miércoles, 19 de julio de 2017

Para mi amigo Todd Lefkovich

Mit ganzen Herzen, Lieber Freund

             El sol lo vio partir, porque, despierto,
lo vio bajo esa luz, si es que, en persona,
su llama lo derrota y lo destrona,
que es rayo donde el cielo vive muerto.
            Las tristes soledades del desierto
miraron, en las tierras de Arizona,
sus pasos, que, buscando mejor zona,
buscaron escapar del suelo yerto.
            Y pudo hallar los bosques y los prados
que llenan de la alegría ya su vista,
si sabe su llegada toda Viena.
            Pues quiso, con sus gustos elevados,
hallar mejor lugar, tierra exquisita,
más clara que la luz, si hay luna llena.



2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

Soneto para María José Sánchez

        Es ella como el vuelo del milano,
y acaso es, en el mar, ola bravía,
si no es un buque cuya lozanía
navega por el piélago lejano:
        la nieve del invierno es ya verano,
la noche de sus ojos roza el día,
y sé decir su voz en su alegría,
si quiso ser la fruta del manzano;
        y torna en azabache claridades,
y teje en carbón negro la llamada
del aire, si corona el cielo claro;
        pues son sus ojos esas oquedades
que saben pronunciar la llamarada,
si el sol de su mirada es tan avaro.


2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

martes, 18 de julio de 2017

Los viernes en la Fuente de los Ángeles





José Ramón Muñiz Álvarez

"Los viernes en la Fuente de los Ángeles"



Los viernes eran días de aventura: la tarde de los viernes era hermosa, dichosa como el tiempo del verano. Las clases se acababan y los niños salían con apuro de la escuela, soñando libertades imposibles. Quedaba atrás el lápiz, la pizarra, las mesas de los niños, los pupitres, los libros y los viejos diccionarios...

-¿Y dices que hay raposos en la zona? -le oyó decir, con aire triste y tímido, después de que cruzaron por el puente. La Fuente de los Ángeles, atenta, sabía del rumor de los muchachos que vuelven de visita en el otoño: solían adentrarse en la arboleda y amar el barro triste de noviembre, cubierto por las hojas desprendidas.

-Supongo que los hay, porque los montes están llenos de arbustos y de helechos -le dijo, no sin algo de ironía.  Sabía que su hermano se asustaba, después de que la abuela les constase sus cuentos y leyendas misteriosas; en ellas, criaturas sorprendentes, llegaban cada noche, y, en los claros, hacían singulares aquelarres.

-Yo nunca tuve miedo a los raposos -siguió con aquel tono tan burlesco que casi parecía provocarlo. Su hermano era menor e imaginaba que el zorro, como el lobo, era de instintos violentos y tenía gran peligro. Le tuvo que decir que no es posible que ataque al hombre el zorro, porque el zorro se escapa si percibe que hay humanos:

-No es fácil que lo veas, si se esconde -le comentó entre risas, satisfecho, jactándose ante el niño asustadizo. También podrían ver, según le dijo, con un poco de suerte, si se tercia, quizás alguna ardilla despistada: lo propio es encontrarlas en verano, y en estas fechas suelen recogerse, huyendo del avance del invierno.

-Podrás ver un milano, si te fijas -le prometió, sabiendo que el milano se pierde siempre raudo, entre las frondas. Ardillas y raposos, un milano, tal vez la voluntad del que imagina y el gusto por perderse por los montes... Los árboles más viejos vigilaban, mezclados con los altos eucaliptos a aquellos dos zagales atrevidos.

-No es raro ver un ferre en este sitio -volvió a insistir-, mas has de estar atento: en solo unos segundos, ya se han ido.

El chico se esmeraba en encontrarlo, buscando con los ojos bien abiertos las ramas y las nubes poderosas. Las aguas de la fuente susurraban los cantos de las tardes moribundas a quienes escuchasen sus conciertos.

-¿Seguro que hay milanos en la zona? -dudaba ya el muchacho, tras un rato, cansado de la larga caminata. Los jóvenes y niños tienen prisa, su edad es agitada y los empuja, volviéndolos espíritus inquietos. Y es lógico pensar que se impacienten, si excitan el carácter del curioso que quiere descubrir cosas variadas.

-Tú déjame coger estas castañas -le dijo con un aire autoritario, poniéndose en su sitio firmemente. Sabía que las horas de la tarde se van con más apuro en esos meses que llegan con los vientos del otoño, sabía que la brisa del crepúsculo quería destronar los brillos débiles del sol que alcanza al fin el horizonte.

Hablaban de los búhos y lechuzas, del cárabo en la noche y de sus gritos, que suelen ser a veces lastimeros. La gente de la aldea temió siempre las voces repentinas de estas aves que se oyen en la noche silenciosa. El niño se asustaba y, escuchando, quería conocer esos misterios que solo saben brujas y hechiceros. Hablaban de la noche y sus peligros, las voces que se escuchan a lo lejos, pasados ya los días de difuntos. La voz de los caminos, esos días, parece diferente, y sus canciones evocan otros siglos muy distintos. El alma de la gente de los castros retorna, por lo visto, y sus susurros resuenan en los bosques y colinas. Hablaban del otoño y las castañas, del viento que, arrancándolas con fuerza, las deja entre los barros del sendero. Las zonas donde crecen los helechos esconden las mejores, muchas veces, si hay alguien que ya vino por la zona. Llenar la bolsa es siempre gran trabajo, y el día se acababa lentamente, negándoles la luz en la espesura.

Atrás quedaba el tiempo del verano, los baños en la playa, los pedreos, los días de silencio y bajamares. Los barcos recogidos y los botes podían sospechar los temporales que llegan cuando es tiempo de castañas. Y aquellos eran meses nocturnales, de calma pusilánime y tristeza, de leña y de carbón en los fogones. Y fueron avanzando en el sendero, dejando allí la noche más intensa, más dura y más terrible entre los árboles. Las aguas de la fuente murmuraban leyendas de las brujas y hechiceros, amigos de los gatos y raposos. Las llamas del crepúsculo elevaban su brillo moribundo, como un verso nacido de la pluma de Machado. Y, estando en casa ya, junto a la estufa, quitaron los abrigos, acercándose, para besar el rostro de la abuela. La gente se sentaba y un brasero brindaba su calor, siempre agradable, en esas noches siempre prematuras. Entonces no existían transistores, no estaba en esos años en las casas la luz de la pantalla de la tele.

Echados ya en la cama, disfrutaron del eco del silencio, del susurro del aire, cuando roza la arboleda. Lejanos, los ladridos de los perros, pudieron encender las sensaciones secretas del misterio de la noche. La lluvia fue cayendo, lenta y triste, llenando de poesía los rincones callados y apagados de la casa.

-Mañana volveremos por los montes -le dijo al más pequeño-, y buscaremos los níscalos que nacen de la tierra. Sabía de un lugar donde los pinos se mezclan con el aire a los aromas amables de los viejos eucaliptos. La tierra humedecida sorprendía, sin duda, al caminante que quisiese perderse entre las sombras de los árboles.

-Mañana volveremos muy temprano -le dijo al más pequeño, prometiendo tener más aventuras y emociones. La noche era más densa en esos tiempos, más gruesas sus tinieblas en el aire, más fuertes sus silencios moribundos. Y en esa calma amarga y melancólica, vencidos, los muchachos se durmieron, soñando con milanos y raposos.

Y el sueño, pronunciándose, cantaba los cantos de las aguas de la fuente, las voces de la brisa entre las ramas. Y el aire en las ventanas fue recuerdo del llanto de la lluvia en las espumas del mar del muelle triste y de los botes. El sábado de otoño llegaría vendido por los gritos repentinos que se oyen cuando chilla el aguacero. La noche era la noche, sin embargo, y el aire de la noche, con su frío, tentaba entre las sombras a las brujas. Sus horas eran densas, tan oscuras, tan tristes que los seres nocturnales podrían tener miedo de la noche. Los duendes de la zona no dudaron en esconder sus risas y miradas, sabiendo prevenirse del peligro. Las hadas de los bosques y la xana que habita los contornos de la zona temieron, como el trasgu, como el cuélebre. Las brujas y vedorios que escuchaban las voces y ronquidos de los vientos también sintieron miedo entre sus mantas. Y tú, que vas leyendo este relato, también tuviste miedo aquella noche, si no es que tienes miedo al ir leyendo.

La lluvia fue cayendo, lenta y triste, llenando de poesía los rincones callados y apagados de la casa. La lluvia fue llegando, bella y dulce,  dejando su color por los lugares dormidos, silenciosos, soñolientos. La lluvia vino pronto, repitiéndose, vendiendo su pregón en cada cuarto, plagado del cansancio de la gente. Distantes, los sonidos de la lluvia, pudieron sugerir las emociones intensas del recuerdo de la tarde.  Perdidas, las palabras pronunciadas, quisieron avivar las aventuras vividas en las horas del crepúsculo.  Risueñas, resbalando en los cristales, pudieron sosegar los sueños plácidos de aquellos niños llenos de inquietudes.  La lluvia, sin embargo, fue cayendo, llenando los rincones de poesía, llenando cada esquina de misterios. Su grito, al apurarse, fue llegando, venciendo a su capricho aquel ambiente de sombras y susurros repentinos. Se oían los ronquidos de la abuela, su voz cascada ya, tras tantos años, el aire que escapaba de su boca...

Y, ahora, si os parece -pues es justo-, dejemos descansar a los que duermen, queramos respetar ese descanso: no en vano, entre bostezos y ronquidos, suceden otras partes de la vida que no han de saber nunca los que sueñan. Dejemos que se vayan a esos reinos, queramos permitirles esos viajes a mundos que nos son desconocidos. Pensad que con la lluvia es suficiente: nos basta con sus golpes educados, rozando levemente los cristales. Pensad que con el aire y la ventisca los puertos tienen su romanticismo y lloran las espumas de las olas. Sentid también que el aire toma cuerpo, que tiene más espíritu si acaso, habiendo esa humedad que trae la lluvia. Y, mientras, cautivados por su magia, la lluvia os ve también ceder al sueño, sabed que me retiro, pues es tarde. Dormid en paz, callad como se callan las horas que respetan a la gente que duerme silenciosa en cada cama. Soñad también con árboles y mares, con fuentes apartadas y estaciones cercanas a esos dulces manantiales.

Y, si sabéis amar el canto dulce del agua que desciende de los cielos, probad a dar oído a sus querellas: podréis amar entonces la añoranza que prende, en el otoño, en los muchachos que fueron a la escuela hace ya décadas; acaso gozaréis del eco triste del agua repentina, de los charcos, del grito cuando corre el aguacero. Y entonces hallaréis que la poesía revive donde cae agua de lluvia, regando con sus gotas la memoria. Y es cierto que la lluvia hará más bellos los puertos y las playas donde llega, haciéndolos brillar ante vosotros. Sabed que vuestros ojos querrán verlo, si el puerto cobra el brillo de la lluvia que cae sobre los barcos y las lanchas. Los bosques, cuando llueve, también brillan, y brilla el claro hermoso con la luna, si el agua lo bendice en el otoño. Después llegará el alba, y, con el alba, la luz verá de nuevo a los hermanos buscar en el pedreo y en el monte. Los viejos champiñones y los níscalos, igual que los mariscos de las costas, parecen ser excusa, en cualquier caso.

-¿Y dices que hay raposos en la zona? -le oyó decir, con aire triste y tímido, después de que cruzaron por el puente. La Fuente de los Ángeles, atenta, sabía del rumor de los muchachos que vuelven de visita en el otoño: solían adentrarse en la arboleda y amar el barro triste de noviembre, cubierto por las hojas desprendidas.

-Supongo que los hay, porque los montes están llenos de arbustos y de helechos -le dijo, no sin algo de ironía.  Sabía que su hermano se asustaba, después de que la abuela les constase sus cuentos y leyendas misteriosas; en ellas, criaturas sorprendentes, llegaban cada noche, y, en los claros, hacían singulares aquelarres...

Los viernes eran días de aventura: la tarde de los viernes era hermosa, dichosa como el tiempo del verano. Las clases se acababan y los niños salían con apuro de la escuela, soñando libertades imposibles. Quedaba atrás el lápiz, la pizarra, las mesas de los niños, los pupitres, los libros y los viejos diccionarios...






2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

lunes, 17 de julio de 2017

Terras fidei I

"TERRAS FIDEI" I

        Son versos que pronuncia el campesino
cuando la noche sabe vagabunda
los versos del saber en que se funda
su canto triste, claro y cristalino:
        desmiente el eco triste y mortecino
los besos de la tarde moribunda,
si sabe del crepúsculo que inunda
su muerte con su brillo peregrino.
        Los valles ven morir un sol valiente,
los montes callan tristes y brumosos,
y todo viene a ser pura tristeza.
        La tarde va cayendo lentamente
detrás de los cordales silenciosos
que ven morir la luz con su pereza.


        -¿Y dónde está la casa de la vieja? -le dijo, con un aire de desprecio, queriendo demostrar su valentía. Pisaban los helechos maltratados por lluvias silenciosas, por el viento y el beso amargo y gris de los otoños. El ruido del arroyo mortecino llenaba, con sus llantos y susurros, la escena, con sus músicas calladas.
        -¿No dices que conoces el contorno? -le supo replicar con la ironía que enciende en el coraje despechado. Las nubes avanzaban en un cielo que hablaba de vejeces y derrotas a los que lo miraban desde abajo. El bosque demostraba el colorido, queriendo el disimulo de los oros que sabe desmentir las rendiciones.
        -Yo sé que todos dicen que el sendero conduce a la casona de la bruja -se impuso con su genio el más pequeño. El sol se retiraba como suelen los viejos generales con sus tropas, mordiéndose los labios con enojo. Las horas de la tarde se acortaban, la luz se hacía débil sin apuro y un brillo saludaba en lo lejano.
        Requejo no tenía sino trece, pero era el capitán de aquel grupeto que ardía por hallar aquella casa. Pichola, que era su lugarteniente, tenía un año menos y era grande, tan alto como un pino, si se quiere. Los otros, con sus once, no eran altos, pero era su coraje el que quería mostrar mayor valor que los mayores. Mostrar mayor valor que los mayores es siempre la labor del más pequeño, si quiere uno partir a la aventura. Mostrar mayor valor que los mayores es siempre ese deber al que se deben los niños que se inician en maldades. Mostrar mayor valor que los mayores tal vez era un deber inexcusable que había que cumplir como ninguno.
        Requejo despreciaba a los más niños:
        -Son blandos, se acojonan fácilmente -decía, con un gesto de desprecio.
        Pichola le seguía siempre el juego:
        -¿Qué quieres? Solo son unos muchachos, no saben de las cosas de la vida.
        Los chicos se mostraban resentidos:
        -Si dicen esas cosas, no comprenden que somos más valientes y más hábiles.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

Terras fidei II

"TERRAS FIDEI" II

        Decís que enciende el ánimo cobarde,
sabiendo que es el oro el que se enfría,
pero es el sol más bravo cuando el día
desciende a sus palacios sin alarde.
        Y muere lentamente, mientras arde,
la llama que, si vuelve a ser sombría,
murmura como el canto de alegría
del agua que se rinde con la tarde.
        El sol no aguarda lluvia ni granizo,
buscando su crepúsculo a caballo,
si prende lo lejano sus bermejos:
        a veces, temeroso de un hechizo,
no espera la palabra del "orbayo",
si borra sus colores a lo lejos.

 
        Requejo, que decía que la bruja, después de haberse muerto, retornaba, reía al asustarlos con sus cuentos: "Las noches en que hay luna muchos viejos la ven llegar volando en una escoba, soltando carcajadas como el diablo". Los otros escuchaban estas cosas con algo de inquietud, porque no es fácil callar esos temores en el pecho. Pichola sostenía que la bruja podía convertirlos en insectos, a fuerza de pociones y de hechizos. Había mil culebras en su casa, las ratas lo llenaban casi todo y había un fuerte olor a podredumbre. Por eso en las casonas donde hay brujas se queman muchas cosas y el ambiente podrido se entremezcla con azufre:
        -Tal vez en los infiernos, los demonios procuran evitar esos olores quemando vieja pólvora de antaño: los diablos mismos odian los olores de todas esas pócimas malditas que suelen cocinar las viejas brujas.
         Quizás hasta Requejo imaginaba la llama de aquel fuego y la marmita, la risa de la bruja y los demonios, con las de murciélago volando.
        -¿Y dices que está cerca esa casona? -fingía impacientarse el más valiente, si es cierto que era acaso el más valiente. Los otros lo miraban con respeto, con esa admiración siempre inspiran los mozos en los niños más pequeños. Sabían que podía aconsejarles, pues era más mayor y conocía secretos de las cosas más extrañas.
        -¿Será que tienes miedo y nos apuras, queriendo aparentar que eres más fuerte? -le dijo el pequeñuelo con orgullo. Su escasa longitud no le impedía gritarle a los mayores y encararse con muchos de los bravos del colegio. Odiaba que le dieran ese trato que suelen dar algunos a los chicos que pueden parecer menos capaces.
        -¡No tengo miedo a nadie, así que calla! -decía el más crecido de los cuatro, seguro de sí mismo, complaciéndose. Pensó que no podía un mequetrefe ponerlo de cobarde ante los otros, hablando de la casa de la bruja. Tal vez tuviese miedo, como todos, en esa extraña empresa de acercarse y hurgar entre las ruinas de la casa.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

Terras fidei III

"TERRAS FIDEI" III

        Las nubes, pronunciando sus colores,
el gris de su bandera, que encendía
su guiño de febril melancolía,
pudieron confesar sus desamores.
        El cielo dibujó, entre resplandores
que quiso el alba bella donde el día,
la llama de ese sol que repetía
sus llantos, sus lamentos y dolores.
        Qué tristes sollozaron los maizales,
heridos, malheridos por el viento,
no lejos del sendero silencioso.
        Lloraron, con sus brillos otoñales,
diciendo al aire mismo su lamento,
los valles con su acento doloroso.

 
        El padre de Pichola era gallego, la madre era asturiana y un abuelo venía de los vascos, nada menos. Pichola era un zagal de vivo genio que amaba los maizales de la tierra y aquellos castañares malheridos. Los otros eran puros asturianos, los hijos de los vientos y la lluvia, y hermanos de la tierra y del arroyo que va de la montaña hacia los mares.
       Pichola hablaba siempre de las meigas, de todos sus secretos y sus ritos, de toda la maldad que hay en su vientre. Los otros escuchaban sus relatos, plagados de fantasmas y de diantres, mirándose con cierto escepticismo:
        -Yo pienso que eso son cosas de viejas -solían responderle, si es que hablaba de todas las rarezas de su tierra.
        Y, en cambio, no era pobre nuestra Asturias en mares de ignorancia y en herencias de aquel pasado triste de los tiempos: los trasgos y los cuélebres existen de nuevo en nuestro mundo y su presencia nos viene a recordar a los ancestros. No somos muy distintos los astures de gentes de otras tierras, de berzales, galaicos y de cántabros, si acaso.
        -Que luego llego tarde y me castigan -oyeron al penúltimo, que hablaba con esa voz aguda de un muchacho. De pronto, todos juntos, al unísono, se vieron avanzando por la senda, buscando aquella casa misteriosa. Querían acercarse y atreverse, como un explorador en plena jungla, quizás, a entrar allí y mirarlo todo.
        -Tampoco quiero yo que me castiguen, que el sábado es sagrado -comentaban los chicos de camino al edificio. Los sábados son tiempo de aventura, después de tantos días de colegio, de cuentas y de números malditos. Los cuatro coincidían en que el viernes y el sábado eran días deliciosos, momento de sentirse un alma libre.
        -Mirad aquella casa abandonada -le oyeron al mayor que, con el índice, mostraba aquellos muros apartados: detrás de la colina, en las orillas del viejo arroyo triste y pusilánime, no lejos del molino, la encontraron. Aquel era un lugar para los córvidos, guarida de raposos y de urracas, de hurones y mochuelos sigilosos.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

Terras fidei IV

"TERRAS FIDEI" IV

        Dirá al morir la llama que mezquinas
se esparcen por los cielos que, abatidos,
se rinden, entre sombras escondidos,
las ascuas en el aire peregrinas:
        la noche esconde en velos y cortinas,
al fin, los brillos tristes y vencidos
que vuelan con los soles malheridos,
callados bajo brumas y neblinas.
        Y el beso silencioso de su aliento
parece arder dichoso, si el hechizo
sereno de la tarde se deshace.
        Mirad en lo lejano, si el granizo
en cumbres elevadas toma asiento,
narrando su dolor, su desenlace.


        De pronto comprendieron que era tarde: la cena no podía tardar mucho y había que volver hasta el villorrio. Tendrían que seguir por el camino y hacerse a la aventura o dar la vuelta, que nunca fue ni honroso ni valiente. "Yo tengo que volver", se repitieron, llevados de un temor más terrorífico que el grito de la bruja y sus maldades:
        -Mi madre quiere siempre que esté pronto -decían, alarmándose, pues vieron el sol callado ya en el horizonte.
        -Mi padre me reprende y me castiga, mañana no saldré si no volvemos -venían repitiendo por la senda.
        -Será mejor volver, porque ya es tiempo -decían, admitiendo que la noche venía a desplomarse por la altura.
        Juraron regresar al día siguiente, pues era necesario hacer lo propio y hurgar en esa casa abandonada. La casa de la bruja estaba cerca de la colina aquella del arroyo, llegando ya al camino del embalse. No habré de repetir que un sol hermoso brillaba sobre el agua del pantano, menguando su vergüenza y su derrota. Pesaban sobre el verde del helecho la muerte del ocaso y del otoño malévolo que llega con sigilo. Pesaban sobre el verde del helecho los brillos de una tarde moribunda que sabe como el tiempo que se fuga. Pesaban sobre el verde del helecho las brumas, las neblinas y el ladrido de perros lamentándose a kilómetros. Los niños de esta edad son muy valientes, si no es que los asustan los fantasmas y el grito de Cernnunnos, si aparece: cumplidos los catorce, nadie piensa ni en diaños ni en misterios, ni en las pócimas del tiempo en que las brujas eran brujas (Pichola nos diría que en los tiempos de meigas y de dólmenes callados, no lejos del enclave de los castros). Rondando los catorce, los muchachos buscaban esos claros de los bosques, discretos para gustos más diversos: fumar sin que la abuela los soprenda y hablar de las muchachas que en verano se bañan en las charcas, pero en cueros. Llegados los catorce, si era el caso, tal vez gustaba más ese deporte de darle al cuerpo mucha manivela.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

Terras fidei V


"TERRAS FIDEI" V

        De nuevo fue en noviembre la otoñada
como una puñalada que, encendida,
al bosque le dio luz, y muerte en vida
le pudo dar también a la quebrada.
        Y supo el horizonte en que, nevada,
la cumbre se admiraba presumida,
que aquella puñalada era una herida,
que siempre hiere toda puñalada.
        Y quiso ser dichoso aquel paisaje,
sabiéndose febril y amenazado,
eterno condenado a su destino.
        Sus luces encendió como homenaje
al beso de un verano ya pasado,
mezclando a su recuerdo el desatino.

 
        Pichola hablaba siempre de la bruja, de todos sus excesos y maldades, de todo su poder y de sus crímenes: si hacía que el ganado se muriese, si hacía que enfermasen los más niños, si hería con el tufo de su aliento. Y el caso es que la bruja era querida por todos sus vecinos en el pueblo, pues todos la llamaban, si era el caso:
        -Tenemos este potro que se muere.
        -La vaca del Benancio, que está enferma.
        -La hermana de Rogelio, que paría.
        La gente veneraba a aquella anciana de rostro carcomido por los años, de pelo blanquecino, limpio y puro. No en vano, resolvía cada trance, sabía lo que hacer y todo el mundo pedía soluciones imposibles. Quizás no era una fiera del averno que vino a maldecir a los que viven con esas carcajadas y sus gritos. Las brujas de los cuentos, sin embargo, son seres que envenenan con maldades el bien y la salud de las aldeas; las brujas de los cuentos y leyendas que alzaban en su escoba el vuelo raudo, buscando las alturas en la noche...
        -Obdulia -le decían los del Trasno-, tenemos al pequeño con catarro, y el caso es que ya tiene mucha fiebre.
        -Obdulia -le decía Manolita-, que tengo esta infección y que los médicos no saben del remedio que lo cure.
        -Obdulia -le pedía doña Carmen-, que tengo mal al nieto y no espectora, y habrá que darle más de ese jarabe.
        Obdulia era mujer amable y buena, pues nunca se negó, cuando un vecino pasaba, a cualquier hora, por su casa: "Tenemos tal problema", le decían, y no tardaba en ir para ayudarlos, pues era una mujer irreprochable. La gente la tenía en su recuerdo con el cariño propio que en los pueblos mantienen, tras los años y las décadas.
        Decía don Clemente, el viejo cura del pueblo, del villorrio, que esos credos tan solo eran recuerdo del pecado:
        -Pensad en la ignorancia de otros tiempos, en las supersticiones de otros tiempos, en las aberraciones ancestrales...
        Los viejos de la villa no sabían lo que eran esos términos tan nuevos que usaba el viejo cura desde el púlpito.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

Terras fidei VI

"TERRAS FIDEI" VI

        Derrota fue del sol junto a los mares
al tiempo que otra noche se avecina,
la burla del otoño más mezquina,
corriendo los paisajes más dispares.
        Dibuja el sol, fingiendo malabares,
un llanto amargo y débil que adivina,
yacente ya, la sombra mortecina
que muere donde están los castañares.
        Las llamas del crepúsculo vencido,
que deja en estas brisas su lamento,
parece ser la ruina de una aurora.
        Y sigue ese murmullo, ese sonido
que canta el arroyuelo con el viento,
la brisa en su palacio, cuando llora.


        Los cielos, en efecto, se cubrieron con toda su tristeza y con su luto, sabiendo que moría ya la tarde. Los viejos horizontes musitaban canciones tan amargas como tiernas, sabiendo que moría ya la tarde. El sol le dio a la noche el principado, después de convocar la retirada, sabiendo que moría ya la tarde. Y existe un mundo extraño pero bello, poblado por helechos y por zarzas, que muere lentamente en el otoño. Existe un mundo extraño pero bello, colmado por los dones de la vida, que llora cuando lloran los crepúsculos. Existe un mundo extraño pero bello que sabe lo que sienten los que mueren, si muere cada tarde cuando es noche. Los cielos se cubrieron de tristeza, de luto y de dolor, de sensaciones de duelo y de amargura sin remedio. Los viejos horizontes suspiraron como el aliento triste de la brisa que corre los espacios en noviembre. Y el sol firmó por fin un armisticio que quiso darle paso a su crepúsculo, cansado de la vida en la batalla. Requejo vio morir aquella tarde, Requejo lamentó que aquella tarde perdiese su belleza repentina. Y es cierto que lo bello y repentino, pintando las estrellas en la bóveda, fue el beso silencioso de la noche. Y el beso silencioso de la noche los hizo regresar a su morada, buscando los caminos conocidos.
        -Sabéis que hay que volver, que la aventura tendrá que renovarse y que es preciso volver hasta la casa de la bruja.
        Son estas las palabras que les dijo, tal vez comprometiéndolos, haciendo que hubieran de volver a estos paisajes. Los viejos champiñones, los coprinos, los níscalos, si acaso, dormitaban debajo de malezas siempre verdes. Algunas veces eran de colores parduzcos, y otras veces amarillos esos brotes que hieren con su aliento los otoños. Y vieron el regreso de los niños, volviendo de la casa de la bruja, si caso hubo una casa en esa zona. Y vieron regresar, como guerreros de tiempos medievales a los chicos, los cuales iban ya para sus casas.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

martes, 11 de julio de 2017

Tratado de la locura

"Ignoro si es correcto confesarlo: no suelen los paisajes del espíritu querer mostrarse fáciles ni abrirse, con un lenguaje lógico, a las gentes. Por eso los poetas son oscuros, por eso su lenguaje es siempre extraño y hermosas, pero raras, sus metáforas. Y, hablando de metáforas, parece que el cielo es la metáfora del ánimo que prende en las palabras del poeta.
Yo sé de cielos tristes, silenciosos: los hay llenos de luz en su crepúsculo, callados sobre mares enojados, cuajados por la lluvia que no cesa. Y, en cambio, me deleito en la ventana, dejando que la vista busque lejos el último perfil del horizonte. Y el último perfil del horizonte nos puede sugerir extraños salmos que anoto en el cuaderno de los locos.
Diré que la poesía no alimenta: quizás se olvida el hombre de las penas leyendo tonterías, y por eso les dan a los poetas tanto bombo. Y, junto a la ventana, lamentándome (las voces del espíritu se quejan), no ignoro que es estúpido el lamento. Y es raro y es estúpido escribirlo, con líneas elegantes, en las hojas del diario que no debe hallar ninguno.
Pongamos, pese a todo, que lo hiciera: podría llenar todo este cuaderno de extrañas tonterías, de patrañas, fingiendo en prosa y verso algún propósito. Después, tras muchos días de escritura, podría pretender que alguien lo hallase, quién sabe si después de muchos siglos (ya os digo que los viejos escritores estamos algo locos y que obramos del modo más extraño e incomprensible).
Después iría junto a los castaños: existen, tras la calle de la iglesia, caminos que conducen a caminos, senderos que conducen a senderos. Y, luego, tras andar esas veredas, nos muestran los otoños castañares que alternan con los viejos eucaliptos. Allí habré de entregar, en una caja, la voz de mis escritos al silencio, las letras a la noche más oscura.
Y luego querrá el tiempo prolongarse: tal vez, con la humedad, no quede nada, tras años de paciencia insoportable, y así no quede un verso de los míos. Tal vez sepa el silencio de la nada volverse buen lector y apreciar algo de cuanto ilusionado le regale. Y acaso un alma noble encuentre el texto y alcance a investigar los caracteres, amando las lecturas que contiene.
De todos modos, todo es tontería: mi amiga la ventana me lo dice, lo dicen las cortinas que me enseñan la luz que hay más allá de sus tejidos. Detrás puedo saber, si se despejan los cielos que no alumbran el otoño, los montes recortados de la costa. Y entonces las ventanas y cortinas me aconsejan que deje de soñar, que vuelva al mundo de gentes de provecho y cosas prácticas.
¡Si acaso lo dijera a los amigos! Prefiero muchas veces que la gente no sepa lo que digo a los espejos, si un día estoy lavándome los dientes. Sabed que los espejos, envidiosos del verso y de la prosa que imagino me escupen sus verdades repentinas: la edad y la demencia que me llenan obligan a que piense, con prudencia, las cosas que, de pronto, se me ocurren.
Supongo que es salud esta locura. Salud debe de ser cuando se vive, si es vida este vivir, donde las máquinas apartan lo que otrora fuera el hombre. Salud debe de ser y en mi provecho querer hacer las cosas más inútiles, pues sobran los motivos necesarios. No es justo en esta vida que el motivo se erija en dictador y nos gobierne, si hay gusto en hacer algo por el gusto."
Así dijo Fermín, mientras pensaba: los bosques alejados de la casa dejaban que sus verdes se asomasen a su conciencia llena de poesía. También las nubes negras lo querían hacer ver la verdad, con el azote de lluvia y de granizo repentino. Los truenos se enfadaron con su modo de hacer, su sinrazón y sinsentido, con sus maquinaciones alocadas.
"No importa si no leen lo que escribo: yo sé que el alma vive en cuanto existe (no el alma que nos dice el sacerdote, hablándonos soberbio desde el púlpito). Mas debe haber un alma en cuanto puede llenarnos de poesía, sugerirnos que puede haber belleza en cada parte. La luz del mundo alumbra mil rincones que esconden su belleza, su secreto, jugando con audacia al guarecerse.
No importa si no leen lo que escribo. El alma de las cosas puede hacerse belleza en el secreto de la tierra de forma a semejante a ese secreto que oculta la belleza de las cosas. No en vano, los paisajes son hermosos, las horas del crepúsculo lo dicen, los dicen las estrellas cuando salen, las luces que se encienden con la aurora..."
Y un día, de mañana, salió pronto. Llevaba bajo el brazo un viejo cofre, tallado con trabajo bellamente, pequeño y elegante, sin adornos. Quien viera caminar al desdichado diría que es absurdo escribir tanto, tejer extraños versos y enterrarlos. Los versos que no ven la luz del día son versos que murieron sin ser vistos, carecen de sentido para el mundo.
Pensaba en esas noches apagadas. El musgo sabe siempre los secretos que no comentan nunca, entre las ramas, los pájaros del bosque más tupido. Y el caso de sus versos era extraño, tal vez una aventura insospechada de densa oscuridad y extraña espera. Quién sabe si algún día, bajo el pino, querrá cavar alguno y halle el cofre que guarda los tesoros más extraños.
La caja duerme hoy día su silencio. Y, porque suelen ser tan ocurrentes los locos que hacen cosas tan absurdas, de nuevo tuvo ideas delirantes. Supuso que era el mar también un templo, lugar donde dejar que sus escritos viajasen a lugares impensables. Y entonces escribió sobre piratas valientes, sobre bravos bucaneros, también sobre corsarios aguerridos.
Y pronto comenzó aquella aventura:
-Mis versos hallarán playas lejanas -le dijo a las arenas de las playas, después de echar al agua su botella.
-Mis versos llegarán al Nuevo Mundo -le dijo a los cantiles de la zona, después de echar al agua su poesía.
-Mis versos serán mar entre los mares- le oyeron repetir los precipicios, si acaso iba a mirar al horizonte.
Y nunca supo más de sus escritos:
-Tal vez los haya hallado algún pirata -decía con voz baja a los cristales, prudentes con su punto de locura.
-Tal vez estén en manos de un corsario -le oyeron repetir esas cortinas, discretas con sus raras necedades.
-Tal vez los tenga algún aventurero -supuso, demostrando su alegría quizás al aire triste de noviembre.
Y siempre paseaba por las playas:
-Mis versos son un mar en el océano -gustaba repetirse en el silencio, seguro de que nadie lo escuchaba.
-Mis prosas son un aire entre las brisas -quería convencierse en sus paseos, seguro de que nadie lo escuchaba.
-La voz de mis escritos es el mundo -suspuso, tras dejar que sus escritos volasen, como el aire, hacia la nada.
También en don Quijote hay algo grande: los sabios ignorantes y los locos parecen recordarnos que este mundo de prisas y tensiones es absurdo. Queremos muchas veces conciliarnos con esas gentes simples que diseñan extrañas fantasías imposibles. Y es justo lo que hacemos cada día: vivir con esa envidia que se esconde queriendo desvelar otras locuras.
No en vano, es este escrito una locura: el mar os lo ha llevado lentamente, quién sabe si entre espumas, a las casas donde habitáis los listos y sensatos. Vosotros recibís esta poesía dejada en una página cualquiera, perdida en ese mar que son las redes por donde navegáis los internautas. Y hay algo quijotesco en este escrito, sin falta de enterrarlo ni arrojarlo por playas apartadas y preciosas.
El caso es que es también vuestra locura. Y es esta una locura saludable, si al cabo comprendéis que están más locos aquellos que, amasando mil millones, se olvidan de vivir lo que es la vida. Y acaso es nuestra vida la locura de hacer lo que queramos, si podemos, en este breve plazo que nos dejan. Después vendrá la muerte con su noche y habrá de revivir en el vacío la voz de la memoria que ignoramos.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

Los truébanos


Parece que descansan en los truébanos las mieles del ayer, que cada día renace con más fuerza, y, sin embargo, podemos ver la bruma de las playas, podemos alcanzarla con las manos, podemos aspirarla suavemente, sabiendo que las densas humedades,
las lluvias de los tiempos del otoño, son lluvias que nos hieren, que nos matan, que imponen sus momentos melancólicos.
No es tiempo ya de fresas, si las fresas no pueden ofrecerse al caminante, pues antes era propio, en los caminos, hallar esos miruéndanos pequeños, los frutos de un verano que se escapa fugaz como los días de la vida, que corre como corren los riachuelos que buscan otro mar, otro descanso, tal vez el reino triste de la muerte que quiere consolarnos con su abrazo.
Parece que descansan en los truébanos las mieles del ayer y del presente...



2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

"Cosas de otro tiempo"

-Son cosas de otro tiempo, son leyendas de viejos que murieron hace mucho -le comentó prudente, sin burlarse: a veces las preguntas son incómodas a fuerza de evidentes, y, otras veces, ofenden simplemente por ser tontas. Quizás no era acertado preguntarle por cosas que no pueden responderse, por los misterios mismos del pasado.
Los viejos castañares dormitaban, oyendo los sonidos de la lluvia callada del otoño primerizo y el barro del camino, con sus ocres, sentía las canciones de la tarde, dormida bajo un eco melancólico. La torre solitaria se rendía, dejándose tomar por la hojarasca de hiedras que escalaban las alturas.
Y, en cambio, en las preguntas que le hacía vivía, por supuesto, ese deseo que anima a investigar y a ser curioso: ¿quién dice que esa torre, con sus muros, no tenga alguna historia de otros tiempos, después de tantos siglos levantada? La ruina medieval, medio escondida por la maleza verde que trepaba, tenía sus encantos sugerentes.
-No pienso que los moros estuviesen jamás por esta zona -repetía, queriendo confirmar lo que pensaba-. Lo cierto es que contaban que la torre fue alzada por los moros en los tiempos callados del ayer y del silencio. Los tiempos que se fueron sin escritos son parte de la historia sin memoria y son, al mismo tiempo, pura nada.
-La gente de la zona cuenta chismes de moros que habitaron la comarca -le dijo, dibujando sus sonrisa-.  Lo cierto es que no sé nada de moros. Son cosas que se cuentan solamente, son cosas decían las abuelas.
Daniel no comprendía que hay relatos que encierran la verdad en lo fantástico, como un tesoro viejo en una gruta. Y el agua penetrante del "orbayu" seguía lentamente su camino, jugando a descender sin apurarse.
-Yo pienso que la historia de esta torre tan solo es ese tiempo detenido de siglos contemplando los paisajes.
Así dijo el muchacho, y sus palabras sonaron como el eco malicioso del viento en los cantiles de la playa.
Inés, que no aspiraba a convencerlo, no quiso hablar de moros y de moras: las gentes asturianas, los gallegos, bercianos y leoneses son conscientes de que hubo un tiempo lleno de belleza que vio a la vieja raza del antaño, los moros, que no fueron islamitas, sino la gente extraña de la estirpe nacida de gigantes legendarios.
No quiso Inés hablar de los vaqueiros, de crónicas y cartas que mentaban que fueron confundidos con los moros, que muchos, en los siglos más lejanos, hablaron de la gente de los castros, de dólmenes y torres y decían que todos fueron moros hechiceros, iguales que los cuélebres y el hada que habita entre el arroyo y la colina. Inés sabía mucho de estas cosas y hablaba con frecuencia del folclore, de todas las leyendas y los mitos. Las ramas y los árboles, el viento, querían pronunciar en su defensa leyendas y relatos de otros días. Incluso pareciera que intentaban gritar que aquellos seres mitológicos vivieron en la Asturias del pasado.
El cielo del otoño moribundo podría parecer esa alborada que nace siempre gris en primavera. Debajo de las densas arboledas caía con violencia el precipicio, buscando las espumas de las olas. Mirar abajo tiene sus encantos y un algo que nos llena de temores, de angustias y de vértigo, si acaso.
Dejado a la tristeza del helecho, perdido y enterrado en la maleza, lloraba su condena el viejo dolmen: son días de dolor y de paciencia, son meses de dolor y de paciencia, son siglos, son milenios de silencio... La lluvia y su lealtad son indudables, mantienen su presencia, nunca fallan, después de que el sol salga algunos días.
-¿No dices -respondió con tono seco, después de sus palabras, la muchacha- que no cabe un misterio en este mundo? Pues mira el viejo dolmen, ese musgo que extiende su verdor por esa roca, callada, silenciosa, resignada...
Inés hablaba siempre con un tono sencillo y literario al mismo tiempo, llenando de emoción cada palabra.
 



2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

miércoles, 7 de junio de 2017

Recuerdos de la zona de Moniello




José Ramón Muñiz Álvarez
"RECUERDOS DE LA ZONA DE MONIELLOS"

PRÓLOGO

Hay algo de nosostros que queda siempre atrapado en la naturaleza que habitamos, algo que volvemos a encontrar cuando, sin saberlo, retornamos a esa naturaleza como el que, sin haberse movido durante décadas, un día cualquiera, retorna a ese paisaje como quien vuelve de un largo viaje. En unos casos se trata de los riscos encrespados de las montañas más atrevidas, donde, llegado el otoño, el invierno si cabe, la nieve se enseñorea de las rocas y mira las quebradas con no poco orgullo de desde las alturas; en otros casos, es el llano, o quién sabe si ese océano de colinas que se suceden, que se van siguiendo hasta las llanuras y los páramos que cierran el marco de estampas tan distintas..., pero también el pincel del artista busca el azul reflejado de los cielos en los mares, y también sabe hablar de espumas la pluma del poeta, si es cierto que el poeta es pintor a través de la palabra. Pero el poeta está más cercano al músico, y, si el músico sabría pintar en una sinfonía esos acantilados, debemos imaginar que pueden ser los versos del poeta, tal vez sus prosas, las que sepan simular esos rumores que todos conocéis y amáis como los niños, que sueñan con las nuevas vacaciones.

INTROITO

No puede haber más luz en la esperanza de ver que la poesía ha despertado detrás de los cantiles de la zona. Buscar el mar, buscar esos paisajes que quieren ser el mar, que quieren siempre flotar sobre la espuma cadenciosa. Buscar el mar, buscar, entre la arena de playas olvidadas y dormidas, los ocles que quisieron las galernas. Buscar el mar, buscar en el espíritu la furia que desata el viento triste que corre los océanos violento...
No puede haber más luz en el deseo de ver que los escritos de los viejos discurren sobre el mar y sus azares. Buscar también la espuma y, con la espuma, la arena que, manchada por la espuma, descansa bajo el sol del nuevo día. Buscar también la espuma y los azules que brillan a lo lejos, dibujando destellos de esos soles que se apagan. Buscar en el otoño bajamares que muestren los moluscos a los ojos del hombre que camina entre las peñas.
No puede haber más luz en los anhelos que encienden, como un faro, lo profundo del alma que navega mientras mira. Y mira los paisajes de los mares que flotan en la espuma de las olas que llegan, cadenciosas, a las playas. Y mira las arenas olvidadas, las playas olvidadas, las arenas, los brillos del crepúsculo que muere. Y mira, más allá del horizonte, moluscos en las playas silenciosas que esperan, en la noche, el alba clara.

PRIMERA PARTE

I

No pueden olvidarse los lamentos del aire que estremece cada parte, dejándonos su llanto melancólico: la escarcha del camino brilla siempre con esa luz extraña pero bella que envidia los colores de la aurora, y el bosque siente a veces el aliento que trajo el mes un día, maldadoso, jugando a ser travieso como un niño. Europa se sumerge en el otoño, los árboles se rinden a la brisa y entregan sus follajes moribundos, manchados por el oro sucio y bello, los pardos del ayer, los de otro otoño, los rojos encendidos de la vida que quieren regresar y que regresan como el bermejo alegre de unos labios que saben de los barros de otras veces. Un búcaro de amor sospecha al tiempo los níscalos que nacen de la tierra, los blancos champiñones de la tierra, los verdes del helecho malherido -si quedan los helechos malheridos-, detrás de la arboleda donde lloran los densos eucaliptos que los años dejaron avanzar por esos montes que huelen a un pasado irrenunciable.

II

El caso es que la playa queda lejos, perdida más allá de los caminos que habremos de encontrar esta mañana, callada como el eco de las olas, que quieren ser mejores, mortecinas, igual que el aire frío y los anuncios del vil invierno, porque, con su espada, se dice general de los granizos y dueño de las nieves que se acercan. Pensad que los oricios nos esperan, pensad que nos aguardan en las rocas, hermanos de la espuma silenciosa, pues poco importa ya si el avefría se acerca por los cielos desde el norte, fugándose del hielo bullicioso que llega con tormentas inclementes a reinos de ese sur amenazado por hordas siberianas que nos hieren. El coche, que ya es viejo, sin embargo, no avanza con más prisa porque corre por sendas y caminos muy estrechos. Los trajes de neopreno de mi amigo descansan en el viejo maletero que siente cada bache entre las ruedas. Nosotros, que sentimos esos golpes, también nos lamentamos muchas veces: "A ver si cambias pronto esta tartera".

III

La zona de Moniellos me recuerda momentos olvidados de la vida, los años que volaron a la nada.

IV

De niño conocí las aguas claras del mar aprisionado en esos pozos que son como piscinas mal trazadas, y amé el color del agua, tan distinta del denso azul y el verde de los mares que extienden su horizonte hacia los cielos, y supe, en mi inocencia, que esas aguas hablaban en secreto con las olas, queriendo verse libres de su cárcel. También nadé en el mar, bajo la espuma, y hallé, bajo las olas agitadas, corales que formaban raros bosques, las algas y los densos ramalotes, correas meneadas lentamente por la corriente suave que discurre cuando las olas pasan, cuando corren, acaso cuando siguen a su rumbo, buscando las arenas y la grava. Las playas son así donde las rocas alternan con los densos arenales, extensos pero bellos de mañana, callados a la tarde, si la tarde los mira como el sol en su crepúsculo, que admira las estrellas en la altura, que ve cómo relucen, temblorosas, jugando con sus guiños apartados, igual que el faro triste cada noche.

SEGUNDA PARTE

I

Los míos son recuerdos de la infancia, buscando los lugares que sentía fundirse en mi interior, en mis recuerdos. Quizás esa memoria habla del alma que sigue subsistiendo en el presente, perdida en un rincón de mi cabeza. Quién sabe qué lugar de mi cerebro conecta ese pasado a este presente que hurgaba en el ayer del abandono. Y hay algo que me lleva de regreso, que me hace retornar a lo que he sido, que me hace hundirme en años sucedidos: pensad que este regreso lo producen las voces de un paisaje inalterable que sigue como entonces, como siempre. De pronto tengo muchos menos años, hundido en una década lejana que pudo ser la voz de la memoria. De nuevo soy la infancia que he perdido, dejada atrás, vencida, traicinada por ese tiempo vil que se acelera. De nuevo soy la infancia que tenía, la infancia que era mía solamente, febril en excursiones y aventuras. El agua verde y triste de la charca devuelve a mis caprichos sugerencias que esperan y que callan en silencio.

II

La cuesta que conduce hasta la playa nos habla del ayer, de aquellos tiempos perdidos, enterrados para siempre: quizás esos recuerdos que reviven nos digan quiénes somos, quiénes fuimos, quién busca lo que fue en aquel momento. Y el ruido repentino de las olas parece, como en días de verano, llamarnos a la calma de sus reinos. Parece que promete la aventura, parece que promete cada brisa, parece que promete el oleaje. La tarde va cayendo lentamente y el mar nos abre el pórtico sagrado que deja que busquemos sus secretos. La calma de los mares acompaña, pues estas aventuras del otoño parecen transportarnos a otros días. Los días que suplica mi aventura sugieren los recuerdos de otros años, tal vez no en el otoño ni en invierno. Yo sé de los veranos infinitos que habitan los recuerdos de la infancia (entonces el verano y sus dos meses, las largas vacaciones del verano, jugaban a mostrar el infinito).

III

Moniellos tiene bosques de eucaliptos que miran a los mares más lejanos desde el acantilado más violento.

VI

El fondo de los mares nos esconde paisajes hermosísimos y bosques que saben de las algas silenciosas: el paso de las olas, las espumas, ocultan los tesoros más extraños que habréis de hallar después de sumergiros. Allí bebe el percebe solitario, debajo de las olas, el salitre que impregna su sabor, su gusto fuerte. Pensad en que la esguila, cuando nada, disfruta de su nado, contemplando los valles como un ave desde el cielo. Yo mismo, cuando nado y miro el fondo, parezco como un ave desde el cielo, me siento como un ave desde el cielo. Y siendo como un ave desde el cielo, ¿no habré de repetir que son hermosas las algas, los corales, las correas? Es bello conciliarse con el mundo que vive bajo el agua, que se oculta debajo de ese mar que lo sepulta, nadar como un delfín y ser, acaso, quizás una gaviota que se posa, tal vez un frailecillo en los cantiles, acaso un gran albatros que domina las costas con su gran envergadura, corriendo sin apuro los espacios.

TERCERA PARTE

Quisiera escribir cosas de los mares, poder pintar un lienzo con imágenes calladas de los mares y su fondo. Quisiera escuchar esas sinfonías que prestan los alientos de Neptuno, si sale, sobre el mar, con su tridente. Quisiera ser acaso algún cetáceo que cruza los océanos sagrados y sabe de los trópicos y el hielo. De todos modos, pienso que las olas nacieron del hechizo de ese viento que corre a su capricho la llanura. El mar es, en efecto, la llanura, tal vez esa llanura que recorren los viejos bucaneros del Caribe. Pensad en esos viejos balleneros que corren cada mar, que van siguiendo la estela de un destello con el día... Quisiera escribir versos sobre mares que saben las desdichas del marino, que calman sus durezas repentinas. Quisiera hablar de mares encendidos, de furias y tormentas, de energía que vuela como un ánade en la altura. Quisiera definir la fuerza magna que brota de esos mares que, violentos, azotan precipicios son clemencia.

CUARTA PARTE

I

Moniellos es lugar para el buceo, lugar para los baños en verano, lugar para el descanso vespertino. Los grillos que poblaron el verano se callan en otoño, traicionando las raras sensaciones de otras veces. No es tiempo de verano y ya las hojas del árbol moribundo lo pregonan al níscalo que asoma de la tierra. Quizás en el verano, con los grillos, los baños sin el traje de neopreno, la brisa repentina, regresamos: es este ese regreso hacia otras épocas, los años transcurridos de la vida que vuelven a ser ciertos, repitiéndose; es este ese regreso hacia otros años que vieron en la altura densas nubes y el sol que se asomaba casi tímido. Asturias, con sus densas humedades, las costas traicioneras y su clima, sugieren que era bello aquel verano. La gracia del estío se renueva, pero uno no es un niño como entonces, ni sueña aquellos sueños del entonces. Detrás de Luanco es todo diferente, si bien parece igual, si bien parece idéntico a los tiempos que se fueron.

II

Y, entonces, me sumerjo lentamente, dejándome llevar, sabiendo hermosos los bosques que me aguardan allá abajo. Y miro los corales, las correas, las algas que saludan con su juego de gestos, arrastradas por las aguas. Y miro los paisajes como un ave, si bien todo es nadar, pero, nadando, se puede ver un mundo desde arriba. Y casi siento, puestos a acercarnos, que puedo conversar con las anémonas, que saben de la mar y sus peligros. También la tintorera algunas veces se adentra a investigar en estas playas, por más que viva en aguas más profundas. La llaman en Asturias "la canía", y es cierto que las gentes de otras tierras la llaman muchas veces azulejo. Y no quiero temer a la canía, prefiero ver el mar, sentir las olas, acaso comulgar con esas vistas. Parece que el paisaje se me ofrece igual que al ave rauda cuando vuela, igual que al montañero cuando asciende. Ya Nietzsche subió a cotas elevadas y Heidegger amó, con su locura, las cimas que se alzaron sobre el resto.

III

Las costas asturianas nos invitan a conocer el fondo y sus cantiles nos dejan contemplar desde la altura.

IV

No lejos de Moniellos hay hermosos lugares con extraños precipicios que imponen su belleza y su peligro; no lejos de Moniellos, donde el Cabo, buscando la Gaviera y las espumas, es bello contemplar los temporales: la zona es un paisaje que el espíritu romántico venera, si es que sabe sentir como algo bello la galerna. En cambio, en estos días del otoño, buscamos esos mares apacibles, distintos de la fuerte marejada. Tal vez en otros siglos, tal vez en unos tiempos muy lejanos, los viejos marineros sucumbían. Es cierto que también hay accidentes, naufragios y tragedias, muertes tristes, en estos años nuestros que se esfuman. De todos modos, cierto es que la gente no vive como entonces y el destino resulta menos duro para todos: los viejos marineros de otras veces corrieron esos riesgos que parecen hacerse innecesarios tras los años. Y en ese mar de calma y de sosiego, mirar el mar, perderse entre sus aguas, renueva el alma en un bautizo nuevo.

CONCLUSIÓN

Parece muchas veces que los grillos callaron para siempre cuando vino, callado y pusilánime, el otoño. Parece muchas veces que sus cantos no habrán de buscar más el aire puro, cruzando las distancias kilométricas. Parece muchas veces que el reclamo que trajo el mes de abril, casi acabado, volviera a su destierro para siempre. No ignoro que el rumor de la cigarra y acaso de los grillos no encendiera, igual que los calores, el espíritu.
Lo cierto es que yo siento que las horas del día se hacen cortas, que la llama del sol va declinando con apuro. Tal vez el mediodía va cediendo, en estos meses tristes, y su fuego, sus llamas, sus colores nos hechizan. Tal vez las horas tristes se suceden igual que los más negros nubarrones que pueden irrumpir tranquilamente (sabed que el verde puro tan intenso lo tiene Asturias gracias a las lluvias, al beso de las muchas humedades).
Y el baño en aguas frías me complace, mas ha de dejar paso a otro momento distinto: el del regreso a la morada. Y en la imaginación queda la estampa del mar y lo profundo, de la anémona, las algas silenciosas, las correas... De todos modos, digo que es hermoso buscar en esas aguas silenciosas en horas de sosiego y de paciencia. Pensad que es más hermoso ver el mundo que yace bajo el mar que ver los muros callados de las tristes poblaciones.


2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

Lamentos de una infancia sin castillos



José Ramón Muñiz Álvarez
"LAMENTOS DE UNA INFANCIA SIN CASTILLOS"

Los días de la infancia retornan nuevamente, si se abren con cuidado las páginas del libro del recuerdo, las páginas del libro más sagrado, del libro en que quedaron, para siempre, los rezos de otros días, los cuentos y romances, los juegos de niñez por las aceras que siguen, sin apuro, hacia los bosques. Y aquellos castañares y bosques de eucaliptos que había a las afueras tenían los encantos de una fuente sin hadas y sin elfos, sin dragones, sin cuélebres que llenen de misterio, y acaso de peligro, las horas de aventura que quedan ya muy lejos de los parques, de arenas, toboganes y columpios. Por eso yo recuerdo aquellas tardes mágicas, perdido entre el helecho del denso sotobosque, en la arboleda, buscando los caminos que se pierden, andando aquellas sendas sin concierto, queriendo otra aventura, queriendo, como un niño, dar caza a las ardillas y milanos que pueblan los lugares de la zona.

Le faltan los castillos quizás a esta niñez que digo impertinente, mas no las viejas torres del antaño, los castros y sus piedras enterradas, los moros de los tiempos ancestrales, islámicos tal vez (lo cierto es que supongo que nada hay en común entre estos seres y aquellos invasores islamitas). Mi infancia sin castillos no impide que los sueñe, que sueñe bosques densos que quieren recibirme y me reciben con la paternidad que siempre es propia del mundo en que nos mira, el escenario que sabe hablarnos siempre de todo lo que somos y todo lo que pudo sucedernos en un reino de magia como es este. Mi infancia sin castillos me llena de poesía, y toda la poesía que nace de mí mismo es solamente tomar algunas notas escuchando las voces del arroyo, que repite... su canto interminable, su llanto interminable, como un rumor que enciende nuestras horas y vuelve a repetirnos sus discursos.

Los versos que susurra la voz de los arroyos nos habla de otros días, de tiempos muy lejanos, de esos tiempos que hubieron de vivirse intensamente y al fin quedaron solos y apartados, dejados al olvido, sumidos en la nada, para volver a ser, con la corriente, el agua del arroyo que regresa. Por eso los antiguos supieron que el riachuelo pudiera ser imagen del mundo, de la vida y del recuerdo que anida y que subsiste, contra todo, como los cambios mismos del paisaje, como los cambios mismos del alma que regresa, que torna a la niñez perdida a veces, para reconciliarse con su espíritu. El canto del arroyo, la voz del arroyuelo pudiera ser poema, pudiera ser el curso de los versos que lleva el agua pura y cristalina, sin rima y sin color, solo un murmullo de acentos que repiten sucesos de otras veces, los tiempos de los juegos infantiles en esa Asturias llena del hechizo.

¿Tendremos los poetas un algo de la herencia del sabio y del druida? Quizás se me encapricha que los castros tuvieron una historia diferente de la que nos refieren los manuales de historia más modernos, y aquella raza celta quería ser entonces una parte del mundo natural que la circunda. Por eso es necesario que aquella gente fuerte que supo resisitirse después de la llegada del Imperio, hablase con los tejos y los robles, sabiendo los lenguajes del aliso, del fresno y de las ramas del avellano regio, que pudo dar firmeza a los chamanes que hicieron de los bosques sus iglesias. Sucellos y Cernunnos no deben andar lejos, pues vieron esas tardes de juegos inocentes, de esos juegos que dejan que descubra un niño viejo la magia de las aves cuando vuelan, el pardo de la ardilla que trepa por los árboles, el verde derrotado de las hojas, la extraña majestad de los otoños...

Guerreros y poetas lo fueron los astures en tiempos anteriores al tiempo en que llegaron los romanos cambiando cada nombre, definiendo las cosas en sus griegos y latines, distintos del lenguaje de aquella mezcla extraña del Bronce y de los pueblos que llegaron con carros y caballos desde el Este. Y es cierto que en el Sueve existen asturcones, un signo misterioso de un tiempo que no pasa, que no acaba de terminar al fin, que se mantiene, igual que nuestros dólemenes arcaicos, poblados de maleza, dejados al silencio de tantos siglos tristes que discurren y habrán de discurrir para el planeta. En tardes despejadas, detrás de algunos cabos, se puede ver el Pienzu, la sierra entera espera cada noche, y a veces se adivinan, tras las nubes, los Picos con sus nieves blanquecinas, los montes que supieron llorar esa batalla que un día se perdió contra el romano, mas no contra el emir y sus secuaces.

Mi infancia sin castillos retorna hacia los árboles, regresa hacia esos árboles que quieren ser un cántico pausado, si mueven ya las brisas la hojarasca y alcanzan sus palabras a ser algo. ¿O no escucháis sus voces, absortas en la nada, cruzando, a su capricho, el aire mismo que juega a confundirse con la lluvia? Los árboles hablaron a veces con los brujos y escuchan, en silencio, las voces del poeta que imagina su acento sabio y dulce, siempre viejo, tan viejo como todo lo que es leña, tan viejo como todo lo bello que regalan los frutos de los árboles que viven, los frutos de los árboles que mueren. Y mi niñez perdida, privada de castillos, entiende ese lenguaje, la lengua de la xana que mantiene guardados los secretos de un tesoro que pudo ser acaso de los cuélebres, que pudo ser acaso del diañu de los montes, de todos los demontres y los diantres que habitan lo boscoso de la zona.

¿Y tienen que decirnos tal vez las arboledas alguna cosa bella, alguna cosa extraña que ignoremos, algún secreto ignoto de otros tiempos, de días que se escapan al olvido? ¿Pensáis que los castaños pudieran avisarnos con su lenguaje bello de las cosas que ofrece cada bosque a la ignorancia? Pues somos ignorantes de todos los secretos que yacen, tras los siglos, en estos bosques bellos y bucólicos que escuchan esas églogas hermosas del árbol con el árbol, si son árboles, si robles y castaños conocen las verdades que no han de sospechar muchachos simples que juegan a ser niños nuevamente. El bosque milenario no olvida que soy niño por más que no lo sea. El bosque milenario no se olvida de que eres un muchacho, si lo pisas, si corres por su suelo y sus caminos. Pisando la maleza soy más aventurero, del modo en que tú miras estas líneas, buscando la poesía y la aventura.

Septiembre es mes hermoso: sus soles me acarician como una primavera que me saluda lejos, apartada, distante ya, detrás de ese verano febril que en su morir va refrescándose de todos sus rigores, de todas las durezas que hubimos de sufrir en cada playa, en esas calas tristes y románticas. De nuevo los castaños florecen y sus brillos parecen pronunciarnos discursos sin valor, puras palabras, mensajes que se pierden en el aire, tal vez como la voz de los políticos en un televisor que ya no es cucha nadie, después del desengaño y las mentiras que vienen con sus nuevos desengaños. Y entonces yo comprendo las voces de los árboles que saben pronunciarnos las cosas que nosotros, ignorantes, debemos aprender de su palabra, que suena desde siglos, anunciándose; entonces yo comprendo la voz que nos anima de nuevo a la niñez, la tierna infancia perdida entre hojarascas y senderos.

Escucho a los castaños:
-Tenéis que conciliaros con la niñez perdida.
Escucho al eucalipto del camino:
-Tenéis que regresar a vuestro origen.
Escucho a los alisos del arroyo:
-Tenéis que ser de nuevo los niños que ya fuisteis.
Y escucho el eco dulce del arroyo, que sabe al fin hablar ese lenguaje.
También oigo a los pinos. Repiten el discurso que vuela por el aire:
-Volved a la niñez que habéis perdido.
Y siento aquellas voces que se acercan, las voces de las aves al ocaso.
-Volved a vuestro tiempo, soñad vuestra aventura.
¿En qué momento triste y miserable dejamos de soñar nuestro destino?
Ignoro lo que somos, ignoro lo que fuimos, ignoro qué buscamos, y el aire de la noche nos lo dice, el aire de la noche lo pronuncia, el aire de la noche nos lo grita:
-Volved a vuestros días de magia y de inocencia, buscad en el pasado las leyendas, los cuentos que os hicieron más dichosos.

Sabed, entonces, algo de toda esta locura que viene a complacernos: acaso los amantes de los versos conciben esos versos en los bosques, oyendo a los arroyos y a los árboles. Quién sabe si las ninfas nos dictan estos versos, haciéndose pasar por viejas musas, jugando a ser las musas del pasado. Si es cierto que nos dictan a veces las ondinas sus cantos hechizados, si es cierto que los árboles pronuncian palabras de los duendes y los elfos, entonces hay verdad para este oficio,
y entonces es posible seguir el sacerdocio de hablar tejiendo sílabas en verso, tal vez como el aedo en otros días. Mas solo puede el bardo mostrarse como bardo si canta con los bosques, si canta en el espacio de los bosques, igual que en el antaño las murallas de alguna fortaleza lo escucharon alzar su voz rotunda, de tonos ancestrales, hablando del misterio de las cosas, gritando los misterios de las cosas:

"Quizás en estos cantos
que apunto en mi cuaderno
recoja la palabra
de los elementales, de los elfos,
los duendes y las hadas de los bosques
que saben de la luna y de la noche,
si saben guarecerse,
si quieren, temerosos,
buscar algún refugio, porque el hombre
profana lo sagrado de estas zonas.

Acaso cuando escribo
recojo una amenaza
del diañu y de los trasgos,
quién sabe si del eco del Mufosu,
quién sabe si el del mágico Busgoso
que duerme, que sestea a su capricho,
que habita estos lugares,
que vive entre las sendas,
que calla cuando corres los senderos
cansados de la lluvia interminable.

A veces me imagino
que no tiene sentido,
sino es hacer poesía,
querer dejar plasmadas estas cosas,
dejar plasmadas estas impresiones
que habrán de deleitaros, si, curiosos,
queréis entreteneros
leyendo tonterías
de bosques y de helechos, de los musgos
que crecen en los troncos más antiguos."

Los árboles contemplan el alma de la gente, parece que conocen las cosas que suceden en nosotros, los sucesos que mueven el espíritu de todos los que corren por el bosque, de todos los que siguen la senda de los bosques, buscando entre las frondas algo propio, buscándose a sí mismos en las selvas. Vosotros, que, infelices, buscáis otros caminos, podéis ir a los bosques, y, atentos a las voces de los árboles, saber vuestra verdad, vuestra inocencia, oyendo lo que dicen los castaños, oyendo robles viejos, oyendo estas palabras que brillan encendidas, cuando dicen:
-Parece que la infancia está escondida.
Los árboles os dicen verdades que enterrasteis en vuestros corazones:
-Volved a la inocencia primigenia, volved a ese momento de la vida que vio el amanecer de vuestra esencia.
Los árboles os hablan de todo lo que fuisteis. Volved, como los árboles os dicen, y hallad lo que ya fuisteis hace décadas.

Mi infancia sin castillos podrá dar fe, si acaso, de todos los saberes que brotan de las voces de los árboles, que prenden en las voces de los árboles, que hieren los adentros del que escucha si escucha atentamente las voces de los árboles, que saben repetir ese discurso que sabe a la añoranza de otro tiempo. Los árboles repiten que tiene su sentido volver la vista atrás, hacerse, en el recuerdo de la vida, conscientes de que somos, en el bosque, un algo que mantiene sus esencias, que estamos en el bosque, que somos, en el bosque, la parte de un ayer que se revive, pues somos parte todos de ese bosque. Mi infancia sin castillos, sin torres ni murallas, sin grandes saledizos, acaso sin almenas y sin fosos también sabe estas cosas del pasado, conoce aquellos tiempos de leyenda, de fábulas calladas de zorros y de cuervos cantadas a las gentes por los griegos en esa noche oscura de la historia...

Los días de la infancia retornan nuevamente, si se abren con cuidado las páginas del libro del recuerdo, las páginas del libro más sagrado, del libro en que quedaron, para siempre, los rezos de otros días, los cuentos y romances, los juegos de niñez por las aceras que siguen, sin apuro, hacia los bosques. Y aquellos castañares y bosques de eucaliptos que había a las afueras tenían los encantos de una fuente sin hadas y sin elfos, sin dragones, sin cuélebres que llenen de misterio, y acaso de peligro, las horas de aventura que quedan ya muy lejos de los parques, de arenas, toboganes y columpios. Por eso yo recuerdo aquellas tardes mágicas, perdido entre el helecho del denso sotobosque, en la arboleda, buscando los caminos que se pierden, andando aquellas sendas sin concierto, queriendo otra aventura, queriendo, como un niño, dar caza a las ardillas y milanos que pueblan los lugares de la zona.


2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

Los reinos, los paisajes que eran míos

José Ramón Muñiz Álvarez
"LOS REINOS, LOS PAISAJES QUE ERAN MÍOS"

El paso peregrino de las décadas nos hiere en sus avances implacables, llenándonos el rostro con arrugas. Quizás no queda nada de esos días dejados tanto atrás, cuando de niños jugábamos alegres en los prados. Los árboles de entonces son los mismos, los mismos son acaso los senderos y en cambio son distintos nuestros ojos. Parece que miramos con los ojos de extraños que no pueden conocerse, mirando su reflejo en los estanques. Parece que miramos con los ojos de gente que ya es otra, diferente, que no ha de saber nada con los tiempos. Y hay tiempos que son nuestros para siempre, momentos que son nuestros para siempre, instantes que son nuestros para siempre: los años de niñez, los de la infancia, filtrándose en las aguas del recuerdo, parecen hacer burla en lo lejano. Los reinos, los paisajes que eran míos parecen encenderse de momento, queriendo transmitirme una vivencia. En cambio ya no es tiempo de vivencias: el tiempo de vivencias se ha perdido, quedando atrás, disuelto con la nada.
El brillo de un sol débil al crepúsculo, la llama de un sol débil al crepúsculo derraman su tristeza entre lo nuestro. Los valles de Carreño se iluminan si llega con paciencia un abril triste, que bebe de las lluvias incesantes. Después el sol invita a los cuclillos al canto en plena tarde y su concierto nos hace por momentos más dichosos. Las casas marineras de una villa, las casas de la aldea -no muy lejos-, y la panera vieja nos contemplan: de niños conocimos los lugares que vemos como extraños si pasamos caminos más allá de la Matiella. Parece que ese tiempo se apresura, que corre, que se lanza, que sonríe, que llora cuando cruza por delante (sabed que, en todo caso, los que sienten a veces la añoranza y la lamentan también encuentran parte del tesoro, pues es como un tesoro para todos saber que están inmersos en la mente, dejados a sus anchas en la mente, dormidos en la voz de la memoria, los tiempos que vivimos, esos tiempos que quedan en la noche del recuerdo).
¿Y acaso no he de hablaros de la tierra que pudo ver saltar a los muchachos en tardes de veranos agotados? Pensad en esas cortas recortadas, pensad en los cantiles y en las olas, quebrándose debajo contra el muro. Pues estos son castillos que defienden la tierra que quisieran las espumas tomar para sí mismas con ahínco. Los viejos eucaliptos todavía revisten la capilla donde el santo solía escuchar viejos temporales. Hoy no se escuchan vientos de galerna ni se habla de naufragios ni desgracias que impongan esos lutos del antaño. En todo caso, quedan los inviernos, sus días derrotados y sus noches, a veces despejadas, con helada. Sabréis decir, con todo, que estas cosas quizás no son lo mismo, pues entonces tenían otra magia diferente. Es cierto, y esa magia está olvidada, guardada en ese cofre que tenía quizás nuestra niñez en otros años. Si acaso os olvidaseis de los mares, entonces no serían tan azules las sábanas lejanas que contemplo...
Quisiera regresar hacia esa infancia que vio con ojos mágicos la vida, que pudo ser también como un hechizo. No en vano, ese regreso no es el fruto del alma pusilánime que llora por un pasado triste en el olvido. Diré que, en este caso, es diferente: los tiempos recordados enriquecen el ánimo del ser que los habita. Por eso dejaréis que venga a hablaros de todo lo que sois y lo que fuisteis en tiempos muy distintos al presente. ¿Quién es presente ya, si lo presente se escapa tan a tiempo que no hay tiempo a ser presente ya donde hay presente? El alma que tenéis es el pasado que vive en el recuerdo que os habita, que llena ese recuerdo que os habita. Estamos habitados por el tiempo que fuimos y que somos, ese tiempo que vive entre nosotros y nos hiere. También somos espacios y paisaje, pues somos esa Asturias que nos mira vivir en lo lejano, sin quererlo. Y somos un suspiro melancólico que vive suplicando, en la añoranza, nostalgias que entristecen nuestras horas.
Por eso, si recorro los caminos de entonces y recorro los momentos, revivo lo que fui, siendo tan niño: hay parques que me vieron, si jugaba, llevado por la mano de mi abuela, a veces por la mano de mi madre, y en ellos está todo aquel pasado de un tiempo diferente que es el mismo, si quiere confundirlos la memoria. Por eso, si recorro los parajes de entonces y recorro aquellos días, retorno a ese pasado que es presente: los viejos toboganes, los columpios de la niñez más tierna no son todo de aquella infancia mía y sus locuras, pues fue también la guerra con gomeros y con los tirachinas de esos años con los que disfruté como un enano. Hacíamos casetas en los árboles, colgando de las ramas esos suelos no exentos de peligros insalvables. A veces, nos caíamos del árbol, tal vez un viejo roble, algún castaño, crecido entre los densos eucaliptos. Y aquella libertad se fue borrando sin sospechar acaso los deberes que habían de venir al ser más viejo.
¡Son tantos los recuerdos que se agolpan, si sigo por la senda y voy saliendo por estas callejuelas a la aldea! Las vías se abren paso sobre piedras de tono blanquecino que flanquea el verde de los prados de la zona. La Fuente de los Ángeles promete su mundo y sus extrañas aventuras de ardillas que se mueven en las ramas. Los cielos que hospedaron al milano no dejan de hospedarlo en el presente, si veis cómo se mueve majestuoso (me dicen que no suelen encontrarse milanos en los campos y que admiro tan solo a los humildes ratoneros). La noche será acaso ese palacio que quieren los autillos para el canto que brilla entre los densos castañares. Allí la juventud es alegría que ignora las tristezas de este mundo que cuentan los periódicos más grises. No hay nada como un ser tan inocente que ignora los terribles telediarios que cuentan las miserias de este mundo. Quizás una pedrada en la cabeza pudiera figurarse ese peligro que deben evitar los más prudentes.
¡Y hay tiempo para el juego en cada playa, quizás en los pedreos apartados que huelen a salitre y a moluscos! ¡Y hay algo de misterio en esos ocles rojizos que llegaron de los mares, mezclados entre espumas blanquecinas! ¡Y hay algo de dolor y de miseria, si cantan los ancianos las durezas del mar del tiempo de los pescadores! Y es ese mar, el nuestro, diferente: el mar es hoy un mar para bañistas que gozan de sus largas vacaciones. Los baños en la playa de Palmera parecen ser un lujo para algunos que llegan de las tierras castellanas. El mar imprescindible en el verano parece ser también como una parte que todos encontramos en nosotros... Dejemos que ese mar abra su paso, si quiere, por el alma que quisiera ser mar en el momento del bautizo. Dejemos que ese mar haga que el aire que llena de salitre los ambientes nos llene de la dicha pretendida. Pensad que en ese mar está el recuerdo de gentes que murieron hace tiempo, de gentes que no están desde hace mucho...
¡Y luego cada calle de la villa! Y el pueblo, siempre bello, ha padecido los golpes de los años y el progreso: el lujo del progreso de los pueblos se paga con la pérdida indudable de toda nuestra esencia y patrimonio. Las casas ya no son como eran antes, las calles ya no son como eran antes, las plazas ya no son como eran antes. De niño yo jugaba a las canicas, corría por los parques y ascendía la vieja escalinata de la iglesia. De niño yo tenía un tirachinas y hablaba con amor a las abuelas y odiaba aquella ropa de domingo. De niño yo era el mismo, pero niño, capaz de mil diabluras, inventando historias y curiosas maravillas. Y fue por estas calles donde paso por donde yo fui niño hace ya tiempo, por donde tuve todo en esa infancia. Y fueron esas calles mis palacios, a falta de palacios que no tengo y a falta de ciudades más hermosas. La lluvia regalaba aquellas piezas tan bellas como extrañas sinfonías que cantan con dulzura en el oído.
Me gusta ver el sol tras la tormenta, la lluvia que humedece cada brizna, los soles que reflejan sus colores. Me gusta ver la tarde, cuando muere, y el eco del silencio del verano (pongamos que es verano, si no es cierto). Me gusta ver el cielo con las nubes, la lucha entre las densas nubaradas y el oro de ese brillo moribundo. Mirando, desde el piso de mi padre, el mar y sus colores me sorprendo: parece muchas veces como un cuadro. Me llaman la atención esos colores nacidos del pincel y la paleta de viejos holandeses talentosos. ¡Quién sabe si es que Dios no fue el pupilo de alguno de los genios del Barroco, después de tantos siglos de talleres! El sol tras la tormenta y cada lluvia me explican la niñez que hube vivido, mis años infantiles, sus matices (parece que las gotas de la lluvia pretenden recordarnos lo que fuimos, hablándonos, diciendo sus palabras; y acaso pensaréis que son locuras, mas no lo son, por cierto, pues admito que solo son manías de poeta).
También prefiero ver esas escarchas que llenan las colinas con sus blancos, con esos blancos tenues, cristalinos. Y soy amante siempre del granizo que llega con violencia de la altura, queriendo abrirse paso en los cristales (me admira cómo salta en la repisa, gritando con su enfado acostumbrado, con ese gesto agreste y con sus ímpetus). Y siempre vivo lleno de tristezas, soñando con la nieve que no veo, si no es en las alturas de una cima (sabéis que los inviernos asturianos, tan cerca de la costa, nunca ofrecen la nieve que es frecuente en otras partes). Quizás esa violencia del granizo se vuelve ante nosotros más romántica, pues no vemos la nieve sino a veces. Y siento siempre dentro del espíritu la mano del otoño, si se atreve, jugando con las hojas, a acercarse. Lo vemos insinuarse desde octubre, y alcanza, con noviembre, su momento, para perderse luego en el invierno. Su aliento envejecido tiene un algo de muerte y de viveza, de misterio, que embauca a los poetas más pintados.
Tampoco quiero un cuadro modernista con cisnes que embellezcan los estanques, que hay algo artificioso en todo ello. Pero hay en el encanto de esta tierra la llama más vivaz de cuantas pueden llenar de luz y vida los paisajes: la tierra, los lugares que habitamos confluyen suavemente y se engalanan con la interioridad de los que sienten. Yo sé que pensaréis que es la locura de todos los que quieren a su tierra, de todos los que adoran a su tierra. Tendremos que admitirlo, soy un hombre que vive del paisaje y su sonido: su música me inspira y me condena. Lo cierto es que la música no es fácil de hallar en cada parte del paisaje, y os digo, sin embargo, que está siempre. Los árboles nos hablan con su canto y es propio de los sabios escucharlos, pues tienen mil sentencias sus acentos. Pensad que este lugar que nos regala la vida es un lugar privilegiado que no puede gozar quien no lo sabe. Yo os digo que hay poesía en nuestra tierra, que suena en los adentros del que mira y alcanza el interior de los que escuchan.
Digamos que es preciso repetirse, digamos que insistir es necesario, que falta hará decir lo más difícil. Nos vamos acercando a ese crepúsculo que suena como suena cada muerte que pueden percibir los más mayores. Nos vamos acercando, y, al hacerlo, parece lo más lógico y valiente beber de los paisajes y adorarlos. Y, viéndonos llegar hacia el remanso de todos los silencios no queridos, queremos ser aurora y elevarnos. ¿No envidian los raposos ese vuelo fugaz y tan hermoso, cuando pasan, cortando el aire, todos los gorriones? Decid si el azulón, cuando se eleva, no busca los paisajes blanquecinos del cielo que despierta con el día... Mis bosques silenciosos del helecho podrán hablar también al alma noble que sepa comprender ese lenguaje. Yo pienso que hay un algo que nos dicen las fuentes y los lagos, los estanques que ven nuestros paseos en la orilla. ¿Sabéis que las ondinas adivinan los nombres de la gente cuando pasa? Las ninfas nunca ignoran lo que somos...

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

El romance del silencio

José Ramón Muñiz Álvarez
"EL ROMANCE DEL SILENCIO"

Sabemos que la tierra respira sus aromas en medio del silencio, sabemos que los árboles callados respiran con las horas de la noche la calma del crepúsculo que muere, sabemos que las lluvias insisten cuando es tiempo, sabemos que es abril el mes más óptimo, que cantan los cuclillos cuando es hora (abril con su belleza, abril con su hermosura, abril con los chubascos que llegan en abril, precipitándose, jugando con el aire que parece gozar del baño dulce de agua dulce, quizás con ese toque coqueto de la brisa que quiere liberarse de los pólenes que llenan con fragancias casa zona).

La tarde es un jinete
que, desde la montaña,
contempla el horizonte
que admira su muralla.
Y es una fortaleza
con torres elevadas
que escuchan el silencio
que reina entre la calma.

Sabemos que el otoño no puede estar tan lejos, si corren los veranos; sabemos que las playas serán pronto como un refugio hermoso a nuestros años, pues somos los bañistas que les quedan; sabemos que los rayos y todos sus rigores se harán un algo débil con septiembre, pues siempre el sol es débil en septiembre (septiembre con sus lluvias, septiembre con sus brisas, septiembre con sus dudas, distinto del abril, que va creciendo, que busca un reino nuevo y la victoria de verse coronado de verano, pues ya no quedan grillos y mueren las cigarras, después de que septiembre va rindiéndose, después de que lo vencen los otoños).

-No pares, buen overo,
que pronto en la batalla
tendremos ese brillo
que al oro mismo alcanza.
No dejes el combate
ni dejes que deshaga
la noche tu crepúsculo,
que siempre busca al alba.

Y tú eres otra parte del sueño de mi lecho, del sueño de sus sábanas, callada como siempre, si es que busco tocarte con mis dedos finamente y asirte sin crueldad y hacerte mía, pues siento que eres mía, mas no del todo mía, si quieres ser la parte de lo mío que guarda independencia con lo mío (no quieres tener amos, no quieres ser de un dueño, desprecias a los nobles feudales de los tiempos del medievo, pues quieres ser la dama suficiente que no precisa entrar en servidumbre, y el caso es que yo mismo me siento tan dichoso, me siento satisfecho de tenerte, de hacerte siempre mía con lo mío).

La tarde en su caballo,
desde la lejanía
y admira la muralla
de aquella serranía.
Bastión ante sus ojos,
parece que la guían
alegres sus corceles
en esa tarde fría.

Escucha, si te toco, la voz de esos romances que adoras como niña, sintiendo las razones de la guerra de viejos caballeros que disputan en un duelo terrible y enconado, si no es que cantan solo los ecos de un ocaso que sabe descender, morir discreto, con esa majestad de los ancianos (tenemos juventudes, podemos derramarlas, perdernos en la fiesta que quieran nuestras piernas atrevidas, si quieres ese canto dionisiaco que pide el vino dulce de la vida, que pide sensaciones distintas a dejarse llevar a los avernos de la nada sin la satisfacción de haber vivido).

-No cedas en tu empuje,
mi buen corcel, y mira
que acaso la batalla
tenemos ya vencida.
No dejes el combate,
que quien se desanima
se pierde en esas noches
de estrellas, cuando brillan.

Y escucha, si te abrazo, la voz de los relatos de príncipes azules, los cuentos que escuchaste en esa infancia que muere para siempre a cada rato, que llora, que lamenta su morriña, que fue preludio bello de desengaños tristes que siguen amargándonos hoy día, al tiempo que abrazamos los cojines (la muerte que nos ronda parece comprendernos, pues sabe que el presente se va de todos modos a otra parte, quién sabe en qué lugar y en qué momento, quién sabe en qué rincón desconocido que habrá de alimentarse de todo lo que fuimos y no podremos ser, después de tanto morir en la tristeza de saberlo).

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

El raro frontispicio de los cuentos

José Ramón Muñiz Álvarez
"EL RARO FRONTISPICIO DE LOS CUENTOS"

El raro frontispicio que quiso como pórtico del cuento más extraño, palabras muy sonoras que aludían a notas especiales de un paisaje gastado por los días del otoño, quizás esas palabras que suenan y resuenan y alcanzan a decir lo que sugieren, llegaron a inspirarlo, por lo pronto. Fue entonces que, escribiendo, llenando la cuartilla, plasmó sus oraciones, sus párrafos poblados por los árboles que habitan esas zonas donde el aire respira un verde intenso y su pureza; y, al escribir sus versos, sus prosas y locuras, creyó que habría un día en que, dichoso, vería aquellas obras publicadas. Lo cierto es que no es fácil, incluso si el talento se agolpa con apuro, llenándose de golpe en un torrente que llega de la altura (¿de los cielos?), dejando sensaciones tan extrañas como esa ansiedad bella que llena espacios vírgenes que habitan todavía en nuestra mente, que pueden ser posibles en la mente. Las gentes de estos tiempos no leen como antaño, no quieren la poesía, y, a veces, si es que piden de la lírica, no suelen ser los versos más pulidos aquello que persiguen codiciosos, pues, siendo codiciosos, la suya es la codicia que vive equivocada en este tiempo que no quiere buscar exquisiteces.
Su raro frontispicio, su pórtico dorado, su muro de palabras (si es justo decir muro de un escrito), plasmado en un papel de blanco tono, llenaba la alegría de su espíritu, le daba fortaleza para una empresa magna que estaba, por lo pronto, tan lejana como los reinos mágicos del sueño. Le dio su arquitectura, forjando una fachada de prosas elegantes, de nombres y adjetivos escogidos, pero también de verbos y de abverbios, con sus preposiciones, los artículos y nexos que ligaban  misterios con las sombras calladas del helecho y de malezas que duermen con los viejos castañares. Le dio la arquitectura callada del paisaje que sufre silencioso los besos de la lluvia en primavera, los raros aguaceros del otoño, quizás esas tormentas del verano que avisan los otoños, las lluvias del otoño, los llantos de la vida en esos días de cambio, de dolor y de tristeza. Y es cierto que los cuentos precisan de más cosas: no basta con los árboles, los viejos castañares de la zona que lloran no muy lejos del arroyo la muerte a la que viven destinados, pues quieren los relatos, sucesos, personajes, conflictos que los hagan atractivos, si acaso deben ser interesantes.
El raro frontispicio, los altos ventanales de aquellas construcciones, pedían una nave que le diese tal vez continuidad a una fachada, como la de las viejas catedrales, pues ese frontispicio tenía su belleza y estaba, por sí mismo, sin provecho, sin algo que le diera más valía. Por eso quiso el joven poner en el espacio sujetos que dijesen las cosas que suceden en los pueblos, las cosas que suceden en las villas, las cosas que suceden en la aldea, y, entonces, comprendiendo que las aldeas tienen su encanto medieval, en cierto modo, dispuso hablar del campo y de su gente. Mas era limitado, queriendo hallar triunfos, hablar de las aldeas, y hacía falta un tren, un tren que fuese un nexo para unir al campesino con otros que habitasen las ciudades, con altos edificios, mercados y comercios, con tráfico y con voces en las calles que no saben vivir sin agitarse. Y quiso inventar algo, quizás un personaje que hablase de la aldea y al tiempo conociera aquellas urbes tan nuevas, con sus voces y ajetreo, con todas esas luces que se vuelven relámpago y destello, pues, cegándonos, nos hacen acercarnos y fascinan con la brutalidad de lo salvaje.
Y así se fue volando, con aires caprichosos, aquella fantasía, pues esa inspiración que, en un momento, nos llena y nos atrapa, siempre acaba por deshacer su luz, desvaneciéndose, y entonces es en vano la gana de hacer cosas, el gusto de escribir y hablar del mundo con formas de poesía tan sublimes. Por eso, decidido, saliendo de su casa, pues era ya muy tarde, buscó los cielos grises del ocaso, las nubes de los cielos siempre grises, el llanto de las nubes de los cielos, y el gris de los ocasos, las nubes y los cielos hablaron a su ingenio, lo inspiraron, dotándolo de ideas necesarias: tenía ya su raro frontispicio y halló a sus personajes andando por la villa, buscando mil personas inventadas que estaban por las calles de su pueblo, y algunas saludaban, a su paso, siguiendo su camino sin prisa, sin apuros, con un aire risueño y hasta alegre de gente que no vive preocupada. Y, entonces, encendiendo con calma aquel cigarro, supuso que era fácil, igual que yo supongo que era fácil, igual que yo me digo que era fácil, igual que no sospecho lo difícil que puede ser a veces querer hacer un cuento, poder con un poema venturoso, vender el alma al diablo en esa lucha.
Y el raro frontispicio que quise como pórtico del cuento más extraño, palabras muy sonoras que aludían a notas especiales de un paisaje gastado por los días del otoño, quizás esas palabras que suenan y resuenan y alcanzan a decir lo que sugieren, llegaron a inspirarme, por lo pronto. Fue entonces que, escribiendo, llenando la cuartilla, plasmé sus oraciones, sus párrafos poblados por los árboles que habitan esas zonas donde el aire respira un verde intenso y su pureza; y, al escribir sus versos, sus prosas y locuras, pensé que habría un día en que, dichoso, vería aquellas obras publicadas. Lo cierto es que no es fácil, incluso si el talento se agolpa con apuro, llenándome de golpe en un torrente que llega de la altura (¿de los cielos?), dejando sensaciones tan extrañas como esa ansiedad bella que llena espacios vírgenes que habitan todavía en nuestra mente, que pueden ser posibles en mi mente. Las gentes de estos tiempos no leen como antaño, no quieren la poesía, y, a veces, si es que piden de la lírica, no suelen ser los versos más pulidos aquello que persiguen codiciosos, pues, siendo codiciosos, la suya es la codicia que vive equivocada en este tiempo que no quiere buscar exquisiteces.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez