jueves, 7 de abril de 2022

“LOS FAROS SILENCIOSOS DEL CANTÁBRICO”



Para Maripi Muñiz Muñiz.


Y el sueño de la bruma se hizo beso, flotando en la neblina del Cantábrico, cubriéndonos a todos con sus sábanas. Y vimos que, alejándose en el agua, partía hacia otros reinos, otras tierras, dormidas entre voces melancólicas. Y, entonces, la supimos en el aire, callada con el aire de la tarde, que duerme su silencio misterioso.

Y nadie pensó en guerras ni en batallas, después de aquella lucha con la sombra que cobra los imperios de la noche. Pero ella nos habló desde el crepúsculo, sabiendo pronunciar la despedida que se hace más amarga, cuando llueve. Y es cierto que es amarga, cuando llueve, la voz que se despide como un barco que busca ser abrazo con el cielo.

Tal vez el horizonte nos recuerde que queda siempre un soplo en la memoria, que siempre se hacen verso los recuerdos. Después de todo, el alma, si es que existe, no debe ser distinta de esa brisa que besa nuestros rostros en verano. Y al recordar el nombre de la brisa, la hallamos en orbayos diferentes, en pruvas insistentes que no cesan.

Y es cierto que nos habla de las playas, del mar, de las espumas, de los mares su voz desde el recuerdo, como entonces: nos habla de los viejos precipicios; de raras aventuras, cuando niña; de bígaros callados, de corales, de arenas y guijarros en la cala que sabe los secretos de los faros que enuncian su rumor en plena noche.

Y, ahora, en los rumores de la noche, querremos, solitarios, su palabra, la voz de aquellas tardes que se fueron. De pronto, es soledad lo que nos queda y el aire triste y frío del invierno que apunta, siendo marzo, a su silencio. Y siento los murmullos de las olas, que saben repetirse, que conocen el nombre de su espíritu, ya libre.

Pues ella es una concha entre la arena menuda y es la roca del pedrero que siente las batidas de la espuma. La puedes sospechar en cada nube, y el grueso de la nube la contiene, si tiene por mansión mil nubaradas. No ignores que los días de galerna podrá ser en el viento un sueño tuyo que sigue vigilándote, de nuevo.

¡Pero ella era muy joven, sin embargo! Y huyó como las luces de un ocaso, movido por la prisa del momento: de pronto, un sol cobarde se retira, se va a sus aposentos en la nada, se duerme al otro lado del Atlántico… Nosotros vemos ese mar callado que quiere abrir sus brazos a la noche que llega silenciosa, entre las nubes.

Y, ya encendido el faro, la tristeza, la voz de la tristeza, nos avisa de los senderos tristes de la noche. El faro, en San Antonio, que comulga con otros, profiriendo su discurso de luces en los mares de la sombra. Su llama repentina, que no es llama, que sabe dialogar con otras luces lejanas en la noche de los cabos.

De modo que los años van corriendo y el pueblo se transforma lentamente, perdiendo aquel embrujo de otros días. La tienda está cerrada y esa tienda la pudo ver entonces, cuando niña, feliz, despreocupada, era dichosa. No importa la pobreza de esos tiempos, oscuros y más fríos que el presente -las lluvias eran más y las heladas.

Y empiezo a sospechar que todo vuela, y el Nodo no es el mismo del entonces, ni lo es la Baragaña de estos días. No lo es el puerto ya y, entre el recuerdo, las piedras que se ven entre la arena nos hablan de un pasado miserable: los viejos boniteros ya no existen, no existen ya las redes del antaño, las viejas que cosían esas redes…

Y siento que la voz de la memoria nos sabe condenar y nos advierte del tiempo que se escapa entre los dedos. Y siento el aire triste del entonces, como ella lo sintió, volando lejos, perdiéndose en la bruma de la noche. Perdiéndose en la bruma de la noche, sabrás sentir que, como el viejo faro, se pierde y se confunde con el aire.

Parece que se van aquellos tiempos.


Soneto I


La espada alzó el coraje con su aliento,

luchando por el aire, al querer vida,

poniendo fuerza y fe, en cada batida,

atenta a la esperanza de su intento.

El aire se hizo duro y quiso el viento

mostrarse con dureza, si, vencida,

la antorcha derrotó donde, encendida,

la respetó el granizo más violento:

el verso de la helada, en su coraje,

soñando en el palacio de la nada,

le trajo al fin el beso de la muerte.

Su beso vino con la cuchillada

del aire que, callado en el paisaje,

le trajo, con su filo, aquella suerte.


Soneto II


Las playas de Carreño y los pedreros

mantienen su presencia en bajamares,

mostrándola marina en los altares

de cantiles recios y altaneros.

Lleváronla consigo los arqueros

a navegar muy lejos, a otros mares,

a cielos muy recónditos, lugares

donde soñar con viejos boniteros.

Y el hielo de la tarde trazó el beso

callado de la muerte en cada playa

serena del Cantábrico rendido.

La voz de la marea en su regreso

nos habla y se repite, cuando calla,
sabiéndola en su sueño dolorido.


Soneto III


La brizna de cristal era escarchada,

la luz del sol cuajaba al alba fría,

la llama en que la herida se encendía,

después de ser reflejo de la nada.

El verso del capricho de la helada

también supo callar cuando nacía

la luz de un marzo débil que corría,

jurado darle fin a la invernada.

Y vino abril alegre con su cielo,

llenando los tapices de este mundo

de aromas que llenaron el paisaje.

Y, viendo deshacerse tanto hielo,

su falta recordó el dolor profundo,

después de haber luchado con coraje.


Soneto IV


De pronto, al ver las nubes peregrinas

que alcanzan en la altura a ser viajeras,

recuerdo las lejanas primaveras,

las lluvias en la tierra repentinas.

Las aguas del arroyo cristalinas

cantaban su alegría y, volanderas,

jugaban en el aire las primeras

piruetas de las prontas golondrinas.

Y en esas nubaradas tan lejanas

supuse aquella aurora venturosa,

que trajo a las quebradas los colores.

Y supe allí, entre llamas soberanas,

tu espíritu feliz, cuando, gozosa,

dejaste atrás el mal y los dolores.


Soneto V


No puede tu recuerdo, entre la espuma,

fundirse en el silencio de la nada,

sabiendo que, tras esa nubarada,

tu voz es como el alma que rezuma.

Te siento muchas veces en la bruma,

callada y silenciosa, destronada,

sabiendo de las cumbres la nevada

que muere en el deshielo al que se suma.

También tu fuiste al sueño silencioso,

dejando el feudo extraño de los mares,

las playas que te oyeron otras veces.

El vuelo de la brisa presuroso

te extraña en esas playas y lugares

que entrañan el aliento en que te meces.


No lejos de los cantiles


No lejos de los cantiles

escucho la voz del agua

que se repite de nuevo,

llamando a la brisa clara.

Y, mientras llama a la brisa,

mientras a la brisa llama,

llama también a las nubes

que en los cielos se derraman.

Y a los viejos boniteros

que, ya con la madrugada,

se perdían a lo lejos,

testigos de la alborada.

Y, por pronunciar un nombre,

viendo despuntar el alba,

tu nombre pronuncia triste

la voz de la mar salada.

Y me dicta versos nuevos

que forman viejas palabras

que saben llorar la ausencia,

cuando se nota que faltas.

Cuando falta el alma tuya,

cuando el espíritu escala

el aire, por ser el aire,

buscando mansiones altas.

Y así dejas cada cabo,

y las playas y las calas,

y las fuentes de tu tierra,

y el rumor dulce del agua.

Y me dictan versos nuevos

con tan antiguas palabras,

que parece que las dices

por su boca desgastada.

Que no hay voz más insistente

que la de las lluvias mágicas

que irrumpen en el crepúsculo,

apagando así su llama.

Pero eres tú la que parte,

la que el rumbo sigue y vaga

en un vuelo que se pierde

por encima de las playas.


Soñando libertades imposibles.


Te sigo sospechando

por los paisajes bellos

que tienen nuestras costas,

amiga de la tarde, como siempre;

dichosa con la tarde, como siempre,

si quieres, con la tarde

perderte en lo lejano,

fundirte en lo lejano con los faros,

soñando libertades imposibles.

Y sigo suponiendo

la voz de la poesía

donde antes pronunciabas

relatos de los barcos, como entonces;

palabras sobre lanchas, como entonces,

si quieres ser la tarde,

volar como la tarde,

perderte en lo lejano con los faros,

soñando libertades imposibles.

Y sigo replicando

a todos los pedreros

que mienten cuando dicen

que ya no los visitas, como siempre;

que ya no los frecuentas, como entonces,

si, alzando el alto vuelo,

te vas con la gaviota,

dejándote a la noche de los faros,

soñando libertades imposibles.

Y, libre de la herida

y de las puñaladas

que hienden esos males,

te miro volar alto, como siempre;

te siento volar lejos, como entonces,

mirando hacia el ocaso,

sabiendo en el ocaso

las luces de los faros en la noche

que sueñan libertades imposibles.

Y no he de despedirme,

me quedo con tu risa

y el eco de un relato

de aquellos días fríos, como siempre;

de aquellas tardes frías de domingo,

cantando los romances,

hablando del pasado,

sabiendo sospechar, con cada faro,

que existen libertades imposibles...


2022 © José Ramón Muñiz Álvarez


"Hablar de la invernada que nos llena"

 


Poemas para María del Carmen Álvarez Menéndez


Soneto I


Mereces más que nadie el cielo puro

que vio volar ayer la nubarada

que pudo arrebatarte con la helada,

después de amanecer el cielo oscuro.

Mi espíritu te llama y me apresuro

a describir tu falta, entre la nada,

sabiéndola en el alma derramada

que sabe responder a tanto apuro.

Nos dejas y te partes a ese cielo

que queda tan distante y tan cercano

del mundo, del momento, del instante.

Y sabes que es razón del desconsuelo

la rara nubarada en que, temprano,

te busca siempre el ánimo constante.


Soneto II


Dejé que la alazana, en sus cabriolas,

mirándose en las aguas, raro espejo,

quisiera complacerse en el reflejo

del cielo que se sabe entre las olas.

De pronto, las calladas caracolas

sabían de la aurora y su consejo,

y yo te vi en el alba, en oro viejo,

bandera de es llama que enarbolas.

Y fue como la infancia, siendo niño,

llorar esa tragedia de la ausencia

que huérfano me deja de tus besos.

Me quedo esterrado del cariño

que tuve donde, estando tu presencia,

mis llantos a una madre quedan presos.


Soneto III


La imagen de los brillos de la helada,

heridos como el rayo en que nacía,

lloró, entre luces breves, ese día

que encuentra la derrota en la invernada.

Enero, puesto a hablar, no dijo nada,

mas sí se pronunció la brisa fría,

corriendo los espacios que solía,

rozando la hojarasca destronada.

Y, entonces, escapando a las alturas,

el sol, en su bostezo, fue diadema

del campo, las colinas y cordales.

De pronto, fuiste el sol en que se quema

la nieve, cuando rinde sus blancuras

al alba que deshace sus cristales.


"La invernada que nos llena"


Partiste hacia otro reino

y el oro derrotado

que llora malherido,

nos dice la verdad en su crepúsculo:

el alba te arrancó, te llevó lejos,

te dio nuevos lugares

en las alturas claras,

en los paisajes tristes que la nieve

pobló con la invernada que nos llena.

¡Maldigo la invernada que nos llena!

El mundo melancólico

pronuncia la penuria

del hérfano sin alma,

sabiéndose perdido en estos pagos,

dejado como un perro que quisiera,

faldero, ese regreso

que lleva a tu regazo,

que quiere regalarnos el regazo

paciente de la madre que se pierde,

que vuela los epsacios con la brisa.

Y quiero tu recuerdo,

me amarro a tu recuerdo,

como una vela al palo

que vio perderse lejos el navío,

diciéndole al serviola del entonces

que ya no queda nada,

que todo se ha angostado.

¡Maldigo la invernada que nos llena!

¿Maldigo los eneros traicioneros

que arrancan de tus ojos tantas lágrimas!


2022 (c) José Ramón Muñiz Álvarez

sábado, 26 de marzo de 2022

Mezclando al alba la muerte

 

 José Ramón Muñiz Álvarez

MEZCLANDO AL ALBA LA MUERTE”

(poesía)


Poemas para Carmen Álvarez

Menéndez


Y VENGO A RECORDARTE EN LOS CAMINOS”


Te fuiste, sin saberlo, de mi lado, corriendo unos caminos diferentes: el alba pronunciaba la partida, robaba la mañana tus secretos, tu espíritu partía al aire libre. Y vengo a recordarte en los caminos que juegan a enseñarme sus imágenes: las lanchas amarradas en el puerto, las olas moribundas en las playas, el beso del salitre en cada brisa.

Y sabes que me duele este discurso de versos que se siguen con tristeza: no entiendo si son prosa o si son verso, no sé si me maldicen o me engañan, ignoro si me hieren o consuelan. Y, lleno de añoranza, me resigno, y escribo estos sonetos apagados: les falta la belleza de lo alegre, les duele la ocasión de tu partida, se saben, como siempre, melancólicos.

Hoy quiero desahogarme de estas penas, que sane el pecho ya de su penuria: no importa si las rimas obedecen, no temo que haya en ellos desarreglos, tampoco si no tienen virtuosismo. Pretendo, en todo caso, que el recuerdo te lleve, donde estés, algo que es mío: conoces mi pasión por la poesía, tú misma me enseñaste a valorarla, tú misma eres poesía ante mis ojos.


SONETO I


El brillo que contempla en la mañana

la llama que se enciende en su locura

el alba acarició, con ser tan pura,

si quiso ser del cielo soberana.

La luz hirió de pronto la ventana

y el rayo se hizo paso, pues, oscura,

la noche desgarró con la figura

dichosa de la llama más temprana.

Y entonces fue la noche despedida,

y, huyendo por los valles del olvido,

sentí tu voz camino de la nada:

borró su brillo el aire ya vencido,

sin eco de un relámpago de vida

en medio del dolor de aquella helada.


SONETO II


La escarcha se hace escarcha sobre el hielo

que alcanza el llanto triste y desolado,

capricho de un enero en que, cuajado,

refleja los colores de otro cielo.

Y, entonces, porque somos desconsuelo,

el agua del estanque, al fin cansado,

el ánimo de un verso halló, apagado,

recuerdo del mirar en raudo vuelo.

Tus besos quedarán donde la helada

marchita, en su belleza y su osadía,

refleja el cielo gris y ceniciento.

Y, viendo que se va la madrugada,

serás, al encenderse el nuevo día,

un árbol abatido por el viento.


SONETO III


El alba que alcanzó, con su pereza,

mansiones que, en el cielo de la nada,

pusieron el color de la invernada,

cuajó como el silencio en su dureza.

La luz del sol brilló con la belleza

que pudo descubrir, donde la helada,

la herencia de la triste madrugada

que quiso escarcha sobre la maleza.

La luz jugó con ánimo travieso,

dichosa, caprichosa, a su albedrío,

la muerte, raro rayo que se agota.

Y vino la mañana con su beso,

manchada por el hielo, por el frío,

herida, desgarrada en la derrota.



BUSCA EN LA ALTURA DEL CIELO”


Busca en la altura del cielo

un palacio en que, gozoso,

ese sueño silencioso

vista su voz de consuelo.

Alza a la altura tu vuelo

y corona, donde vive,

esa llama en la que escribe

la razón de tu descanso,

porque acaso un cielo manso

es mansión que te recibe.

Y, pues llegas a la altura,

mira los montes nevados,

mira los cauces cansados

del camino que murmura.

Y donde ves que se apura

la alegría del torrente,

ve reflejado en la fuente

el color de la alborada

que te llevó, con la helada,

dejando tu voz ausente.

Que, llegada ya a los espacios,

recibida en sus castillos,

serás dueña de los brillos

donde lucen sus palacios.

Y, alma de claros topacios,

verso que eleva su pluma,

podré soñar en la espuma

esa voz que te encendía

con la mayor alegría,

cuando levante la bruma.

Que, con llanto en la mirada,

porque es lo justo llorar,

quiero acaso recordar

tu rostro en esa alborada.

Y, si corre derramada

por un cielo inmerecido,

siento el mal y el sinsentido,

la razón de tu partida,

porque, en tu sueño, dormida,

yo despierto dolorido.

Y no quiero que despierte

de su sueño y su belleza

al dolor de la tristeza

cuanto te arranca la muerte.

Ahora que partes, advierte

esos tesoros que dejas,

puesto que sabes, sin quejas,

partir con melancolía

donde está la luz del día

me hace ver cómo te alejas.

Y, ya que vuela un suspiro

que en el aire te persigue,

tú ya no pares, prosigue,

si, desolado, deliro.

Porque la escarcha en que miro

tu rostro, la helada fuerte

hizo embrujo en que convierte

la razón de su reflejo,

a costa de hacer espejo,

mezclando al alba la muerte.


Y QUIERO RECORDARLA COMO ENTONCES”


Y quiero recordarla como entonces, en días de una infancia más profunda, dejada atrás, perdida para siempre. Y miro donde aquellas nubaradas que corren los paisajes con sus grises y trazan sus dibujos melancólicos. Detrás de la ventana están los montes con ese verde denso que no pierden, vecino de los mares más azules.

Las horas de niñez corrieron raudas, burlándose con gestos bufonescos en tardes de domingos aburridos. Los viernes son mejores que los sábados, con la promesa alegre del descanso, si acaban ya las clases semanales. Jugar en la esplanada, correr libre, bajar la escalinata de la iglesia pudieron consolar aquellos tedios.

Son muchos los recuerdos de la infancia, los tiempos que se van hacia la nada, que acaban por ser sombra en el recuerdo. Y el mío es un recuerdo que se pierde, tal vez, en los momentos más lejanos, después de tantos años de camino. Pues quiere el peregrino de la vida volver la vista atrás y hallar el trazo que dejan nuestros pasos en la senda.

Y, entonces, al hacerlo, la añoranza me llena el pecho todo y se condensa, quizás como una lágrima que escapa. Y todo son recuerdos del cariño sentido por mi madre y mis abuelas en tiempos de niñez, hoy ya lejanos. Las canas van poblándonos sin prisa, nos llenan las arrugas sin saberlo, y un día comprendemos el suceso.

Y todo ese pasado y sus vivencias nos hacen melancólicos, a veces, nos rinden, nos entregan al recuerdo. Y es fácil recordar en los lugares los tiempos de gomeros, tirachinas, batallas sinsentido de rapaces… Aquella libertad se fue perdiendo, voló como las llamas de un ocaso, quién sabe a qué lugar y en qué regiones.

Y saben los paisajes expresarse, decirnos la verdad de lo que fueron los bosques de eucalipto y las ardillas. Aquellos fueron tiempos de milanos, de ferres y de pájaros oscuros que corren los rincones del espacio. Aquellas fueron tardes de colinas, de tiempo en bicicleta o de pupitres, de playas, de salitres y pedreros.


2020 © José Ramón Muñiz Álvarez


sábado, 23 de octubre de 2021

I

 

 

          Manuel lo entendió pronto, y, al volverse, la luz de aquel crepúsculo lejano lo quiso convencer de lo innegable: la noche, con sus voces apagadas, sus cantos siempre lúgubres, en cambio, también nos muestra toda su belleza -pensad en las estrellas diminutas que tiemblan en la altura, en esas noches de nubes que declaran su osadía-. Y el claro de los bosques se confiesa, cantando sus hermosos catecismos, sus raros padrenuestros nocherniegos: la música que sabe darle fuerza tal vez a cada brisa que susurra nos puede hablar de paz y de tormento -la gente de la aldea, por ejemplo, sospecha que hay fantasmas en la noche, supone los fantasmas de la noche-. Soñad con esos tiempos ya perdidos de aquellos aldeanos inocentes que oían esos gritos con temores. Es fácil suponer que viene el lobo cuando la nieve cuaja en esos montes que llenan de belleza cada cima. Manuel lo suponía, y, caminando, reíase en el fondo de las épocas de fes confusas, tristes y atrasadas.

          Pero era ya el momento del crepúsculo, nacía en lo lejano aquel crepúsculo, sus luces alumbraban todo el valle. Los raros padrenuestros del arroyo cantaban la belleza del paisaje, lo mismo en un abril que en un diciembre. Y el sol moría triste, siempre débil, diciéndole a Manuel, en primavera, que el beso de la noche se acercaba. El beso de la noche se acercaba, ¡qué digo se acercaba!, se lanzaba sobre esos cielos vírgenes y bellos. Y en esos cielos vírgenes y bellos, mirábase la luz, ya malherida, buscando en el riachuelo su apariencia. De pronto, con las sombras todo ardía, cantando su silencio, en una pausa, capaz de helar el alma del valiente. Las voces de los pájaros cesaron, cesaron los susurros de la brisa y habló todo de muerte de momento. La noche convertía sus mansiones en un palacio falto de bondades, de calma amenazante y de temores. Manuel, que caminaba las veredas, amaba, sin embargo, aquella umbría de paz y de silencio, de deleites…

          Los oros, los dorados y los rojos hablaron con afán y ya la noche tendió su vieja capa sobre el mundo. Los grillos, con sus raras travesuras, retaban a las ranas de la charca y el aire acariciaba un nuevo junio. Los ecos del verano se hacen dulces, las noches no son frías y disfrutan, si, a veces, aceptamos su paseo. Manuel dijo que sí, tenía gana, y, andando por la zona, fue alejándose, dejando atrás la aldea silenciosa. Quizás unos ladridos despidieron al joven que seguía su camino, buscando las estrellas, tras las nubes. Buscando las estrellas, tras las nubes, soñaba muchas veces, caminante, por un paisaje oscuro y misterioso. Manuel, acostumbrado a la aventura, gozaba en los caminos solitarios, queriendo sorprender la martaleña, y el caso es que el raposo lo observaba, guardado en los bardiales de la zona, discreto siempre, siempre vigilante. Las voces de la noche, en todo caso, nos hacen suponer seres extraños quizás donde caminan los tritones.

          Manuel no tuvo miedo en esas noches calladas, de paseos prolongados, después de que el verano lo invitaba. Manuel era un amante de la brisa, quizás de aquella lluvia perezosa que viene refrescando tales noches. El campo rezumaba su belleza y el verde de los campos y los bosques, los viejos eucaliptos de la zona. Pensó en la gente vieja de la zona y en todos sus temores infundados -la gente no dejaba de tenerlos-. También se acordó entonces de su gente: había en su familia algún pariente que hablaba de costumbres ancestrales: “Quien oye los lamentos de las aves que vuelan por la noche no sospecha que escucha la amenaza de la muerte”.

          Y entonces se oyó el cárabo, a lo lejos.

 

2021 © José Ramón Muñiz Álvarez

II

 


          El cárabo se esconde entre los robles, anida entre los robles y, entre robles, lamenta la tristeza de la tarde. El llanto de la tarde hace un crepúsculo de voces que se funden, y la noche sumerge el mundo todo en su silencio. De pronto, con la umbría, se le escucha: Manuel ama los cantos de las aves y siente esa llamada misteriosa. Los trenes de la zona se serenan oyendo, en la cochera, aquellas voces llegadas de entre bosques y espesuras. Lo sabe el eucalipto que, discreto, conoce esa llamada quejumbrosa que asusta al más pintado ante la luna. Y hoy es noche de luna, si la luna se asoma entre las nubes como suele, del modo en que en el palco alguna dama. Y el cárabo vocea en lo lejano, llamándonos al monte, convocándonos, amigo de la bruja y su aquelarre. Y el viento es aliado de sus voces y lleva a los paisajes los gemidos que alcanzan a Manuel en la vereda. Pensemos que la brisa del verano se quiere conciliar con esas noches que llegan ya más tarde, sin apuro.
          Manuel conoce al cárabo y sus voces, pues es observador y su paciencia lo lleva a conocer cada detalle. El cárabo es amigo de la muerte, según las malas lenguas de los pueblos: la gente le atribuye lo terrible. Pensad en los agüeros de otros días, temores de esas épocas pasadas que prenden en la gente más humilde. Manuel, en cambio, siente en esas voces un haz de poesía que despliega sus alas con el vuelo de la noche. El cárabo no es siempre lo funesto, ni el ave de la máscara nevada, cruzando cielos tristes, mortecinos. Manuel lo sabe bien y lo confiesa, pues halla en todo un halo sugerente que evoca lo romántico en la sombra. Sabed que sus paseos tienen mucho de versos y de prosas que se pierden, según el aire sigue su camino. Contad que su camino va perdiéndose, como sus pasos lentos, según corre la brisa volandera a su guarida. Y, en tanto, nuestro amigo sigue atento, dichoso como nadie, a cada canto que cruza los paisajes de la noche.
          Las noches de Manuel son aventura, si vamos contemplando su camino, distantes, para no ser sorprendidos. Manuel camina siempre, por la noche, por los lugares bellos que, entre sombras, proponen sinfonías diferentes: pensad en el arroyo y en la fuente, tal vez en el ladrido de los perros y el eco del silencio en lo lejano. Manuel, si bien se mira, es el poeta que canta a los arroyos y a las charcas, quizás a los meandros del riachuelo. La luna lo ve siempre en cada claro, manchando con el barro sus zapatos, las botas de otro tiempo, al fin ya viejas. Y siente cada brisa y, a su tiempo, conversa con la brisa y los helechos, que toman nueva vida en estos bosques. ¡Quién sabe escudriñar, si no es el genio febril y bandolero del muchacho, los raros alaridos de las aves! Son años ya que sigue su camino, buscando, vigilando, silencioso, capaz entre pinares y castaños. El monte se descubre entre las sombras y cada comadreja anda a lo suyo, como esas musarañas a deshora.
          Los árboles del bosque son distintos, debajo de la capa que se extiende por ese cielo de las madrugadas. Sus nombres, en la noche, se han mudado, y el árbol se abandona y desconoce, quizás, al caminante de la tarde. Manuel, que pone nombres a los árboles, no olvida lo que olvidan esos robles, los viejos eucaliptos, los castaños. Y sabe cada nombre, y les recuerda su nombre y apellidos a las ramas del árbol que se rinde ante la noche. Carballos hay que olvidan lo que fueron, unidos al bostezo de las horas que quieren descansar y no lo logran. Tal vez las aves tristes, en la noche, con vuelos sigilosos, los asustan, con salmos agoreros y macabros.
          Y el grito del mochuelo suena cerca.
2021 © José Ramón Muñiz Álvarez