sábado, 11 de agosto de 2012

G'SCHICHTEN AUS DEM WIENERWALDL


José Ramón Muñiz Álvarez
“G’SCHICHTEN AUS DEM WIENERWALDL”
(Suite poética para la Wiener
Philharmoniker)

ANOCHECER VIENÉS

           Despojado de su alarde,
entre hielos y nevadas,
las rosas halló calladas
el silencio de la tarde;
y, al morir el sol cobarde
y perderse en lo lejano,
al apagarse temprano,
una bella melodía
escuchó en la lejanía,
y un acento danubiano.
           Que supo escuchar el río,
llegado el día a su ocaso,
ese violín que, a su paso,
se encendía con más brío;
porque, vencido y sombrío,
en un momento temprano,
ese sol, antes lozano,
una bella melodía
escuchó en la lejanía,
y un acento danubiano.
           Y los jardines del sueño
vieron esa luna llena
que admira la vieja Viena
y el vals que tuvo por dueño,
donde un suspiro pequeño
dulce recuerda y mundano
el Imperio soberano
que una bella melodía
escuchó en la lejanía,
y un acento danubiano.

SONETO I

           El brillo del color de la alborada,
nacido entre las sombras y los hielos,
dibuja, con los suaves violonchelos,
la cuerda del violín alborotada.
           La música se eleva a su morada,
ligera como el aire, hacia los cielos,
y sienten su caricia los deshielos,
anuncio del final de la invernada.
           Y un halo de virtud teje, dichoso,
y afina, matemático, el talento
en el tapiz del arte, cuando suena:
           El beso de la música es hermoso
y el alma lleva al alto firmamento
la Orquesta Filarmónica de Viena.

SONETO II

           Es Schönbrunn, en los días del verano,
el brillo tembloroso que una estrella
dejó sobre la hermosa fuente bella
que mira siempre al cielo soberano.
           La Orquesta Filarmónica, temprano,
prepara su actuación, mientras destella
la noche en intención de una querella
que no destronará la tarde en vano.
           Por fin un nuevo sueño de emociones,
no falto de esperanza para el mundo,
entrega su promesa y su locura.
           Y ya se han desatado sus legiones
de notas que, al correr en un segundo,
se encienden en la sombra más oscura.

SONETO III

           Mayor gloria llevó, con el concierto,
la luz de las virtudes que encendía
las llamas de esa vieja sinfonía
que al público dejó en el desconcierto.
           Vivió el oro cuajado, si antes muerto,
oyendo que ya el júbilo que ardía
tornaba en un enjambre de alegría
un rostro de kariátide despierto.
           Y un eco de violín, pura belleza,
el aire hirió, pues, ebrio de elegancia,
formó sus arabescos, repentino.
           Jamás se sospechó mayor pureza
que la que llena el aire de la estancia
con un suspiro lento y mortecino.

SONETO IV

           Su arranque tiene un brillo de bravura
que alcanza en sus acentos repetidos,
si juega con compases encendidos,
si se hace más serena o si se apura.
           Intérprete en el aire de la oscura
vereda, entre misterios escondidos,
belleza sabe dar a los sonidos
que el genio puso en una partitura.
           Y luce, al encender la llamarada
que brindan las hermosas melodías
que el alma escucha cuando la enajena.
           Mayor frescura tiene que la helada,
que ve la luz nacer de nuevos días,
la Orquesta Filarmónica de Viena.

SONETO V

           La brisa adora el vals que, mortecino,
se alegra en un rubato, mientras suena,
que ya apura dichoso y enajena
su tono vivaracho y cristalino.
           Más alta sonará, en cada camino,
la gloria del elogio que arde en Viena,
allí donde la música más buena
conmueve nuevamente al peregrino.
           El alto virtuosismo y el talento
podrá envidar la gente berlinesa,
sabiendo su valor y su prestigio.
           Y no sentirán agrio sufrimiento
ni se resentirán de la vienesa,
que la victoria tiene en el litigio.

SINFONÍA PASTORAL

           El Wienerwaldl refleja, con la aurora,
la escarcha que dejaron las heladas
en claros de sosiego y de silencio.
Y el canto de las aves, repentino,
irrumpe en esa calma agradecida
que adora el campesino de la zona.
(Muy pronto dejarán estos lugares
las aves que lamentan los azotes
del aire del invierno, que ya llega).
           El Wienerwaldl enciende, con el alba,
la luz de sus colores otoñales,
cuajados de bellezas y de brillos.
Y el pardo de las hojarascas muertas
conjuga su belleza con los rojos
que encienden, vivarachos, otros fuegos.
Se ven también los ocres, combinados
al verde que defienden las coníferas
en tiempos de granizo y tempestades.
           El Wienerwald es, con la amanecida,
la música callada que pudieron
amar, en sus paseos, los más grandes.
Y el viejo Strauss, Beethoven y otros genios
amaron esta tierra y sus sonidos
de cítaras, de arroyos y de pájaros.
Hoy Viena sigue amando estos rincones
bucólicos, callados y discretos,
serenos como el halo del espíritu.

SONETO VI

           No es Mozart el que suena, a estas alturas,
que, con la furia con que ruge el oso,
feroz como lo fue en tiempo gozoso,
un alma noble expresa sus locuras:
           Beethoven es, con fuertes partituras,
capaces de un bullicio tempestuoso,
la voz de un repertorio poderoso,
cuajado de vigor, sin galanuras.
           La voz es del metal la más vehemente
que, unida a los violines, un sonido
produce que las almas amedrenta.
           Un ímpetu feliz, luego doliente,
calmado por momentos, encendido
como una voz dejada en la tormenta.

SONETO VII

           Las nieblas de los Alpes, que, lejanas,
sospechan los murmullos danubianos,
ya saben de los músicos profanos
que el arte ensayan todas las mañanas.
           Las noches de las notas soberanas
escuchan el rumor, mientras, lozanos,
se encienden los violines en las manos
y se oyen las maderas con más ganas.
           Las músicas en Viena son el brío
de un mágico torrente, vendavales
de luz sobre los campos apagados.
           No importa si la nieve viste el frío
que quieren las heladas invernales,
si anegan los senderos y los prados.

SONETO VIII

           Un halo inmaterial que al aire helado
le dieron como un don ya se imagina
cuando la bruma corre, vespertina,
al sueño herido que arde acorralado.
           El trémolo de cuerda que, callado,
tejió en el aire mismo su neblina
las trompas y los chelos adivina,
si magia en el espíritu han cuajado.
           Después arde con fuego su coraje,
y, en rizos que se van, las brisas vuela,
haciéndose compacto en su andadura.
           Los músicos regalan un paisaje
que tiene transparencia de acuarela
que ve perfil brumoso en la espesura.

SONETO IX

           La luz quiso la aurora alborotada,
los brillos que, al rozar la brisa fría,
reflejos de su luz, nacido el día,
alegre teje en Viena cada helada.
           Llegó diciembre al fin y la nevada,
reclama los cuarteles donde ardía
su luz y donde halló, como solía,
el reino de su música callada.
           El hielo no derrite su belleza
y espera al sol perdido en lo lejano,
vencido ya, callado y silencioso.
           La vida cotidiana al fin empieza
y es música el invierno del germano
y es arte lo que anhela codicioso.

PRIMAVERA EN VIENA

           Tras las horas de tristezas,
de soledades y heladas,
con los primeros deshielos,
nuevos acordes aguardan:
           los del vals más encendido,
si, dichoso, se desata
de las cuerdas delirantes
con sus notas vivarachas,
           agitándose con fuerza,
encendiéndose con gracia,
derramando nueva vida
en callejuelas de escarcha,
           porque ya la primavera
teje sus altas guirnaldas
con violines volanderos
que, raudos, abren las alas.
           Y vive el Prater gozoso,
y Viena siente que el alma
vuelve a elevarse, de nuevo,
al nacer de la mañana,
           con los primeros granizos,
con las últimas nevadas,
con las lluvias que descienden
y las auroras que pasan,
           mostrando mayor bullicio,
haciendo más alharaca,
disfrutando del momento,
porque ya el día se alarga,
           y es dulce beber el vino
en merenderos que aguardan
esa alegría vienesa
que las penurias desarma.
           Y la vida es más intensa,
y la mañana más clara,
el mediodía más suave,
la tarde acaso más cálida,
           si bien las gentes aun temen
que la lluvia alborotada
venga en forma de aguacero
a las horas más tempranas,
           y todo música pide,
y todo música canta,
festejando la alegría,
porque sane celebrarla,
           como ese vals que se anuncia,
engastado en una tanda,
antes que llegue la coda
que hace cerrarse sus alas.

SONETO X

           Los nervios quedan en el camerino
y salen, entre aplausos, los virtuosos,
los viejos filarmónicos, celosos
de su labor sagrada y su destino.
           Son raros resplandores los que vino
un brillo en sus pinceles perezosos
feliz a dibujar, porque, gozosos,
sus fuegos son reflejo cristalino.
           La luz en las estatuas es reflejo,
si no lo es donde el órgano callado
admira el oro bello en la escultura:
           la sala, del color del oro viejo,
con un maravilloso artesonado,
presume de su buena arquitectura.

SONETO XI

           “Die Fledermauss” al fin, mas, de repente,
la luz de la pasión que, ya encendida,
contempla a Rosalinda decidida
y a su marido sabe penitente.
           “Die Fledermauss” al fin, bello presente
que Viena espera siempre, agradecida,
diciendo que esa música es la vida,
gritando que, sin música, está ausente.
           “Die Fledermauss” al fin, esa opereta
que el público recibe por regalo,
sus ritmos apurando hasta la meta.
           “Die Fledermauss” al fin, pues es un halo
de hechizo y ligereza cuando aprieta
los valses que son polcas a intervalo.

SONETO XII

           Las cuerdas sabias tejen sus cabriolas
con lenta majestad, solemnemente,
y brilla, como el agua de la fuente,
como quien sigue el ritmo de las olas.
           Y, como aquel que, en viejas caracolas,
envida de los mares la corriente,
el público auditorio, tanta gente,
parecen uno ya que queda a solas.
           Y es magia y es belleza y acrobacia
el arte de los diestros profesores
que saben del talento y de la audacia.
           Y no brillarán menos los autores,
si a Johann interpretan con su gracia,
su fuerza delicada y sus colores.

SONETO XIII

           Mejor no pudo ser el pensamiento
ni el tino con que tuvo la ocurrencia
el viejo Nikolai, que, con paciencia,
excusa halló para un Renacimiento:
           La Ópera Imperial se hizo cimiento
del arte de otra orquesta cuya esencia,
mezclando maestría a la prudencia,
lució con más grandeza y más talento.
           Y vibra en Dumba Strasse su sonido,
testigo de virtudes ancestrales
que vienen de la edad decimonónica.
           En Viena queda el aire suspendido,
si viene fresco, en tardes otoñales,
y suena ese rumor de filarmónica.

WIENER PHILHARMONIKER

           No encienden los violines
su magia incandescente
con vanas presunciones, si es que suenan
virtuosos como nunca
en esta tierra virgen y dichosa
que habitan poderosos hiperbóreos
que saben que son hijos de los celtas.
           Tampoco los metales, cuya fuerza
anima la grandeza de la música
que brilla y que se agita
como una brisa limpia en el espacio,
como un suspiro alegre que, en el aire,
se pierde en un segundo
y vuelve tras un lapso de silencio.
           Ni el resto de la cuerda
parece obedecer a esa soberbia
que piden la prosapia y el orgullo
del sabio que maneja un instrumento
y quiere demostrar que su valía
es algo superior, un privilegio
que pueden envidiar hoy los mortales.
           Es Viena la que pide
que luzca esa belleza y que palpite
el fuego de las artes,
la llama inabarcable de la furia
del público que aplaude agradecido,
pues sabe que lo premian los más altos,
los músicos más célebres:
la Orquesta Filarmónica de Viena.

SONETO XIV

           En Viena el aire viste la invernada
que llena con sus nieves los jardines,
tan claros como lirios y jazmines
que cuajan al nacer de la alborada.
           Atrás el viento de la madrugada
quedó, donde callados querubines,
el pago esperan de sus paladines,
en música profana y la sagrada.
           La rara inspiración solo imagina
la nota de un violín, un claro rizo
y el golpe del timbal más poderoso.
           La magia del sonido cristalina
se siente a cada paso y el granizo
detiene su bullicio irrespetuoso.

SONETO XV

           Tendrá el invierno nuevos desconsuelos,
al sol robando fuerza en donde ardía,
y, al apagarse triste el nuevo día,
nostalgia será al fin de los deshielos.
           Los cisnes buscarán, en anchos cielos,
regiones más amables cuando, fría,
el alba venga gris, triste y sombría,
y mire en las alturas raudos vuelos.
           Podrá apagar la luz, con su gobierno,
el hielo majestuoso que, callado,
las horas silenciosas envenena.
           Podrá vencer al sol el duro invierno,
mas un destello queda, si ha sonado
la Orquesta Filarmónica de Viena.

2011 © José Ramón Muñiz Álvarez

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

miércoles, 8 de agosto de 2012



José Ramón Muñiz Álvarez
“RECUERDOS DE UN EXILIO VOLUNTARIO”

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No lejos de los montes más agrestes, miró las altas cumbres de camino:
–Por fin la libertad tan esperada–, se dijo, abandonando su pasado: no pudo imaginar, cuando, en septiembre, cruzaba la región, en su automóvil, que aquel lugar remoto, pero bello, llegase a parecerle tan inhóspito. Pensó que la ciudad que abandonaba no hacía más dichosa su existencia y huyó a rincones llenos de sosiego. Y acaso se engañaba, pero entonces no pudo sospechar que esos parajes son tristes, a pesar de ser hermosos.
–Es este mi lugar–, susurró entonces, llenando los pulmones de aire puro. Y halló el arroyo claro y transparente, los prados verdes, densas arboledas, y quiso imaginarse allí en su feudo. Pero el verano suele durar poco, y en pueblos tan cercanos a los montes es menos lo que aguanta el tiempo bueno. Las noches eran frescas y el termómetro bajaba con las horas del ocaso, cuando él ya estaba en casa, tan tranquilo.
–Aquí, lejos del ruido y del bullicio, podré gozar la paz que me hace falta.
Estaba a dos kilómetros del pueblo: bajaba a hacer la compra cada martes, y no necesitaba grandes cosas en esa soledad tan esperada. Pensó en la libertad que ahora tenía, la calma que gozaba estando solo, dejado a la promesa del sosiego:
–La calma, al fin, después de tantos años–, le oyeron los profundos castañares. Pero los meses fueron transcurriendo, y el sol que, con el alba, iba apretando, con un calor terrible y pegajoso, dejó de ahogar la vega y los caminos.
–No debe haber lugares más amables en toda la provincia–, repetía.
Y el cauce remansado del arroyo dejó de murmurar y, lentamente, los trinos de las aves se agotaron. El vuelo de los tordos, infrecuente, dejó en los bosques huella de su ausencia y el cielo despejado fue nublándose:
–Al fin la soledad–, dijo, sereno, corriendo por los campos silenciosos. Sentado en la butaca, meditaba, gozando de la calma de los días, gustaba de la fuga de las horas. Y en su sillón, leyendo los periódicos, o partes de algún libro envejecido, supuso su victoria sobre el mundo. Y, poco a poco, aquel sosiego dulce, que tanto deleitaba sus pasiones, se fue volviendo gris y cotidiana. Y el alba retrasaba su venida y el aire aventuraba su andadura.
Miró, tras la cortina, de mañana: las últimas bandadas de azulones, alzando el vuelo al aire, abandonaron la luz febril y débil de paisaje. Los árboles, heridos por el frío, sintieron el cuchillo de los vientos que se desatan, tristes, con el alba. Las nieves de las cumbres bostezaron después de que las tardes del otoño quisiesen despertarlas de su sueño. Y quiso repetirse sus razones:
–Por fin la libertad tan esperada.
Y el alba, siempre tímida, llegaba más tarde cada vez, más frágil siempre, como alma moribunda que se rinde. Sus llamas, al correr triste el otoño, se hicieron, como el sol, soplos cobardes, deudores de los reinos de las sombras. Y el cielo, despejado de otro tiempo, sintió los latigazos de las nubes, señoras de su azul y sus dominios.
–No falta mucho ya para las nieves–, supuso, ante las claras evidencias: al ver amanecer hallaba cambios, y regresó diciembre, sin apuro, calmado como un viejo que camina llevando su bastón por cada senda.
Las voces del invierno se instalaban, acaso inadvertidas, silenciosas. Y no dejó, por ello, de asomarse: las nieves, más frecuentes, extendieron sus reinos a otras cotas, las más bajas, llenando de blancura el valle entero. Y el viento, con los cantos más monótonos, jugaba en los espacios silenciosos, cautivos del imperio de las nieves. También callaron tristes los arroyos, palacios de cristal que, detenidos, cesaron su descenso hacia los mares.
La leña era abundante, la comida llenaba la despensa de la casa, pero, al correr las horas detenidas, los días parecían repetirse: los meses del invierno se hacen largos incluso para un joven que comparte los meses invernales con su perro, tan fiel en sus andanzas por los campos, los bosques, los picachos y quebradas.
Y entonces pronunció el nombre dichoso de aquel amor dejado a la deriva, quién sabe si olvidado, tras los años. Lo pronunció febril, al afeitarse, mirándose al espejo con tristeza y acaso lamentando la ruptura: no supo más de aquellos labios rojos y quiso su refugio en los cordales, muy lejos de los pasos de los hombres. (Quedaba poco ya para el deshielo que viene a renovar el viejo ciclo).
Y desmintió, por fin, aquel engaño, cansado de la niebla y de las lluvias. Y recordó, por fin, tiempos mejores, y quiso regresar a las ciudades, dejando su recinto solitario, la cruel prisión que había edificado: sin duda era algo hermoso aquel paraje, tan lleno de contrastes, donde el hielo llenaba buena parte de los meses. Pero esta soledad en que habitaba, como un punzón terrible, hacía mella, después de tanto amar raras quietudes.
Las horas junto al fuego eran amargas, corriendo con la calma insoportable que suelen, en invierno, si es que pasan despacio, con su rancia parsimonia. Y poco le ayudaba aquella radio  tan vieja en que escuchar esos programas que a nadie le interesan lo más mínimo. Tampoco resultaba entretenido mirar a la pantalla y ver noticias en un televisor en blanco y negro. Muy pronto el azulón y la serreta tendrían su lugar en el estanque. Y aquel aliento helado del invierno rozó su rostro con caricia amable. Subió las cuestas duras y empinadas con calma, temeroso de la nieve, que suele formar suelos traicioneros en los que patinar es siempre un riesgo.
–Qué bella era la vida en otro tiempo–,  reconoció sin gana y con tristeza.
Con estos pensamientos y ocurrencias, feliz como los niños soñadores, cerró la puerta y fue por el camino: miró las cumbres altas y las nieves y sospechó por fin la primavera, después de tantos meses de tristeza.

2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Memorias de un exilio voluntario”
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

sábado, 21 de julio de 2012

WIENER PHILHARMONIKER

     El brillo del color de la alborada,
nacido entre las sombras y los hielos,
dibuja, con los suaves violonchelos,
la cuerda del violín alborotada.
      La música se eleva a su morada,
ligera como el aire, hacia los cielos,
y sienten su caricia los deshielos,
anuncio del final de la invernada.
      Y un halo de virtud teje, dichoso,
y afina, matemático, el talento
en el tapiz del arte, cuando suena:
      El beso de la música es hermoso
y el alma lleva al alto firmamento
la Orquesta Filarmónica de Viena.

2012 © José Ramón Muñiz Álvarez

viernes, 20 de julio de 2012

EL CANTO DEL AUTILLO EN LA BUHARDILLA

Para María Dolores Menéndez López

          Los troncos de los árboles, ya muertos, les sirven de mansión a los mochuelos que habitan lo profundo de los bosques. El cárabo es más tímido, si acaso, pues vuela sigiloso, entre los robles, cazando ratoncillos y batracios. En cambio, la lechuza y el autillo no temen instalarse en las buhardillas, de las casonas viejas de la aldea.
          El mes de abril, que suele ser lluvioso, también tiene sus tardes encendidas de sol y luz, de magia entre los árboles. Mas, al llegar el brillo del ocaso, se escuchan los autillos en los parques, que llaman al amor en plena noche. Los más supersticiosos tienen miedo, y dicen que convoca al aquelarre de brujas en los montes colindantes.
          De niño, en la buhardilla de la abuela, sentí la voz crispada del autillo, su grito lastimero, para algunos. Jamás pensé que fuera una criatura maligna cuyo grito desgarrado, volara, amenazante, con la brisa. Tal vez, al ser un niño, imaginaba que su llamada dulce, vivaracha, tenía el colorido de otros trinos.
          Los niños tienen grandes cualidades para formar su imagen de las cosas, a costa de ignorar tantos secretos. Y quiso mi inocencia caprichosa pensar que era el autillo, entre las sombras, como el cuclillo, oculto en la hojarasca. Difícil es, no en vano, ver cuclillos, por más que en primavera se les oye cantar entre las densas arboledas.
          No es raro en la niñez ser tan curioso, pues es, en esta edad, cada detalle como un descubrimiento inesperado. Por eso pregunté a la vieja anciana, de rostro bello y pelo blanquecino, pendiente del fogón en la cocina. Y dijo que era el pájaro del agua, criatura singular que, cada noche, las lluvias prevenía en su llamada.
          Y cuántas veces, siempre fantasioso, tomaba, en la mesilla de mi tío, cuartillas de papel, y dibujaba siluetas del autillo y la lechuza. Y viendo ya cercanos esos meses que llegan calurosos, en verano, por la ventana abierta, los buscaba. Mis ojos exploraban en la sombra los vuelos que rizaban en la nada sus grandes alas ricas en sigilo.
          La anciana falleció dejando un hueco que no podré llenar en muchos años, y no podré volver a la buhardilla: sus dueños la arreglaron y vendieron a nuevos propietarios que no quieren amar el canto viejo del autillo. Mas, al llegar abril, siempre lo escucho, y anima en mi a ese niño que otras veces hurgaba en los misterios de la sombra.
          El mundo cambia, y cambian los lugares, y pueblos de otras épocas lejanas se fueron transformando lentamente. Las villas de los viejos pescadores también han alterado su apariencia, tomando un aire acaso más urbano. Y es fácil recordar esas fachadas antiguas y las calles empedradas que fueron dando paso a otros ambientes.
          No son las mismas ya, tras tantos años, las vistas de rincones apartados donde se admiran altos edificios. Pero, según nos vamos, caminando, sin prisa, a las afueras, ese tiempo parece conservarse en el entorno. Los campos, las colinas, el arroyo, los densos eucaliptos en el monte se pueden contemplar igual que entonces.
          Llegado junio, en días despejados, es grato deambular cuando oscurece, mirar el sol, hundido en la distancia. Es bello deleitarse con nostalgias de tiempos que, si no fueron mejores, tal vez imaginamos más felices. Es la niñez que vuelve, es el momento de revivir al niño que no existe, pues lo hemos encerrado en lo profundo.
          Y, tras ponerse el sol, con sus dorados, sentado sobre un banco en San Antonio, descubro las estrellas en la altura. No hay duda de que es todo un espectáculo, cuando la brisa baña ese montículo, borrando los rigores de la tarde. Y, entonces, encendiendo el cigarrillo, regreso por veredas que la luna me deja adivinar entre la sombra.
          En la estación existe un parque humilde, sereno, con sus sauces melancólicos, que lloran desde el brillo de la aurora. Allí se escucha el canto del autillo, quimérico y extraño, casi mágico, y entonces el recuerdo se hace intenso. La brisa ha refrescado el aire puro, y el grillo, en su concierto interminable, le da acompañamiento al viejo autillo.
          Llamando a los amores, el reclamo de la rapaz nocturna nos sugiere los sueños de las noches de la infancia. Poblado de dragones y de gárgolas, el mundo era tal vez más sugerente, mirado con los ojos de un chicuelo. También el mar, entonces, era abismo de rémoras, marrajos y piratas y las mansiones eran un castillo.
          Después se esconderá el viejo mochuelo, y el canto de los cárabos del monte se irá apagando allá, en lo más profundo. La Fuente de los Ángeles murmura, risueña en primavera, mientras canta feliz, entre las ramas, un jilguero. La calma llena el aire, y el paisaje se admira con el alba que despierta con claras llamaradas de alegría.
          Al fin se pueden ver, en cualquier parte, cuando el hurón se esconde y los raposos, el pardo de la piel de los tritones. No suelen esconderse en lo profundo del manantial alegre y vivaracho, donde los capturaban los muchachos. También, de niño, yo jugué a cazarlos en los abrevaderos de las bestias y en las corrientes claras de las fuentes.
          El canto del autillo se ha perdido, pero es posible ver, y las urracas, los cuervos y arrendajos de la zona recortan con sus alas cada soplo. El aire se hace amigo del cuclillo, del raro picachuelo y sus colores, bajo la vigilancia de la aurora. También acechan, rápido, el cernícalo y, fuerte, el poderoso ratonero, desde el tendido eléctrico, en los campos.
          Pasaron esos años tan idílicos de casas encantadas, de misterios, de juegos infantiles en el patio. Y entonces era bello el sol al alba, la lluvia en los cristales y los charcos formados en la vieja carretera. El universo entero se enseñaba cuajado de sutiles maravillas en los lugares más insospechados.
          El canto del autillo en la buhardilla, la luz de las estrellas en los cielos y el ruido de los grillos son promesa. Y el tiempo transcurrido se ha perdido, mas vuelve a suscitar, en la memoria, vivencias que conserva el alma vieja. Herido ya el espíritu cansado por una juventud tan agitada, la infancia sigue viva, sin embargo.


2010 © José Ramón Muñiz Álvarez
"EL CANTO DEL AUTILLO EN LA BUHARDILLA”
Todos los derechos reservados