo, en el verano,
llenando las mañanas de alegría.
          Y duerme Yavio el sueño del olvido,
la noche de los siglos, tiempo vano,
historia de un ayer, ayer sombría.




2018 © José Ramón Muñiz Álvarez

martes, 31 de julio de 2018

La Peña Furada de Candás



Soneto I

          El puerto, que, entre golpes de granizo,
embruja, cuando quiere, la galerna,
regala el vino triste en la taberna
del gusto que se torna antojadizo.
          Las horas de la tarde, con su hechizo,
escuchan la canción amable y tierna
que el mar amansa cuando la gobierna
la paz que el gusto quiere tornadizo.
          La villa de los viejos marineros
testigo fue del mar que, peregrino,
gritó con furia toda su dureza.
          Aguardan mejor tiempo los pesqueros,
que saben resignarse a ese destino,
mostrando ante las olas su grandeza.

Soneto II

          Más magia halló la luz que, aprisionada,
buscaba, entre las sombras, con premura
la brisa que, gritando su bravura,
rompió la alfombra de la madrugada.
          Más brillo tuvo entonces la alborada,
más luz y más color, más hermosura,
más fuego que, al quebrar la noche oscura,
las olas vio y el agua alborotada.
          Más suerte vio el hechizo que lucía
la llama que, encendiendo el oro viejo,
feliz se regaló con su derroche.
          Y vieron los pesqueros el reflejo
la llama que dibuja el nuevo día,
la antorcha que derrumba cada noche.

Soneto III

          Y vino el rayo hermoso donde ardía,
callada, con su brillo, en su regreso,
aquella yegua clara cuyo exceso
el fuego supo ser, si se encendía.
          Y pudo ver el puerto el nuevo día,
la voz de la mañana que, en su beso,
jugaba a ser el aire que, travieso,
de nuevo con el alba se encendía.
          Mayor belleza tuvo, a la alborada,
aquel Candás de mares y de sueños,
de fondos de corales y de roca:
          hallaron la más clara llamarada
en ese mar de furias y de empeños
que agita su dureza y la desboca.






2018 © José Ramón Muñiz Álvarez

domingo, 29 de julio de 2018

La Fuente de los Ángeles (Candás)

"Sonetos de las tierras de Carreño"


Soneto I

          Palacio para un mar siempre dorado
diréis que fue el color de una mañana
que brilla en el verano con desgana,
si no es un sol de invierno derrotado.
          Y tiene en su palacio custodiado
el brillo del tesoro que desgrana
del sol la luz, la llama soberana
que mira el ponto a veces sosegado.
          La villa no lo ignora, porque escribe
la dicha y el dolor con los que paga
la vida que le dieron en la historia.
          Candás lo sabe bien, y así recibe
el piélago la llama que se apaga,
llegado ya el ocaso, en la memoria.


Soneto II

          La playa pudo ver que el aire sano
llevaba sus arenas, porque había
de hacerlas remolinos y podía
moverlas con el gesto más ufano.
          Un eco pudo ser de aquel verano
la brisa silenciosa que encendía
un algo de febril meñancolía
y un algo de añoranza, pero en vano.
          Y pude recordar aquellos mares
dejados al olvido sin memoria,
un eco abandonado y silencioso,
          Y un eco de salitre y bajamares
me trajo la palabra de la historia,
vencida por el polvo perezoso.


Soneto III

          No hablemos de pesqueros solamente:
Carreño es mucho más que alguna playa
que sabe de rumores mientras calla,
pues no callan las aguas de la fuente.
          Los Ángeles la llaman sabiamente,
que busca en el Noval una atalaya
que lleve su agua clara donde vaya,
tal vez buscando un mar resplandeciente.
          También esta la voz del arroyuelo
que corre caprichoso, que se apura,
que llora soliloquios apartado.
          También están las nubes en el cielo,
la brisa que nos roza y que murmura
el llanto de un ocaso derrotado.




2018 © José Ramón Muñiz Álvarez

sábado, 9 de junio de 2018

“Coplas a la muerte de su padre”



MOTE:

Recuerde el alma dormida,
avive el seso e depierte,
contemplando,
cómo se pasa la vida,
como se viene la muerte,
tan callando.

(Jorge Manrique)

GLOSA:

I

Quiere el alma, cuando es fuerte,
ya que sufre con prudencia,
que le diga la conciencia
lo que viene con la muerte.
Y es preciso que despierte,
ya que vive consumida,
y que, al saberse encendida
sobre la gracia del ser,
para poderlo entender,
recuerde el alma dormida.

II

Que, recordando el momento
en que recibe el regalo
de la vida y su intervalo,
es la conciencia tormento.
El cuerpo vive sediento
de la conciencia de muerte
en que la vida convierte
su aspiración, su deseo,
y será, según yo creo,
que avive el seso e depierte.

III

De esta manera, coincido,
en todo con quien no quiere
disculpar que el alma muere
y lo da por no sabido.
Que, en habiendo conocido
tal destino, hay que ir contando
el tiempo que va pasando,
porque cierto es que ya vuela,
y no basta que nos duela
si lo estamos contemplando.

IV

De modo que es bien decir
a todo el que lo escuchare
que es preciso que mimare
el tiempo que ha de vivir.
Y nos viene a repetir
el corazón que, dormida,
la conciencia consabida
quiere, a veces, el engaño,
que es ver, para nuestro daño,
cómo se pasa la vida.

V

Y, por eso lo repito,
que la conciencia es la muerte
para el que quiere la suerte
herir, lanzando su grito.
Y es que el azar es granito,
que tal piedra es la más fuerte,
y todo será que acierte
al decir que, condenado,
vivo mirando, angustiado,
cómo se viene la muerte.

VI

Y, pues que la muerte llega
por los mares de la vida,
si la tengo consumida,
miro el mar por do navega.
Y es del agua clara vega
de ese mar donde va hallando,
comprendiendo y lamentando
nuestra verdad su futuro,
ya que en la vida me apuro
y me muero tan callando.

2018 © José Ramón Muñiz Álvarez



sábado, 26 de mayo de 2018

Conde Olinos

José Ramón Muñiz Álvarez
“SOBRE EL HERMOSO ROMANCE DEL AMOR DEL CONDE
OLINOS Y DE LA BELLA
INFANTINA”

(Balada)

Dicen de épocas pasadas
viejas leyendas y cuentos
tristes acontencimientos
que son cosas celebradas.
Y no olvidan las baladas
del juglar por los caminos
lo que lloró Montesinos,
lo que el joven Oliveros,
lo que tantos caballeros,
si no fuera el conde Olinos.

Y, con ser cosa de amores,
porque son bellos los lances,
nunca faltan los romances
que nos narran sus dolores.
Que, pese a tantos honores,
quisieron los desatinos
ser de sus vidas vecinos
y de su gruesa armadura,
si lloran con amargura
como suele el conde Olinos.

Que es la vieja soberana
de una maldad inclemente,
como recita la gente
desde la hora más temprana.
Que, si otro tiempo lozana,
con sentimientos mezquinos,
con instintos asesinos
y sin ninguna clemencia,
dio castigo a la inocencia
del amor del conde Olinos.

2014 © José Ramón Muñiz Álvarez

El romance del conde Olinos



MOTE:

Cabalgaba el conde Olinos,
mañanita de San Juan,
a dar agua a su caballo,
a las orillas del mar.

(Tradicional)

GLOSA:

I

Los paisajes apartados
vieron su paso tranquilo,
que la noche, con sigilo,
sus pasos oyó callados.
Y los paisajes cansados
supieron de los caminos
donde viejos campesinos,
de camino a la labranza,
sospecharon que, en la andanza,
cabalgaba el conde Olinos.

II

Cabalgaba el conde Olinos
que el amor iba buscando,
mientras suspira cantando
la brisa de los caminos.
Y es que corren, mortecinos,
los aires que ya se van,
que lucen y encenderán
el alba que ya se espera,
si muere la primavera,
mañanita de San Juan.

III

Mañanita de San Juan,
porque al tiempo que amanece,
un nuevo amor apetece
a los que tristes están.
Y, si bien caminarán
su camino como el rayo,
quieren recordar el mayo
más dichoso que se fue,
si es que van, llenos de fe,
a dar agua a su caballo.

IV

A dar agua a su caballo
quieren irse los amantes,
siguiendo, pues son constantes,
los senderos que me callo.
Y es que, si ya canta el gallo,
quieren su canto escuchar
los que saben cabalgar
y llevar a su rocín
a una playa que es jardín
a las orillas del mar.




2018 © José Ramón Muñiz Álvarez