José Ramón Muñiz Álvarez
http://jrma1987.blogspot.com/
El trovador.
Dígalo el buen caballero,
que, al quebrar la madrugada,
con la luz de la alborada
el reino recorrerá entero.
La verdad diga el guerrero
que defiende a su señor,
que es el oficio mejor
cantar al amor más cruel,
pues es bello siempre en él
el sentir del trovador.
Si, siendo el amor esquivo
caprichoso en quien lo siente,
puede turbarse la mente
del más sano y reflexivo,
mayor disgusto recibo,
que es acaso tal amor,
el mandado de un dolor,
que el alma tiene dichosa,
que el espíritu reposa
de un cansado trovador.
Y la espada he de jurar,
obedeciendo a su ley,
que, si el amor se hace rey,
su mandado he de escuchar.
Que, si no puedo trovar,
será, en su crueldad, favor
decir, como el ruiseñor,
no muy lejos de la fuente,
el espíritu doliente
del callado trovador.
Y, entre el hayedo y los pinos,
caminar sabré, dichoso,
por el bosque silencioso,
donde habrá largos caminos.
Los mares veré vecinos,
cuando, naciendo el albor,
una música mejor
inspire, con raro encanto,
el embrujo del encanto
del vencido trovador.
Será dejar tanto hayedo
mirar, con aire sombrío,
el aire que vaga frío,
sin sentimientos de miedo.
Y, detrás del castañedo,
tras mostrar tanto valor,
viendo el vuelo del azor
donde el alba nace pura,
sospechar la pena oscura
del rendido trovador.
Que no es el amor amigo
cuando, con flecha asesina,
mira el alba, que imagina
desnuda de todo abrigo.
Caso ha de hacer cuando digo,
viendo el rayo y su color,
que la llama del albor,
aunque llena de tristeza,
suele alumbrar, con dureza,
el dolor de un trovador.
Que el caballero, vencido,
derrotado en los amores,
a los tiernos ruiseñores
se confesará perdido.
Y todo tendrá sentido
siendo del hielo el fragor,
porque lo pide el fervor
que tales dolores sabe
porque sus rimas acabe
con su genio el trovador.
Que, al llegar junto a la orilla
del cristalino arroyuelo,
halló en él la luz del cielo
la dulce pasión sencilla.
Que, como la luz que brilla,
suele armarse de valor
quien se siente delator
de un sentimiento perverso
el trovador cuando, en verso,
canta como trovador.
Porque, a partir es dichoso,
entre el hayedo y los pinos,
quien recorre los caminos
por el bosque silencioso.
Y porque el mar anchuroso,
debe cruzar con valor,
por no hacerse desertor
del amor y su querella,
canta a la dama más bella
con dolor el trovador.
Que así partió el caballero
que, obligado en tal empresa,
a buscar fue la princesa,
llevando su duro acero.
Y en esta empresa yo espero,
hombre fiel con mi señor,
hacerle mayor favor
que obedecer mi mandado,
pues galán enamorado,
ya lo dijo el trovador.
Que si en el bosque, a caballo,
recorrió el lugar sombrío
supo de aquel amorío
alocado como el rayo.
Porque ya va para mayo
que por sus ojuelos muere,
porque sabe que lo hiere,
y jamás la podrá alcanzar
ese lejano lugar,
que triste el amor prefiere.
Que, llegado el mediodía,
pensando en dulces amores,
sabré decir sus dolores,
cuando el bosque recorría.
Negra es, pues, la suerte mía,
si a tales males me obligo,
que decir supe enemigo
al instinto del amor,
y, embargado de dolor,
sus dolores también digo.
Porque dijo el caballero:
“En este bosque perdido
habré de quedar dormido
antes del primer lucero.
Que, mientras el alba espero,
será el descanso dichoso,
pues parece fatigoso
cabalgar, hora tras hora,
desde la luz de la aurora,
al crepúsculo brumoso.
Porque, siendo el día duro,
tras tan fuerte cabalgada,
se siente el alma cansada
y en el sueño me apresuro.
Y de soñar tengo apuro,
pues del alma es siempre el dueño
ese palacio del sueño
en que el espíritu espera,
porque, si el sueño es quimera,
también es firme el empeño.
Y el caballero cumplido,
a fuerza de caballero,
se olvidó de tanto esmero,
y quedó pronto dormido.
Y, porque al sueño rendido
se entregó con la fatiga,
en el sueño que lo abriga,
advirtió la voz callada
de la lejana alborada
que los amores mendiga_
“No duermas más, caballero,
y, corriendo en tu caballo,
ve más rápido que el rayo,
y enciende tu horror guerrero.
Porque en la mano el acero
lucirá de madrugada,
que, antes de que la alborada
despierte su luz más nueva,
que ya conquista la cueva
de la negra sombra helada”.
Y el caballero, cansado,
despertando de su sueño,
de su aliento se hizo dueño,
y gritó al aire callado:
“Si soy caballero honrado,
no importará, en la aventura,
el dolor, si es que se apura
del combate ya el momento”.
Y en su caballo, contento,
siguió entre la sombra oscura.
Desciende, pues, la ladera
de la inclinada enriscada
que no verá la alborada
de la aurora mañanera.
Y sigue, de esta manera,
el hondo desfiladero,
por el que el torpe sendero
se adentra como serpiente
que ve pasar la corriente
sin apuro y sin esmero.
Corre cerca de la fuente
que mansamente camina
donde la luna ilumina
su leve llama doliente.
Que el arroyo complaciente
sepa indicarte el camino,
pues conduce a ese destino
al que vas con suerte incierta,
si la esperanza despierta
el triste amor peregrino.
Que la has de encontrar espero,
pues que no falta agudeza,
si entrega su fortaleza,
quien de amor muere sincero.
Y habrá un dulce cancionero
que el arrojo y el amor
sabrá cantar, con valor,
donde la limpia camisa
besa del alba la brisa,
cuando escucha al trovador.
2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
José Ramón Muñiz Álvarez nació en la villa de Gijón y sigue residiendo en Candás (concejo de Carreño). Su infancia transcurre de manera idílica en dicho puerto, donde pasa su juventud hasta el término de sus estudios. Licenciado en Filología Hispánica y especialista en asturiano, vive a caballo entre Asturias y Castilla León, comunidad en la que es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Su afán por las letras y las artes lo ha llevado al cultivo de la poesía.
martes, 13 de agosto de 2013
El juglar
José Ramón Muñiz Álvarez
El juglar
http://jrma1987.blogspot.com/
Temen las gentes honradas
a quien, cruzando la vega,
desde las regiones llega
de naciones apartadas.
Y las ventanas cerradas
suelen abrir los curiosos,
que, no en vano, temerosos,
amigos de murmurar,
por el camino, al juglar
miran llegar, recelosos.
Y, no en vano, muy prudentes
los pueblerinos lo miran,
y parece que suspiran,
con aires condescendientes.
Y, porque son buenas gentes,
será bien un donativo,
porque suele pensativo
adivinar su mirar,
por el camino, el juglar
que avanza con gesto altivo.
Y, viéndolo ya en la villa,
donde llega sin tardanza,
lo miran con desconfianza,
aunque son gente sencilla.
Y bajo el sol, cuando brilla,
comienza su recitado
ante el pueblo emocionado
al que le gusta escuchar
los cantares del juglar,
si es que es su verso hechizado.
Que, si es hombre de cordura,
no halagará su honradez
pobre saberse, a la vez
que el orgullo se apresura.
Pues, siendo extraña figura
la del triste caminante,
verso al aire siempre errante,
nunca lo quieren nombrar,
cuando se parte el juglar
a la región más distante.
Y, pues al fin veis que llega
a este rincón como amigo,
os tomará por testigo,
gentes de toda la vega.
Que quien bebe en la bodega
y quien calmado camina,
este relato adivina
que ya viene a relatar,
con sumo gusto, el juglar
que ya su garganta afina.
Y me llena de contento
verme en buena compañía,
que en la tarde muere el día
y es de cantar el momento.
¿Porque acaso no es el viento
el que canta en la vereda,
más allá de la alameda,
si se le puede escuchar?
Pues también canta un juglar,
si su canto no se enreda.
Sabed que mis narraciones
parte son del buen oficio,
que no ha de cantar por vicio
quien recorre mil naciones.
Alegrar los corazones
quiere, siendo menos grave,
quien estas estrofas sabe,
pues os quiere deleitar
con su trabajo el juglar
que luce su voz más suave.
Y, pues cantar es quehacer
que ve el corazón henchido,
va mi cantar encendido,
pues os ha de entretener.
Porque será menester
contar de tiempos pasados
los amores novelados,
cuando, faltos de pesar,
os los explicará un juglar,
si es que estáis interesados.
Que, llegado ese momento
de conjugar fantasía
al placer y a la alegría,
se adereza ya el evento.
Y vuela ya el pensamiento,
por cantar una balada,
al lugar de la alborada
o al cielo crepuscular
que cantando ve al juglar
a la gente más honrada.
Por eso atención os pido,
que, demostrando paciencia,
quiere la sabia prudencia
el silencio concedido.
Yo os diré lo acontecido
en lugares alejados,
que de amores hechizados
y de embrujos ha de hablar,
si queréis, este juglar,
en versos tan bien hilados.
Que hablar de un tiempo lejano,
en un hermoso castillo,
donde el cielo es puro brillo
podré desde bien temprano.
Y hablar de un gran soberano
que, en su alcoba, al ver el día,
quiso saber si dormía
la infantina más dichosa,
puede acaso, perezosa,
describir la boca mía.
Y el romance del soldado
que vigila algún baluarte
para decir en qué parte
vio al enemigo malvado.
Comentar el altercado
del duque, el comendador,
el joven batallador
que tuvo tantos reveses
con sus primos los marqueses
y su padre, su señor.
Y hablar del rey que, dolido,
falto de su gallardía,
se mostró a la luz del día
mancillado, incomprendido.
Y, sabiéndolo abatido,
alabar al caballero,
que al rey escuchó primero,
pues siempre es de cortesía,
para rendir pleitesía
y ofrecer su duro acero.
O hablar del aventurero
cuando en su bella alazana,
como suele, de mañana,
recorre el largo sendero.
Contar cosas del arquero
que vigila cada almena,
cuando, tras la luna llena,
llega el alba cristalina
y la montaña ilumina
y en la calma se serena.
Que en caso más peligroso
mostrará siempre valor,
y no faltará al favor
que le pide un rey juicioso.
Porque la fuerza del oso
no apagará las pasiones
de quien lucha con dragones,
al crepúsculo mezquino,
si es que estorban el camino,
o tal vez con mil legiones.
Que siente el alma temores,
si no son hondos placeres,
porque los dulces quereres
son los más altos favores.
Pero ya los ruiseñores,
avisando su castigo
decir saben enemigo
al instinto del amor,
que embargado de dolor,
sus dolores también digo.
Y el espíritu que adora
de una dama la mirada,
si la sueña alborotada,
la confunde con la aurora.
Y, al dañarse sin demora
quienes recogen su trigo,
decir quieren enemigo
al instinto del amor,
que embargado de dolor,
sus dolores también digo.
Y, al nacer con la mañana
de la brisa el tierno aliento,
gime el murmullo del viento
que mira la luz temprana.
Pues, viendo en la vega llana
al que de amor es testigo,
saben decir enemigo
al instinto del amor,
que embargado de dolor,
sus dolores también digo.
Todas estas y otras cosas
os he de contar, amigos,
si es que queréis ser testigos
de mil historias curiosas.
Y veréis que son gozosas,
como os las he de contar
pues que sabe relatar
mil extrañas emociones
en sus raras narraciones
a su público el juglar.
2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
El juglar
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Temen las gentes honradas
a quien, cruzando la vega,
desde las regiones llega
de naciones apartadas.
Y las ventanas cerradas
suelen abrir los curiosos,
que, no en vano, temerosos,
amigos de murmurar,
por el camino, al juglar
miran llegar, recelosos.
Y, no en vano, muy prudentes
los pueblerinos lo miran,
y parece que suspiran,
con aires condescendientes.
Y, porque son buenas gentes,
será bien un donativo,
porque suele pensativo
adivinar su mirar,
por el camino, el juglar
que avanza con gesto altivo.
Y, viéndolo ya en la villa,
donde llega sin tardanza,
lo miran con desconfianza,
aunque son gente sencilla.
Y bajo el sol, cuando brilla,
comienza su recitado
ante el pueblo emocionado
al que le gusta escuchar
los cantares del juglar,
si es que es su verso hechizado.
Que, si es hombre de cordura,
no halagará su honradez
pobre saberse, a la vez
que el orgullo se apresura.
Pues, siendo extraña figura
la del triste caminante,
verso al aire siempre errante,
nunca lo quieren nombrar,
cuando se parte el juglar
a la región más distante.
Y, pues al fin veis que llega
a este rincón como amigo,
os tomará por testigo,
gentes de toda la vega.
Que quien bebe en la bodega
y quien calmado camina,
este relato adivina
que ya viene a relatar,
con sumo gusto, el juglar
que ya su garganta afina.
Y me llena de contento
verme en buena compañía,
que en la tarde muere el día
y es de cantar el momento.
¿Porque acaso no es el viento
el que canta en la vereda,
más allá de la alameda,
si se le puede escuchar?
Pues también canta un juglar,
si su canto no se enreda.
Sabed que mis narraciones
parte son del buen oficio,
que no ha de cantar por vicio
quien recorre mil naciones.
Alegrar los corazones
quiere, siendo menos grave,
quien estas estrofas sabe,
pues os quiere deleitar
con su trabajo el juglar
que luce su voz más suave.
Y, pues cantar es quehacer
que ve el corazón henchido,
va mi cantar encendido,
pues os ha de entretener.
Porque será menester
contar de tiempos pasados
los amores novelados,
cuando, faltos de pesar,
os los explicará un juglar,
si es que estáis interesados.
Que, llegado ese momento
de conjugar fantasía
al placer y a la alegría,
se adereza ya el evento.
Y vuela ya el pensamiento,
por cantar una balada,
al lugar de la alborada
o al cielo crepuscular
que cantando ve al juglar
a la gente más honrada.
Por eso atención os pido,
que, demostrando paciencia,
quiere la sabia prudencia
el silencio concedido.
Yo os diré lo acontecido
en lugares alejados,
que de amores hechizados
y de embrujos ha de hablar,
si queréis, este juglar,
en versos tan bien hilados.
Que hablar de un tiempo lejano,
en un hermoso castillo,
donde el cielo es puro brillo
podré desde bien temprano.
Y hablar de un gran soberano
que, en su alcoba, al ver el día,
quiso saber si dormía
la infantina más dichosa,
puede acaso, perezosa,
describir la boca mía.
Y el romance del soldado
que vigila algún baluarte
para decir en qué parte
vio al enemigo malvado.
Comentar el altercado
del duque, el comendador,
el joven batallador
que tuvo tantos reveses
con sus primos los marqueses
y su padre, su señor.
Y hablar del rey que, dolido,
falto de su gallardía,
se mostró a la luz del día
mancillado, incomprendido.
Y, sabiéndolo abatido,
alabar al caballero,
que al rey escuchó primero,
pues siempre es de cortesía,
para rendir pleitesía
y ofrecer su duro acero.
O hablar del aventurero
cuando en su bella alazana,
como suele, de mañana,
recorre el largo sendero.
Contar cosas del arquero
que vigila cada almena,
cuando, tras la luna llena,
llega el alba cristalina
y la montaña ilumina
y en la calma se serena.
Que en caso más peligroso
mostrará siempre valor,
y no faltará al favor
que le pide un rey juicioso.
Porque la fuerza del oso
no apagará las pasiones
de quien lucha con dragones,
al crepúsculo mezquino,
si es que estorban el camino,
o tal vez con mil legiones.
Que siente el alma temores,
si no son hondos placeres,
porque los dulces quereres
son los más altos favores.
Pero ya los ruiseñores,
avisando su castigo
decir saben enemigo
al instinto del amor,
que embargado de dolor,
sus dolores también digo.
Y el espíritu que adora
de una dama la mirada,
si la sueña alborotada,
la confunde con la aurora.
Y, al dañarse sin demora
quienes recogen su trigo,
decir quieren enemigo
al instinto del amor,
que embargado de dolor,
sus dolores también digo.
Y, al nacer con la mañana
de la brisa el tierno aliento,
gime el murmullo del viento
que mira la luz temprana.
Pues, viendo en la vega llana
al que de amor es testigo,
saben decir enemigo
al instinto del amor,
que embargado de dolor,
sus dolores también digo.
Todas estas y otras cosas
os he de contar, amigos,
si es que queréis ser testigos
de mil historias curiosas.
Y veréis que son gozosas,
como os las he de contar
pues que sabe relatar
mil extrañas emociones
en sus raras narraciones
a su público el juglar.
2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
El bardo
José Ramón Muñiz Álvarez
El bardo
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Es el bardo hombre cumplido,
cuando llega desde el norte,
que ha de cumplir en la corte
el más noble cometido.
Y, si es viejo, ya ha vencido
la edad, que la edad sombría
teje alegre su porfía,
porque llora la verdad
los misterios de la edad
del bardo de Normandía.
Que contando sus relatos
de las lejanas batallas,
siente las almas lacayas
de sus voces y arrebatos.
Y, si extraños garabatos
piensa que es la escribanía,
pues es hombre, bien se fía
de la gente más honrada,
si es que paga su soldada
la gente de Normandía.
Ya sabéis de quien, venido
de otro lugar, otras sierras,
habla de lejanas sierras
en los caminos perdido.
Es caballero vencido
de dudosa nombradía,
cuando, al ver llegar el día,
sabe decir la verdad
de su patria, si, en verdad,
fue la bella Normandía.
Y, si bien bebe a su gusto,
cuando bebe, bebe bien,
que en el beber es también
no beber más de lo justo.
Y es en esto viejo augusto
quien brinda en la noche fría
la verdad de que así diría
la historia bella en su boca,
que en él la verdad no es poca
si os habla de Normandía.
Que, pues es malo mentir
(y no es mejor el amor),
quiere lisonja el favor
en el arte de decir.
Y, para no confundir,
diré yo con osadía
una verdad que no es mía,
que en este lugar yo guardo
la verdad que dijo el bardo
de la vieja Normandía.
Y esta verdad evidente
nos conduce a Saint Michel,
un paisaje donde aquel
vio al guerrero contendiente.
Y, si el guerrero valiente
supo probar su valía,
debe cantar su osadía
aquel cuyas glorias guardo,
que sabe cantar el bardo,
el bardo de Normandía.
Por eso quiero cantar
a quien sus magias ofrece
cuando su hechizo merece
la gracia que le han de dar.
Y no ha de faltar yantar
a quien en la vieja vía
peregrina senda hacía,
porque, siendo caminante,
de la aurora fue el amante,
viendo el alba en Normandía.
Que el viejo normando dijo,
de aquella lejana tierra,
una crónica de guerra,
en su discurso prolijo.
Y, si nadie lo bendijo,
por otra cosa sería,
que supo la algarabía
celebrar ese relato
que contó con arrebato
el sabio de Normandía.
Y, porque lo hacen saber
los que suelen, agitados,
escuchar los recitados,
del bardo al atardecer,
el relato ha de ofrecer
lo que la guerra bravía,
sabiendo que todo ardía
con esa canción guerrera
del guerrero que exaspera
el alma de Normandía.
Que, de este modo casual,
quiere el bardo, sin gran lustre,
entre las gentes ilustre,
separar el bien del mal.
Y, pues es cosa especial
ese canto que decía,
al llegar la brisa fría,
el saber que él atesora
es el oro de la aurora
y es la misma Normandía.
Porque, amante de su tierra,
caminando por el llano,
en la campiña lozano
sabe buscar bien la sierra.
Y, cuando la noche cierra
el crepúsculo callado,
el pueblo escucha, asombrado,
la canción de la batalla,
pues, en la densa grisalla,
es su canto el más amado.
Y, hospedado en un castillo,
que buen cobijo se ofrece,
sabe cantar, si amanece,
con espíritu sencillo.
Mas toma su canto el brillo
del espíritu que, ardiente,
muestra sus ecos, valiente,
con las voces encendidas
contra gentes atrevidas
que vienen a hacerles frente.
Y, al cantar con ese aliento
de la guerra las durezas,
arden las viejas noblezas
y se enciende el pensamiento.
Y lo escuchan con contento
en las más rancias mansiones,
en los callados bastiones
que miran a las estrellas
cuando las noches más bellas
dejan dormir las pasiones.
Que es la gloria de la espada
que se arroja, enardecida,
y la batalla perdida
recupera a la alborada.
Que mientras mira cuajada
la luz del la aurora hermosa,
con la sangre se desposa
la plata en la empuñadura
que la noche supo oscura
y ve la llama gozosa.
Y es el orgullo en el pecho
un fuego que se hace hermoso
si el corazón valeroso
siente con fuerza el despecho.
Y es que el peligro al acecho
no importa en un caso tal,
que la mañana otoñal
anuncia el duro debate
que, al anunciar el combate,
traza el lienzo celestial.
Y, encendido el corazón
y en él el ardor guerrero,
quiere siempre el hombre fiero
a quien canta esa canción.
Que en el lejano bastión
que es de los nobles palacio,
bajo un cielo de topacio
luce con su espuma el mar
el azul que ha de alcanzar
la grandeza del espacio.
Pues es arte el recitado
de la batalla más bella
en la cumplida epopeya,
obedeciendo el mandado.
Así podrá el convidado
dar pago al pobre alimento
con el que tuvo contento
el bardo en esta aventura,
cuando en la densa espesura
busca su paso otro asiento.
Y pronto una nueva corte
con un príncipe radiante
ese relato incesante
ha de escuchar en el norte.
Y tal vez una consorte
de un duque o de algún marqués
quiera un obsequio, cortés,
entregarle a quien recita,
cuando un premio solicita,
mas sin postrarse a sus pies.
Que es el ánimo orgulloso
el de quien busca este abrigo,
pero no como el mendigo
de las migas codicioso.
Y porque sabe juicioso
vivir esa vida errante,
sigue su paso adelante
hacia una tierra lejana,
mientras nace la mañana
que contempla al caminante.
Que, recorriendo el camino
con una triste mirada,
llora la patria olvidada
cuando busca su destino.
Y, en el mundo peregrino,
la madrugada sombría,
ve que sueña el alba fría
que pudo ver junto al mar,
cuando pudo contemplar
la preciosa Normandía.
2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
El bardo
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Es el bardo hombre cumplido,
cuando llega desde el norte,
que ha de cumplir en la corte
el más noble cometido.
Y, si es viejo, ya ha vencido
la edad, que la edad sombría
teje alegre su porfía,
porque llora la verdad
los misterios de la edad
del bardo de Normandía.
Que contando sus relatos
de las lejanas batallas,
siente las almas lacayas
de sus voces y arrebatos.
Y, si extraños garabatos
piensa que es la escribanía,
pues es hombre, bien se fía
de la gente más honrada,
si es que paga su soldada
la gente de Normandía.
Ya sabéis de quien, venido
de otro lugar, otras sierras,
habla de lejanas sierras
en los caminos perdido.
Es caballero vencido
de dudosa nombradía,
cuando, al ver llegar el día,
sabe decir la verdad
de su patria, si, en verdad,
fue la bella Normandía.
Y, si bien bebe a su gusto,
cuando bebe, bebe bien,
que en el beber es también
no beber más de lo justo.
Y es en esto viejo augusto
quien brinda en la noche fría
la verdad de que así diría
la historia bella en su boca,
que en él la verdad no es poca
si os habla de Normandía.
Que, pues es malo mentir
(y no es mejor el amor),
quiere lisonja el favor
en el arte de decir.
Y, para no confundir,
diré yo con osadía
una verdad que no es mía,
que en este lugar yo guardo
la verdad que dijo el bardo
de la vieja Normandía.
Y esta verdad evidente
nos conduce a Saint Michel,
un paisaje donde aquel
vio al guerrero contendiente.
Y, si el guerrero valiente
supo probar su valía,
debe cantar su osadía
aquel cuyas glorias guardo,
que sabe cantar el bardo,
el bardo de Normandía.
Por eso quiero cantar
a quien sus magias ofrece
cuando su hechizo merece
la gracia que le han de dar.
Y no ha de faltar yantar
a quien en la vieja vía
peregrina senda hacía,
porque, siendo caminante,
de la aurora fue el amante,
viendo el alba en Normandía.
Que el viejo normando dijo,
de aquella lejana tierra,
una crónica de guerra,
en su discurso prolijo.
Y, si nadie lo bendijo,
por otra cosa sería,
que supo la algarabía
celebrar ese relato
que contó con arrebato
el sabio de Normandía.
Y, porque lo hacen saber
los que suelen, agitados,
escuchar los recitados,
del bardo al atardecer,
el relato ha de ofrecer
lo que la guerra bravía,
sabiendo que todo ardía
con esa canción guerrera
del guerrero que exaspera
el alma de Normandía.
Que, de este modo casual,
quiere el bardo, sin gran lustre,
entre las gentes ilustre,
separar el bien del mal.
Y, pues es cosa especial
ese canto que decía,
al llegar la brisa fría,
el saber que él atesora
es el oro de la aurora
y es la misma Normandía.
Porque, amante de su tierra,
caminando por el llano,
en la campiña lozano
sabe buscar bien la sierra.
Y, cuando la noche cierra
el crepúsculo callado,
el pueblo escucha, asombrado,
la canción de la batalla,
pues, en la densa grisalla,
es su canto el más amado.
Y, hospedado en un castillo,
que buen cobijo se ofrece,
sabe cantar, si amanece,
con espíritu sencillo.
Mas toma su canto el brillo
del espíritu que, ardiente,
muestra sus ecos, valiente,
con las voces encendidas
contra gentes atrevidas
que vienen a hacerles frente.
Y, al cantar con ese aliento
de la guerra las durezas,
arden las viejas noblezas
y se enciende el pensamiento.
Y lo escuchan con contento
en las más rancias mansiones,
en los callados bastiones
que miran a las estrellas
cuando las noches más bellas
dejan dormir las pasiones.
Que es la gloria de la espada
que se arroja, enardecida,
y la batalla perdida
recupera a la alborada.
Que mientras mira cuajada
la luz del la aurora hermosa,
con la sangre se desposa
la plata en la empuñadura
que la noche supo oscura
y ve la llama gozosa.
Y es el orgullo en el pecho
un fuego que se hace hermoso
si el corazón valeroso
siente con fuerza el despecho.
Y es que el peligro al acecho
no importa en un caso tal,
que la mañana otoñal
anuncia el duro debate
que, al anunciar el combate,
traza el lienzo celestial.
Y, encendido el corazón
y en él el ardor guerrero,
quiere siempre el hombre fiero
a quien canta esa canción.
Que en el lejano bastión
que es de los nobles palacio,
bajo un cielo de topacio
luce con su espuma el mar
el azul que ha de alcanzar
la grandeza del espacio.
Pues es arte el recitado
de la batalla más bella
en la cumplida epopeya,
obedeciendo el mandado.
Así podrá el convidado
dar pago al pobre alimento
con el que tuvo contento
el bardo en esta aventura,
cuando en la densa espesura
busca su paso otro asiento.
Y pronto una nueva corte
con un príncipe radiante
ese relato incesante
ha de escuchar en el norte.
Y tal vez una consorte
de un duque o de algún marqués
quiera un obsequio, cortés,
entregarle a quien recita,
cuando un premio solicita,
mas sin postrarse a sus pies.
Que es el ánimo orgulloso
el de quien busca este abrigo,
pero no como el mendigo
de las migas codicioso.
Y porque sabe juicioso
vivir esa vida errante,
sigue su paso adelante
hacia una tierra lejana,
mientras nace la mañana
que contempla al caminante.
Que, recorriendo el camino
con una triste mirada,
llora la patria olvidada
cuando busca su destino.
Y, en el mundo peregrino,
la madrugada sombría,
ve que sueña el alba fría
que pudo ver junto al mar,
cuando pudo contemplar
la preciosa Normandía.
2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
El goliardo
José Ramón Muñiz Álvarez
El goliardo
http://jrma1987.blogspot.com/
Huye el amor quien cobarde
sospecha la falsedad
que pretende la maldad
de su dureza y alarde.
Y sano es pues que se guarde
el instinto, siendo sano,
si teme al amor pagano
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.
Es el vino generoso
cuando lo pide un amante,
cuando sabe, delirante,
ver su estado deshonroso.
Pues, en el desdén gozoso
de la dama que quería,
le falla ya la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.
Y pues la paz soñolienta
arranca al que prisionero
supo al amor embustero,
si en su pecho lo sustenta.
acaso ante tal afrenta,
ha de escapar más temprano,
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.
Que es descanso de pesares
el vino del buen mesón,
alivio del corazón
como el rumor de los mares.
Porque, adorado en altares,
esperando pleitesía,
mata el amor la osadía
que otras veces vio bizarro
al amante que del barro,
se alzó con su gallardía.
Que, por doquiera se ve,
que arde el mundo peregrino,
por seguir a quien, mezquino,
los engaña con su fe.
Que, por las cosas que sé,
no lo harían soberano
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.
Por eso el vino es querido
en los pueblos y lugares,
que, pisando los altares
del amor ha florecido.
Y así el amante rendido,
preso en la melancolía,
ve que falla la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.
Y es que el vino milagroso
alegra al enamorado
y lo arranca de su estado
con el sabor más goloso.
Al olfato es doloroso
y no es su deleite en vano,
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.
Que es el vino la dulzura
cuando, en la jarra servido,
de las penas es olvido
y en el gaznate se apura.
Y pues, en la noche oscura
llena todo de alegría,
ve que falla la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.
Porque más dulce es el vino
ofrecido en la taberna
que la mejilla más tierna
que enamoraba al vecino.
Que acaso es mejor camino
el dulce vino lozano,
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.
Y porque siempre regala
esa paz siempre dichosa,
diré que el vino es la cosa
que lo alto del cielo escala.
Porque si el amor iguala
en placeres y alegría
ve que falla la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.
Digo que el vino es el vino,
porque, si el vino es la gracia,
hace olvidar la desgracia
de la vida en el camino.
Que siendo acaso adivino
de su virtud y bondad,
no hablará con falsedad
al confesarlo la lengua
cuando, de amor siendo mengua,
quiere el vino por beldad.
Que no quiero que, cansados,
digáis males del amor,
si acaso tenéis licor
que obedezca a los mandados.
Que raros enamorados
han sabido, con buen vino,
que el ánimo peregrino,
después de un tiempo de riego,
alcanzase su sosiego,
serenando un desatino.
De esta manera os diría
que digo al vino bendito
como un bien cuyo delito
enciende la dicha mía.
Que la cabeza se enfría
y, olvidando los amores,
halla pasiones mejores
en la dicha de beber,
porque bueno es entender
estos callados licores.
Que, llegada ya la aurora,
porque no cesa el despecho,
limpia el vino el duro pecho
del alma que se enamora.
Porque es que el vino atesora
lo que ni el agua bendita,
si es que en la tripa se agita
el placer de su descuido,
cuando el vino se hace olvido
de todo dolor y cuita.
Porque, mientras la alborada
ve en lo lejano los mares,
suspiran los castañares
al llegar de la otoñada.
Y, entre la nieve cuajada,
muerto el amor primerizo,
se oye el eco del granizo
donde un amor olvidado
quiso e el vino dorado
apagar su raro hechizo.
Que el pecho siento rendido
quien renuncia a su valí
y en los amores enfría
el tesón más encendido.
Que dirá que está vencido
quien, por amor de una infanta,
sin saber bien lo que canta,
de los vinos olvidado,
no besa el vino callado
que se arroja en la garganta.
Que en sus hondas angosturas
excavadas por el río,
no faltará nunca el brío
entre las sombras oscuras.
Pues renueva las frescuras
como las frondas más bellas
que no alumbran las estrellas
con su encendido derroche,
que la noche, con ser noche,
suele alegrarse sin ellas.
Y pronto sabréis del brillo
del interior silencioso
del espíritu en reposo
que quiso el vino sencillo.
Y hasta el canto del autillo,
anunciando su presencia,
avisará tu prudencia
con su grito espeluznante,
que ha de dudar un instante
en la arriesgada pendencia.
Que es pendencia con el viento,
acaso con la conciencia,
o quizás con la prudencia
y todo el conocimiento.
Mas nunca dijo el sediento,
puesta la jarra en la mano,
que lo hallara más lozano
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.
Y, si el vino es imprudente,
no menos loco el amor,
nos causa mayor dolor
con su fuego incandescente.
Por eso, si es inconsciente,
donde la jarra vacía,
quiero el vino y la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.
2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
El goliardo
http://jrma1987.blogspot.com/
Huye el amor quien cobarde
sospecha la falsedad
que pretende la maldad
de su dureza y alarde.
Y sano es pues que se guarde
el instinto, siendo sano,
si teme al amor pagano
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.
Es el vino generoso
cuando lo pide un amante,
cuando sabe, delirante,
ver su estado deshonroso.
Pues, en el desdén gozoso
de la dama que quería,
le falla ya la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.
Y pues la paz soñolienta
arranca al que prisionero
supo al amor embustero,
si en su pecho lo sustenta.
acaso ante tal afrenta,
ha de escapar más temprano,
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.
Que es descanso de pesares
el vino del buen mesón,
alivio del corazón
como el rumor de los mares.
Porque, adorado en altares,
esperando pleitesía,
mata el amor la osadía
que otras veces vio bizarro
al amante que del barro,
se alzó con su gallardía.
Que, por doquiera se ve,
que arde el mundo peregrino,
por seguir a quien, mezquino,
los engaña con su fe.
Que, por las cosas que sé,
no lo harían soberano
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.
Por eso el vino es querido
en los pueblos y lugares,
que, pisando los altares
del amor ha florecido.
Y así el amante rendido,
preso en la melancolía,
ve que falla la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.
Y es que el vino milagroso
alegra al enamorado
y lo arranca de su estado
con el sabor más goloso.
Al olfato es doloroso
y no es su deleite en vano,
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.
Que es el vino la dulzura
cuando, en la jarra servido,
de las penas es olvido
y en el gaznate se apura.
Y pues, en la noche oscura
llena todo de alegría,
ve que falla la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.
Porque más dulce es el vino
ofrecido en la taberna
que la mejilla más tierna
que enamoraba al vecino.
Que acaso es mejor camino
el dulce vino lozano,
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.
Y porque siempre regala
esa paz siempre dichosa,
diré que el vino es la cosa
que lo alto del cielo escala.
Porque si el amor iguala
en placeres y alegría
ve que falla la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.
Digo que el vino es el vino,
porque, si el vino es la gracia,
hace olvidar la desgracia
de la vida en el camino.
Que siendo acaso adivino
de su virtud y bondad,
no hablará con falsedad
al confesarlo la lengua
cuando, de amor siendo mengua,
quiere el vino por beldad.
Que no quiero que, cansados,
digáis males del amor,
si acaso tenéis licor
que obedezca a los mandados.
Que raros enamorados
han sabido, con buen vino,
que el ánimo peregrino,
después de un tiempo de riego,
alcanzase su sosiego,
serenando un desatino.
De esta manera os diría
que digo al vino bendito
como un bien cuyo delito
enciende la dicha mía.
Que la cabeza se enfría
y, olvidando los amores,
halla pasiones mejores
en la dicha de beber,
porque bueno es entender
estos callados licores.
Que, llegada ya la aurora,
porque no cesa el despecho,
limpia el vino el duro pecho
del alma que se enamora.
Porque es que el vino atesora
lo que ni el agua bendita,
si es que en la tripa se agita
el placer de su descuido,
cuando el vino se hace olvido
de todo dolor y cuita.
Porque, mientras la alborada
ve en lo lejano los mares,
suspiran los castañares
al llegar de la otoñada.
Y, entre la nieve cuajada,
muerto el amor primerizo,
se oye el eco del granizo
donde un amor olvidado
quiso e el vino dorado
apagar su raro hechizo.
Que el pecho siento rendido
quien renuncia a su valí
y en los amores enfría
el tesón más encendido.
Que dirá que está vencido
quien, por amor de una infanta,
sin saber bien lo que canta,
de los vinos olvidado,
no besa el vino callado
que se arroja en la garganta.
Que en sus hondas angosturas
excavadas por el río,
no faltará nunca el brío
entre las sombras oscuras.
Pues renueva las frescuras
como las frondas más bellas
que no alumbran las estrellas
con su encendido derroche,
que la noche, con ser noche,
suele alegrarse sin ellas.
Y pronto sabréis del brillo
del interior silencioso
del espíritu en reposo
que quiso el vino sencillo.
Y hasta el canto del autillo,
anunciando su presencia,
avisará tu prudencia
con su grito espeluznante,
que ha de dudar un instante
en la arriesgada pendencia.
Que es pendencia con el viento,
acaso con la conciencia,
o quizás con la prudencia
y todo el conocimiento.
Mas nunca dijo el sediento,
puesta la jarra en la mano,
que lo hallara más lozano
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.
Y, si el vino es imprudente,
no menos loco el amor,
nos causa mayor dolor
con su fuego incandescente.
Por eso, si es inconsciente,
donde la jarra vacía,
quiero el vino y la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.
2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
Soneto para la Walkiria
SONETO
La noche hiló la oscura madrugada
con un rayo de luna donde, fría,
ardió con él la brisa, que, sombría,
soñaba con la pronta llamarada.
Después llenó sus oros la alborada
que el aire despertó con osadía,
y vio los ojos claros de María,
romántica, sensual, pero callada.
Capricho son del viento y la belleza
que luce en sus ojuelos, cuando mira
la altura que limita el alto cielo.
Mas muestra en su mirar la fortaleza
que, ardiente, hiere y, rápida, delira,
pues mezcla en fuego vivo nuevo hielo.
2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
La noche hiló la oscura madrugada
con un rayo de luna donde, fría,
ardió con él la brisa, que, sombría,
soñaba con la pronta llamarada.
Después llenó sus oros la alborada
que el aire despertó con osadía,
y vio los ojos claros de María,
romántica, sensual, pero callada.
Capricho son del viento y la belleza
que luce en sus ojuelos, cuando mira
la altura que limita el alto cielo.
Mas muestra en su mirar la fortaleza
que, ardiente, hiere y, rápida, delira,
pues mezcla en fuego vivo nuevo hielo.
2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
miércoles, 31 de julio de 2013
Para Mael y Jimena
José Ramón Muñiz Álvarez
“PLIEGO DE NUEVAS TROVAS Y CANTOS EN LOS QUE SE CUENTAN LAS HISTORIAS
MÁS FABULOSAS DEL AMOR NUNCA CONTADO ENTRE LAS
PERSONAS DE LA MÁS NOBLE ALCURNIA
Y DE CÓMO LOS DESDENES
HACEN INFELIZ AL
AMANTE”
(Relatos arromanzados de nuevo
cuño y de asunto
amoroso)
I
Quienes, buscando contento,
se quisieran solazar,
podrán mi acento escuchar,
donde suena ya mi acento.
Que, sin falta de instrumento
que me brinde compañía,
quiero yo, a la luz del día,
a la gente entretener,
pues mi voz puede ofrecer
mi canto, si no se enfría.
II
Escuche el enamorado,
si piensa en su bella dama,
mientras lento se derrama,
a la tarde, el sol callado.
Escuche el afortunado
que en amores se aventura,
regalado a la frescura
de su ilusión y placer,
pues mi voz ha de ofrecer
mi acento, si no se apura.
III
Escuche la jovenzuela
que, con su dulce mirada,
compite con la alborada,
que la ve y se desconsuela.
Escuche el que siempre vela,
porque, estando tan cansado,
descansará el desvelado
cuando me quiera entender,
pues mi voz sabe ofrecer
mi canción, si va entonado.
IV
Escúchenme labradores,
si es que tienen gran hacienda,
cuando mis palabras venda
a los más murmuradores.
Escúchenme los señores
de noble naturaleza,
porque toda su nobleza
se pudiera sorprender,
pues mi voz quiere ofrecer
mis historias con destreza.
V
Que me escuche el marinero
que, en los mares esforzado,
busca la tierra cansado
del triste mar traicionero.
Que me escuche el caballero
que en los amores porfía,
la dama que en él confía,
la alcahueta que lo sigue,
la ambición que la persigue,
la tentación que los guía.
VI
Que me escuche el que ya tiene
en la mano un señorío,
y el que triste pasa frío
y con nada se entretiene.
Que se detenga el que viene
y que escuche mi relato,
cuando con gran arrebato
comienzo yo la canción,
que escuchar esta lección
es un asunto barato.
VII
Porque ha llegado, gozoso,
cruzando la dura sierra,
quien, llegado de otra tierra,
llaman ciego mentiroso.
Y su canto es fantasioso
y querido entre las gentes,
porque, con ser inocentes,
todo es acaso saber
lo que pueden ofrecer
sus pensamientos dolientes.
VIII
Porque, de un suelo lejano,
llega este ciego sencillo,
que con su buen lazarillo
el mundo recorre en vano.
Que, por el monte y el llano,
del cordal hasta el cantil,
del ciego escuchan gentil
los mozuelos bellos lances
que se cuentan en romances
que sabe contar febril.
IX
Y se brinda mi memoria,
si no ha de fallar su gracia,
a contaros, con audacia,
la más desdichada historia.
Que, confundiendo la gloria
con el amor traicionero,
teje siempre el romancero
los relatos más hermosos
que rompen tristes reposos
y se cantan con esmero.
X
Y por eso es gran placer
hablar de amores callados
que en esos tiempos pasados
fueron tan hondo querer.
Que es que el pecho de mujer
suele ser cosa tan dura,
que, si por amor se apura,
el más noble el corazón
sentirá la sinrazón
y perderá la cordura.
XI
El desdén de una doncella
puede ser veneno cruel
para quien, amante fiel,
de su desdén se querella.
Que fue que la supo bella,
al verla en la alta ventana
de una torre soberana
del hechizado castillo,
aquel joven donde el brillo
reflejaba la mañana.
XII
Y es que, viendo la hermosura
de la doncella callada,
supo que era la alborada
cuando en el cielo se apura.
Que, admirando su figura,
flecha de un raro lucero,
gritar quiso el caballero
al pie de la torre erguida:
“Señora, sois vos mi vida,
que vuestro amor solo espero”.
XIII
Porque, viendo la belleza
del sol claro en un destello,
supo que era lo más bello
en aquella fortaleza.
Y, suponiendo dureza,
temeroso y alevoso,
su amor pronunció, gozoso,
cuando dijo su locura:
“Señora, el amor me apura,
pues que turbáis mi reposo”.
XIV
Pues, atento a la mirada
que compite con el cielo,
supo en el alma este hielo
y en el pecho la nevada.
Y su belleza era helada
que cegó tanta alegría,
cuando al reflejo del día
decir quiso con descaro:
“Sois, señora, cielo claro,
compitiendo con el día”.
XV
Mas la doncella, ofendida,
rechazando al caballero,
dura fue como el acero,
y odio juró de por vida.
Díjole: “Vaya la vida
ante el Cielo y ante Dios,
que, antes que amaros a vos
y querer vuestros amores,
los más amargos dolores
han de ser para los dos:
XVI
Porque será dolor mío
el tener que soportar
que me vengáis a cantar
vuestras trovas de vacío.
Y, en vuestro extraño albedrío,
no seréis jamás dichoso
en ese juego amoroso
en que vivís enredado,
porque no ser amado
es el mal más doloroso.
XVII
De este modo prefiriera
que el remedio del olvido
os aleje de Cupido
y de esa rara quimera”.
“Señora, sabed que espera
amores, no sin razón,
en el pecho un corazón
que se apura ya a morir,
agitando su latir
con tan honda desazón.
XVIII
Por eso, señora mía,
mi amor os doy y el querer,
que yo habré de pretender
a la luz que luce el día.
Y, a costa de ser tan fría,
no habrá de verse menguado
el corazón desolado
que vuestra razón entiende
y, si a la fuerza os pretende,
estará a vuestro mandado.
XIX
Que anida el alma este pecho
donde una clara fontana
os regala la mañana
a cambio de tan despecho.
No negaréis que es derecho
del caballero vencido
mostrarse siempre cumplido
con la luz que se derrama
desde la más bella dama
al espíritu vencido”.
XX
Así dijo el caballero
a la dama irreverente,
sintiendo el amor doliente
del desdén como el acero.
Que, del amor prisionero
en la pasión delirante,
no tiene paz ni un instante
el que sufre estas pasiones,
que malas son las prisiones
donde se queja el amante.
XXI
Y dijo: “Sabe el amor
lo que pierde al insensato,
porque, falto de recato,
hiere al siervo y al señor.
Y no se enfrenta el valor
con sus duras mezquindades,
que maneja voluntades
a su capricho, si quiere,
porque, siendo niño, hiere
con mentira y falsedades.
XXII
El llanto ahogar en el vino
y el amor, si el amor hiere,
es lo que el triste prefiere,
si es que se siente mezquino.
Y su tristeza adivino
cuando al mesón llega tarde,
que, mostrando gran alarde
de galán desamorado,
llora un llanto alborotado
como el indigno y cobarde.
XXIII
Y, si el vino es el consuelo
de amoríos contrariados,
también los desamorados
quieren la altura del cielo.
Que, si helada como el hielo
es una amarga mirada,
desde la misma alborada
viene a quitarnos el frío
el vino en su señorío,
sobre la nieve cuajada.
XXIV
Que es acaso menester
el placer del vino bueno,
frente al amor, que es veneno,
si nos hace padecer.
Vale más que la mujer
y al dichoso hace dichoso,
que, a costa de ser sabroso,
alegra noches y días
con sus grandes alegrías,
siendo siempre generoso”.
XXV
Y el raro brillo bermejo
que admiraba, tras el monte,
era, en el triste horizonte,
del alba el oro más viejo.
Y, viendo el claro reflejo
que mostraba la alborada,
vio la mañana callada
cuando, lejano, volvía
el color que se encendía
sobre la sierra apartada.
XXVI
Y escucharon su lamento
las calladas alamedas,
el hayedo y las veredas,
la brisa suave y el viento.
Que, con gran recogimiento,
se quejó su dolor,
de la pasión y el amor,
cuando a la vera del río,
en el paraje sombrío,
lo escuchaba un ruiseñor.
XXVII
Y el ruiseñor, con su trino,
su canto elevó sincero
para contarlo al jilguero
y también al estornino.
Y, con aire peregrino,
los amores contrariados
murmuraron, apurados,
al llegar la anochecida,
bajo la llama encendida
de crepúsculos dorados.
XXVIII
Y se lo dijo al riachuelo,
bajo el beso de la luna,
con su voz inoportuna,
el atrevido mochuelo.
Y hasta la escarcha y el hielo
que teje la madrugada
de la voz enamorada
supieron del caballero,
si en su cueva el hechicero
quiso decírselo al hada.
XXIX
Y el hada se alzó a la altura
con luminoso derroche
en la mitad de la noche,
rasgando la sombra oscura.
Y del amor la tortura
sospechó en el corazón
del infeliz infanzón,
porque el corazón herido,
por el amor fue vencido
con un desdén sin razón.
XXX
Y le dijo: “Ten valor,
generoso caballero,
que es el amor mal guerrero
a costa de ser traidor.
Y es que, sin mostrar valor,
el sentimiento amoroso,
es a la par caprichoso,
porque, a venir encendido,
no se apiada del vencido
ni permite su reposo.
XXXI
Que sabes el amor cruel
y, sintiendo su lanzada,
en esta noche callada
lo llama tu voz infiel.
Pues llenado te ha de hiel,
que siempre es mala intención
amargar el corazón
del servidor valeroso
que se digna, generoso,
a entregar su corazón.
XXXII
Y su fuego abrasador
no cede al mayor hechizo,
que ni el hielo del granizo
puede apagar su dolor.
Que, prometiendo el favor
de tan alta expectativa,
con su vuelo luego esquiva
el debido cumplimiento
y al amante, en el tormento,
la mirada muestra altiva”.
XXXIII
La luz alcanzó temprana
el rayo en la lejanía,
al besar la luz del día,
si nacía con desgana.
Que, al mirar la vega llana,
tras asomarse en la sierra,
la luz halló aquella tierra
llena de paz y hermosura
que escondió la noche oscura
de la alborada destierra.
XXXIV
Y la costa halló y los mares,
otras veces alterados,
pero esta vez sosegados,
tras tormentas singulares.
Y al ver en los castañares
el otoño envejecido,
sospechó el aire dormido
que traerá, con la nevada,
la escarcha que, con la helada,
su reino habrá confundido.
XXXV
Y en el mar se miró hermoso,
al navegar, el pesquero,
pues ese mar vio el lucero
del sol claro y luminoso.
Y, siendo el mar sigiloso
como un susurro callado,
no se agitó, acelerado,
con esa brutalidad
que muestra la tempestad
con un viento destemplado.
XXXVI
Y esa calma campesina
de silencios acordados
oyó los versos callados
entre la densa neblina.
Mas del desdén es dañina
la pena con que, abatidos,
los amantes resentidos
cantan con honda tristeza,
en plena naturaleza
sus sentimientos rendidos.
XXXVII
Y hasta aquí nuestro romance,
que digno es, señores míos,
de encender los altos bríos
con un amoroso lance.
Recordad pues el percance
de este amor incandescente,
y, pues sois honrada gente
como lo era el caballero,
ante el amor traicionero
mostrad instinto prudente.
XXXVIII
Que el arroyo perezoso,
que todo es decir verdad,
oyó la barbaridad
de ese amor tan doloroso .
Y al caballero, alevoso,
que no reflejó calmado,
lo vio desafortunado,
y en los amores perplejo,
cuando se miró en su espejo
un amor tan desalmado.
XXXIX
Y supo que el vino bueno
es antídoto efectivo
contra el amor, si es esquivo,
envenena su veneno.
Y, con ánimo sereno,
siendo desafortunado,
al mirarse derrotado,
con la prudencia de un viejo,
dijo: “No falte un verdejo
para que olvide mi estado.
XL
Que hasta el vino se abarata
cuando cura al corazón,
si es que borra la razón
de ese mal que me arrebata”.
Y exclamó: “Si me maltrata
sentir el amor airado,
por hallarme consolado,
pediré al vino consejo,
porque sabe el vino viejo,
curar el amor malvado”.
2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
lunes, 1 de julio de 2013
Aniversario de boda
Hochzeitstag: Erich Schagerl und seine Frau
http://jrma1987.blogspot.com
La cumbre vio nevada en las alturas
la llama de un sol bello que, luciente,
ardió sobre las cumbres y, valiente,
las sombras esparció tristes y oscuras.
Y vieron florecer las angosturas
aquel albor, la luz resplandeciente
que supo del reflejo en una fuente,
si el alma ofreció pura en agua pura.
La voz fue del amor rozando el cielo
como una sierra agreste, apasionada,
que quiere acariciar tanta belleza.
O acaso derramó sobre ese suelo
sus besos en la senda ya escarchada
el puro amor dejado en la maleza.
2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
http://jrma1987.blogspot.com
La cumbre vio nevada en las alturas
la llama de un sol bello que, luciente,
ardió sobre las cumbres y, valiente,
las sombras esparció tristes y oscuras.
Y vieron florecer las angosturas
aquel albor, la luz resplandeciente
que supo del reflejo en una fuente,
si el alma ofreció pura en agua pura.
La voz fue del amor rozando el cielo
como una sierra agreste, apasionada,
que quiere acariciar tanta belleza.
O acaso derramó sobre ese suelo
sus besos en la senda ya escarchada
el puro amor dejado en la maleza.
2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
sábado, 29 de junio de 2013
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