sábado, 9 de septiembre de 2017

Soneto

Soneto a Pilar, profesora de Enseñanzas Medias

          Más largo habrá de ser en el camino
el paso que acelera a quien se empeña
por una senda larga en que despeña
las tardes el invierno mortecino.
          Parece la promesa de un destino,
palabra de esa boca que se adueña,
del viaje, del camino, de la peña,
del sueño, muchas veces peregrino.
          No dijo que en su vuelo el aire frío
hubiera de llevarla a Tordesillas
Pilar, dispuesta ya por la vereda.
          Mas pudo sugerirlo, ya en el río,
el agua del arroyo en las orillas
que saben del destino que nos queda.


2017 © José Ramón Muñiz Álvarez
"Sonetos circunstanciales"


miércoles, 26 de julio de 2017

Las campanas de la muerte

Arqueros del alba

Para María Dolores Menéndez López

Soneto I

        El viento helado que rozó el cabello,
Llenándolo de escarcha y de blancura,
No osó matar su hechizo, su ternura,
Sus luces, sus bellezas, su destello:
        Manchado de granizo fue más bello,
Más puro que la nieve cuando, pura,
Desciende de los cielos, de la altura,
Tan diáfano que el sol luce en su cuello.
        Hiriéronla los años, la carrera,
El rápido correr hacia el vacío,
Mas no perdió la luz de su alegría.
        Sus risas, floración de primavera,
Fluyeron como, rápida en el río,
El agua en su correr, helada y fría.

Soneto II

        Un ángel vi de niño en la mirada
De aquella anciana dulce y cariñosa,
Más bella que la aurora perezosa
Cuando apagó su voz de madrugada.
        En su cabello blanco la nevada
Hirió el color luciente de la rosa,
Y el pardo de sus ojos hizo hermosa
De su mirar la luz, alma hechizada.
        De niño vi en su rostro la dulzura
De aquella vieja a la que, agradecido,
Besaba con amor en la mejilla.
        Su voz hablaba llena de ternura,
Amable siempre, en tono suspendido,
Mostrando, con amor, su alma sencilla.

Soneto III

        La orilla alborotó un mar coralino
Y el cielo asaltó, puro y despejado,
Aquel caballo raudo que, embrujado,
Pincel se hizo del aire cristalino.
        Y hallaste, al avanzar en el camino,
Crepúsculos sin voz, un mar dorado,
Y pudo descansar, ya fatigado,
Tu aliento, firme ayer, hoy peregrino.
        La noche vino larga y duradera
Con el amanecer, robando el día,
Su luz, su brillo, toda la hermosura:
        Mi pecho será luz, y, dondequiera,
Habrá de iluminarte cuando, fría,
Te aceche, sin pudor, la noche oscura.

Soneto IV

        No oiréis correr de nuevo el arroyuelo
Que, alegre, se lanzaba a su caída,
Ni al dulce ruiseñor, cuya venida
La bóveda alumbró del alto cielo.
        Dolores era hermosa como el vuelo
Que alcanza las antorchas de la vida,
Luciente como el alba que, encendida,
Cuajaba en sus cabellos el deshielo.
       Mi espíritu poblaron las malezas
Dejándome en las sombras misteriosas
Que llenan hoy mis versos de tristezas.
       Sus ojos son estrellas luminosas,
Sus luces, altas torres, fortalezas,
Alegres sus sonrisas perezosas.

Soneto V

       A cambio de tus besos silenciosos
Un reino he de entregar, tierra olvidada,
Aire sin voz, llegando a la morada
De todos los misterios y reposos.
       Los guiños de tus ojos cariñosos
Allí me encontrarán, alma cansada,
Lleno de amor, de entrega fatigada
De anhelos y de esfuerzos dolorosos.
       Habré llegado a ti desde la vida
Para volverte vida entre mis brazos,
Y habremos de emprender el largo viaje.
       Del sueño volverás del que, dormida,
Pretenden despertarte mis abrazos,
Que abrieron a tu amor tanto coraje.
 
La aurora de la muerte


       Los prados humedecidos
Que, besados por la helada,
Con la misma madrugada
Yacían adormecidos,
Escucharon los gemidos
Llegados del firmamento,
Que, rozados del aliento
De la aurora blanquecina,
Apartaron la neblina,
Densa en las alas del viento.
       Y aquella mancha de plata
Que el sol trajo en su carruaje
Iluminaba el paisaje,
Mezclando al blanco escarlata,
Que, aunque tímida, sensata,
De agotarse temerosa,
Rasgó la caricia hermosa
Al rayar en la mañana,
Como caricia temprana,
Llena de luz, olorosa.
       El arroyo, sin apuro,
Aún su cauce empobrecido,
Murmuraba su sonido
Al cruzar el valle oscuro,
Siguiendo el curso seguro
Que, en su descenso tranquilo,
Avanzaba con sigilo
Entre las cómplices sombras,
Regando secas alfombras,
Buscando mayor asilo.
       De las aguas transparentes,
Su curso lento, sencillo,
Se saciaba el cervatillo
Que bebió de las corrientes,
Reflejándose en las fuentes
Donde las juncias brotaban,
Y en las alturas hallaban
La copia de su hermosura,
El sosiego y la frescura
En las nubes que flotaban.
       Y entonces te despertaron
De aquel sueño perezoso,
Con el beso más gozoso
Que jamás imaginaron,
Los colores que llegaron
A las alturas de un cielo
Que alcanzaste, alzando el vuelo,
Al nacer de la mañana,
Donde la llama temprana
La escarcha halló sobre el suelo.

2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"

Palabras ocurridas ante el ropero de invierno


          El mundo triste espera, entre las sombras, y el sueño malherido rompe el velo que advierte el despertar de los que duermen. Y vuelvo de ese sueño a la conciencia, dejando atrás el mundo fantasioso que tanto o nada dice de nosotros. Y, abriendo lentamente cada párpado, buscando a tientas con la mano diestra, consigo al fin prender la vieja lámpara. Parece que los años se han posado como un ave nocturna, por las noches, en esa vieja lámpara de siempre. Parece que los siglos han querido, fundiéndose en el polvo de los lustros, ser parte de la lámpara de siempre. Parece que milenios impetuosos pretenden ser abrazo con la lámpara que pudo ver mis horas de lectura. Y no es tiempo de sueños ni bostezos, si queda acaso poco para el alba, si es tiempo ya, por fin, de levantarse. Pero hay que despertar a los que duermen, los otros habitantes de la casa, que no quieren que turbe su descanso; los otros habitantes de la casa, que sueñan todavía, que cabalgan por reinos tan extraños como absurdos.
          El mundo triste espera, entre las sombras, y aguarda, como siempre, la rutina que empieza al levantarse la mañana: las viejas que madrugan van a misa, los jóvenes esperan en la puerta y todo el mundo acude a su trabajo. Los viejos marineros ya se han ido, los dueños de los kioscos, los viajantes también madrugan mucho cada día. El mundo triste espera, entre las sombras, y aguarda cada ciclo repetido, dejando que los brillos resplandezcan. Y entonces va moviéndose la gente, se van llenando ya las carreteras, se escuchan los rumores de la gente; los trenes salen ya de sus cocheras y el cielo va llenándose de luces y el mundo va llenándose de vida. El mundo espera triste, entre las sombras, y el sol, alado dios que alza su vuelo, contempla los jardines en la altura: la escarcha se deshace ante un destello que quema las tristezas invernales de claro anticiclón y cielos límpios; el hielo de las charcas, sin embargo, tan solo es un recuerdo del pasado, después de aquellos años de miseria.
          Sabed que la belleza del otoño despierta en la tristeza de un invierno que llora desolado y melancólico; sabed que la belleza del otoño despierta en un desierto que suplica la gracia del deshielo, cuando toca. Y, desde la ventana de mi cuarto, dichoso de mirar por la ventana, comprendo la tristeza de los días. Se advierte de mañana, con el alba, la vieja cordillera allá a lo lejos, detrás de aquellos montes y colinas. Se advierte de mañana, con el alba, el vuelo de los negros estorninos, que danzan en el aire caprichosos. Y el alba juega, alegre, y se divierte, jugando con espumas en las playas que sienten el sosiego repetido. Y miro las gaviotas que levantan su vuelo en ese azul que, algunas veces, las más en esta tierra, está nublado. Y entonces la retórica se asoma, sin requerirlo yo, por cada labio, y empiezo a hacer poesía sin saberlo. Mirar la luz del sol invita siempre, con esos brillos claros y sus luces, a hacer poesía casi sin trabajo.
          Y entonces la palabra se hace dueña de todo lo que miro y lo que admiro, y el aire se hace denso si despierto. Y nombro las verdades que nos hablan del tino que tenemos en la vida, si somos lo que somos, en naciendo. Y entonces Rockefeller me responde, me dice sus secretos, me confiesa sus culpas, orgulloso de su genio:
          -Yo pienso que la gente es siempre falsa -me dice con su risa delirante-, y es justo que sucedan estas cosas.
          Son suyas las palabras y es irónico con su sistema cruel y condenable, que no es el propio de los escritores. Al menos, cuando quieren ser impropios, adornan sus palabras con poesía y es todo más ameno y menos burdo.
          ¿Sabéis que es Rockefeller un canalla que viene de la feria y vende joyas tan falsas como lo era su discurso? Los viejos sacerdotes y embusteros repiten las mentiras de los papas que tienen a su dios amordazado (a veces me imagino que eso es bueno: si un día hablase Dios, la poesía sería tan absurda como el paro).
          Y entonces doy comienzo a este relato, buscando la poesía como suelen buscar el mal los viejos criminales: "Pensad en aquel tiempo del pasado", susurro lentamente a vuestro oído, y, al tiempo, me convierto en mar de dudas. Y pienso que es prudente hacer un alto, no hablaros de los siglos que quedaron perdidos más allá de los ayeres. Y vienen Willi Brandt y Rockefeller, de nuevo, hacia la mesa donde escribo, creyendo que ellos son como los reyes. Quizás no es Willi Brandt, pues me imagino su rostro diferente a este sujeto. Si Kissinger viniera hasta mi mesa, sabría repetir que está de sobra, si es este un mar de versos sin deriva. Y vuelvo a dar comienzo a este relato, y entonces mis lectores se me alejan, cansados de mirar líneas extrañas: no deben repetirse estupideces y no es correcto hacer cuentos extraños, cogiendo con cariño la botella. Y vengo a repetirme con los siglos, y entonces Bonaparte me lo dice, lo dicen los Capetos tras su muerte.
          Pero hoy no quiero hablar de sus cabezas, cortadas de manera diferente, que existen mil maneras de cortarlas. Y empiezo este relato con desorden, perdido, sin acaso imaginarme que habría de contaros a estas horas. La muerte de los reyes no me importa y el hambre de los pobres no interesa ni a los que la padecen en el mundo. Ignoro si escribir es lo prudente, y entonces Rockefeller me lo explica: "no es lógico escribir lo que usted cuenta: sus versos, sus relatos, sus palabras se pierden en la nada, se repiten, no explican la existencia de la gente. Podrían indagar en el destino, buscar la trascendencia de la vida, mostrar ese sentido que no tiene...". ¿Le digo a Rockefeller que está loco? Si no tiene sentido la poesía, tampoco esas fortunas amasadas: pensad por un momento que los versos nos hacen ser eternos millonarios en un mercado hermoso y diferente. Yo pujo por los dólares que compran al alza cada verso endecasilabo, marcándolo en la página callada.
          El caso es que yo quiero personajes distintos de estos raros personajes que vienen a mi mesa cuando escribo: ni Brandt ni Rockefeller me interesan, tampoco los políticos de ahora ni los emperadores del pasado. Calígula tal vez era simpático y había en él un algo peligroso por lo que me decanto en mi locura. Prefiero hablar entonces de poetas, de genios, de filósofos que saben abrirnos el camino a lo más alto. Tal vez esas conciencias elevadas nos digan por qué somos lo que somos y cómo nos ocurre lo que ocurre; tal vez esas conciencias nos liberen, y el caso es que no esfácil conseguirlo, si ya fallaron todos los profetas, si erraron ya los dioses y mesías. La vida está en la calle, lo comprendo: comprendo que la vida está en la calle, que la gente es parte de la calle y de la vida. Y el ser es paradoja que se tuerce, palabra que se escapa y contradice, buscando los misterios de la nada. Supongo que estoy loco cuando digo las cosas que les digo a los más santos, también al asesino y al cobarde...
          La calle no está mal cuando la gente no corre por la calle, entre la gente, buscando estar con gente por la calle. Por eso yo prefiero los paisajes idílicos y el mar, esos cantiles que miran a los mares complacidos; por eso yo prefiero mis lugares (son míos solamente si estoy solo, son reinos donde tengo mi gobierno). Las luces del ocaso, si ya es tarde; el alba bella y clara, si es temprano, habrán de ser testigo de mis cosas. Los hago ser también protagonistas en todos mis relatos y en mis versos, son obra de mi afán y mi locura. Y así soy soberano de ese mundo de estrellas temblorosas en el cielo, si quiere ya mi voz que las repita. ¿Querrán los cenetistas que me calle? ¿Dirán que soy acaso el enemigo? No siento yo confianza ante las sectas. Jamás admitirán que fueron míos los mares como fueron del pirata, después de que yo quise pronunciarlos. Seré, como Neptuno en los océanos, el dueño de los mares, si es mi antojo, si acaso soy el dueño de mis versos.
          Defenderé mi reino del que quiera venir a reclamarme lo que es mío, pues siempre serán míos mis lugares. Estoy por siempre en ellos, si los digo: mis valles, mis arroyos, las calizas alzadas de mis montes y cordales. Onasis nunca tuvo lo que tengo, tan solo con hallar un diccionario de páginas escritas de dominio. Defenderé las piedras orgullosas que se alzan en la altura y el castillo que tengo por morada en mis poesías. Y es mía la corona y ese trono que sabe cómo son mis posaderas. Las cosas se defienden con la espada y acaso con la pluma si es preciso, que aquí no valen nada los misiles. Os brindaré mi buque y seré acaso señor de los sedientos bucaneros que buscan el poder en el Caribe. La espuma de los nórdicos vikingos también puede inspirar esas leyendas de bardos del antaño y de sus héroes. Mi buque será vuestro en la aventura, mi voz será la vuestra y vuestros ojos podrán ser ojos míos, si os los presto.
          El púlpito y la misa, el sacramento, los viejos mandamientos y el pecado son cosas que los curas cuentan siempre. Las viejas confesiones del antaño, con ese olor a incienso y a humedades, pasó a ser el momento de la siesta. Y el cura don Fermín de Dulcimora, que vino de Zamora, según dicen, es hombre como pocos en la villa. Se dice que se pierde en los maizales, que Carmen satisface el apetito del viejo con entradas y con canas. Él es la fe de todos, la promesa que puede redimirlos, la palabra que dice la verdad de lo que es santo; él dice lo que es justo y él acusa los males y barbaries de la gente, como esos dictadores de otro siglo...
          El cura don Fermín de Dulcimora no es hombre que se calle fácilmente:
          -¡Te dije que no fueras, te lo dije!
          No quiere que lo llamen cosa alguna, pues este pueblo nuestro es licencioso y alcanza a poner motes con ingenio (lo cierto es que los cuernos no les gustan ni al cura ni al alcalde, y que los guardias procuran no meterse en el asunto).
          La Carmen, aunque vive amancebada (los curas tienen siempre sus misterios) lo quiere con locura, y él la riñe:
          -¡Te dije que no fueras, y tú fuiste! -le dice, reprimiéndola con odio, por todos los pecados que comete.
          La Carmen, que lo quiere, lloriquea, mas nunca dejará de estar con Braulio, que es mozo y atractivo, y tiene pelo. Y el caso es que el perdón es caprichoso: el cura la perdona y le recuerda caminos de virtud que él no practica. Lo cierto es que los curas, con ser curas, cometen los pecados que cometen labriegos, funcionarios y otras gentes. La Carmen, sin embargo, fue dichosa con el amor del cura, y es acaso dichosa entre sus brazos, cuando él quiere. Sabréis que don Fermín está muy gordo, que no es el sexo todo su pecado, que siente la llamada de la gula. Yo tengo algo de cura, por lo visto: me gustan los percebes y los bígaros que saben como espuma de los mares. Tal vez soy un frailón, no estoy seguro: me gustan esos platos delicados que llenan el estómago de dicha.
          Los curas de este tiempo son modernos, les gustan los amores descansados que dejan tiempo libre a la lectura: son curas aplicados que no dejan sus biblias a deshora, que el oficio les pide que dediquen mucho tiempo. Los duros que ellos cobran son los duros trabajos de la vida y del pecado que saben pronunciar sus convecinos. La vieja letanía, la salmodia, los rezos y oraciones de los templos y el llanto de los pobres son poemas: "Señora, suplicamos tus perdones, venimos a implorarte, arrepentidos, rogamos ante ti, pues eres Virgen. Señora, suplicamos y rezamos, buscando que intercedas por nosotros, dejados en los mares de la vida...". Y viene Rockefeller, que es un pícaro, diciendo la verdad que muchos saben:
          -No hay cura que no sea un sinvergüenza.
          Los curas nos mantienen reprimidos con salmos, con virtudes y con cantos, hablando de la fe y el sacrificio; los curas nos reprimen, nos someten con esas Escrituras tan sagradas como el discurso vacuo de un político.
          Pregunto a Julio César sobre el caso, y entonces me responde que no sabe, que está ocupado siempre con las Galias. Pregunto a Marco Antonio, y Marco Antonio, que nunca fue prudente, según pienso, me mira con dureza y no responde. Si Claudio, que es juicioso, me dijera verdades sobre todas estas cosas, podría regalarle tres jamones. Pero es que el viejo Claudio no contesta, quizás está en su lecho con su esposa, terrible como todas las mujeres. Y Claudio, que, con ser un tartamudo, sabría decantarse por lo lógico, no acudirá en mi ayuda si lo llamo. Calígula es un hombre más festivo, y el caso es que no habré de preguntarle, pues no parece ser el indicado. Parece que me mira de soslayo, creyéndose ese dios que nunca ha sido, después de lo que digo, pero es cierto: él no es el indicado, pues sus prácticas parecen no ser propias de un cristiano (no digo que debiera ser creyente, le bastan con sus dioses y locuras, si acaso es solo un loco delirante):
          -Tan solo era una broma-, le contesto.
          La Carmen es mujer que sufre mucho: el cura la reprime y la maltrata, que es hombre con un genio insoportable.
          -No vuelvas a pegarme -le repite la Carmen, porque el cura nunca es bueno, la pega y no perdona lo que sabe.
          -No vuelvas a pegarme -le repite la Carmen, porque el cura la castiga, la azota con discursos obre el alma.
          -No vuelvas a pegarme -le prepite la Carmen, porque el buen Dulcimorano la quiere hacer más santa que las santas. Los santos españoles son judíos que vienen de las tierras abulenses y huyeron de las huestes de la Iglesia: la vieja Inquisición está en los años dormidos de la historia, pero el cura quisiera ser de nuevo Torquemada. El buen Dulcimorano nos aprecia: no quiere corrupción en el espíritu, nos quiere siempre en paz con el espíritu:
          -La paz espiritual es importante -le oyeron las ancianas muchas veces, después de noches llenas de pasiones.
          La Carmen lo confiesa: "¡Si es un cerdo!", pero es el santo cura, y la parroquia no debe tener dudas al respecto: "Perdóname, Señor, por mis pecados, perdona mis errores y mis faltas, pues solamente es carne lo que tengo. Perdóname, Señor, porque soy débil, no sé como seguirte en tu camino, pues solamente es carne lo que tengo.  Perdóname, Señor, pues en tus viñas existen tentaciones asombrosas y es solamente carne lo que tengo.
          Perdóname, Señor, si soy flaqueza, y olvida mis temores y mis dudas pues solamente es carne lo que tengo. Perdóname, Señor, si soy la gula y olvida mi maldad y mis miseras, pues solamente es carne lo que tengo. Perdóname, Señor, pues soy oveja perdida y separada del rebaño, pues solamente es carne lo que tengo.
          Perdóname, Señor, pues soy humano, muy frágil ante el mal al que me incitan, y solamente es carne lo que tengo. Perdóname, Señor, pues no soy nada, si acaso soy dolor arrepentido y es carne solamente lo que tengo. Perdóname, Señor, si soy la tierra, pues vengo de la tierra y la ceniza, y solamente es carne lo que tengo."
          -Y solamente es carne lo que tengo -repite siempre el hombre sin mesura, si para por las tascas y tabernas. El hombre sin mesura es un vivales que bebe todo el vino de la zona, jugando a predicar otras doctrinas. El hombre sin mesura es mesurado, por más que sea el hombre sin mesura (lo cierto es que no mide lo que bebe).
          El hombre sin mesura tiene novia, pero él es tan dichoso como el vino feliz de la tinaja del otoño. Le dice que no es justo que le pida que tengan que casarse, sin quererlo, los hombres que no aceptan compromisos. El hombre sin mesura, los domingos ejerce un sacerdocio muy distinto, pues va por los burdeles de la zona.
          La moza con el níscalo en el chocho le gusta más que el resto, y, cada noche la vuelve a hacer dichosa en sus abrazos: "Te quiero más que a nada en este mundo: mi novia no comprende estas pasiones, pero eres un amor que no se olvida."
          La moza con el níscalo no es tonta, responde sabiamente a sus palabras:
          -Tú págame el servicio y es bastante.
          También son los domingos esos días que espera con afán y con apuro la pobre Carmen, sí, la amancebada:
          -El Braulio, que es más mozo y más gallardo, podrá darme más gusto que estos curas que hieren y reprimen con sus voces.
          No sé si Willy Brandt y Rockefeller podrán objetar algo al despropósito, tal vez lo podrá hacer el Papa Borgia: "Perdóname, Señor, si soy la tierra, pues vengo de la tierra y la ceniza, y solamente es carne lo que tengo."
          Los pedos de Lutero son lo mismo que el polvo de las mozas y pontífices, que solo son la carne sin el alma. El alma está en lugares diferentes: Vivaldi y Mozart eran, por ejemplo, la voz del alma misma, puro cielo. La mierda está en la alcoba de los próceres: Vivaldi y Mozart vierten al espíritu la magia que no tienen esos salmos. Pensad en la belleza sempiterna del verso endecasílabo y su gracia, que vuelan por la altura tan ligeros. Mirad estos renglones aburridos que escribo denunciando nuestra falta de espíritu y de fe, la de los curas.
          ¿Podéis imaginaros a los curas hablándole de sexo a los muchachos que van al catecismo en nuestros días?¿Podéis imaginaros a los curas llevando bendiciones al proscíbulo, que tanto necesita de sus prédicas? ¿Podéis imaginar a Bonaparte (que no se entere nunca Josefina) amando a alguna zorra en los burdeles? ¡Y qué dirán los curas, si es que leen las páginas que escribo sobre el tema, sabiendo que ellos son los aludidos! ¿Pondrán la otra mejilla, como dicen, sabiendo perdonar, como les mandan, en esas escrituras tan sagradas? "Perdónalo, Señor, pues es pecado, silencio de la fe, tan solo oprobio, y solamente es carne lo que tiene...".
          Yo vengo a imaginar que, con sus faltas, los curas son eternos pecadores a costa de contarnos mil mentiras. Sabed que la mentira, en todo caso, si mienten con la fe, es mayor mentira, mas ya no quedan curas con firmeza. Ningún curita de estos que se acercan conoce la verdad, pero nos dictan verdades inmutables y dogmáticas.
          Me gusta contemplar, tras la ventana, las cosas que suceden en la calle, la gente que camina, los ocasos... La luz del sol va yéndose sin prisa, después se encienden todas las farolas y sigue habiendo vida en cada plaza. Las playas sí se quedan solitarias, las calas y los puertos que lamentan la lluvia del otoño y del invierno. También es la ventana buena amiga, si llegan lentamente los veranos y el cielo va vistiendo la alborada. Yo miro en la ventana los suscesos, después de que los párrafos que escribo rellenen buena parte del espacio. Quizás no soy amigo del trabajo, y algunos me reprochan, es curioso, que sea tan prolífica mi pluma. No sé lo que decir a este respecto. Quisiera contestar, en todo caso, mas no sé qué decirles a los otros:
          -Debieras ser más cauto cuando escribes -me dice Willy Brandt, o lo imagino, que suele estar tan solo en mi cabeza.
          Tal vez es Willy Brandt, o Billy el Niño (quizás es Julio César disfrazado), y el caso es que no escucho su discurso.
          Me gusta contemplar tras la ventana: las lluvias son las lluvias, si es que hay lluvia, y adoro ver la lluvia cuando toca. Me gustan las palabras que sugieren otoños olvidados para siempre, noviembres olvidados para siempre. De niño yo quería ver los tonos de aquel paisaje triste y moribundo, soñando con la nieve venidera. La nieve venidera, sin embargo, no vino hasta muy tarde, pues las nieves no suelen ser puntuales a la cita. La nieve venidera, sí, la nieve que sueñan en la infancia los muchachos, acaso los adultos que son niños. Yo sueño, siendo adulto, con la nieve, y admiro a los que juegan con el hielo, después de tardes frías de nevada. También el agua corre en el otoño por cauces con orillas siempre verdes, cantándole al verano su responso: Me gusta que se apaguen los rigores que llegan en agosto y nos abrasan con su sonrisa y vil y su ironía. La lluvia, con su llanto, nos dice la verdad, hablando claro: a todos nos aguarda el largo invierno.
          Me gusta contemplar tras la ventana: la luz del sol es bella cuando toca las hojas de los árboles vecinos. Chamusco baja siempre de mañana y alcanza a guarecerse en las tabernas del puerto de la villa que yo habito. Él es un hombre mustio y cabizbajo que mira con dolor, con amargura, con sorna, si es que bebe demasiado. Los viejos pescadores lo conocen: Chamusco es hombre triste y aburrido, callado casi siempre, melancólico. La gente que lo mira cuando pasa lo suele saludar, pero él no sabe volverse y contestar con gesto amable. Chamusco bebe el vino de la muerte, mirando como empinan los muchachos el codo con el vino de la vida:
          -¿No bebes una pinta? -le preguntan. Él mira con desprecio, y es legítimo callar y no decirle nunca nada. Chamusco no es simpático con nadie, no quiere hablar con nadie, no sonríe..., los niños van burlándose a su paso:
          -Chamusco es como el coco -le replican, con risas, mientras saltan a la comba, las hijas de Mercedes en el parque.
          Y viene Bonaparte y me reprende, después de que me dijo que los niños debieran respetar a los mayores:
          -Los tiempos van pasando, Bonaparte: los siglos no repiten su camino -le vengo a contestar con gesto seco.
          A veces Bonaparte me molesta con esos comentarios tan impropios, sabiendo que la culpa nunca es mía. La culpa es de los padres de los niños, que gastan un lenguaje terrorífico, cagándose en los santos más sagrados. La culpa es de la tele, si la tele les llena la cabeza con ideas que hieden a maldad y a grosería. La culpa puede ser de las abuelas, que no les pegan esa bofetada que suele ser prudente, algunas veces.
         -Los tiempos van pasando, y, con los tiempos, los niños van haciéndose brutales, y es lógico, si tienen ese ejemplo.
         El zar de Romanov me ha visitado, y estuve muchas veces en su corte. Me dice que los niños están locos:
         -Debieras suprimirlos de tus cuentos, pues tienen mil rarezas y son malos.
         Y Metternich suscribe lo que dice.
          Me gusta contemplar, mirar las cosas, hallar esa verdad que está escondida, si no es a la mirada del poeta. Y Metternich, que viene con los zares, se muestra complacido si le digo que el cielo, siempre gris, es poesía. La gente de estos tiempos es distinta, y es cierto que si Goethe regresase podría confirmaros lo que digo. Chamusco no conoce a Bonaparte, ni a Metternich, ni al zar, ni a Cleopatra..., ni sabe de la reina Nefertiti. Alguna vez le hablé de Nefertari, y, entonces, enojoso como él solo, me dijo que esa gente no existía:
          -Son seres de leyenda solamente -me dijo con afán de hacerse el listo-, son cuentos de esos libros fantasiosos.
          Lo cierto es que Chamusco no me gusta y es él el que merece que lo aparquen del cuento que comparto con vosotros. Tampoco es buen amigo de los curas: sabed que don Fermín siente desprecio por tanta sequedad y tal rudeza. La gente de este pueblo lo detesta, pues es un amargado sin remedio, con ese gesto gris y cabizbajo.
          Chamusco no merece que lo nombren, pero hay quien puede ser, entre otras gentes, la causa de las iras del divino: el cura, don Fermín Dulcimorano, que no se llama así, pero me gusta, maltrata a mucha gente cada día. Fermín de Dulcimora nunca deja gozar de la pasión a su manceba, que quiere más a Braulio, por lo visto. Lo dicen los gorriones de la zona, lo dicen los alisos, los castaños heridos por la mano del otoño. También me lo repiten los maizales, testigos del pecado de la moza, testigos de los cuernos del mal cura. La moza se lamenta con la curia de rojos cardenales que le deja Fermín cuando la azota sin clemencia:
          -Mis pobres posaderas -se lamenta, secándose las lágrimas con odio, pero ella vuelve siempre con el cura. Le dicen que no vaya, pero vuelve, que en casa del buen cura, los pucheros son algo que alimenta a los golosos:
          -¿No dices que te pegan? Que te peguen, si el caso es que lo tienes merecido -le dijo don Enrique en una tasca.
          La niña está llorando cada día: quejarse ante el obispo no conviene, pero ella se lamenta a su manera. Y Braulio, que no tiene muchos duros, le dice que no puede darle nada, que tiene que aguantar y resignarse. A veces se le pasa la rabieta, y entonces nos convence de su dicha: nos dice que es feliz como ninguno.
          La gente que la escucha nos comenta que son cosas de puta irredimible, que deben azotarla cada día. La gente que la escucha se santigua si menta a don Fermín, el viejo cura, pues dicen que es un santo nuestro párroco. Se sabe que la vio cuarenta veces, buscando a Braulio, yendo a los maizales:
          -¿A qué vienes aquí, puta del diablo?
          Pero ella es como el dulce, muy golosa, y el cura necesita de su fuente, que en ella sacia toda su lujuria:
          -Te quiero -le repite cada noche, poniendo voz de amante, mientras entra, buscando carne fresca, entre las sábanas.
          -Te quiero -le repite cada noche-, te quiero y serás mía, pecadora.
          No existe quien entienda a esta muchacha.
          La gente de este pueblo es muy curiosa, lo sé porque los hallo cada día, camino de la plaza y de los muelles: amantes de la pesca que critican a todos sus vecinos y bañistas tal vez son lo que sobra en este pueblo. Y el caso es que también hay buena gente, no quiero que penséis que no hay sujetos que escapan a etiquetas semejantes.
          -La gente de este pueblo está chiflada -me dice don Benito, sin modales, después de hallarse con los partisanos.
          -Pues hombre, don Benito -le diría-, si el caso es no meterse con el clero, que puede ver usted que yo me callo.
          Y, hablando de los curas, es lo cierto que existe gente buena entre los clérigos: yo sé de un arcipreste que hubo en Fita.
          -Muy propio de los viejos profesores -me dicen los alumnos muchas veces: ignoran que tan solo es una broma.
          De todas formas sé que lo que os digo parece mal a muchos, por supuesto, que hay gente para todo en este mundo. Y dudo muchas veces si la gente entiende mi actitud ante las cosas.
          ¿Pero he de complicarme con los curas? Jamás me hicieron daño, pero pienso que solo son mentiras lo que dicen. También son mentirosos los poetas y habré de ir al infierno por mentiros, si es cierto que son bellas mis estrofas. La música es la voz de la poesía que viene a renovar el intelecto, que es cosa que no tiene mucha gente.
Diremos sin maldad que, pese a todo, los tontos son la especie más frecuente y están en todas partes, por doquiera. Diréis que soy muy duro, y soy muy duro: la gente ya no lee, ya no piensa, la gente es holgazana y miserable. Diréis que soy muy duro, y es lo cierto: soy duro, pero el mundo está perdido, y a costa de enviciarse con bobadas.
          Los curas son un mal entre otros muchos, la gente es una peste insoportable..., digamos que prefiero a las personas.
          -Pero ¿es que existe a acaso diferencia?
          -Pues sí, la diferencia sí que existe.
          -Perdón, que usted es hombre preparado.
          -Pues gracias por ser noble y admitirlo, que es propio equivocarse de los seres humanos que poblamos el planeta.    
          Bartolo, que es tan tonto como el solo, le dijo a Julio César muchas veces que el mundo es muy distinto en cada parte. El pueblo de Bartolo es otro pueblo, distinto de los pueblos de otros mundos, distinto de otras gentes y naciones. Son cosas que nos dice, emocionado, que el tonto de Bartolo es mucho tonto, y es tonto para todos como nadie. Bartolo sabe bien que el cementerio, con todos sus cipreses y sus flores, es un lugar alegre para todos. Bartolo no es vedorio, pero sabe las cosas que le dicen los vedorios, y cuenta que los muertos no se aburren: algunos, apegados a la vida, comentan los sucesos de los vivos, se burlan de sus cosas cotidianas. Bartolo, que con ser mucho Bartolo, no deja de ser tonto como el solo, diría que son muy conversadores. Y dice que hay un caso destacado, pues habla de la madre de la Carmen, la Carmen de Fermín Dulcimorano. La madre de la Carmen le decía: "tú cásate, mujer, pero espabila."
          El médico del pueblo fue pareja de la pequeña Carmen, pero luego se fue con otra moza de la aldea:
          -Tú cásate, mujer, pero espabila...
          La madre de la Carmen le decía que había que buscar algún arreglo:
          -Tú cásate, mujer, pero espabila...
          La madre de la Carmen nunca quiso dejarla con el cura de ese modo:
          -Tú cásate, mujer, pero espabila -le dijo muchas veces en los días finales de su vida, en los ochenta.
          -Tú cásate, mujer, pero espabila -le dijo, moribunda, cuando el cáncer la fue llevando al foso sin remedio.
          -Tú cásate, mujer, no sé a qué esperas -le dijo en la sesión de espiritismo que hicieron por San Juan, hace ya tanto.
          "Tú cásate, mujer, porque ya es hora". Pero ella no encontró con quién casarse, quedando con el cura de manceba. Y es cierto que garbanzos no le faltan, que en casa de este cura los cocidos son buenos, y es que no les falta fama. Pero ella no es feliz con este cura, pues sabe que el pecado es el pecado, que Braulio es un placer no permitido.
          Pepín, el ornitólogo, lo dijo: la moza es un gorrión y es algo urraca, pero es que no podrá con ese cuervo. Y, ya bajo la tierra, se le dice que fue todo un acierto lo que dijo, después de tantos años sin engaño: la Carmen, que no quiere al viejo cura, mantiene su deseo como entonces y anhela los pucheros y maizales.
          La madre de la Carmen la defiende:
          -Los curas, predicando moralinas, corrompen lo que tocan con sus manos.
          Los otros lo suscriben muy de firme:
          -Los curas, con sus cánticos, engañan a todos los vecinos de la zona.
          La gente de los nichos lo comenta, y dicen los corrillos estas cosas en criptas y hueseras olvidadas.
          Martín, el pescador de celacantos, no está en el cementerio, pues su cuerpo quedó en el mar, después de tres naufragios. Su espíritu frecuenta estos lugares y ríe con los diálogos curiosos que tienen los difuntos lugareños. La gente es muy chistosa en la comarca, y, hablando de los curas, saben mucho, si no todo es saber el catecismo.
          La Carmen representa su monólogo:
          -No quiero que me peguen con la vara, no quiero más dolor ni cardenales.
          Y luego se resigna la muy tonta, y el cura don Fermín goza pegándola, diciéndole que es puta condenada:
          -Las putas condenadas son perversas y tienen su destino en las calderas calladas del infierno silencioso.
          La Carmen lo soporta porque Braulio no quiere ni su amor ni sus encantos, tan solo va con ella a los maizales. Los mozos de la villa son burlescos y dicen de la Carmen muchas cosas:
          -Si fuera menos puta, por lo menos...
          Y el caso es que ella es flor en su inocencia: jamás cobró ni un duro, pero el cura le da buenos cocidos cada día. Y todo el camposanto está revuelto, pues dicen de la Carmen mil rumores que no será feliz en este mundo.
          La Carmen representa su monólogo:
          -No quiero que me peguen con la vara, no quiero más dolor ni cardenales.
          Los muertos hablan siempre de la Carmen:
          Hay gente que no aprende, y ese cura no es bueno con la moza, por lo visto.
          La Carmen representa su monólogo:
          -No es justo que me traten de este modo.
          Y el cura sigue dándole lo suyo.
          -Perdóname, repite cada día la Carmen, toturada por el cura, pues solamente es carne lo que tengo.
          "...Perdóname, Señor, porque soy débil, no sé como seguirte en tu camino, pues solamente es carne lo que tengo.  Perdóname, Señor, pues en tus viñas existen tentaciones asombrosas y es solamente carne lo que tengo. Perdóname, Señor, si soy flaqueza, y olvida mis temores y mis dudas pues solamente es carne lo que tengo. Perdóname, Señor, si soy la gula y olvida mi maldad y mis miseras, pues solamente es carne lo que tengo. Perdóname, Señor, pues soy oveja perdida y separada del rebaño, pues solamente es carne lo que tengo. Perdóname, Señor, pues soy humano, muy frágil ante el mal al que me incitan, y solamente es carne lo que tengo. Perdóname, Señor, pues no soy nada, si acaso soy dolor arrepentido y es carne solamente lo que tengo. Perdóname, Señor, si soy la tierra, pues vengo de la tierra y la ceniza, y solamente es carne lo que tengo."
          Pero la lluvia sigue siendo lluvia, la lluvia sigue siempre descendiendo, y Asturias no ha perdido sus encantos:
          -No deja de llover -dice la gente.
          -No deja de llover -dicen las nubes.
          -No deja de llover -dicen los días.
          La lluvia, porque es lluvia silenciosa, nos habla sin hablar, dice de todo, y el viento también habla con la lluvia. El cielo debe ser sabor a lluvia, los muertos deben ser siempre dichosos y el aire que nos roza es algo fresco: tal vez llega besado por la lluvia, se mezcla con la lluvia y se hace lluvia, y es bello ver la lluvia en la ventana. La muerte debe toda su tristeza quizás al beso triste de la lluvia que llega lentamente a nuestros ojos. No sé, tal vez la lluvia, con ser lluvia, nos habla de la tierra y de nosotros, de todo lo que ocurre en nuestra vida. La gente de este pueblo es gente buena, la pesca les encanta y cada lluvia les habla de la Asturias de los siglos. El clima que define al asturiano parece ser acaso como un grito que llega del Cantábrico profundo.
          -No deja de llover -dice la gente.
          -No deja de llover -dicen las nubes.
          -No deja de llover -dicen los días. 


2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

miércoles, 19 de julio de 2017

Para mi amigo Todd Lefkovich

Mit ganzen Herzen, Lieber Freund

             El sol lo vio partir, porque, despierto,
lo vio bajo esa luz, si es que, en persona,
su llama lo derrota y lo destrona,
que es rayo donde el cielo vive muerto.
            Las tristes soledades del desierto
miraron, en las tierras de Arizona,
sus pasos, que, buscando mejor zona,
buscaron escapar del suelo yerto.
            Y pudo hallar los bosques y los prados
que llenan de la alegría ya su vista,
si sabe su llegada toda Viena.
            Pues quiso, con sus gustos elevados,
hallar mejor lugar, tierra exquisita,
más clara que la luz, si hay luna llena.



2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

Soneto para María José Sánchez

        Es ella como el vuelo del milano,
y acaso es, en el mar, ola bravía,
si no es un buque cuya lozanía
navega por el piélago lejano:
        la nieve del invierno es ya verano,
la noche de sus ojos roza el día,
y sé decir su voz en su alegría,
si quiso ser la fruta del manzano;
        y torna en azabache claridades,
y teje en carbón negro la llamada
del aire, si corona el cielo claro;
        pues son sus ojos esas oquedades
que saben pronunciar la llamarada,
si el sol de su mirada es tan avaro.


2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

martes, 18 de julio de 2017

Los viernes en la Fuente de los Ángeles





José Ramón Muñiz Álvarez

"Los viernes en la Fuente de los Ángeles"



Los viernes eran días de aventura: la tarde de los viernes era hermosa, dichosa como el tiempo del verano. Las clases se acababan y los niños salían con apuro de la escuela, soñando libertades imposibles. Quedaba atrás el lápiz, la pizarra, las mesas de los niños, los pupitres, los libros y los viejos diccionarios...

-¿Y dices que hay raposos en la zona? -le oyó decir, con aire triste y tímido, después de que cruzaron por el puente. La Fuente de los Ángeles, atenta, sabía del rumor de los muchachos que vuelven de visita en el otoño: solían adentrarse en la arboleda y amar el barro triste de noviembre, cubierto por las hojas desprendidas.

-Supongo que los hay, porque los montes están llenos de arbustos y de helechos -le dijo, no sin algo de ironía.  Sabía que su hermano se asustaba, después de que la abuela les constase sus cuentos y leyendas misteriosas; en ellas, criaturas sorprendentes, llegaban cada noche, y, en los claros, hacían singulares aquelarres.

-Yo nunca tuve miedo a los raposos -siguió con aquel tono tan burlesco que casi parecía provocarlo. Su hermano era menor e imaginaba que el zorro, como el lobo, era de instintos violentos y tenía gran peligro. Le tuvo que decir que no es posible que ataque al hombre el zorro, porque el zorro se escapa si percibe que hay humanos:

-No es fácil que lo veas, si se esconde -le comentó entre risas, satisfecho, jactándose ante el niño asustadizo. También podrían ver, según le dijo, con un poco de suerte, si se tercia, quizás alguna ardilla despistada: lo propio es encontrarlas en verano, y en estas fechas suelen recogerse, huyendo del avance del invierno.

-Podrás ver un milano, si te fijas -le prometió, sabiendo que el milano se pierde siempre raudo, entre las frondas. Ardillas y raposos, un milano, tal vez la voluntad del que imagina y el gusto por perderse por los montes... Los árboles más viejos vigilaban, mezclados con los altos eucaliptos a aquellos dos zagales atrevidos.

-No es raro ver un ferre en este sitio -volvió a insistir-, mas has de estar atento: en solo unos segundos, ya se han ido.

El chico se esmeraba en encontrarlo, buscando con los ojos bien abiertos las ramas y las nubes poderosas. Las aguas de la fuente susurraban los cantos de las tardes moribundas a quienes escuchasen sus conciertos.

-¿Seguro que hay milanos en la zona? -dudaba ya el muchacho, tras un rato, cansado de la larga caminata. Los jóvenes y niños tienen prisa, su edad es agitada y los empuja, volviéndolos espíritus inquietos. Y es lógico pensar que se impacienten, si excitan el carácter del curioso que quiere descubrir cosas variadas.

-Tú déjame coger estas castañas -le dijo con un aire autoritario, poniéndose en su sitio firmemente. Sabía que las horas de la tarde se van con más apuro en esos meses que llegan con los vientos del otoño, sabía que la brisa del crepúsculo quería destronar los brillos débiles del sol que alcanza al fin el horizonte.

Hablaban de los búhos y lechuzas, del cárabo en la noche y de sus gritos, que suelen ser a veces lastimeros. La gente de la aldea temió siempre las voces repentinas de estas aves que se oyen en la noche silenciosa. El niño se asustaba y, escuchando, quería conocer esos misterios que solo saben brujas y hechiceros. Hablaban de la noche y sus peligros, las voces que se escuchan a lo lejos, pasados ya los días de difuntos. La voz de los caminos, esos días, parece diferente, y sus canciones evocan otros siglos muy distintos. El alma de la gente de los castros retorna, por lo visto, y sus susurros resuenan en los bosques y colinas. Hablaban del otoño y las castañas, del viento que, arrancándolas con fuerza, las deja entre los barros del sendero. Las zonas donde crecen los helechos esconden las mejores, muchas veces, si hay alguien que ya vino por la zona. Llenar la bolsa es siempre gran trabajo, y el día se acababa lentamente, negándoles la luz en la espesura.

Atrás quedaba el tiempo del verano, los baños en la playa, los pedreos, los días de silencio y bajamares. Los barcos recogidos y los botes podían sospechar los temporales que llegan cuando es tiempo de castañas. Y aquellos eran meses nocturnales, de calma pusilánime y tristeza, de leña y de carbón en los fogones. Y fueron avanzando en el sendero, dejando allí la noche más intensa, más dura y más terrible entre los árboles. Las aguas de la fuente murmuraban leyendas de las brujas y hechiceros, amigos de los gatos y raposos. Las llamas del crepúsculo elevaban su brillo moribundo, como un verso nacido de la pluma de Machado. Y, estando en casa ya, junto a la estufa, quitaron los abrigos, acercándose, para besar el rostro de la abuela. La gente se sentaba y un brasero brindaba su calor, siempre agradable, en esas noches siempre prematuras. Entonces no existían transistores, no estaba en esos años en las casas la luz de la pantalla de la tele.

Echados ya en la cama, disfrutaron del eco del silencio, del susurro del aire, cuando roza la arboleda. Lejanos, los ladridos de los perros, pudieron encender las sensaciones secretas del misterio de la noche. La lluvia fue cayendo, lenta y triste, llenando de poesía los rincones callados y apagados de la casa.

-Mañana volveremos por los montes -le dijo al más pequeño-, y buscaremos los níscalos que nacen de la tierra. Sabía de un lugar donde los pinos se mezclan con el aire a los aromas amables de los viejos eucaliptos. La tierra humedecida sorprendía, sin duda, al caminante que quisiese perderse entre las sombras de los árboles.

-Mañana volveremos muy temprano -le dijo al más pequeño, prometiendo tener más aventuras y emociones. La noche era más densa en esos tiempos, más gruesas sus tinieblas en el aire, más fuertes sus silencios moribundos. Y en esa calma amarga y melancólica, vencidos, los muchachos se durmieron, soñando con milanos y raposos.

Y el sueño, pronunciándose, cantaba los cantos de las aguas de la fuente, las voces de la brisa entre las ramas. Y el aire en las ventanas fue recuerdo del llanto de la lluvia en las espumas del mar del muelle triste y de los botes. El sábado de otoño llegaría vendido por los gritos repentinos que se oyen cuando chilla el aguacero. La noche era la noche, sin embargo, y el aire de la noche, con su frío, tentaba entre las sombras a las brujas. Sus horas eran densas, tan oscuras, tan tristes que los seres nocturnales podrían tener miedo de la noche. Los duendes de la zona no dudaron en esconder sus risas y miradas, sabiendo prevenirse del peligro. Las hadas de los bosques y la xana que habita los contornos de la zona temieron, como el trasgu, como el cuélebre. Las brujas y vedorios que escuchaban las voces y ronquidos de los vientos también sintieron miedo entre sus mantas. Y tú, que vas leyendo este relato, también tuviste miedo aquella noche, si no es que tienes miedo al ir leyendo.

La lluvia fue cayendo, lenta y triste, llenando de poesía los rincones callados y apagados de la casa. La lluvia fue llegando, bella y dulce,  dejando su color por los lugares dormidos, silenciosos, soñolientos. La lluvia vino pronto, repitiéndose, vendiendo su pregón en cada cuarto, plagado del cansancio de la gente. Distantes, los sonidos de la lluvia, pudieron sugerir las emociones intensas del recuerdo de la tarde.  Perdidas, las palabras pronunciadas, quisieron avivar las aventuras vividas en las horas del crepúsculo.  Risueñas, resbalando en los cristales, pudieron sosegar los sueños plácidos de aquellos niños llenos de inquietudes.  La lluvia, sin embargo, fue cayendo, llenando los rincones de poesía, llenando cada esquina de misterios. Su grito, al apurarse, fue llegando, venciendo a su capricho aquel ambiente de sombras y susurros repentinos. Se oían los ronquidos de la abuela, su voz cascada ya, tras tantos años, el aire que escapaba de su boca...

Y, ahora, si os parece -pues es justo-, dejemos descansar a los que duermen, queramos respetar ese descanso: no en vano, entre bostezos y ronquidos, suceden otras partes de la vida que no han de saber nunca los que sueñan. Dejemos que se vayan a esos reinos, queramos permitirles esos viajes a mundos que nos son desconocidos. Pensad que con la lluvia es suficiente: nos basta con sus golpes educados, rozando levemente los cristales. Pensad que con el aire y la ventisca los puertos tienen su romanticismo y lloran las espumas de las olas. Sentid también que el aire toma cuerpo, que tiene más espíritu si acaso, habiendo esa humedad que trae la lluvia. Y, mientras, cautivados por su magia, la lluvia os ve también ceder al sueño, sabed que me retiro, pues es tarde. Dormid en paz, callad como se callan las horas que respetan a la gente que duerme silenciosa en cada cama. Soñad también con árboles y mares, con fuentes apartadas y estaciones cercanas a esos dulces manantiales.

Y, si sabéis amar el canto dulce del agua que desciende de los cielos, probad a dar oído a sus querellas: podréis amar entonces la añoranza que prende, en el otoño, en los muchachos que fueron a la escuela hace ya décadas; acaso gozaréis del eco triste del agua repentina, de los charcos, del grito cuando corre el aguacero. Y entonces hallaréis que la poesía revive donde cae agua de lluvia, regando con sus gotas la memoria. Y es cierto que la lluvia hará más bellos los puertos y las playas donde llega, haciéndolos brillar ante vosotros. Sabed que vuestros ojos querrán verlo, si el puerto cobra el brillo de la lluvia que cae sobre los barcos y las lanchas. Los bosques, cuando llueve, también brillan, y brilla el claro hermoso con la luna, si el agua lo bendice en el otoño. Después llegará el alba, y, con el alba, la luz verá de nuevo a los hermanos buscar en el pedreo y en el monte. Los viejos champiñones y los níscalos, igual que los mariscos de las costas, parecen ser excusa, en cualquier caso.

-¿Y dices que hay raposos en la zona? -le oyó decir, con aire triste y tímido, después de que cruzaron por el puente. La Fuente de los Ángeles, atenta, sabía del rumor de los muchachos que vuelven de visita en el otoño: solían adentrarse en la arboleda y amar el barro triste de noviembre, cubierto por las hojas desprendidas.

-Supongo que los hay, porque los montes están llenos de arbustos y de helechos -le dijo, no sin algo de ironía.  Sabía que su hermano se asustaba, después de que la abuela les constase sus cuentos y leyendas misteriosas; en ellas, criaturas sorprendentes, llegaban cada noche, y, en los claros, hacían singulares aquelarres...

Los viernes eran días de aventura: la tarde de los viernes era hermosa, dichosa como el tiempo del verano. Las clases se acababan y los niños salían con apuro de la escuela, soñando libertades imposibles. Quedaba atrás el lápiz, la pizarra, las mesas de los niños, los pupitres, los libros y los viejos diccionarios...






2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

lunes, 17 de julio de 2017

Terras fidei I

"TERRAS FIDEI" I

        Son versos que pronuncia el campesino
cuando la noche sabe vagabunda
los versos del saber en que se funda
su canto triste, claro y cristalino:
        desmiente el eco triste y mortecino
los besos de la tarde moribunda,
si sabe del crepúsculo que inunda
su muerte con su brillo peregrino.
        Los valles ven morir un sol valiente,
los montes callan tristes y brumosos,
y todo viene a ser pura tristeza.
        La tarde va cayendo lentamente
detrás de los cordales silenciosos
que ven morir la luz con su pereza.


        -¿Y dónde está la casa de la vieja? -le dijo, con un aire de desprecio, queriendo demostrar su valentía. Pisaban los helechos maltratados por lluvias silenciosas, por el viento y el beso amargo y gris de los otoños. El ruido del arroyo mortecino llenaba, con sus llantos y susurros, la escena, con sus músicas calladas.
        -¿No dices que conoces el contorno? -le supo replicar con la ironía que enciende en el coraje despechado. Las nubes avanzaban en un cielo que hablaba de vejeces y derrotas a los que lo miraban desde abajo. El bosque demostraba el colorido, queriendo el disimulo de los oros que sabe desmentir las rendiciones.
        -Yo sé que todos dicen que el sendero conduce a la casona de la bruja -se impuso con su genio el más pequeño. El sol se retiraba como suelen los viejos generales con sus tropas, mordiéndose los labios con enojo. Las horas de la tarde se acortaban, la luz se hacía débil sin apuro y un brillo saludaba en lo lejano.
        Requejo no tenía sino trece, pero era el capitán de aquel grupeto que ardía por hallar aquella casa. Pichola, que era su lugarteniente, tenía un año menos y era grande, tan alto como un pino, si se quiere. Los otros, con sus once, no eran altos, pero era su coraje el que quería mostrar mayor valor que los mayores. Mostrar mayor valor que los mayores es siempre la labor del más pequeño, si quiere uno partir a la aventura. Mostrar mayor valor que los mayores es siempre ese deber al que se deben los niños que se inician en maldades. Mostrar mayor valor que los mayores tal vez era un deber inexcusable que había que cumplir como ninguno.
        Requejo despreciaba a los más niños:
        -Son blandos, se acojonan fácilmente -decía, con un gesto de desprecio.
        Pichola le seguía siempre el juego:
        -¿Qué quieres? Solo son unos muchachos, no saben de las cosas de la vida.
        Los chicos se mostraban resentidos:
        -Si dicen esas cosas, no comprenden que somos más valientes y más hábiles.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez