martes, 13 de agosto de 2013

El trovador

José Ramón Muñiz Álvarez

http://jrma1987.blogspot.com/

El trovador.

Dígalo el buen caballero,
que, al quebrar la madrugada,
con la luz de la alborada
el reino recorrerá entero.
La verdad diga el guerrero
que defiende a su señor,
que es el oficio mejor
cantar al amor más cruel,
pues es bello siempre en él
el sentir del trovador.

Si, siendo el amor esquivo
caprichoso en quien lo siente,
puede turbarse la mente
del más sano y reflexivo,
mayor disgusto recibo,
que es acaso tal amor,
el mandado de un dolor,
que el alma tiene dichosa,
que el espíritu reposa
de un cansado trovador.

Y la espada he de jurar,
obedeciendo a su ley,
que, si el amor se hace rey,
su mandado he de escuchar.
Que, si no puedo trovar,
será, en su crueldad, favor
decir, como el ruiseñor,
no muy lejos de la fuente,
el espíritu doliente
del callado trovador.

Y, entre el hayedo y los pinos,
caminar sabré, dichoso,
por el bosque silencioso,
donde habrá largos caminos.
Los mares veré vecinos,
cuando, naciendo el albor,
una música mejor
inspire, con raro encanto,
el embrujo del encanto
del vencido trovador.

Será dejar tanto hayedo
mirar, con aire sombrío,
el aire que vaga frío,
sin sentimientos de miedo.
Y, detrás del castañedo,
tras mostrar tanto valor,
viendo el vuelo del azor
donde el alba nace pura,
sospechar la pena oscura
del rendido trovador.

Que no es el amor amigo
cuando, con flecha asesina,
mira el alba, que imagina
desnuda de todo abrigo.
Caso ha de hacer cuando digo,
viendo el rayo y su color,
que la llama del albor,
aunque llena de tristeza,
suele alumbrar, con dureza,
el dolor de un trovador.

Que el caballero, vencido,
derrotado en los amores,
a los tiernos ruiseñores
se confesará perdido.
Y todo tendrá sentido
siendo del hielo el fragor,
porque lo pide el fervor
que tales dolores sabe
porque sus rimas acabe
con su genio el trovador.

Que, al llegar junto a la orilla
del cristalino arroyuelo,
halló en él la luz del cielo
la dulce pasión sencilla.
Que, como la luz que brilla,
suele armarse de valor
quien se siente delator
de un sentimiento perverso
el trovador cuando, en verso,
canta como trovador.

Porque, a partir es dichoso,
entre el hayedo y los pinos,
quien recorre los caminos
por el bosque silencioso.
Y porque el mar anchuroso,
debe cruzar con valor,
por no hacerse desertor
del amor y su querella,
canta a la dama más bella
con dolor el trovador.

Que así partió el caballero
que, obligado en tal empresa,
a buscar fue la princesa,
llevando su duro acero.
Y en esta empresa yo espero,
hombre fiel con mi señor,
hacerle mayor favor
que obedecer mi mandado,
pues galán enamorado,
ya lo dijo el trovador.

Que si en el bosque, a caballo,
recorrió el lugar sombrío
supo de aquel amorío
alocado como el rayo.
Porque ya va para mayo
que por sus ojuelos muere,
porque sabe que lo hiere,
y jamás la podrá alcanzar
ese lejano lugar,
que triste el amor prefiere.

Que, llegado el mediodía,
pensando en dulces amores,
sabré decir sus dolores,
cuando el bosque recorría.
Negra es, pues, la suerte mía,
si a tales males me obligo,
que decir supe enemigo
al instinto del amor,
y, embargado de dolor,
sus dolores también digo.

Porque dijo el caballero:
“En este bosque perdido
habré de quedar dormido
antes del primer lucero.
Que, mientras el alba espero,
será el descanso dichoso,
pues parece fatigoso
cabalgar, hora tras hora,
desde la luz de la aurora,
al crepúsculo brumoso.

Porque, siendo el día duro,
tras tan fuerte cabalgada,
se siente el alma cansada
y en el sueño me apresuro.
Y de soñar tengo apuro,
pues del alma es siempre el dueño
ese palacio del sueño
en que el espíritu espera,
porque, si el sueño es quimera,
también es firme el empeño.

Y el caballero cumplido,
a fuerza de caballero,
se olvidó de tanto esmero,
y quedó pronto dormido.
Y, porque al sueño rendido
se entregó con la fatiga,
en el sueño que lo abriga,
advirtió la voz callada
de la lejana alborada
que los amores mendiga_

“No duermas más, caballero,
y, corriendo en tu caballo,
ve más rápido que el rayo,
y enciende tu horror guerrero.
Porque en la mano el acero
lucirá de madrugada,
que, antes de que la alborada
despierte su luz más nueva,
que ya conquista la cueva
de la negra sombra helada”.

Y el caballero, cansado,
despertando de su sueño,
de su aliento se hizo dueño,
y gritó al aire callado:
“Si soy caballero honrado,
no importará, en la aventura,
el dolor, si es que se apura
del combate ya el momento”.
Y en su caballo, contento,
siguió entre la sombra oscura.

Desciende, pues, la ladera
de la inclinada enriscada
que no verá la alborada
de la aurora mañanera.
Y sigue, de esta manera,
el hondo desfiladero,
por el que el torpe sendero
se adentra como serpiente
que ve pasar la corriente
sin apuro y sin esmero.

Corre cerca de la fuente
que mansamente camina
donde la luna ilumina
su leve llama doliente.
Que el arroyo complaciente
sepa indicarte el camino,
pues conduce a ese destino
al que vas con suerte incierta,
si la esperanza despierta
el triste amor peregrino.

Que la has de encontrar espero,
pues que no falta agudeza,
si entrega su fortaleza,
quien de amor muere sincero.
Y habrá un dulce cancionero
que el arrojo y el amor
sabrá cantar, con valor,
donde la limpia camisa
besa del alba la brisa,
cuando escucha al trovador.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez

El juglar

José Ramón Muñiz Álvarez
El juglar

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Temen las gentes honradas
a quien, cruzando la vega,
desde las regiones llega
de naciones apartadas.
Y las ventanas cerradas
suelen abrir los curiosos,
que, no en vano, temerosos,
amigos de murmurar,
por el camino, al juglar
miran llegar, recelosos.

Y, no en vano, muy prudentes
los pueblerinos lo miran,
y parece que suspiran,
con aires condescendientes.
Y, porque son buenas gentes,
será bien un donativo,
porque suele pensativo
adivinar su mirar,
por el camino, el juglar
que avanza con gesto altivo.

Y, viéndolo ya en la villa,
donde llega sin tardanza,
lo miran con desconfianza,
aunque son gente sencilla.
Y bajo el sol, cuando brilla,
comienza su recitado
ante el pueblo emocionado
al que le gusta escuchar
los cantares del juglar,
si es que es su verso hechizado.

Que, si es hombre de cordura,
no halagará su honradez
pobre saberse, a la vez
que el orgullo se apresura.
Pues, siendo extraña figura
la del triste caminante,
verso al aire siempre errante,
nunca lo quieren nombrar,
cuando se parte el juglar
a la región más distante.

Y, pues al fin veis que llega
a este rincón como amigo,
os tomará por testigo,
gentes de toda la vega.
Que quien bebe en la bodega
y quien calmado camina,
este relato adivina
que ya viene a relatar,
con sumo gusto, el juglar
que ya su garganta afina.

Y me llena de contento
verme en buena compañía,
que en la tarde muere el día
y es de cantar el momento.
¿Porque acaso no es el viento
el que canta en la vereda,
más allá de la alameda,
si se le puede escuchar?
Pues también canta un juglar,
si su canto no se enreda.

Sabed que mis narraciones
parte son del buen oficio,
que no ha de cantar por vicio
quien recorre mil naciones.
Alegrar los corazones
quiere, siendo menos grave,
quien estas estrofas sabe,
pues os quiere deleitar
con su trabajo el juglar
que luce su voz más suave. 

Y, pues cantar es quehacer
que ve el corazón henchido,
va mi cantar encendido,
pues os ha de entretener.
Porque será menester
contar de tiempos pasados
los amores novelados,
cuando, faltos de pesar,
os los explicará un juglar,
si es que estáis interesados.

Que, llegado ese momento
de conjugar fantasía
al placer y a la alegría,
se adereza ya el evento.
Y vuela ya el pensamiento,
por cantar una balada,
al lugar de la alborada
o al cielo crepuscular
que cantando ve al juglar
a la gente más honrada.

Por eso atención os pido,
que, demostrando paciencia,
quiere la sabia prudencia
el silencio concedido.
Yo os diré lo acontecido
en lugares alejados,
que de amores hechizados
y de embrujos ha de hablar,
si queréis, este juglar,
en versos tan bien hilados.

Que hablar de un tiempo lejano,
en un hermoso castillo,
donde el cielo es puro brillo
podré desde bien temprano.
Y hablar de un gran soberano
que, en su alcoba, al ver el día,
quiso saber si dormía
la infantina más dichosa,
puede acaso, perezosa,
describir la boca mía.

Y el romance del soldado
que vigila algún baluarte
para decir en qué parte
vio al enemigo malvado.
Comentar el altercado
del duque, el comendador,
el joven batallador
que tuvo tantos reveses
con sus primos los marqueses
y su padre, su señor.

Y hablar del rey que, dolido,
falto de su gallardía,
se mostró a la luz del día
mancillado, incomprendido.
Y, sabiéndolo abatido,
alabar al caballero,
que al rey escuchó primero,
pues siempre es de cortesía,
para rendir pleitesía
y ofrecer su duro acero.

O hablar del aventurero
cuando en su bella alazana,
como suele, de mañana,
recorre el largo sendero.
Contar cosas del arquero
que vigila cada almena,
cuando, tras la luna llena,
llega el alba cristalina
y la montaña ilumina
y en la calma se serena.

Que en caso más peligroso
mostrará siempre valor,
y no faltará al favor
que le pide un rey juicioso.
Porque la fuerza del oso
no apagará las pasiones
de quien lucha con dragones,
al crepúsculo mezquino,
si es que estorban el camino,
o tal vez con mil legiones.

Que siente el alma temores,
si no son hondos placeres,
porque los dulces quereres
son los más altos favores.
Pero ya los ruiseñores,
avisando su castigo
decir saben enemigo
al instinto del amor,
que embargado de dolor,
sus dolores también digo.

Y el espíritu que adora
de una dama la mirada,
si la sueña alborotada,
la confunde con la aurora.
Y, al dañarse sin demora
quienes recogen su trigo,
decir quieren enemigo
al instinto del amor,
que embargado de dolor,
sus dolores también digo.

Y, al nacer con la mañana
de la brisa el tierno aliento,
gime el murmullo del viento
que mira la luz temprana.
Pues, viendo en la vega llana
al que de amor es testigo,
saben decir enemigo
al instinto del amor,
que embargado de dolor,
sus dolores también digo.

Todas estas y otras cosas
os he de contar, amigos,
si es que queréis ser testigos
de mil historias curiosas.
Y veréis que son gozosas,
como os las he de contar
pues que sabe relatar
mil extrañas emociones
en sus raras narraciones
a su público el juglar.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez

El bardo

José Ramón Muñiz Álvarez
El bardo

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Es el bardo hombre cumplido,
cuando llega desde el norte,
que ha de cumplir en la corte
el más noble cometido.
Y, si es viejo, ya ha vencido
la edad, que la edad sombría
teje alegre su porfía,
porque llora la verdad
los misterios de la edad
del bardo de Normandía.

Que contando sus relatos
de las lejanas batallas,
siente las almas lacayas
de sus voces y arrebatos.
Y, si extraños garabatos
piensa que es la escribanía,
pues es hombre, bien se fía
de la gente más honrada,
si es que paga su soldada
la gente de Normandía.

Ya sabéis de quien, venido
de otro lugar, otras sierras,
habla de lejanas sierras
en los caminos perdido.
Es caballero vencido
de dudosa nombradía,
cuando, al ver llegar el día,
sabe decir la verdad
de su patria, si, en verdad,
fue la bella Normandía.

Y, si bien bebe a su gusto,
cuando bebe, bebe bien,
que en el beber es también
no beber más de lo justo.
Y es en esto viejo augusto
quien brinda en la noche fría
la verdad de que así diría
la historia bella en su boca,
que en él la verdad no es poca
si os habla de Normandía.

Que, pues es malo mentir
(y no es mejor el amor),
quiere lisonja el favor
en el arte de decir.
Y, para no confundir,
diré yo con osadía
una verdad que no es mía,
que en este lugar yo guardo
la verdad que dijo el bardo
de la vieja Normandía.

Y esta verdad evidente
nos conduce a Saint Michel,
un paisaje donde aquel
vio al guerrero contendiente.
Y, si el guerrero valiente
supo probar su valía,
debe cantar su osadía
aquel cuyas glorias guardo,
que sabe cantar el bardo,
el bardo de Normandía.

Por eso quiero cantar
a quien sus magias ofrece
cuando su hechizo merece
la gracia que le han de dar.
Y no ha de faltar yantar
a quien en la vieja vía
peregrina senda hacía,
porque, siendo caminante,
de la aurora fue el amante,
viendo el alba en Normandía.

Que el viejo normando dijo,
de aquella lejana tierra,
una crónica de guerra,
en su discurso prolijo.
Y, si nadie lo bendijo,
por otra cosa sería,
que supo la algarabía
celebrar ese relato
que contó con arrebato
el sabio de Normandía.

Y, porque lo hacen saber
los que suelen, agitados,
escuchar los recitados,
del bardo al atardecer,
el relato ha de ofrecer
lo que la guerra bravía,
sabiendo que todo ardía
con esa canción guerrera
del guerrero que exaspera
el alma de Normandía.

Que, de este modo casual,
quiere el bardo, sin gran lustre,
entre las gentes ilustre,
separar el bien del mal.
Y, pues es cosa especial
ese canto que decía,
al llegar la brisa fría,
el saber que él atesora
es el oro de la aurora
y es la misma Normandía.

Porque, amante de su tierra,
caminando por el llano,
en la campiña lozano
sabe buscar bien la sierra.
Y, cuando la noche cierra
el crepúsculo callado,
el pueblo escucha, asombrado,
la canción de la batalla,
pues, en la densa grisalla,
es su canto el más amado.

Y, hospedado en un castillo,
que buen cobijo se ofrece,
sabe cantar, si amanece,
con espíritu sencillo.
Mas toma su canto el brillo
del espíritu que, ardiente,
muestra sus ecos, valiente,
con las voces encendidas
contra gentes atrevidas
que vienen a hacerles frente.

Y, al cantar con ese aliento
de la guerra las durezas,
arden las viejas noblezas
y se enciende el pensamiento.
Y lo escuchan con contento
en las más rancias mansiones,
en los callados bastiones
que miran a las estrellas
cuando las noches más bellas
dejan dormir las pasiones.

Que es la gloria de la espada
que se arroja, enardecida,
y la batalla perdida
recupera a la alborada.
Que mientras mira cuajada
la luz del la aurora hermosa,
con la sangre se desposa
la plata en la empuñadura
que la noche supo oscura
y ve la llama gozosa.

Y es el orgullo en el pecho
un fuego que se hace hermoso
si el corazón valeroso
siente con fuerza el despecho.
Y es que el peligro al acecho
no importa en un caso tal,
que la mañana otoñal
anuncia el duro debate
que, al anunciar el combate,
traza el lienzo celestial.

Y, encendido el corazón
y en él el ardor guerrero,
quiere siempre el hombre fiero
a quien canta esa canción.
Que en el lejano bastión
que es de los nobles palacio,
bajo un cielo de topacio
luce con su espuma el mar
el azul que ha de alcanzar
la grandeza del espacio.

Pues es arte el recitado
de la batalla más bella
en la cumplida epopeya,
obedeciendo el mandado.
Así podrá el convidado
dar pago al pobre alimento
con el que tuvo contento
el bardo en esta aventura,
cuando en la densa espesura
busca su paso otro asiento.

Y pronto una nueva corte
con un príncipe radiante
ese relato incesante
ha de escuchar en el norte.
Y tal vez una consorte
de un duque o de algún marqués
quiera un obsequio, cortés,
entregarle a quien recita,
cuando un premio solicita,
mas sin postrarse a sus pies.

Que es el ánimo orgulloso
el de quien busca este abrigo,
pero no como el mendigo
de las migas codicioso.
Y porque sabe juicioso
vivir esa vida errante,
sigue su paso adelante
hacia una tierra lejana,
mientras nace la mañana
que contempla al caminante.

Que, recorriendo el camino
con una triste mirada,
llora la patria olvidada
cuando busca su destino.
Y, en el mundo peregrino,
la madrugada sombría,
ve que sueña el alba fría
que pudo ver junto al mar,
cuando pudo contemplar
la preciosa Normandía.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez

El goliardo

José Ramón Muñiz Álvarez
El goliardo

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Huye el amor quien cobarde
sospecha la falsedad
que pretende la maldad
de su dureza y alarde.
Y sano es pues que se guarde
el instinto, siendo sano,
si teme al amor pagano
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.

Es el vino generoso
cuando lo pide un amante,
cuando sabe, delirante,
ver su estado deshonroso.
Pues, en el desdén gozoso
de la dama que quería,
le falla ya la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.

Y pues la paz soñolienta
arranca al que prisionero
supo al amor embustero,
si en su pecho lo sustenta.
acaso ante tal afrenta,
ha de escapar más temprano,
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.

Que es descanso de pesares
el vino del buen mesón,
alivio del corazón
como el rumor de los mares.
Porque, adorado en altares,
esperando pleitesía,
mata el amor la osadía
que otras veces vio bizarro
al amante que del barro,
se alzó con su gallardía.

Que, por doquiera se ve,
que arde el mundo peregrino,
por seguir a quien, mezquino,
los engaña con su fe.
Que, por las cosas que sé,
no lo harían soberano
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.

Por eso el vino es querido
en los pueblos y lugares,
que, pisando los altares
del amor ha florecido.
Y así el amante rendido,
preso en la melancolía,
ve que falla la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.

Y es que el vino milagroso
alegra al enamorado
y lo arranca de su estado
con el sabor más goloso.
Al olfato es doloroso
y no es su deleite en vano,
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.

Que es el vino la dulzura
cuando, en la jarra servido,
de las penas es olvido
y en el gaznate se apura.
Y pues, en la noche oscura
llena todo de alegría,
ve que falla la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.

Porque más dulce es el vino
ofrecido en la taberna
que la mejilla más tierna
que enamoraba al vecino.
Que acaso es mejor camino
el dulce vino lozano,
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.

Y porque siempre regala
esa paz siempre dichosa,
diré que el vino es la cosa
que lo alto del cielo escala.
Porque si el amor iguala
en placeres y alegría
ve que falla la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.

Digo que el vino es el vino,
porque, si el vino es la gracia,
hace olvidar la desgracia
de la vida en el camino.
Que siendo acaso adivino
de su virtud y bondad,
no hablará con falsedad
al confesarlo la lengua
cuando, de amor siendo mengua,
quiere el vino por beldad.

Que no quiero que, cansados,
digáis males del amor,
si acaso tenéis licor
que obedezca a los mandados.
Que raros enamorados
han sabido, con buen vino,
que el ánimo peregrino,
después de un tiempo de riego,
alcanzase su sosiego,
serenando un desatino.

De esta manera os diría
que digo al vino bendito
como un bien cuyo delito
enciende la dicha mía.
Que la cabeza se enfría
y, olvidando los amores,
halla pasiones mejores
en la dicha de beber,
porque bueno es entender
estos callados licores.

Que, llegada ya la aurora,
porque no cesa el despecho,
limpia el vino el duro pecho
del alma que se enamora.
Porque es que el vino atesora
lo que ni el agua bendita,
si es que en la tripa se agita
el placer de su descuido,
cuando el vino se hace olvido
de todo dolor y cuita.

Porque, mientras la alborada
ve en lo lejano los mares,
suspiran los castañares
al llegar de la otoñada.
Y, entre la nieve cuajada,
muerto el amor primerizo,
se oye el eco del granizo
donde un amor olvidado
quiso e el vino dorado
apagar su raro hechizo.

Que el pecho siento rendido
quien renuncia a su valí
y en los amores enfría
el tesón más encendido.
Que dirá que está vencido
quien, por amor de una infanta,
sin saber bien lo que canta,
de los vinos olvidado,
no besa el vino callado
que se arroja en la garganta.

Que en sus hondas angosturas
excavadas por el río,
no faltará nunca el brío
entre las sombras oscuras.
Pues renueva las frescuras
como las frondas más bellas
que no alumbran las estrellas
con su encendido derroche,
que la noche, con ser noche,
suele alegrarse sin ellas.

Y pronto sabréis del brillo
del interior silencioso
del espíritu en reposo
que quiso el vino sencillo.
Y hasta el canto del autillo,
anunciando su presencia,
avisará tu prudencia
con su grito espeluznante,
que ha de dudar un instante
en la arriesgada pendencia.

Que es pendencia con el viento,
acaso con la conciencia,
o quizás con la prudencia
y todo el conocimiento.
Mas nunca dijo el sediento,
puesta la jarra en la mano,
que lo hallara más lozano
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.

Y, si el vino es imprudente,
no menos loco el amor,
nos causa mayor dolor
con su fuego incandescente.
Por eso, si es inconsciente,
donde la jarra vacía,
quiero el vino y la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez

Soneto para la Walkiria

SONETO

         La noche hiló la oscura madrugada
con un rayo de luna donde, fría,
ardió con él la brisa, que, sombría,
soñaba con la pronta llamarada.
         Después llenó sus oros la alborada
que el aire despertó con osadía,
y vio los ojos claros de María,
romántica, sensual, pero callada.
         Capricho son del viento y la belleza
que luce en sus ojuelos, cuando mira
la altura que limita el alto cielo.
         Mas muestra en su mirar la fortaleza
que, ardiente, hiere y,  rápida, delira,
pues mezcla en fuego vivo nuevo hielo.


2013 © José Ramón Muñiz Álvarez