miércoles, 7 de junio de 2017

Recuerdos de la zona de Moniello




José Ramón Muñiz Álvarez
"RECUERDOS DE LA ZONA DE MONIELLOS"

PRÓLOGO

Hay algo de nosostros que queda siempre atrapado en la naturaleza que habitamos, algo que volvemos a encontrar cuando, sin saberlo, retornamos a esa naturaleza como el que, sin haberse movido durante décadas, un día cualquiera, retorna a ese paisaje como quien vuelve de un largo viaje. En unos casos se trata de los riscos encrespados de las montañas más atrevidas, donde, llegado el otoño, el invierno si cabe, la nieve se enseñorea de las rocas y mira las quebradas con no poco orgullo de desde las alturas; en otros casos, es el llano, o quién sabe si ese océano de colinas que se suceden, que se van siguiendo hasta las llanuras y los páramos que cierran el marco de estampas tan distintas..., pero también el pincel del artista busca el azul reflejado de los cielos en los mares, y también sabe hablar de espumas la pluma del poeta, si es cierto que el poeta es pintor a través de la palabra. Pero el poeta está más cercano al músico, y, si el músico sabría pintar en una sinfonía esos acantilados, debemos imaginar que pueden ser los versos del poeta, tal vez sus prosas, las que sepan simular esos rumores que todos conocéis y amáis como los niños, que sueñan con las nuevas vacaciones.

INTROITO

No puede haber más luz en la esperanza de ver que la poesía ha despertado detrás de los cantiles de la zona. Buscar el mar, buscar esos paisajes que quieren ser el mar, que quieren siempre flotar sobre la espuma cadenciosa. Buscar el mar, buscar, entre la arena de playas olvidadas y dormidas, los ocles que quisieron las galernas. Buscar el mar, buscar en el espíritu la furia que desata el viento triste que corre los océanos violento...
No puede haber más luz en el deseo de ver que los escritos de los viejos discurren sobre el mar y sus azares. Buscar también la espuma y, con la espuma, la arena que, manchada por la espuma, descansa bajo el sol del nuevo día. Buscar también la espuma y los azules que brillan a lo lejos, dibujando destellos de esos soles que se apagan. Buscar en el otoño bajamares que muestren los moluscos a los ojos del hombre que camina entre las peñas.
No puede haber más luz en los anhelos que encienden, como un faro, lo profundo del alma que navega mientras mira. Y mira los paisajes de los mares que flotan en la espuma de las olas que llegan, cadenciosas, a las playas. Y mira las arenas olvidadas, las playas olvidadas, las arenas, los brillos del crepúsculo que muere. Y mira, más allá del horizonte, moluscos en las playas silenciosas que esperan, en la noche, el alba clara.

PRIMERA PARTE

I

No pueden olvidarse los lamentos del aire que estremece cada parte, dejándonos su llanto melancólico: la escarcha del camino brilla siempre con esa luz extraña pero bella que envidia los colores de la aurora, y el bosque siente a veces el aliento que trajo el mes un día, maldadoso, jugando a ser travieso como un niño. Europa se sumerge en el otoño, los árboles se rinden a la brisa y entregan sus follajes moribundos, manchados por el oro sucio y bello, los pardos del ayer, los de otro otoño, los rojos encendidos de la vida que quieren regresar y que regresan como el bermejo alegre de unos labios que saben de los barros de otras veces. Un búcaro de amor sospecha al tiempo los níscalos que nacen de la tierra, los blancos champiñones de la tierra, los verdes del helecho malherido -si quedan los helechos malheridos-, detrás de la arboleda donde lloran los densos eucaliptos que los años dejaron avanzar por esos montes que huelen a un pasado irrenunciable.

II

El caso es que la playa queda lejos, perdida más allá de los caminos que habremos de encontrar esta mañana, callada como el eco de las olas, que quieren ser mejores, mortecinas, igual que el aire frío y los anuncios del vil invierno, porque, con su espada, se dice general de los granizos y dueño de las nieves que se acercan. Pensad que los oricios nos esperan, pensad que nos aguardan en las rocas, hermanos de la espuma silenciosa, pues poco importa ya si el avefría se acerca por los cielos desde el norte, fugándose del hielo bullicioso que llega con tormentas inclementes a reinos de ese sur amenazado por hordas siberianas que nos hieren. El coche, que ya es viejo, sin embargo, no avanza con más prisa porque corre por sendas y caminos muy estrechos. Los trajes de neopreno de mi amigo descansan en el viejo maletero que siente cada bache entre las ruedas. Nosotros, que sentimos esos golpes, también nos lamentamos muchas veces: "A ver si cambias pronto esta tartera".

III

La zona de Moniellos me recuerda momentos olvidados de la vida, los años que volaron a la nada.

IV

De niño conocí las aguas claras del mar aprisionado en esos pozos que son como piscinas mal trazadas, y amé el color del agua, tan distinta del denso azul y el verde de los mares que extienden su horizonte hacia los cielos, y supe, en mi inocencia, que esas aguas hablaban en secreto con las olas, queriendo verse libres de su cárcel. También nadé en el mar, bajo la espuma, y hallé, bajo las olas agitadas, corales que formaban raros bosques, las algas y los densos ramalotes, correas meneadas lentamente por la corriente suave que discurre cuando las olas pasan, cuando corren, acaso cuando siguen a su rumbo, buscando las arenas y la grava. Las playas son así donde las rocas alternan con los densos arenales, extensos pero bellos de mañana, callados a la tarde, si la tarde los mira como el sol en su crepúsculo, que admira las estrellas en la altura, que ve cómo relucen, temblorosas, jugando con sus guiños apartados, igual que el faro triste cada noche.

SEGUNDA PARTE

I

Los míos son recuerdos de la infancia, buscando los lugares que sentía fundirse en mi interior, en mis recuerdos. Quizás esa memoria habla del alma que sigue subsistiendo en el presente, perdida en un rincón de mi cabeza. Quién sabe qué lugar de mi cerebro conecta ese pasado a este presente que hurgaba en el ayer del abandono. Y hay algo que me lleva de regreso, que me hace retornar a lo que he sido, que me hace hundirme en años sucedidos: pensad que este regreso lo producen las voces de un paisaje inalterable que sigue como entonces, como siempre. De pronto tengo muchos menos años, hundido en una década lejana que pudo ser la voz de la memoria. De nuevo soy la infancia que he perdido, dejada atrás, vencida, traicinada por ese tiempo vil que se acelera. De nuevo soy la infancia que tenía, la infancia que era mía solamente, febril en excursiones y aventuras. El agua verde y triste de la charca devuelve a mis caprichos sugerencias que esperan y que callan en silencio.

II

La cuesta que conduce hasta la playa nos habla del ayer, de aquellos tiempos perdidos, enterrados para siempre: quizás esos recuerdos que reviven nos digan quiénes somos, quiénes fuimos, quién busca lo que fue en aquel momento. Y el ruido repentino de las olas parece, como en días de verano, llamarnos a la calma de sus reinos. Parece que promete la aventura, parece que promete cada brisa, parece que promete el oleaje. La tarde va cayendo lentamente y el mar nos abre el pórtico sagrado que deja que busquemos sus secretos. La calma de los mares acompaña, pues estas aventuras del otoño parecen transportarnos a otros días. Los días que suplica mi aventura sugieren los recuerdos de otros años, tal vez no en el otoño ni en invierno. Yo sé de los veranos infinitos que habitan los recuerdos de la infancia (entonces el verano y sus dos meses, las largas vacaciones del verano, jugaban a mostrar el infinito).

III

Moniellos tiene bosques de eucaliptos que miran a los mares más lejanos desde el acantilado más violento.

VI

El fondo de los mares nos esconde paisajes hermosísimos y bosques que saben de las algas silenciosas: el paso de las olas, las espumas, ocultan los tesoros más extraños que habréis de hallar después de sumergiros. Allí bebe el percebe solitario, debajo de las olas, el salitre que impregna su sabor, su gusto fuerte. Pensad en que la esguila, cuando nada, disfruta de su nado, contemplando los valles como un ave desde el cielo. Yo mismo, cuando nado y miro el fondo, parezco como un ave desde el cielo, me siento como un ave desde el cielo. Y siendo como un ave desde el cielo, ¿no habré de repetir que son hermosas las algas, los corales, las correas? Es bello conciliarse con el mundo que vive bajo el agua, que se oculta debajo de ese mar que lo sepulta, nadar como un delfín y ser, acaso, quizás una gaviota que se posa, tal vez un frailecillo en los cantiles, acaso un gran albatros que domina las costas con su gran envergadura, corriendo sin apuro los espacios.

TERCERA PARTE

Quisiera escribir cosas de los mares, poder pintar un lienzo con imágenes calladas de los mares y su fondo. Quisiera escuchar esas sinfonías que prestan los alientos de Neptuno, si sale, sobre el mar, con su tridente. Quisiera ser acaso algún cetáceo que cruza los océanos sagrados y sabe de los trópicos y el hielo. De todos modos, pienso que las olas nacieron del hechizo de ese viento que corre a su capricho la llanura. El mar es, en efecto, la llanura, tal vez esa llanura que recorren los viejos bucaneros del Caribe. Pensad en esos viejos balleneros que corren cada mar, que van siguiendo la estela de un destello con el día... Quisiera escribir versos sobre mares que saben las desdichas del marino, que calman sus durezas repentinas. Quisiera hablar de mares encendidos, de furias y tormentas, de energía que vuela como un ánade en la altura. Quisiera definir la fuerza magna que brota de esos mares que, violentos, azotan precipicios son clemencia.

CUARTA PARTE

I

Moniellos es lugar para el buceo, lugar para los baños en verano, lugar para el descanso vespertino. Los grillos que poblaron el verano se callan en otoño, traicionando las raras sensaciones de otras veces. No es tiempo de verano y ya las hojas del árbol moribundo lo pregonan al níscalo que asoma de la tierra. Quizás en el verano, con los grillos, los baños sin el traje de neopreno, la brisa repentina, regresamos: es este ese regreso hacia otras épocas, los años transcurridos de la vida que vuelven a ser ciertos, repitiéndose; es este ese regreso hacia otros años que vieron en la altura densas nubes y el sol que se asomaba casi tímido. Asturias, con sus densas humedades, las costas traicioneras y su clima, sugieren que era bello aquel verano. La gracia del estío se renueva, pero uno no es un niño como entonces, ni sueña aquellos sueños del entonces. Detrás de Luanco es todo diferente, si bien parece igual, si bien parece idéntico a los tiempos que se fueron.

II

Y, entonces, me sumerjo lentamente, dejándome llevar, sabiendo hermosos los bosques que me aguardan allá abajo. Y miro los corales, las correas, las algas que saludan con su juego de gestos, arrastradas por las aguas. Y miro los paisajes como un ave, si bien todo es nadar, pero, nadando, se puede ver un mundo desde arriba. Y casi siento, puestos a acercarnos, que puedo conversar con las anémonas, que saben de la mar y sus peligros. También la tintorera algunas veces se adentra a investigar en estas playas, por más que viva en aguas más profundas. La llaman en Asturias "la canía", y es cierto que las gentes de otras tierras la llaman muchas veces azulejo. Y no quiero temer a la canía, prefiero ver el mar, sentir las olas, acaso comulgar con esas vistas. Parece que el paisaje se me ofrece igual que al ave rauda cuando vuela, igual que al montañero cuando asciende. Ya Nietzsche subió a cotas elevadas y Heidegger amó, con su locura, las cimas que se alzaron sobre el resto.

III

Las costas asturianas nos invitan a conocer el fondo y sus cantiles nos dejan contemplar desde la altura.

IV

No lejos de Moniellos hay hermosos lugares con extraños precipicios que imponen su belleza y su peligro; no lejos de Moniellos, donde el Cabo, buscando la Gaviera y las espumas, es bello contemplar los temporales: la zona es un paisaje que el espíritu romántico venera, si es que sabe sentir como algo bello la galerna. En cambio, en estos días del otoño, buscamos esos mares apacibles, distintos de la fuerte marejada. Tal vez en otros siglos, tal vez en unos tiempos muy lejanos, los viejos marineros sucumbían. Es cierto que también hay accidentes, naufragios y tragedias, muertes tristes, en estos años nuestros que se esfuman. De todos modos, cierto es que la gente no vive como entonces y el destino resulta menos duro para todos: los viejos marineros de otras veces corrieron esos riesgos que parecen hacerse innecesarios tras los años. Y en ese mar de calma y de sosiego, mirar el mar, perderse entre sus aguas, renueva el alma en un bautizo nuevo.

CONCLUSIÓN

Parece muchas veces que los grillos callaron para siempre cuando vino, callado y pusilánime, el otoño. Parece muchas veces que sus cantos no habrán de buscar más el aire puro, cruzando las distancias kilométricas. Parece muchas veces que el reclamo que trajo el mes de abril, casi acabado, volviera a su destierro para siempre. No ignoro que el rumor de la cigarra y acaso de los grillos no encendiera, igual que los calores, el espíritu.
Lo cierto es que yo siento que las horas del día se hacen cortas, que la llama del sol va declinando con apuro. Tal vez el mediodía va cediendo, en estos meses tristes, y su fuego, sus llamas, sus colores nos hechizan. Tal vez las horas tristes se suceden igual que los más negros nubarrones que pueden irrumpir tranquilamente (sabed que el verde puro tan intenso lo tiene Asturias gracias a las lluvias, al beso de las muchas humedades).
Y el baño en aguas frías me complace, mas ha de dejar paso a otro momento distinto: el del regreso a la morada. Y en la imaginación queda la estampa del mar y lo profundo, de la anémona, las algas silenciosas, las correas... De todos modos, digo que es hermoso buscar en esas aguas silenciosas en horas de sosiego y de paciencia. Pensad que es más hermoso ver el mundo que yace bajo el mar que ver los muros callados de las tristes poblaciones.


2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

Lamentos de una infancia sin castillos



José Ramón Muñiz Álvarez
"LAMENTOS DE UNA INFANCIA SIN CASTILLOS"

Los días de la infancia retornan nuevamente, si se abren con cuidado las páginas del libro del recuerdo, las páginas del libro más sagrado, del libro en que quedaron, para siempre, los rezos de otros días, los cuentos y romances, los juegos de niñez por las aceras que siguen, sin apuro, hacia los bosques. Y aquellos castañares y bosques de eucaliptos que había a las afueras tenían los encantos de una fuente sin hadas y sin elfos, sin dragones, sin cuélebres que llenen de misterio, y acaso de peligro, las horas de aventura que quedan ya muy lejos de los parques, de arenas, toboganes y columpios. Por eso yo recuerdo aquellas tardes mágicas, perdido entre el helecho del denso sotobosque, en la arboleda, buscando los caminos que se pierden, andando aquellas sendas sin concierto, queriendo otra aventura, queriendo, como un niño, dar caza a las ardillas y milanos que pueblan los lugares de la zona.

Le faltan los castillos quizás a esta niñez que digo impertinente, mas no las viejas torres del antaño, los castros y sus piedras enterradas, los moros de los tiempos ancestrales, islámicos tal vez (lo cierto es que supongo que nada hay en común entre estos seres y aquellos invasores islamitas). Mi infancia sin castillos no impide que los sueñe, que sueñe bosques densos que quieren recibirme y me reciben con la paternidad que siempre es propia del mundo en que nos mira, el escenario que sabe hablarnos siempre de todo lo que somos y todo lo que pudo sucedernos en un reino de magia como es este. Mi infancia sin castillos me llena de poesía, y toda la poesía que nace de mí mismo es solamente tomar algunas notas escuchando las voces del arroyo, que repite... su canto interminable, su llanto interminable, como un rumor que enciende nuestras horas y vuelve a repetirnos sus discursos.

Los versos que susurra la voz de los arroyos nos habla de otros días, de tiempos muy lejanos, de esos tiempos que hubieron de vivirse intensamente y al fin quedaron solos y apartados, dejados al olvido, sumidos en la nada, para volver a ser, con la corriente, el agua del arroyo que regresa. Por eso los antiguos supieron que el riachuelo pudiera ser imagen del mundo, de la vida y del recuerdo que anida y que subsiste, contra todo, como los cambios mismos del paisaje, como los cambios mismos del alma que regresa, que torna a la niñez perdida a veces, para reconciliarse con su espíritu. El canto del arroyo, la voz del arroyuelo pudiera ser poema, pudiera ser el curso de los versos que lleva el agua pura y cristalina, sin rima y sin color, solo un murmullo de acentos que repiten sucesos de otras veces, los tiempos de los juegos infantiles en esa Asturias llena del hechizo.

¿Tendremos los poetas un algo de la herencia del sabio y del druida? Quizás se me encapricha que los castros tuvieron una historia diferente de la que nos refieren los manuales de historia más modernos, y aquella raza celta quería ser entonces una parte del mundo natural que la circunda. Por eso es necesario que aquella gente fuerte que supo resisitirse después de la llegada del Imperio, hablase con los tejos y los robles, sabiendo los lenguajes del aliso, del fresno y de las ramas del avellano regio, que pudo dar firmeza a los chamanes que hicieron de los bosques sus iglesias. Sucellos y Cernunnos no deben andar lejos, pues vieron esas tardes de juegos inocentes, de esos juegos que dejan que descubra un niño viejo la magia de las aves cuando vuelan, el pardo de la ardilla que trepa por los árboles, el verde derrotado de las hojas, la extraña majestad de los otoños...

Guerreros y poetas lo fueron los astures en tiempos anteriores al tiempo en que llegaron los romanos cambiando cada nombre, definiendo las cosas en sus griegos y latines, distintos del lenguaje de aquella mezcla extraña del Bronce y de los pueblos que llegaron con carros y caballos desde el Este. Y es cierto que en el Sueve existen asturcones, un signo misterioso de un tiempo que no pasa, que no acaba de terminar al fin, que se mantiene, igual que nuestros dólemenes arcaicos, poblados de maleza, dejados al silencio de tantos siglos tristes que discurren y habrán de discurrir para el planeta. En tardes despejadas, detrás de algunos cabos, se puede ver el Pienzu, la sierra entera espera cada noche, y a veces se adivinan, tras las nubes, los Picos con sus nieves blanquecinas, los montes que supieron llorar esa batalla que un día se perdió contra el romano, mas no contra el emir y sus secuaces.

Mi infancia sin castillos retorna hacia los árboles, regresa hacia esos árboles que quieren ser un cántico pausado, si mueven ya las brisas la hojarasca y alcanzan sus palabras a ser algo. ¿O no escucháis sus voces, absortas en la nada, cruzando, a su capricho, el aire mismo que juega a confundirse con la lluvia? Los árboles hablaron a veces con los brujos y escuchan, en silencio, las voces del poeta que imagina su acento sabio y dulce, siempre viejo, tan viejo como todo lo que es leña, tan viejo como todo lo bello que regalan los frutos de los árboles que viven, los frutos de los árboles que mueren. Y mi niñez perdida, privada de castillos, entiende ese lenguaje, la lengua de la xana que mantiene guardados los secretos de un tesoro que pudo ser acaso de los cuélebres, que pudo ser acaso del diañu de los montes, de todos los demontres y los diantres que habitan lo boscoso de la zona.

¿Y tienen que decirnos tal vez las arboledas alguna cosa bella, alguna cosa extraña que ignoremos, algún secreto ignoto de otros tiempos, de días que se escapan al olvido? ¿Pensáis que los castaños pudieran avisarnos con su lenguaje bello de las cosas que ofrece cada bosque a la ignorancia? Pues somos ignorantes de todos los secretos que yacen, tras los siglos, en estos bosques bellos y bucólicos que escuchan esas églogas hermosas del árbol con el árbol, si son árboles, si robles y castaños conocen las verdades que no han de sospechar muchachos simples que juegan a ser niños nuevamente. El bosque milenario no olvida que soy niño por más que no lo sea. El bosque milenario no se olvida de que eres un muchacho, si lo pisas, si corres por su suelo y sus caminos. Pisando la maleza soy más aventurero, del modo en que tú miras estas líneas, buscando la poesía y la aventura.

Septiembre es mes hermoso: sus soles me acarician como una primavera que me saluda lejos, apartada, distante ya, detrás de ese verano febril que en su morir va refrescándose de todos sus rigores, de todas las durezas que hubimos de sufrir en cada playa, en esas calas tristes y románticas. De nuevo los castaños florecen y sus brillos parecen pronunciarnos discursos sin valor, puras palabras, mensajes que se pierden en el aire, tal vez como la voz de los políticos en un televisor que ya no es cucha nadie, después del desengaño y las mentiras que vienen con sus nuevos desengaños. Y entonces yo comprendo las voces de los árboles que saben pronunciarnos las cosas que nosotros, ignorantes, debemos aprender de su palabra, que suena desde siglos, anunciándose; entonces yo comprendo la voz que nos anima de nuevo a la niñez, la tierna infancia perdida entre hojarascas y senderos.

Escucho a los castaños:
-Tenéis que conciliaros con la niñez perdida.
Escucho al eucalipto del camino:
-Tenéis que regresar a vuestro origen.
Escucho a los alisos del arroyo:
-Tenéis que ser de nuevo los niños que ya fuisteis.
Y escucho el eco dulce del arroyo, que sabe al fin hablar ese lenguaje.
También oigo a los pinos. Repiten el discurso que vuela por el aire:
-Volved a la niñez que habéis perdido.
Y siento aquellas voces que se acercan, las voces de las aves al ocaso.
-Volved a vuestro tiempo, soñad vuestra aventura.
¿En qué momento triste y miserable dejamos de soñar nuestro destino?
Ignoro lo que somos, ignoro lo que fuimos, ignoro qué buscamos, y el aire de la noche nos lo dice, el aire de la noche lo pronuncia, el aire de la noche nos lo grita:
-Volved a vuestros días de magia y de inocencia, buscad en el pasado las leyendas, los cuentos que os hicieron más dichosos.

Sabed, entonces, algo de toda esta locura que viene a complacernos: acaso los amantes de los versos conciben esos versos en los bosques, oyendo a los arroyos y a los árboles. Quién sabe si las ninfas nos dictan estos versos, haciéndose pasar por viejas musas, jugando a ser las musas del pasado. Si es cierto que nos dictan a veces las ondinas sus cantos hechizados, si es cierto que los árboles pronuncian palabras de los duendes y los elfos, entonces hay verdad para este oficio,
y entonces es posible seguir el sacerdocio de hablar tejiendo sílabas en verso, tal vez como el aedo en otros días. Mas solo puede el bardo mostrarse como bardo si canta con los bosques, si canta en el espacio de los bosques, igual que en el antaño las murallas de alguna fortaleza lo escucharon alzar su voz rotunda, de tonos ancestrales, hablando del misterio de las cosas, gritando los misterios de las cosas:

"Quizás en estos cantos
que apunto en mi cuaderno
recoja la palabra
de los elementales, de los elfos,
los duendes y las hadas de los bosques
que saben de la luna y de la noche,
si saben guarecerse,
si quieren, temerosos,
buscar algún refugio, porque el hombre
profana lo sagrado de estas zonas.

Acaso cuando escribo
recojo una amenaza
del diañu y de los trasgos,
quién sabe si del eco del Mufosu,
quién sabe si el del mágico Busgoso
que duerme, que sestea a su capricho,
que habita estos lugares,
que vive entre las sendas,
que calla cuando corres los senderos
cansados de la lluvia interminable.

A veces me imagino
que no tiene sentido,
sino es hacer poesía,
querer dejar plasmadas estas cosas,
dejar plasmadas estas impresiones
que habrán de deleitaros, si, curiosos,
queréis entreteneros
leyendo tonterías
de bosques y de helechos, de los musgos
que crecen en los troncos más antiguos."

Los árboles contemplan el alma de la gente, parece que conocen las cosas que suceden en nosotros, los sucesos que mueven el espíritu de todos los que corren por el bosque, de todos los que siguen la senda de los bosques, buscando entre las frondas algo propio, buscándose a sí mismos en las selvas. Vosotros, que, infelices, buscáis otros caminos, podéis ir a los bosques, y, atentos a las voces de los árboles, saber vuestra verdad, vuestra inocencia, oyendo lo que dicen los castaños, oyendo robles viejos, oyendo estas palabras que brillan encendidas, cuando dicen:
-Parece que la infancia está escondida.
Los árboles os dicen verdades que enterrasteis en vuestros corazones:
-Volved a la inocencia primigenia, volved a ese momento de la vida que vio el amanecer de vuestra esencia.
Los árboles os hablan de todo lo que fuisteis. Volved, como los árboles os dicen, y hallad lo que ya fuisteis hace décadas.

Mi infancia sin castillos podrá dar fe, si acaso, de todos los saberes que brotan de las voces de los árboles, que prenden en las voces de los árboles, que hieren los adentros del que escucha si escucha atentamente las voces de los árboles, que saben repetir ese discurso que sabe a la añoranza de otro tiempo. Los árboles repiten que tiene su sentido volver la vista atrás, hacerse, en el recuerdo de la vida, conscientes de que somos, en el bosque, un algo que mantiene sus esencias, que estamos en el bosque, que somos, en el bosque, la parte de un ayer que se revive, pues somos parte todos de ese bosque. Mi infancia sin castillos, sin torres ni murallas, sin grandes saledizos, acaso sin almenas y sin fosos también sabe estas cosas del pasado, conoce aquellos tiempos de leyenda, de fábulas calladas de zorros y de cuervos cantadas a las gentes por los griegos en esa noche oscura de la historia...

Los días de la infancia retornan nuevamente, si se abren con cuidado las páginas del libro del recuerdo, las páginas del libro más sagrado, del libro en que quedaron, para siempre, los rezos de otros días, los cuentos y romances, los juegos de niñez por las aceras que siguen, sin apuro, hacia los bosques. Y aquellos castañares y bosques de eucaliptos que había a las afueras tenían los encantos de una fuente sin hadas y sin elfos, sin dragones, sin cuélebres que llenen de misterio, y acaso de peligro, las horas de aventura que quedan ya muy lejos de los parques, de arenas, toboganes y columpios. Por eso yo recuerdo aquellas tardes mágicas, perdido entre el helecho del denso sotobosque, en la arboleda, buscando los caminos que se pierden, andando aquellas sendas sin concierto, queriendo otra aventura, queriendo, como un niño, dar caza a las ardillas y milanos que pueblan los lugares de la zona.


2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

Los reinos, los paisajes que eran míos

José Ramón Muñiz Álvarez
"LOS REINOS, LOS PAISAJES QUE ERAN MÍOS"

El paso peregrino de las décadas nos hiere en sus avances implacables, llenándonos el rostro con arrugas. Quizás no queda nada de esos días dejados tanto atrás, cuando de niños jugábamos alegres en los prados. Los árboles de entonces son los mismos, los mismos son acaso los senderos y en cambio son distintos nuestros ojos. Parece que miramos con los ojos de extraños que no pueden conocerse, mirando su reflejo en los estanques. Parece que miramos con los ojos de gente que ya es otra, diferente, que no ha de saber nada con los tiempos. Y hay tiempos que son nuestros para siempre, momentos que son nuestros para siempre, instantes que son nuestros para siempre: los años de niñez, los de la infancia, filtrándose en las aguas del recuerdo, parecen hacer burla en lo lejano. Los reinos, los paisajes que eran míos parecen encenderse de momento, queriendo transmitirme una vivencia. En cambio ya no es tiempo de vivencias: el tiempo de vivencias se ha perdido, quedando atrás, disuelto con la nada.
El brillo de un sol débil al crepúsculo, la llama de un sol débil al crepúsculo derraman su tristeza entre lo nuestro. Los valles de Carreño se iluminan si llega con paciencia un abril triste, que bebe de las lluvias incesantes. Después el sol invita a los cuclillos al canto en plena tarde y su concierto nos hace por momentos más dichosos. Las casas marineras de una villa, las casas de la aldea -no muy lejos-, y la panera vieja nos contemplan: de niños conocimos los lugares que vemos como extraños si pasamos caminos más allá de la Matiella. Parece que ese tiempo se apresura, que corre, que se lanza, que sonríe, que llora cuando cruza por delante (sabed que, en todo caso, los que sienten a veces la añoranza y la lamentan también encuentran parte del tesoro, pues es como un tesoro para todos saber que están inmersos en la mente, dejados a sus anchas en la mente, dormidos en la voz de la memoria, los tiempos que vivimos, esos tiempos que quedan en la noche del recuerdo).
¿Y acaso no he de hablaros de la tierra que pudo ver saltar a los muchachos en tardes de veranos agotados? Pensad en esas cortas recortadas, pensad en los cantiles y en las olas, quebrándose debajo contra el muro. Pues estos son castillos que defienden la tierra que quisieran las espumas tomar para sí mismas con ahínco. Los viejos eucaliptos todavía revisten la capilla donde el santo solía escuchar viejos temporales. Hoy no se escuchan vientos de galerna ni se habla de naufragios ni desgracias que impongan esos lutos del antaño. En todo caso, quedan los inviernos, sus días derrotados y sus noches, a veces despejadas, con helada. Sabréis decir, con todo, que estas cosas quizás no son lo mismo, pues entonces tenían otra magia diferente. Es cierto, y esa magia está olvidada, guardada en ese cofre que tenía quizás nuestra niñez en otros años. Si acaso os olvidaseis de los mares, entonces no serían tan azules las sábanas lejanas que contemplo...
Quisiera regresar hacia esa infancia que vio con ojos mágicos la vida, que pudo ser también como un hechizo. No en vano, ese regreso no es el fruto del alma pusilánime que llora por un pasado triste en el olvido. Diré que, en este caso, es diferente: los tiempos recordados enriquecen el ánimo del ser que los habita. Por eso dejaréis que venga a hablaros de todo lo que sois y lo que fuisteis en tiempos muy distintos al presente. ¿Quién es presente ya, si lo presente se escapa tan a tiempo que no hay tiempo a ser presente ya donde hay presente? El alma que tenéis es el pasado que vive en el recuerdo que os habita, que llena ese recuerdo que os habita. Estamos habitados por el tiempo que fuimos y que somos, ese tiempo que vive entre nosotros y nos hiere. También somos espacios y paisaje, pues somos esa Asturias que nos mira vivir en lo lejano, sin quererlo. Y somos un suspiro melancólico que vive suplicando, en la añoranza, nostalgias que entristecen nuestras horas.
Por eso, si recorro los caminos de entonces y recorro los momentos, revivo lo que fui, siendo tan niño: hay parques que me vieron, si jugaba, llevado por la mano de mi abuela, a veces por la mano de mi madre, y en ellos está todo aquel pasado de un tiempo diferente que es el mismo, si quiere confundirlos la memoria. Por eso, si recorro los parajes de entonces y recorro aquellos días, retorno a ese pasado que es presente: los viejos toboganes, los columpios de la niñez más tierna no son todo de aquella infancia mía y sus locuras, pues fue también la guerra con gomeros y con los tirachinas de esos años con los que disfruté como un enano. Hacíamos casetas en los árboles, colgando de las ramas esos suelos no exentos de peligros insalvables. A veces, nos caíamos del árbol, tal vez un viejo roble, algún castaño, crecido entre los densos eucaliptos. Y aquella libertad se fue borrando sin sospechar acaso los deberes que habían de venir al ser más viejo.
¡Son tantos los recuerdos que se agolpan, si sigo por la senda y voy saliendo por estas callejuelas a la aldea! Las vías se abren paso sobre piedras de tono blanquecino que flanquea el verde de los prados de la zona. La Fuente de los Ángeles promete su mundo y sus extrañas aventuras de ardillas que se mueven en las ramas. Los cielos que hospedaron al milano no dejan de hospedarlo en el presente, si veis cómo se mueve majestuoso (me dicen que no suelen encontrarse milanos en los campos y que admiro tan solo a los humildes ratoneros). La noche será acaso ese palacio que quieren los autillos para el canto que brilla entre los densos castañares. Allí la juventud es alegría que ignora las tristezas de este mundo que cuentan los periódicos más grises. No hay nada como un ser tan inocente que ignora los terribles telediarios que cuentan las miserias de este mundo. Quizás una pedrada en la cabeza pudiera figurarse ese peligro que deben evitar los más prudentes.
¡Y hay tiempo para el juego en cada playa, quizás en los pedreos apartados que huelen a salitre y a moluscos! ¡Y hay algo de misterio en esos ocles rojizos que llegaron de los mares, mezclados entre espumas blanquecinas! ¡Y hay algo de dolor y de miseria, si cantan los ancianos las durezas del mar del tiempo de los pescadores! Y es ese mar, el nuestro, diferente: el mar es hoy un mar para bañistas que gozan de sus largas vacaciones. Los baños en la playa de Palmera parecen ser un lujo para algunos que llegan de las tierras castellanas. El mar imprescindible en el verano parece ser también como una parte que todos encontramos en nosotros... Dejemos que ese mar abra su paso, si quiere, por el alma que quisiera ser mar en el momento del bautizo. Dejemos que ese mar haga que el aire que llena de salitre los ambientes nos llene de la dicha pretendida. Pensad que en ese mar está el recuerdo de gentes que murieron hace tiempo, de gentes que no están desde hace mucho...
¡Y luego cada calle de la villa! Y el pueblo, siempre bello, ha padecido los golpes de los años y el progreso: el lujo del progreso de los pueblos se paga con la pérdida indudable de toda nuestra esencia y patrimonio. Las casas ya no son como eran antes, las calles ya no son como eran antes, las plazas ya no son como eran antes. De niño yo jugaba a las canicas, corría por los parques y ascendía la vieja escalinata de la iglesia. De niño yo tenía un tirachinas y hablaba con amor a las abuelas y odiaba aquella ropa de domingo. De niño yo era el mismo, pero niño, capaz de mil diabluras, inventando historias y curiosas maravillas. Y fue por estas calles donde paso por donde yo fui niño hace ya tiempo, por donde tuve todo en esa infancia. Y fueron esas calles mis palacios, a falta de palacios que no tengo y a falta de ciudades más hermosas. La lluvia regalaba aquellas piezas tan bellas como extrañas sinfonías que cantan con dulzura en el oído.
Me gusta ver el sol tras la tormenta, la lluvia que humedece cada brizna, los soles que reflejan sus colores. Me gusta ver la tarde, cuando muere, y el eco del silencio del verano (pongamos que es verano, si no es cierto). Me gusta ver el cielo con las nubes, la lucha entre las densas nubaradas y el oro de ese brillo moribundo. Mirando, desde el piso de mi padre, el mar y sus colores me sorprendo: parece muchas veces como un cuadro. Me llaman la atención esos colores nacidos del pincel y la paleta de viejos holandeses talentosos. ¡Quién sabe si es que Dios no fue el pupilo de alguno de los genios del Barroco, después de tantos siglos de talleres! El sol tras la tormenta y cada lluvia me explican la niñez que hube vivido, mis años infantiles, sus matices (parece que las gotas de la lluvia pretenden recordarnos lo que fuimos, hablándonos, diciendo sus palabras; y acaso pensaréis que son locuras, mas no lo son, por cierto, pues admito que solo son manías de poeta).
También prefiero ver esas escarchas que llenan las colinas con sus blancos, con esos blancos tenues, cristalinos. Y soy amante siempre del granizo que llega con violencia de la altura, queriendo abrirse paso en los cristales (me admira cómo salta en la repisa, gritando con su enfado acostumbrado, con ese gesto agreste y con sus ímpetus). Y siempre vivo lleno de tristezas, soñando con la nieve que no veo, si no es en las alturas de una cima (sabéis que los inviernos asturianos, tan cerca de la costa, nunca ofrecen la nieve que es frecuente en otras partes). Quizás esa violencia del granizo se vuelve ante nosotros más romántica, pues no vemos la nieve sino a veces. Y siento siempre dentro del espíritu la mano del otoño, si se atreve, jugando con las hojas, a acercarse. Lo vemos insinuarse desde octubre, y alcanza, con noviembre, su momento, para perderse luego en el invierno. Su aliento envejecido tiene un algo de muerte y de viveza, de misterio, que embauca a los poetas más pintados.
Tampoco quiero un cuadro modernista con cisnes que embellezcan los estanques, que hay algo artificioso en todo ello. Pero hay en el encanto de esta tierra la llama más vivaz de cuantas pueden llenar de luz y vida los paisajes: la tierra, los lugares que habitamos confluyen suavemente y se engalanan con la interioridad de los que sienten. Yo sé que pensaréis que es la locura de todos los que quieren a su tierra, de todos los que adoran a su tierra. Tendremos que admitirlo, soy un hombre que vive del paisaje y su sonido: su música me inspira y me condena. Lo cierto es que la música no es fácil de hallar en cada parte del paisaje, y os digo, sin embargo, que está siempre. Los árboles nos hablan con su canto y es propio de los sabios escucharlos, pues tienen mil sentencias sus acentos. Pensad que este lugar que nos regala la vida es un lugar privilegiado que no puede gozar quien no lo sabe. Yo os digo que hay poesía en nuestra tierra, que suena en los adentros del que mira y alcanza el interior de los que escuchan.
Digamos que es preciso repetirse, digamos que insistir es necesario, que falta hará decir lo más difícil. Nos vamos acercando a ese crepúsculo que suena como suena cada muerte que pueden percibir los más mayores. Nos vamos acercando, y, al hacerlo, parece lo más lógico y valiente beber de los paisajes y adorarlos. Y, viéndonos llegar hacia el remanso de todos los silencios no queridos, queremos ser aurora y elevarnos. ¿No envidian los raposos ese vuelo fugaz y tan hermoso, cuando pasan, cortando el aire, todos los gorriones? Decid si el azulón, cuando se eleva, no busca los paisajes blanquecinos del cielo que despierta con el día... Mis bosques silenciosos del helecho podrán hablar también al alma noble que sepa comprender ese lenguaje. Yo pienso que hay un algo que nos dicen las fuentes y los lagos, los estanques que ven nuestros paseos en la orilla. ¿Sabéis que las ondinas adivinan los nombres de la gente cuando pasa? Las ninfas nunca ignoran lo que somos...

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

El romance del silencio

José Ramón Muñiz Álvarez
"EL ROMANCE DEL SILENCIO"

Sabemos que la tierra respira sus aromas en medio del silencio, sabemos que los árboles callados respiran con las horas de la noche la calma del crepúsculo que muere, sabemos que las lluvias insisten cuando es tiempo, sabemos que es abril el mes más óptimo, que cantan los cuclillos cuando es hora (abril con su belleza, abril con su hermosura, abril con los chubascos que llegan en abril, precipitándose, jugando con el aire que parece gozar del baño dulce de agua dulce, quizás con ese toque coqueto de la brisa que quiere liberarse de los pólenes que llenan con fragancias casa zona).

La tarde es un jinete
que, desde la montaña,
contempla el horizonte
que admira su muralla.
Y es una fortaleza
con torres elevadas
que escuchan el silencio
que reina entre la calma.

Sabemos que el otoño no puede estar tan lejos, si corren los veranos; sabemos que las playas serán pronto como un refugio hermoso a nuestros años, pues somos los bañistas que les quedan; sabemos que los rayos y todos sus rigores se harán un algo débil con septiembre, pues siempre el sol es débil en septiembre (septiembre con sus lluvias, septiembre con sus brisas, septiembre con sus dudas, distinto del abril, que va creciendo, que busca un reino nuevo y la victoria de verse coronado de verano, pues ya no quedan grillos y mueren las cigarras, después de que septiembre va rindiéndose, después de que lo vencen los otoños).

-No pares, buen overo,
que pronto en la batalla
tendremos ese brillo
que al oro mismo alcanza.
No dejes el combate
ni dejes que deshaga
la noche tu crepúsculo,
que siempre busca al alba.

Y tú eres otra parte del sueño de mi lecho, del sueño de sus sábanas, callada como siempre, si es que busco tocarte con mis dedos finamente y asirte sin crueldad y hacerte mía, pues siento que eres mía, mas no del todo mía, si quieres ser la parte de lo mío que guarda independencia con lo mío (no quieres tener amos, no quieres ser de un dueño, desprecias a los nobles feudales de los tiempos del medievo, pues quieres ser la dama suficiente que no precisa entrar en servidumbre, y el caso es que yo mismo me siento tan dichoso, me siento satisfecho de tenerte, de hacerte siempre mía con lo mío).

La tarde en su caballo,
desde la lejanía
y admira la muralla
de aquella serranía.
Bastión ante sus ojos,
parece que la guían
alegres sus corceles
en esa tarde fría.

Escucha, si te toco, la voz de esos romances que adoras como niña, sintiendo las razones de la guerra de viejos caballeros que disputan en un duelo terrible y enconado, si no es que cantan solo los ecos de un ocaso que sabe descender, morir discreto, con esa majestad de los ancianos (tenemos juventudes, podemos derramarlas, perdernos en la fiesta que quieran nuestras piernas atrevidas, si quieres ese canto dionisiaco que pide el vino dulce de la vida, que pide sensaciones distintas a dejarse llevar a los avernos de la nada sin la satisfacción de haber vivido).

-No cedas en tu empuje,
mi buen corcel, y mira
que acaso la batalla
tenemos ya vencida.
No dejes el combate,
que quien se desanima
se pierde en esas noches
de estrellas, cuando brillan.

Y escucha, si te abrazo, la voz de los relatos de príncipes azules, los cuentos que escuchaste en esa infancia que muere para siempre a cada rato, que llora, que lamenta su morriña, que fue preludio bello de desengaños tristes que siguen amargándonos hoy día, al tiempo que abrazamos los cojines (la muerte que nos ronda parece comprendernos, pues sabe que el presente se va de todos modos a otra parte, quién sabe en qué lugar y en qué momento, quién sabe en qué rincón desconocido que habrá de alimentarse de todo lo que fuimos y no podremos ser, después de tanto morir en la tristeza de saberlo).

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

El raro frontispicio de los cuentos

José Ramón Muñiz Álvarez
"EL RARO FRONTISPICIO DE LOS CUENTOS"

El raro frontispicio que quiso como pórtico del cuento más extraño, palabras muy sonoras que aludían a notas especiales de un paisaje gastado por los días del otoño, quizás esas palabras que suenan y resuenan y alcanzan a decir lo que sugieren, llegaron a inspirarlo, por lo pronto. Fue entonces que, escribiendo, llenando la cuartilla, plasmó sus oraciones, sus párrafos poblados por los árboles que habitan esas zonas donde el aire respira un verde intenso y su pureza; y, al escribir sus versos, sus prosas y locuras, creyó que habría un día en que, dichoso, vería aquellas obras publicadas. Lo cierto es que no es fácil, incluso si el talento se agolpa con apuro, llenándose de golpe en un torrente que llega de la altura (¿de los cielos?), dejando sensaciones tan extrañas como esa ansiedad bella que llena espacios vírgenes que habitan todavía en nuestra mente, que pueden ser posibles en la mente. Las gentes de estos tiempos no leen como antaño, no quieren la poesía, y, a veces, si es que piden de la lírica, no suelen ser los versos más pulidos aquello que persiguen codiciosos, pues, siendo codiciosos, la suya es la codicia que vive equivocada en este tiempo que no quiere buscar exquisiteces.
Su raro frontispicio, su pórtico dorado, su muro de palabras (si es justo decir muro de un escrito), plasmado en un papel de blanco tono, llenaba la alegría de su espíritu, le daba fortaleza para una empresa magna que estaba, por lo pronto, tan lejana como los reinos mágicos del sueño. Le dio su arquitectura, forjando una fachada de prosas elegantes, de nombres y adjetivos escogidos, pero también de verbos y de abverbios, con sus preposiciones, los artículos y nexos que ligaban  misterios con las sombras calladas del helecho y de malezas que duermen con los viejos castañares. Le dio la arquitectura callada del paisaje que sufre silencioso los besos de la lluvia en primavera, los raros aguaceros del otoño, quizás esas tormentas del verano que avisan los otoños, las lluvias del otoño, los llantos de la vida en esos días de cambio, de dolor y de tristeza. Y es cierto que los cuentos precisan de más cosas: no basta con los árboles, los viejos castañares de la zona que lloran no muy lejos del arroyo la muerte a la que viven destinados, pues quieren los relatos, sucesos, personajes, conflictos que los hagan atractivos, si acaso deben ser interesantes.
El raro frontispicio, los altos ventanales de aquellas construcciones, pedían una nave que le diese tal vez continuidad a una fachada, como la de las viejas catedrales, pues ese frontispicio tenía su belleza y estaba, por sí mismo, sin provecho, sin algo que le diera más valía. Por eso quiso el joven poner en el espacio sujetos que dijesen las cosas que suceden en los pueblos, las cosas que suceden en las villas, las cosas que suceden en la aldea, y, entonces, comprendiendo que las aldeas tienen su encanto medieval, en cierto modo, dispuso hablar del campo y de su gente. Mas era limitado, queriendo hallar triunfos, hablar de las aldeas, y hacía falta un tren, un tren que fuese un nexo para unir al campesino con otros que habitasen las ciudades, con altos edificios, mercados y comercios, con tráfico y con voces en las calles que no saben vivir sin agitarse. Y quiso inventar algo, quizás un personaje que hablase de la aldea y al tiempo conociera aquellas urbes tan nuevas, con sus voces y ajetreo, con todas esas luces que se vuelven relámpago y destello, pues, cegándonos, nos hacen acercarnos y fascinan con la brutalidad de lo salvaje.
Y así se fue volando, con aires caprichosos, aquella fantasía, pues esa inspiración que, en un momento, nos llena y nos atrapa, siempre acaba por deshacer su luz, desvaneciéndose, y entonces es en vano la gana de hacer cosas, el gusto de escribir y hablar del mundo con formas de poesía tan sublimes. Por eso, decidido, saliendo de su casa, pues era ya muy tarde, buscó los cielos grises del ocaso, las nubes de los cielos siempre grises, el llanto de las nubes de los cielos, y el gris de los ocasos, las nubes y los cielos hablaron a su ingenio, lo inspiraron, dotándolo de ideas necesarias: tenía ya su raro frontispicio y halló a sus personajes andando por la villa, buscando mil personas inventadas que estaban por las calles de su pueblo, y algunas saludaban, a su paso, siguiendo su camino sin prisa, sin apuros, con un aire risueño y hasta alegre de gente que no vive preocupada. Y, entonces, encendiendo con calma aquel cigarro, supuso que era fácil, igual que yo supongo que era fácil, igual que yo me digo que era fácil, igual que no sospecho lo difícil que puede ser a veces querer hacer un cuento, poder con un poema venturoso, vender el alma al diablo en esa lucha.
Y el raro frontispicio que quise como pórtico del cuento más extraño, palabras muy sonoras que aludían a notas especiales de un paisaje gastado por los días del otoño, quizás esas palabras que suenan y resuenan y alcanzan a decir lo que sugieren, llegaron a inspirarme, por lo pronto. Fue entonces que, escribiendo, llenando la cuartilla, plasmé sus oraciones, sus párrafos poblados por los árboles que habitan esas zonas donde el aire respira un verde intenso y su pureza; y, al escribir sus versos, sus prosas y locuras, pensé que habría un día en que, dichoso, vería aquellas obras publicadas. Lo cierto es que no es fácil, incluso si el talento se agolpa con apuro, llenándome de golpe en un torrente que llega de la altura (¿de los cielos?), dejando sensaciones tan extrañas como esa ansiedad bella que llena espacios vírgenes que habitan todavía en nuestra mente, que pueden ser posibles en mi mente. Las gentes de estos tiempos no leen como antaño, no quieren la poesía, y, a veces, si es que piden de la lírica, no suelen ser los versos más pulidos aquello que persiguen codiciosos, pues, siendo codiciosos, la suya es la codicia que vive equivocada en este tiempo que no quiere buscar exquisiteces.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

Las tardes de silencio fueron duras


José Ramón Muñiz Álvarez
"LAS TARDES DE SILENCIO FUERON DURAS"

-Las horas de galerna fueron duras -les dijo con su voz resquebrajada, jugando con las brasas y la lumbre. Hablaba la tristeza en la mirada, mostrando la emoción y los recuerdos que corren los caminos de la mente. Había conocido las tristezas de aquellos marineros del antaño, sus penas, sus esfuerzos, sus afanes. Los tiempos del pasado fueron tristes, humildes los sufridos pescadores, terrible su destino por el piélago. El mar tuvo su seno de madrastra, su voz con calidez y la dureza de todas las espumas de las olas: no hay nada como el golpe de los mares en esas calas tristes y apartadas, al pie de los cantiles olvidados. En tiempos más modernos, hay desgracias, y todas las desgracias que acontezcan son algo diferente, muy distinto. Aquellos fueron días de tragedia, de gran desproporción y de tragedia, pensando en las galernas y las muertes. El vino, el aguardiente y los orujos servían para ahogar en el olvido las penas de los viejos temporales.
-Los viejos temporales del entonces cobraban muchas vidas -repetía, llenándose de lágrimas los ojos. Los viejos temporales del entonces ccobraron muchas vidas y la gente sufría las tragedias cotidianas. Estaba el caso triste de los muertos y el hambre de la viuda y de los hijos, el llanto de las madres sin consuelo. La vida de estos tiempos no era buena y el duelo se volvía interminable, llevando la tristeza a las familias. También hubo más frío en ese tiempo, las noches eran largas en invierno, momento para el llanto interminable. Y había, sin embargo, sensaciones de amor al mar hermoso en sus maldades, perdón a su maldad y a sus traiciones. Aquellas desventuras eran parte tal vez de ese destino inevitable que odiamos y buscamos, sin saberlo. La espuma de los mares llevó a muchos que duermen ese sueño de la muerte perdidos en las algas y los ocles. Las rocas, las arenas en el fondo les hacen compañía, los custodian y quieren consolar sus soledades.
-Entonces la pobreza y la miseria llevaban a la gente a esos peligros -decía, lamentando mil desdichas. Las tardes del verano pueden verse como un descanso lleno de delicias, de sol y luz al lado de los mares. Pero antes era todo diferente: miserias y pobreza en las miserias, las horas de galerna y de peligro. Y es triste sospechar que con la muerte tan solo somos parte del olvido que quieran regalarnos otros tiempos. Los muertos de los muertos de los muertos no están en el recuerdo de los vivos que pronto serán muertos de los muertos. Los muertos de los muertos de los muertos no están en el recuerdo de la gente que no tiene ya tiempo para nada. Los viejos, porque son gente cansada de tanto lamentarse sabe hacerlo, recuerda sin llorar, sin lamentarse. Los jóvenes conocen hoy las técnicas de nuevos aparatos y de inventos y, a cambio, nunca es poco lo que ignoran: no saben, por ejemplo, seguir luto, vivir con el dolor y soportarlo, no saben asumir que somos muerte.
Después, guardó silencio como el mudo que traga sus palabras hacia dentro, y al fin se retiraron a sus camas.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

Las lenguas ancestrales




¿Diréis que son rumores lo que expresan las lenguas de las gentes ancestrales? Quienquiera que viniere a repetirnos lo extraño y lo curioso del suceso -no hay nada que resulte, como digo, más raro, menos serio, más extraño- podrá, como otras veces los juglares, los bardos, los escaldas y poetas, decir sus mil verdades y mentiras, con crédito ante todos, si es que todos prefieren esos mitos a las crónicas que muestran su color más aburrido. Y entonces me diréis que todo es falso, que nunca hubo verdad en esos cuentos, que son solo mentiras de las viejas. Mentiras de las viejas, nada menos...




2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

La muerte es como un beso silencioso

 LA MUERTE ES COMO UN BESO SILENCIOSO

La muerte es como un beso silencioso que arranca la belleza de esa llama que sabe derramarse sobre un lienzo, el lienzo sonrosado de ese rostro tan bello como el monte y cada brizna de hierba sobre el monte, si la helada lo besa, lo derrota y lo embellece con ese color suyo cristalino, llegado ya el invierno de la vida. Llegado ya el invierno de la vida, la muerte es ese beso silencioso que llora en la ventana como el eco callado de la lluvia y del granizo, vencido en todo caso, derrotado como la lluvia misma y el granizo, si lluvias y granizos pueden irse, volar con una clara primavera que arranca nuestro soplo de la boca. Y queda en la memoria ese recuerdo de aquellos que se fueron y eran vida, de aquellos que volaron y son vida, de aquellos que no están y que son vida, pues vida es lo que son en el recuerdo de todos los que viven y recuerdan, a veces con tristeza, que hubo un tiempo de vida más feliz, cuando los nuestros estaban compartiendo con nosotros. Y entonces, ese llanto retenido prodrá brotar, al fin, de nuestros ojos, huyendo libremente a su capricho.



2017 © José Ramón Muñiz Álvarez

Metáforas extrañas a deshora

"METÁFORAS EXTRAÑAS A DESHORA"

Debiera despedirme del paisaje que siempre me acompaña y que despierta conmigo cada día de verano. Debiera saludar a los cuclillos que avisan de una nueva primavera y amar a los abriles que se fueron. Debiera confundirme con la tarde y hacerme cada tarde como el bosque, perdido entre los densos eucaliptos. Debiera ser ocaso, si se quiere, vivir con la impresión de haber perdido las últimas batallas de la lucha.
Y empiezo ya este otoño silencioso que no puede ofrecer sino tristezas, amargas sensaciones y tristezas. Y, al tiempo que se van desenlazando las horas de la vida, me adivino febril ante la noche perezosa. Las trémulas estrellas que deslumbran la vida con destellos en la altura nos vieron en los días de la infancia. Y ahora, cuando el fruto está maduro, nos miran, nos esperan desde el hielo que impera en esa altura inalcanzable.
Debiera despedirme de las costas, debiera despedirme de los bosques, debiera despedirme de las cumbres. Y es triste descender, como desciendo, buscando valles llenos de hojarascas vencidas por el tiempo traicionero. Quizás los ocles tristes que la espuma arrastra hacia las playas olvidadas entiendan lo que gritan mis querellas. Tal vez solo una gota del "orbayu" que cae desde la altura y que nos hiere con esa suavidad que no lastima.




2017 © José Ramón Muñiz Álvarez


Palabras regaladas a la escarcha


 José Ramón Muñiz Álvarez
"PALABRAS REGALADAS A LA ESCARCHA"
Un escrito para el profesor Erich
Schagerl

Dedicatoria:

Saberte conmovido por el duelo, después de lo ocurrido, se hizo triste, pues tú me hablaste triste, desde Viena, contándome el dolor que te embargaba. Me hablabas de un dolor indescriptible que llevas dignamente, resignado, sin quejas, aceptando que la vida nos suele maltratar con estas cosas. Un hombre como tú tiene entereza y aguanda los vaivenes del destino, que suelen ser tan duros y violentos como lo son sus golpes caprichosos. Sencillo, sin un drama, como siempre, con esa calidad que te hace grande, me hablaste de tu madre y del suceso que la arrancó, llevándola a la nada. Y entonces no era tiempo de escribirte, sino que preferí que entretuvieses tu pena y tu dolor de alguna forma. Pero ahora ya podremos hablar de ello, rompiendo ese silencio que es preciso, si no se quiere herir un sentimiento. Por eso te dedico estos sonetos:


SONETO I

Mayor ternura hallé en el rostro hermoso
de aquella anciana, madre de un amigo,
que en ese cielo vive que da abrigo
al triste, al melancólico, al quejoso.

Y un algo en ella ardió cuando, gozoso,
quizás como una hoguera sin testigo,
me trajo aquel recuerdo que bendigo
del gesto de mi abuela bondadoso.

El aire en primavera es alquimista,
si mezcla la blancura con el velo
callado de la noche de la muerte.

Pero ellas son dichosas en un cielo
feliz y merecido que conquista
la paz para las canas y su suerte.


SONETO II

No pudo haber más luz ni más belleza
en el cabello hermoso de la anciana,
más claro que la luz de la mañana,
si deja su reflejo en la maleza.

El hielo ardió, cubriendo con dureza
las briznas de la hierba, si, temprana,
gozaba de los brillos la alazana
del alba que la noche despereza.

Dejó su aliento triste sobre el beso
callado como el hielo de la nieve
que vive lastimada por el frío.

Y es hielo en el cabello, si se atreve,
cubriendo cada rizo que, travieso,
rozó el aire de invierno en el vacío.


SONETO III

Las llamas que encendieron, con el día,
los ecos de la luz que, a la mañana,
despierta como el alba soberana,
reflejo podrán ser del alba fría.

Y habrán de ser motivo de alegría
si acaso las halláis donde, lozana,
las luce en el cabello alguna anciana,
si no es en Austria, en esta Asturias mía.

La noche alcanzará con su caballo
la llama del crepúsculo que besa
las horas silenciosas de la nada.

La muerte, como el brillo de ese rayo,
quebrar querrá la vida donde cesa
lo que era claridad en la alborada.


SONETO IV

La llama del amor que enciende el rizo
callado y blanquecino de su pelo,
el oro pudo ser y el mismo cielo,
la plata acumulada en el granizo.

Y pudo, si en su brillo se deshizo,
mostrar su luz, escarcha por el suelo,
si acaso la queréis mostrar de hielo,
mas cálida, por gracia de un hechizo.

Un solo de violín será en la altura
del aire que lo eleva a su capricho,
como un recuerdo bello que navega.

Y no he de desmentir lo que os he dicho,
si digo que es recuerdo la ternura
que en forma musical al aire llega.


SONETO V

El eco en la enramada alzó con ganas,
alegre entre las frondas el cuclillo
que quiso con su voz hacerse brillo
de intensas primaveras soberanas.

Cantó su voz aguda y las ventanas
quisieron repetirlo, pues, sencillo,
enciende la arboleda, ese castillo
que sabe de sus voces veteranas.

Pero esta vez nos trajo la tristeza,
robándonos la luz del claro día,
negándonos su brillo y su reflejo.

El alba se hace triste en la maleza
sin esa luz sincera que solía
dejar en la nevada el oro viejo.


QUIERA LA ALTURA DEL CIELO

Quiera la altura del cielo,
cuando brilla el nuevo día,
ser vocero de alegría,
de esperanza y de consuelo.
Pues, si ya deshace el hielo
que descansa en la maleza,
ese sol que, con dureza,
va encendiendo la alborada,
puede verse en la nevada,
con la luz tanta belleza.

Y ese misterio tan bello
que, entre la nieve y granizo,
muestra el embrujo y hechizo,
es la gracia de un cabello.
Y nada hay de extraño en ello,
si es que lo quiere la edad,
cuando, por decir verdad,
el aliento blanquecino
de las nieves del camino
va dejando sin maldad.

Porque habrá de ser ternura
esa llama que, encendida,
es anhelo de la vida
y es recuerdo que se apura.
Y sabéis que la espesura
pierde el hielo, en primavera,
que, si bien viene ligera,
regalando el nacimiento,
hay a quien lleva el aliento,
pues es harto traicionera.

Y cuando el recuerdo sea
de la nieve ya desnuda,
desmentir sepa la duda,
si una sombra serpentea,
que bastare con que crea
el recuerdo solamente
que fue magia en la corriente
la belleza blanquecina
que en el agua se adivina
del apurado torrente.


SI HUBIESE FE EN MI ESPÍRITU

Si hubiese fe en mi espíritu, si acaso supusiera que existen en los cielos, entre nubes, los ángeles de Dios con su hermosura, diría que allí mismo dos ángeles me miran, y habría de rezar a mis abuelas, con todas las estrofas que conozco, pidiéndoles que tornen, que bajen a la tierra nuevamente. Y entonces les diría que alzasen, con sus alas, el vuelo a lo más alto, a los lugares poblados por los ángeles divinos, los ángeles callados que en su cabello hermoso mezclaron el granizo con la escarcha, cuajada en el invierno de los años, cuajada en casi un siglo de penas y trabajos en la vida. Y, entonces, en su ascenso, abriendo bien sus alas, habrían de ser guía a un tercer ángel, el tuyo, que, en la altura, entre las nubes, querría contemplarte con ese orgullo cálido que sienten por sus hijos esas madres que ven en ellos todo lo que es arte, sabiendo que tú envuelves la música de magia y de poesía.


SONETO VI

Crepúsculos que encuentran a deshora
las llamas del granizo y la nevada
pudieran acusar a la alborada,
cobarde, si se pierde con la aurora.

La luz entre la escarcha es la demora
que rompe, finalmente, alborotada,
un eco de la vida que, apurada,
se extingue en ese cielo en que se dora.

Las nieves volverán a hablar de vida
donde la vida veis, donde renace,
si vuelve el sol en medio del invierno.

Y el hielo será hermoso donde anida,
venciendo su más triste desenlace,
la luz del corazón más bello y tierno.


SONETO VII

Sabremos del invierno y los consejos
del viento si debate, siempre airado,
con genio, el argumento acalorado
que sabe discurrir sobre los viejos.

Sabremos en las nieves los espejos
de aquel cabello frágil, delicado,
vencido por la vida, derrotado,
crepúsculo fatal entre bermejos.

Seremos como el viejo peregrino
que sigue su camino sin un lujo,
gozando del paisaje silencioso.

El beso de la helada es asesino
que hiere con su luz y su dibujo,
que hiere con su labio mentiroso.


SONETO VIII

Tendremos que ser fe con la templanza
que pide nuestro afán en los sucesos
fatales que nos hieren, los excesos
que llevan a llorar con añoranza.

Un límite es el río que no alcanza
la vida solitaria, cuyos besos
parecen en el aire ser traviesos,
dejándose al vacío en rara danza.

Y cabe solamente en lo pensable
la calma más serena del silencio
que quiebra levemente tu querella.

El tiempo, destinado a ser mudable,
se va para nosotros, y sentencio
que estamos ya muy cerca de su estrella.


SONETO IX

El viento alzó su vuelo hacia la sierra,
las cumbres silenciosas, apartadas,
calladas en la noche, despojadas
del grito y la violencia de la guerra.

Llegó el deshielo, y, libre ya la tierra
del hielo del ayer, arde, callada,
la bella primavera, que, cuajada
se admira en la hondonada que la cierra.

Que rara paradoja halla el quejoso
que sabe que la nieve se derrama
para volverse vida en un torrente.

Y es vida ese correr tan animoso
del río que se enciende en una llama
y apaga su blancura transparente.


SONETO X

No puede haber más duelo que el que siento
como un rumor que envuelve la llamada
de un halo silencioso que en la nada
contempla si se enreda un desaliento:

un eco que halló el velo ceniciento
que brilla tristemente a la alborada
podrá decir la pena que callada
no quiere repetir la voz del viento.

No puedo pronunciar, si soy sincero,
la llama de la nieve y la alegría
que prende en el cabello la blancura.

Tampoco la dirá, al nacer el día,
la voz del renacer del aguacero
que ruge en los cristales con bravura.


QUISO VER LOS HORIZONTES

Quiso ver los horizontes
aquella yegua a lo lejos,
apurando con coraje
su galope por los cielos.

Y halló en la altura mansiones
y en las nubes pisó el suelo
del alba clara que dicta
la razón de sus destellos.

Y fue que vieron los ríos
sus colores y reflejos,
encendidos en la nada
y en las escarchas del suelo.

Y fue más blanca la nieve
donde repite el deshielo
los romances que no saben
las palabras del silencio.

Pero quiso ser la muerte,
como lo son los deshielos,
ese torrente que brilla
en los filos traicioneros.

Y es que hay algo que apuñala,
desde los brillos primeros,
el paisaje de la vida,
según va corriendo el tiempo.

Por eso la luz del alba,
al deslizarse en los rizos
es vida y también es muerte
que preludian los cabellos.

Y está escrita en las abuelas,
y está escrita en los abuelos,
y en los padres y en las madres,
en los hijos y en los nietos.

Y somos agua del río,
y como el agua corremos
buscando acaso jardines
que son nuestro cementerio.


PARECE QUE NO BRILLA

Parece que no brilla,
sumida en la tristeza,
la Viena de mi amigo:
la nieve ya no es nieve y las escarchas
volaron y llevaron
la hermosura
quizás a un reino gris y melancólico,
febril como las horas que escapan a su antojo,
como la vida misma, si se fuga,
cansada de este mundo,
perdida como el ave migratoria
que quiere otros destinos, que busca otros lugares...

Parece que no brilla,
dejada en la desgana,
oyendo los murmullos
de arroyos que conducen al Danubio,
que fluye lentamente,
que camina
buscando mares negros que no sienten
la magia de sus trémolos en olas sin espumas
que canten la alegría del Cantábrico,
si tiene entre las suyas
el brillo de los rizos más amables
que amaron en la escarcha promesas de las nieves.

Parece que no brillan
los trémolos de ayer,
las músicas hermosas
que abrieron sus espacios al ensueño
que habita una morada,
que promete
ternuras que se extinguen, sin embargo,
que mueren arrancándonos la dicha que sentimos,
que mueren arrancándonos la dicha
de hallar en una madre
-de hallar en una abuela, si se quiere-,
razones esenciales que llenan nuestro pecho.

Parece que no brilla
la música de siempre...
¡Parece que sí brilla!
Y brilla, desde luego, en la memoria
que enciende la memoria,
que contempla
recuerdos del ayer que, para siempre,
tendrán en los palacios callados del cerebro
quién sabe si jardines enlutados,
si estancias misteriosas
que arrancan a los muertos de la muerte
y saben darles vida con ese abrazo mágico.

Hoy Viena es tan hermosa
como la vimos siempre,
¡y digo que sí brilla para todos,
que brilla para todos
con sus ecos,
con todos los rumores que se escuchan,
si suenan los violines que llaman a una anciana
llevada a no sé dónde por el aire,
dejada en esas brisas
que siguen saludándonos de pronto,
si flotan con la música que sabe pronunciarlas!

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez


sábado, 27 de mayo de 2017

Tardes llenas de tristeza




Existen tardes llenas de tristeza, esas tardes cuyo destino es un indigno crepúsculo que nos hace lamentar algo, que nos hace recordar algo, que nos devuelve la conciencia no querida de quién sabe qué melancolías que tuvieron otro tiempo, pero que regresan, impertinentes, mientras los negros nubarrones esconden, con sus caricias, con la maldad de sus caricias, con la eterna mezquindad de sus caricias, ese sol malherido que anhela, como el moribundo, una bocanada más de aire. Y el poeta, ansioso de librarse de esa pesadumbre, como quien se regala a la relajación de un desahogo, habla de las estaciones, de los trenes, de los crepúsculos y las despedidas, como quien sabe las palabras amargas que no hay que decir, porque, en todo lo que nos inspira esa tristeza, en todo lo que nos lleva a esos sentimientos apagados, hay palabras que no se deben decir, expresiones que es mejor no pronunciar. Y yo se lo dije:
-Hay tardes llenas de tristeza, de tedio y de melancolía, esas tardes agrias cuyo último resplandor nos evoca todo lo que no debiéramos pensar. Hay tardes llenas de dolor, distintas de esos momentos dichosos que arden como una hoguera para ser recordados con amargura (muchas veces, el recuerdo de un tiempo feliz se hace también amargo).
Y ella, deseosa de decir algo, sin pronunciar una palabra, me indicó, tal vez con el brillo de su mirada (me pareció tan hermosa la humedad sobre su cristalino), que, en efecto, hay un tiempo impertinente que nos hace pensar en la felicidad dejada atrás, perdida como algo que no puede ser recuperado, como esa joya que no hemos de volver a tener ya nunca. Y pensé que aquella nostalgia que nos invadía, recorriéndonos enteros, desde los pies a la cabeza, era en mi caso la pérdida de aquella inocencia, no exenta de cierta malicia infantil, cuando cazaba grillos y jugaba con un gomero, lanzando piedrecillas a las palomas que picoteaban, cerca de alguna fuente, las migas de pan que dejaba alguna anciana.
Y pensé que tal vez ella sintiera la puñalada del recuerdo, la tremenda cuchillada de esa patria perdida de nuestros primeros padres, metáfora de días pasados que no han de volver a repetirse por más que así lo queramos (a veces se me ocurre preguntarme si realmente fui feliz). Y ella, sosteniendo su mirada, sin mediar palabra entre los dos, parecía contener el llanto, silenciar una emoción inexplicable, inédita, pero compartida, en cierta manera, como si aquella brisa del anochecer encendiera en nosotros un terrible deseo de volver al edén del que veníamos. Ella callaba...
Y por fin se le oyeron unos versos:

"Dejamos que llegara aquel crepúsculo,
bordado con el oro del otoño:
el aire de la tarde se hizo frío,
el beso de la helada nos hería,
la nieve de las cumbres nos miraba.

Dejamos que llegara su silencio,
teñido por la sombra de la noche:
la luz de las estrellas era escasa,
el brillo se perdía lentamente,
el leve resplandor se fue apagando.

Dejamos que la noche se instalase,
llenando los palacios y mansiones:
cantaba la corriente del riachuelo,
lloraba el eucalipto en la colina,
las nubes nos hablaban de la muerte..."

Eran los versos de tanto tiempo atrás, leídos en el viejo cuaderno de hojas amarillentas, que robó en el desván de la abuela, deseosa de leer aquellos escritos que yo mantenía en el más riguroso de todos los secretos, consciente de ese aliciente ignoto que tiene el encanto de lo íntimo, que no debe ser profanado por los ojos de un extraño. Y yo, que no conseguí aprender a reconocerme en los versos de antaño, después de tanto tiempo, por un momento, creí volver a ser to, creí volver a ser el mismo, y creí que aquella certidumbre dolorosa no era algo de lo que avergonzarse, como pude pensar entonces, cuando aquella libreta quedó confinada a la soledad y al oscuro silencio del desván, entre las telas de araña.
-Dejamos que la noche se instalase, llenando los palacios y mansiones...
Ambos, entendiéndonos perfectamente, sumidos en aquella tristeza inevitable, condenados a un exilio de nuestra propia niñez (supongo que en su caso era también lo mismo), pronunciamos aquellas palabras al unísono, sospechando que, como ese sol doblado por la fatiga que ya no podía ver el ojo humano, también la edad hacía mella en nosotros. Y, como no podía ser de otra manera, aquella desolación me llevó al recuerdo de los poetas barrocos, de la alegoría de la vida y de la rosa, de la conciencia de la muerte inevitable y lo frustrado de una existencia que se quisiera, como pudo ser a veces, vitalista.

2017 © José Ramón Muñiz Álvarez