jueves, 1 de noviembre de 2012

EL
CURUXÍN D’ASTURIES
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RRR

José Ramón Muñiz Álvarez
                            “LOS AMORES SIN TEMPLAZA” O “LA PENA DEL DESTIERRO”
(Tragedia escrita en verso
y en un acto
único)

ESTAMPA PRIMERA

Don Carlos espera a su hermano en plena calle.

DON CARLOS-. ¡Pues no le falta valor
para atreverse a retarme,
que amenaza con matarme,
siendo mi hermano mayor!
¡Una familia de honor,
siempre por todos tenida
como la más distinguida
de esta tan noble ciudad,
donde la cordialidad
no es una cosa fingida!

Mas no siento yo temores
con ese pérfido hermano
que amenaza, tan lozano,
para robar mis amores.
No quiero yo los favores
de alguna dama plebeya,
solo quiero a la más bella
y encantadora mujer,
que parece darle el ser
la luz de una clara estrella.

Pero nunca ha de lograr
arrebatar lo que es mío,
porque, encendiendo mi brío,
bien lo sabré yo enfrentar.
No me habré de acobardar
de esa rémora malvada.
Cuando llegue la alborada
estará muerto en el suelo,
que, ya que pide este duelo,
sentirá también mi espada.

Don Fabiano y don Carlos se disponen a batirse en duelo.

DON FABIANO-. Quiero arrancaros la vida,
puesto que sois un rufián.
DON CARLOS-. Habláis vos como el patán
cuya boca está podrida.
DON FABIANO-. Una pasión encendida
clama a la muerte en mi pecho.
DON CARLOS-. Pagaréis este despecho
y habéis de pagarlo caro.
DON FABIANO-. Mi espada será el amparo
si vos estáis al acecho.

DON CARLOS-. Quieren cruzar las espadas
con la furia sus razones,
para templar las pasiones,
una vez desenvainadas.
DON FABIANO-. No serán desventuradas,
si es que es preciso dar muerte.
DON CARLOS-. Quien el peligro no advierte
a la muerte se condena,
y mataros no me apena,
ya que queréis esa suerte.

Cruzan las espadas.

DON FABIANO -. No os admiro tan osado
como otras gentes decían,
que, si por temor gemían,
vos no me habéis asustado.
DON CARLOS-. Después de que, atravesado,
rendido os sepa en el suelo,
seréis todo desconsuelo
y para vos será tarde.
DON FABIANO -. No me asusto del alarde
ni he de tener tal recelo.

DON CARLOS-. Cuando os sepáis en las manos
de la muerte vuestra lengua
lamentará vuestra mengua,
tantos caprichos ufanos.
DON FABIANO -. Son vuestros intentos vanos,
si me queréis asustar.
DON CARLOS-. La lengua os sabré arrancar
después de veros rendido,
castigando que, atrevido,
así sabéis contestar.

DON FABIANO -. Pues vamos ya sin demora
y que comience el combate,
que ha de ser ese debate
antes que nazca la aurora.
DON CARLOS-. Si el coraje me devora
con dureza las entrañas,
yo os diré menos patrañas
en esta lucha encendida.
DON FABIANO -. Apuremos ya la vida
y desatemos las sañas.

Llegada de la madre de ambos.

MADRE-. Que os vengáis a enfrentar,
siendo los dos hijos míos,
y que encendáis esos bríos
en el ansia de matar.
Yo que os hube de criar
crédito no puedo darlo,
que estoy ahora en dudarlo,
si es que os he criado yo
o una serpiente os crió,
mas esto habrá que pararlo.

¿Qué razón os hará ser,
en llegando a tal apuro,
gente con ánimo duro
por una vulgar mujer?
DON CARLOS-. No dejaré de querer
a esa perla que, de plata,
con sus brillos me arrebata
de las entrañas la vida.
DON FABIANO-. Ella es mi perla encendida
y por eso sí se mata.

MADRE-.  No sé que sois hijos míos,
que, con tal comportamiento,
se me turba el pensamiento
y se me escapan los bríos.
Os crié en los pechos míos
para veros enfrentados.
LOS DOS-. Son los caprichos sagrados
del amor que, siempre hiriente,
nubla con furia la frente,
y arde en los enamorados.

MADRE-. ¡Y así se os mira violentos,
dispuestos a daros muerte,
arrostrando cualquier suerte,
carentes de sentimientos!
¡Y son estos los intentos
de tiernos enamorados!
LOS DOS-. Son los caprichos sagrados
del amor que, siempre hiriente,
nubla con furia la frente,
y arde en los enamorados.

MADRE-. ¿Por la lujuria perdidos
sois insulto a vuestro honor
y convocáis al amor
cuando sois tan atrevidos?
¿Es que os faltan los sentidos,
que no sois equilibrados?
LOS DOS-. Son los caprichos sagrados
del amor que, siempre hiriente,
nubla con furia la frente,
y arde en los enamorados.

DON FABIANO-. No quisiera consentir
que, con loco desvarío,
arrebatando lo mío,
venga mi hermano a mentir.
DON CARLOS-. Siendo de un mismo sentir,
nos vemos así enfrentados.
LOS TRES-. Son los caprichos sagrados
del amor que, siempre hiriente,
nubla con furia la frente,
y arde en los enamorados.

MADRE-. Contad pues lo que os sucede,
que, hijos los dos de mi pecho,
engendráis este despecho
que con mi esperanza puede.
DON CARLOS-. No quiero que nada quede
escondido y la verdad
os diré, por caridad,
que mucho una madre llora
cuando sucede a deshora
que presencia tal maldad.

DON FABIANO-. No quiere vuestras mentiras
nuestra madre, que, tan cruel,
muestra lo falso la hiel.
MADRE-. Si parece que deliras.
La razón de tales iras
es lo que quiero saber.
¿No es acaso esa mujer,
que, causándome una afrenta,
os engaña y os enfrenta?
DON FABIANO-. Lo que nunca debió ser.

Pero advierto que mi hermano,
movido por gran despecho,
no la arranca de su pecho
y la adora muy ufano.
DON CARLOS-. Yo le he pedido su mano.
DON FABIANO-. Yo primero la he pedido.
DON CARLOS-. Lo decís muy complacido
para no tener su amor.
MADRE-. Me causáis mayor dolor
con todo lo sucedido:

por una mujer impura,
con instintos de pecado,
mis dos hijos se han retado
y se gritan con bravura.
¿Es la suerte que se apura
con todo este sinsentido?
DON CARLOS-. Con esta saña encendido
he venido a darle muerte.
DON FABIANO-. La verdad que tiene suerte,
madre, porque habéis venido.

El duro acero afilado
tiene el filo de mi espada,
que fue con gusto forjada
por un herrero avezado.
Mal lo hubiera traspasado
de un solo golpe en el pecho,
pues lo sorprendí al acecho
de mi luz y de mi amor,
y, siendo un hombre de honor,
siento un profundo despecho.

Versos le suele mandar
cuando llega la mañana,
y no pasa una semana
que no la suela halagar.
Mis celos a levantar
llega con tanta osadía.
DON CARLOS-. Me dijo que me quería,
y le doy yo mi querer,
que mis ojos pueden ver
la luz que desprende el día.

Y no de negar que quiero
que sus ojos se apoderen
de los ojos que la quieren
y la cuidan con su acero.
Y, si he de morir, espero
la muerte para acabar,
que, si es preciso matar,
habré de enfrentar la muerte,
y lo que quiera la suerte
es lo que quiero alcanzar.

MADRE-. ¡Dos hermanos enfrentados
por esa mujer maldita
es cosa que ya me irrita
en dos hombres renombrados!
¡Criminales embozados
parecéis con esa traza!
En la boca la amenaza,
la promesa de la muerte,
juramentos cuya suerte
es indigna de esta raza…

¿Y la estirpe y el honor?
¿Nunca supo la paciencia
esa voz de la prudencia
que se opone a tal amor?
DON FABIANO-. Pero madre, por favor,
que parece doloroso
veros fuera del reposo
que pide vuestra salud.
MADRE-. ¡Ah, qué loca juventud…!
¡Ya lo decía mi esposo!

La madre se desvanece.

DON CARLOS-. Es esto pues el saber
dar a una madre alegría,
ya que con tanta osadía,
la dañáis con tal placer.
DON FABIANO-. Vos habréis de comprender
que no habré de consentir
tal necedad, que decir
que a mi madre le haga daño
es tan solo el raro en gaño
en que os habéis de sumir.

Nuevamente cruzan las espadas.

DON CARLOS-. Bien quisiera remediar
ese daño que le hacéis,
pero vos no comprendéis
ni sabéis rectificar.
DON FABIANO-. No habré yo de retirar
lo que nadie me desdijo…
DON CARLOS-. ¡Y pensar que sois el hijo
de esta mujer infeliz!
DON FABIANO-. ¡Vamos! ¡Luchad y morid,
porque de vos no me aflijo!

Comienza la lucha. Fabiano cae de un estoque.

DON FABIANO-. Al fin se me va el aliento,
al fin se me va la vida,
la ilusión más encendida,
el más alto sentimiento.
DON CARLOS-. Lo ha querido el firmamento,
pues estabas advertido.
Y el espíritu perdido
se te escapa lentamente.
DON FABIANO-. El alma ya siento ausente,
porque ya estoy abatido.

La madre vuelve en sí. Don Carlos huye.

MADRE-. ¡Qué te ha ocurrido, Fabiano!
DON FABIANO-. Nada, madre, que me muero,
porque una espada de acero
no me ha atravesado en vano.
Y es mi morir bien temprano,
que ya la muerte me alcanza
con el vértigo que danza
para llevarme al vacío.
MADRE-. ¡Pero, Fabiano, hijo mío!
¡Tú, mi más alta esperanza!

DON FABIANO-. Me muero en tus brazos, triste,
porque tal fue el espadazo
que la muerte con su brazo
ya mi pecho no resiste.
MADRE-. ¿Pero qué fue lo que hiciste,
que se te escapa la vida?
DON FABIANO-. Que, con el alma encendida,
supe enfrentarme a mi hermano.
MADRE-. No te has de morir, Fabiano.
DON FABIANO-. Siento ya el alma abatida.

Que, por la muerte vencido,
viajo corriendo a la nada,
pues sigo ya la llamada
que la muerte ha decidido.
MADRE-. ¡Pero cómo ha sucedido,
hijo mío, desdichado,
que tu hermano te ha matado
por una vulgar ramera!
DON FABIANO-. Poco importa ya, pues era
yo otro loco enamorado.

MADRE-. Quiera el cielo, que es testigo
de este dolor y tristeza
que tal crueldad, con dureza,
sufra su justo castigo.
Que tu hermano, como digo,
al arrancarte la vida,
asesino y fraticida,
por el decreto del rey
ha de cumplir con la ley
y ha de pagar con la vida.

DON FABIANO-. Siento que pierdo el aliento,
que se me escapa la calma,
al tiempo que busca el alma
otro lugar, otro asiento.
MADRE-. ¡Hijo, y yo cuanto lo siento,
que así te siento morir!
DON FABIANO-. He dejado de vivir
siendo joven, casi un niño.
MADRE-. Yo, que pierdo tu cariño,
qué te pudiera decir…

Y ese dolor tan profundo,
ese ahogo de esperanza,
cuando tu aliento me alcanza,
su quejido gemebundo…
DON FABIANO-. Pero, al dejar este mundo,
pierdo también el amor,
el amor que, con dolor,
me llevó al tremendo duelo
por el que caigo en el suelo
y ante mi hermano menor.

Pero ese amor que sentía
y que pierdo con morir,
el amor que hace extinguir
esa triste llama mía,
parece que no se enfría
cuando al borde de la muerte,
sabiendo ya que la suerte
no me vio favorecido,
derrotado ya, vencido,
asumo el destino fuerte.

MADRE-. Mira, con mayor prudencia,
sin pensar en el amor,
tu pensamiento mejor,
apelando a la conciencia.
Pronto estarás en presencia
de Dios, tribunal augusto.
DON FABIANO-. De ese juicio no me asusto,
que tal amor fue sincero,
que, mientras siento que muero,
espero lo que es más justo.

MADRE-. No morirás sin consuelo,
que tu madre te acompaña…
DON FABIANO-. Solo una cosa me daña
y me quiebra como el hielo.
MADRE-. Siento un tremendo desvelo
por aliviar tus dolores.
DON FABIANO-. Mi dolor son los amores,
y, pues puestos a morir,
ya no lo debo sufrir
mientras nacen los albores.

Finalmente, muere don Fabiano.

MADRE-. Es triste perder la vida
por los males del honor,
y no hay locura mayor
que sentirla ya perdida.
Y me admiro conmovida
al conocer la tristeza
que me impone esta dureza
en la que, triste, me aflijo,
que duele perder un hijo
cuando este a vivir empieza.

¡Y cuando pienso, asombrada,
en que muere por la mano
del capricho de su hermano,
yo me siento desolada!
¡Con el alma envenenada,
viendo cómo nace el día,
no es mi llanto de alegría,
que se torna en amargura!
¡Yo que le di la dulzura
y él se lleva el alma mía!

Pero, viendo un hijo muerto,
¿qué no pudiera sentir
una madre con decir
que su pecho está desierto?
Miro ese sol ya despierto
que ve a Fabiano dormido,
y ya se alegra el sonido
de las aves perezosas,
que murmuran, rumorosas,
mientras el alma ha partido…

¡Cómo pudo el asesino,
con el filo de la espada,
arrancar de su morada
al espíritu vecino!
Porque fue osado y mezquino,
al propio hermano matar,
que era injusto acuchillar
a este dulce jovenzuelo
que yace ya sobre el suelo
y el alma acaba de dar.

Enloquecida me miro
y contemplo mi lamento,
que ya en las manos del viento
se escapa como un suspiro.
Y no sé si es que deliro
o me falta la templanza,
mas este mal que me alcanza
la justicia a voces pide,
pues en mi pecho reside
un anhelo de venganza.

No es algo que yo pudiera
en mi mente imaginar,
que no puedo sospechar
que cruel y alevoso fuera.
Contra su hermano una fiera,
a matarlo se dispuso,
y un pensamiento confuso
me ha arrancado entera el alma,
porque me falta la calma
al pensar en tal abuso.

¡Pero quién imaginara
que existía un pensamiento
que se engendraba violento
en quien el mal se declara!
¿Y es posible que ella amara
a la par a don Fabiano
y a don Carlos, que es su hermano,
con arrojada pasión?
Mal me dice el corazón
que el amor nunca es humano.

Mas yo, que le di la vida,
que, con cariño profundo,
lo traje a nacer el mundo,
quiero su suerte vencida,
pues ha de ser decidida
la justicia al darle muerte,
que, siendo fiera tan fuerte,
más lo quiero ver morir
que perdonar y sufrir
lo que mi pecho no advierte.

Su muerte quiere mi pecho,
que su derecho le niega,
que no sabe a lo que llega
una madre por despecho.
Ese engendro es un desecho
que, por su vicio ha matado,
y, tras haber escapado,
me deja con el coraje
de sufrir por este ultraje
que su mano ha perpetrado.

Y, pues era hijo querido,
pues su cariño sentí,
el amor que percibí
quiero entregar al olvido.
Pero, como mi hijo ha sido,
toda mujer en su entraña
siente que muere la saña
contra el hijo equivocado,
y perdona al condenado
de la forma más extraña.

Que es extraño el corazón
de una madre desdichada,
la pobre desventurada
a quien ciega la pasión.
Terrible contradicción
la de quien ve, resentida,
como la luz de su vida
le ciega, con mil enojos,
la claridad a los ojos,
dejándola confundida.

Cómo turban las pasiones
a quien vive de esta forma
y doliente se conforma
con tan hondas confusiones.
Extrañas son las mansiones
donde el alba libre habita,
que en ellas algo suscita
con razón esa inquietud
donde ni un rayo de luz
la oscuridad solicita.

ESTAMPA SEGUNDA

En el salón de un palacete, la criada acude a la llamada de María.

CRIADA-. Ha venido un caballero
y ha preguntado por vos.
MARÍA-. Qué pase ya, vive Dios,
pues es visita que espero.
CRIADA-. No viene con mucho esmero,
pues que llegaba abatido.
MARÍA-. Hombre de pecho encendido
es el joven don Fabiano.
CRIADA-. Más parecía a su hermano
con su mirar retorcido.

Algo le debe ocurrir,
que no viene muy normal,
pues parece que habla mal
y no sabe qué decir.
Y le he escuchado gemir
y sentí como un suspiro.
MARÍA-. Siempre pienso que deliro
cuando tan callado llega.
CRIADA-. ¿Lo hay más galán en la Vega?
Si no os deja ni un respiro…

Dijo de rara manera
que siente lleno su pecho
de la pasión y el despecho
que el sentimiento lo altera.
MARÍA-. Malo fuese que mintiera,
mas se dice enamorado,
y, pues es hombre callado,
bien me gustara escuchar
sus amores pronunciar
con ese gesto apagado.

CRIADA-. Quién le escuchara decir:
“como la brisa más fría,
arde al fin el alma mía,
solamente con sentir,
pues este amor al vivir,
es amor y descontento,
que vivir es un lamento
que, si ataca con tristeza,
quiere el amor su aspereza
y el más alto firmamento.

Y, pues vivo ilusionado
con este amor que me enfrenta,
cuando tan cruel me atormenta,
no me digo enamorado,
que el amor soy encarnado
para despojos de amor,
porque el concepto mejor
que a los amores se entrega
es amar en esta Vega
a quien merece el amor.

Custodio de la penuria,
testigo de tanto brío,
arde de amores el frío,
llena de calma mi furia.
Y, pasada una centuria,
será la amada dichosa,
si su mirada famosa
encarece la leyenda,
que no hay verso que no atienda
a una dama tan hermosa”.

MARÍA-. Es un versificador
que ya tiene gran prestigio,
pero nunca en el litigio
ha salido vencedor.
Porque su hermano mayor
sabe mucha más poesía
cuando enciende el alma mía,
sin falta de gran trabajo,
que el verso que al alma trajo
siempre hizo suya a María.

CRIADA-. ¿Y qué verso os dedicó?
MARÍA-. Dijo: “No falte la calma
en quién, si me roba el alma,
también la vida robó,
porque la vida, creo yo,
siempre ha de ser consumida,
que, con eso de ser vida,
es servidora de amores,
si es que quieren los primores
ser una llama encendida.

Por eso la clara altura
ve coronar la alborada
en vuestra frente nevada
por mil haces de blancura.
Que sois cielo y sois locura
del infierno que envenena
en la más dulce condena
a quien ya desesperado,
convoca en su triste estado
la voz de la luna llena”.

CRIADA-. Son dos grandes trovadores
ambos hermanos, es cierto,
cuando dicen: “Caigo muerto,
herido por mil amores.
Señora, vuestros favores,
vuestra dulce cortesía,
son la pura luz del día
cuando enciende el arrebol
con su clara luz el sol
en el rostro de María.

Y es que sois vos, mi señora,
como luz de la alborada,
que, si se ofrece dorada,
es por ser la misma aurora.
Y es que siempre descolora
la luz su más claro brillo”.
MARÍA-. Don Carlos, el más chiquillo,
encogido el corazón,
me lo canta ante el balcón
como un muchacho sencillo.

Y cuando luce su plata
el despertar de la aurora,
viene a cantarme a deshora
la más rara serenata.
Dice: “El amor se delata,
mi dulce prenda, María,
cuando ya la brisa fría,
acariciando este valle,
se conduce a vuestra calle,
como siempre el alma mía”.

CRIADA-. Sí que es un raro doncel,
y parece buen muchacho,
pero me manda un despacho.
¿Podéis ocuparos de él?
MARÍA-. ¡Ay desgraciado de aquél
que se llega a impacientar,
que es el amor esperar
el capricho de una dama
mientras el alma derrama
quien sufre tanto penar!

Me parece bien que espere,
que ha de sufrir un poquito.
CRIADA-. Si en su rostro está descrito
que quizás se desespere.
MARÍA-. Bien está si así le hiere
un profundo sentimiento
que, turbándole el aliento,
turbará también su vida.
CRIADA-. Casi parece sin vida.
MARIA-. Le dará el amor contento.

Ayer mismo, a la ventana,
bien claro está, lo escuché,
y dijo: “Si me enamoré,
no fue acaso por desgana.
Una mirada lozana
dominar mi vida sabe,
y en este caso tan grave,
ya que se llenan de enojos,
quiero morir por sus ojos,
antes que el alma se acabe”.

Se escucha desde fuera la voz de don Carlos.

DON CARLOS-. No existe mayor belleza
ni mayor felicidad
que alcanzar esa piedad
que no tiene la fiereza.
Y aquí yo, sin entereza,
he de pediros la entrada
a vuestra noble morada,
pues es que, en esta ocasión,
os pido la salvación
que otras veces fue negada.

CRIADA-. Bello trovar es el suyo,
pues esto sí que es rondar,
y bien lo sabe cantar,
que ha de tener gran orgullo.
MARÍA-. Mas esas voces, intuyo,
parecen las que quien llega
asustado hasta esta vega
y se siente derrotado,
pues pienso que se ha extraviado
quien ya sin rumbo navega.

DON CARLOS-. Porque entre quejas de amores
y amores de tantas quejas
pido humilde a vuestras rejas
vuestros besos salvadores.
Llevado de los calores,
por vos soy un asesino,
y por mi crimen mezquino
ya la justicia me sigue,
que en las calles me persigue
y me anuncia mi destino.

CRIADA-. El fatal enamorado,
que no deja de gemir
esa ilusión por sentir
que lo escucha el ser amado.
MARÍA-. No sé qué le habrá pasado,
mas has de abrirle la puerta,
pues esa voz no concierta
con el Carlos que conozco.
CRIADA-. Ese es don Carlos Orozco,
que cada día os despierta.

La criada se va.

MARÍA-. Cuánto amor teje su boca
cuando va hilando su verso,
pues es deleite perverso
lo que en el alma desboca.
Porque nunca se equivoca
en el arte de cantar,
pues que sabe enamorar
un corazón de mujer,
que, al punto, se ha de saber
cómo sabe conquistar.

Que el otro día, cansado,
vino aquí, y en la ventana,
escuché su voz galana
de muchacho enamorado.
Y qué bien hubo trovado
aquella hermosa canción
al cantar al corazón:
“Pues existo ya en los cielos,
tengo temor de los celos
que ya turban mi razón.

El corazón dolorido
en una razón insiste,
y el pensamiento resiste
para no verse vencido.
Raros caprichos Cupido
sabe mezclar al veneno,
que, sintiéndome sereno,
pienso que caigo al abismo,
y es el amor parasismo
que nada tiene de bueno”.

Entran la criada y don Carlos.

DON CARLOS-. Pide la justa prudencia
que, en esta ocasión sombría,
a vos acuda, María,
y espere vuestra clemencia.
CRIADA-. Es extraña esa sentencia
para un joven en amores.
DON CARLOS-. Presa fui de mis furores
al decidirme a matar,
y no puedo perdonar
el rigor de mis dolores.

La sangre cae de mi espada,
de este filo fraticida
que hubo arrancado la vida
a mi hermano esta alborada.
Ya la justicia enterada,
me busca por la ciudad
esa noble autoridad,
esa regia y justa guarda,
que, si en darme alcance tarda,
luego no tendrá piedad.

MARÍA-. Calma has de tener amigo,
y contarme este suceso.
DON CARLOS-. Y, si me llevarán preso,
será grande mi castigo.
Necesito vuestro abrigo
y vuestra ayuda también.
MARÍA-. Qué tristes ojos os ven,
ardiendo en tamaño fuego,
que, en tanto desasosiego,
esa ayuda ofrecen bien.

Mas decid lo sucedido.
DON CARLOS-. Me he batido con Fabiano,
sabiendo que era mi hermano,
y con furia lo he vencido.
Cayó en el suelo abatido,
al punto estaría muerto,
y, en tan raro desconcierto,
quise escapar como pude,
que no hay corazón que dude
ante el sino más incierto.

MARÍA-. ¿Cómo decís que Fabiano?
¿Muerto está? Yo le quería.
DON CARLOS-. No digáis eso María.
MARÍA-. Ese joven tan ufano.
DON CARLOS-. Fue esta mañana, temprano,
pues me mandó, con su brío,
un curioso desafío
por letras muy bien escritas.
MARÍA-. ¡Oh, corazón que te agitas
en este mundo sombrío!

¿Y, al venir a este lugar,
el de aquella a la que amó,
viene el mismo que mató
y se quiere resguardar?
¿No podéis considerar,
muchacho infame y dañino,
qué tal afán peregrino
os ha vuelto en la locura?
DON CARLOS-. Es mi pecho una tortura
y mi aliento un desatino.

Más me valiera morir
que seguir este tormento,
que parece gran invento
para dejar de sentir.
Que quienes me han de seguir,
podrán con gusto prenderme,
y no sabrán entenderme
cuando pueda, sin malicia,
dar castigo a la justicia,
que no puedo defenderme.

No tengo más esperanza
que vuestro perdón y ayuda:
lo dice el alma que duda,
la tierna desesperanza.
No es escapar la venganza
que albergáis en vuestro pecho,
sino coraje y despecho
contra quien supo matar
sin antes saber mirar
la mezquindad en el hecho.

Porque lo quiso el amor
que por el amor decía
esa emoción que sentía,
mezcla de amor y dolor.
Porque lo pide el favor
y lo requieren los hados.
LOS TRES-. Son los caprichos sagrados
del amor que, siempre hiriente,
nubla con furia la frente,
y arde en los enamorados.

DON CARLOS-. Porque lo exige la suerte
que en dictado peregrino,
pincelando va el destino
hasta producir la muerte.
Y es que el amor nos pervierte
al tenernos dominados.
LOS TRES-. Son los caprichos sagrados
del amor que, siempre hiriente,
nubla con furia la frente,
y arde en los enamorados.

DON CARLOS-. Porque lo impone la vida,
que es un juego caprichoso,
si turbando este reposo,
huye del alma enseguida.
Siento el alma ya encendida
en mis sueños apagados.
LOS TRES-. Son los caprichos sagrados
del amor que, siempre hiriente,
nubla con furia la frente,
y arde en los enamorados.

CRIADA-. Pues vendrán aquí a buscarlo,
y no tardarán, os digo,
y grande será el castigo
como lleguen a encontrarlo.
MARÍA-. No dudarán en matarlo
quienes aquí representan
las leyes que se comentan
en las tascas y mesones.
DON CARLOS-. Debo enfriar las pasiones
que me afligen y atormentan.

Yo no soy un asesino,
mas a mi hermano he matado,
tal vez porque no he pensado,
quizás por ser el destino.
Y a la muerte me avecino,
que he de dejar la ciudad,
mi apellido y mi heredad,
mi dignidad y linaje,
que he de partir, con coraje,
huyendo de la verdad.

MARÍA-. Os daré dos mil ducados
y os iréis a otras regiones,
a otros reinos y naciones,
a lugares apartados.
Dejaréis estos collados,
estos montes y colinas,
esta ciudad, sus esquinas
y sus más breves callejas,
olvidando así las quejas
de esas hieles tan mezquinas.

Tendréis que escapar a Francia
y mezclaros con su gente,
y, entre bizarro y valiente,
disfrutar de su abundancia.
Tierra es de fina elegancia
donde nada está prohibido,
y allí, desapercibido,
olvidaréis ese amor
que ha cegado ese rencor
y a tal cosa os ha movido.

DON CARLOS-. Bien había de decir:
“como la brisa más fría,
arde al fin el alma mía,
solamente con sentir,
pues este amor al vivir,
es amor y descontento,
que vivir es un lamento
que, si ataca con tristeza,
quiere el amor su aspereza
y el más alto firmamento.

Y, pues vivo ilusionado
con este amor que me enfrenta,
cuando tan cruel me atormenta,
no me digo enamorado,
que el amor soy encarnado
para despojos de amor,
porque el concepto mejor
que a los amores se entrega
es amar en esta Vega
a quien merece el amor”.

MARÍA-. Partid a un lugar lejano
y olvidad los amoríos
para apagar esos bríos
y ese orgullo soberano.
Olvidad a vuestro hermano,
haced una nueva vida,
y dejemos que decida
el tiempo que ha de venir,
que, acostumbrado a sufrir,
el dolor en vos anida.

DON CARLOS-. Cómo quisiera el amor
que en mis brazos os tuviera,
cómo quisiera que fuera
en una ocasión mejor.
Cómo acaso su dolor
hubiera sido premiado,
cómo acaso en este estado
es el amor sufrimiento
y cómo acaso en el viento
vuela el amor que he pensado.

Que un mirar enamorado
os advierte la verdad
usando la honestidad
en cuanto le está vedado.
Que, si está a vuestro cuidado,
según son vuestras maldades,
es morir por las verdades
decir vocablos ufanos
al ponerse en vuestras manos
con tales honestidades.

Que quien, vencido de amores,
pide la paz y templanza,
sentirá vuestra venganza
en tan claros miradores.
Y al mirar esos colores
que se encienden con el día,
sois un rayo de alegría
donde veinte de penuria,
que es el amor esta furia
y esta doliente osadía.

Quiero besar vuestra boca
a fuerza de su hermosura,
porque, siempre limpia y pura,
toda locura desboca.
Y, si sois como la roca
al mostrar tanta dureza,
quiero, con honda firmeza,
entre febril y sencillo,
despertar a tanto brillo
y admirar vuestra belleza.

Porque mirar la alborada
cuando la altura del cielo
ve luminoso su velo
es mirar vuestra mirada.
Y, pues siempre está enojada,
y me rindo a sus antojos,
pueden sentir mil enojos
vuestros ojos encendidos
ante los ojos vencidos
de quien mira vuestros ojos.

Y, pues sois mujer brillante
como la estrella del norte,
ni la reina, allá en la corte,
brilla más en un instante.
Que, por eso delirante,
vengo a pediros, vencido,
la piedad para el rendido,
que es el castigo más fuerte
ese abrazo de la muerte
en que me habéis suspendido.

Don Carlos, recibidos los ducados, huye.

MARÍA-. Cargada va su conciencia,
y ha de pesarle este daño,
que del amor el engaño
turba siempre la prudencia.
CRIADA-. Era un hombre de decencia
y huye con los desterrados.
Son los caprichos sagrados
del amor que, siempre hiriente,
nubla con furia la frente,
y arde en los enamorados.

Son los caprichos gozosos
del amor algo tan caro,
que parece siempre avaro
con quienes son amorosos.
MARÍA-. Esos hombres orgullosos
siempre se ven exaltados.
Son los caprichos sagrados
del amor que, siempre hiriente,
nubla con furia la frente,
y arde en los enamorados.

CRIADA-. La ocasión es peregrina
si es el amor lo que apura,
y el amor es la locura
que se vuelve más dañina.
MARÍA-. Y es que, triste, vaticina
sus funestos resultados.
Son los caprichos sagrados
del amor que, siempre hiriente,
nubla con furia la frente,
y arde en los enamorados.

Y, pues también fue querido,
pues su cariño sentí,
el amor que percibí
quiero entregar al olvido.
Pero, pues mi amante ha sido,
toda mujer en su entraña
siente que muere la saña
contra el hombre equivocado,
y perdona al condenado
de la forma más extraña.

Que es extraño el corazón
de una amante desdichada,
la pobre desventurada
a quien ciega la pasión.
Terrible contradicción
la de quien ve, resentida,
como la luz de su vida
le ciega, con mil enojos,
la claridad a los ojos,
dejándola confundida.

Cómo turban las pasiones
a quien vive de esta forma
y doliente se conforma
con tan hondas confusiones.
Extrañas son las mansiones
donde el alba libre habita,
que en ellas algo suscita
con razón esa inquietud
donde ni un rayo de luz
la oscuridad solicita.

TELÓN

2012 © José Ramón Muñiz Álvarez

martes, 30 de octubre de 2012

SINFONÍA DE CUMPLEAÑOS


“SINFONÍA DE CUMPLEAÑOS”

I

            Fue heraldo en su belleza el beso oscuro
que alzó la madrugada en su guarida,
cuando en sus labios dulce la bebida
tejió en un brillo extraño su conjuro:
 
           No quiso que, encendiendo el aire puro,
hallase el sol la llama que, encendida,
al mar habló en el valle de la vida,
al cielo del silencio sin apuro.
 
            No quiso el verde bello, pero avaro,
su cristalino, luz de la alborada,
dejar en a su capricho en la corriente.
            No quiso abandonar el oro claro
la luz de su melena ensortijada,
el halo luminoso de su frente.

II
 

            No suele ser el cielo, aunque brumoso,
razón del sueño, si lo ven temprano,
dos ojos con un verde soberano
y un mar rubio de sol, claro y hermoso.
            Su rizo ya en la frente cae gracioso,
altivo y principesco, porque, ufano,
desiertos mide y, gobernando el llano,
recuerda otro paisaje montañoso.
            Y quiso alzar su vuelo en un suspiro
de cielos cuya gracia era poesía,
naciendo como nace la mañana.
            Y un eco de su voz, breve respiro,
miró, al nacer, aquella melodía
llevada por la brisa más temprana.

III
 
             Un año más, la vida que se apura,
coral fue que el torrente precipita
en la mirada dulce donde escrita
la edad esconde, mas sin amargura.
 
            ¿No crece la belleza más segura,
si ignora que la rosa se marchita
y el tiempo la acaricia y solicita
para arrancarle toda su hermosura?
            Mas nunca envejecer lo verdadero
veréis en cuanto, ya resplandeciente,
se alegra al admirar otros colores.
            La flor, en su jardín perecedero,
morir podrá, mas nunca la corriente
que traza de la aurora los colores.

IV


            Las horas transcurrieron sin saberlo
y vino, entre bostezos, la alborada
a los desiertos secos y a los llanos.
  
          El viento de la noche se esparcía
con la serenidad que es propia siempre
del beso del verano que se acerca.
            Lloró un color de plata en esos cielos
manchados por pinceles tan azules
que suelen reflejarse en el Pacífico.

             Y, entonces, alcanzó tanta belleza
los ojos de mujer reverdecidos
como un himno a la nueva primavera.

V

            Si habló de los que son altas firmezas
al aire que, al mostrar brillos pequeños,
se supo derrotado en sus empeños,
más débiles halló sus fortalezas.
            La vieron en los bosques y malezas
pisando los jardines de los sueños,
y dijo que los cielos eran dueños
del mundo, si se duerme, y sus bellezas.
             Más pudo relumbrar la llamarada
que vio la tarde triste sin abrigo,
si el sol al horizonte descendía.
 
            Hirió la luz aquella puñalada
de brillos un ocaso sin testigo
que lento y triste se desvanecía.


2012 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

martes, 23 de octubre de 2012

"SCHAGERL SERENADE"

“SCHAGERL  SERENADE”

Dedicatoria

La “Schagerl serenade” no es una serenata, pero sí que es, de algún modo,  una composición musical, porque, como es indiscutible, quien compone versos lo hace para emular al músico, jugando con los acentos del idioma y buscando proporcionar un deleite al oído de quien escucha. El hecho de que la poesía se transmita por escrito casi ha borrado el recuerdo de aquella época lejana en que la poesía se escribía para ser cantada, acompañado el canto por tañedores de distintos instrumentos, porque la música pide de la medición del verso y del ingenio para encajar las sílabas en cada golpe de voz que suponen las notas que llevan la melodía del canto. Pero la “Schagerl serenade” es también una obra literaria, y como tal, la forman una serie de palabras que se suceden evocando imágenes y pensamientos, imágenes y pensamientos de la Viena actual, de la vieja Viena Imperial, de los paisajes de la Baja Austria, de donde es nuestro Schagerl, y un homenaje merecido para un artista que no debería conformarse solamente con este discreto regalo, porque los dioses lo merecen todo.

Soneto I

            Sonó en el instrumento aquel acento
cuajado de bellezas, que, no en vano,
las luces dibujó, cuando, temprano,
sus brillos extendió en el firmamento.
             El aire hirió, rozó la voz del viento,
pues supo alzar un gesto soberano,
el genio del violín que, veterano,
su gracia demostró con su talento.
              La música, la magia del ambiente,
el halo perfumado y misterioso
si trémolos dibuja, quimerista,
              se oyeron en la sala, lentamente,
como el susurro tierno, perezoso
que puso allí la mano del artista.

Soneto II

              La helada con la nieve su gobierno
pactaron en regiones que el olvido
somete al hielo, al viento y al gemido,
si anhelan el verano dulce y tierno.
              Llegó con sus legiones el invierno
al campo donde, siempre sometido,
suspira el sueño y pide ese sonido
que el hielo quiebra, beso del averno.
              Y suena ese violín que, solitario,
inspira primaveras de fragancia
donde una primavera no se atreve.
              Y vuela su sonido legendario,
y el aire corre, llama la abundancia
y quiebra la tristeza de la nieve.

Soneto III

              La luz del sol robó, robó el lucero
del alba cuando viene con granizo,
aquel violín, milagro del hechizo,
canoro como el canto del jilguero.
              La luz robó, robando su platero,
su llama, que con brillo antojadizo,
mostrando la belleza se deshizo
en un jardín de músicas sincero.
              La luz del sol robó la partitura
que enlaza las pasiones y colores
que el arte quiere en cada melodía.
              La luz robó del sol en la locura
que supo confundir con los albores
la luz al declinar la luz del día.

Soneto IV

              Vendrán los vendavales y el granizo
al alba, cuando nazca el nuevo día,
sabiendo que se torna triste y fría
la voz de la mañana con su hechizo.
              Y atrás queda la llama que deshizo
las nieves con los oros que encendía
la luz de la alborada que prendía
su fuego melancólico y rojizo.
              Muy lejos de las brisas del verano
parecen bostezar esas colinas
calladas en su sueño silencioso.
              Y es triste saludar al viento vano
que corre, rumoroso, las esquinas
donde un violín se escucha jubiloso.

Soneto V

              Las nieves que descienden de los cielos,
manchadas por los brillos blanquecinos,
mostró la luz del sol por los caminos
que tejen las escarchas de los suelos.
              El aire, que, agitándose en los hielos,
el alba halló y sus brillos coralinos,
los sabe en el espacio peregrinos,
cansados, fatigados tras sus vuelos.
              Tras un otoño vino el nuevo invierno
que, al encender su furia con bravura,
besó la escarcha triste de la helada.
              Y un eco sugirió el violín más tierno,
que, dulce y elegante en su finura,
voló como un suspiro hacia la nada.

Soneto VI

              Las rosas son del sur con su añoranza
y el vuelo de una voz que, en primavera,
admira del Danubio en la ribera
la luz del cielo azul que nadie alcanza.
              Sabores son, unidos a una danza,
bombones para Viena y, dondequiera,
la viuda que se alegra cuando espera
el ritmo de una polka que se lanza.
              Un tres por cuatro alegra cada tarde,
y llega el sol febril, con lento paso,
al horizonte llano y las colinas.
              La cuerda del violín es un alarde
que endulza la tristeza del ocaso
que encienden las antorchas más mezquinas.

Soneto VII

              Los brillos arden tristes y guerreros
tras un atardecer que , con su prisa,
el sol apura donde se divisa
el eco de la noche y sus arqueros.
              La cítara alcanzó en los merenderos
a ver de los vieneses la sonrisa,
que quieren los otoños otra brisa
al tiempo que se esconden los luceros.
              Los valses de otros tiempos cada día
encienden una Viena vivaracha
que tiembla cuando nieva y hace frío.
              Y todo se hace hechizo y alegría
que corre como corre una muchacha
tras un amor romántico con brío.

EPÍLOGO

En cualquier caso, estos sonetos no son un regalo de los dioses, pero sí que son un regalo para los dioses, siguiendo la costumbre pagana de ofrecer algo en sacrificio a los dioses, bien para complacerlos o bien para mitigar sus furores. Este es un regalo muy humilde para el divino Schagerl, pero se ofrece con la misma veneración con la que las gentes de los pueblos antiguos entregaban un carnero en el altar de sus dioses patronos. El profesor Schagerl, sus amigos y admiradores, y todos los amantes de la música vienesa tendrán aquí una composición para cada día de la semana: la pena es que no haya podido componerse en lengua alemana.

2012 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

domingo, 9 de septiembre de 2012

SONETO PARA MARÍA


          No pudo sospechar tanta hermosura
el sol cuando, brillando en lo lejano,
sus voces advirtió, el eco ufano
que grita al mundo toda su dulzura.
          El suyo fue un dorado en la espesura
de aquel cabello claro y soberano
que el sol acariciaba, pero en vano,
comiéndolo la envidia en su locura.
          La voz dando a los aires, sus sonidos,
amigos de otra voz, la brisa fría,
acaso suspendieron mis sentidos.
          Y, viendo el horizonte donde ardía,
voló al tejer tapices coloridos
el fuego y la belleza de María.

2012 José Ramón Muñiz Álvarez

lunes, 27 de agosto de 2012

EL JINETE MISTERIOSO

José Ramón Muñiz Álvarez
“EL JINETE MISTERIOSO” o “LAS GENTES DEL CASTILLO”
(breve escena dramática)

EL DUQUE-. ¿Qué se ve desde la torre
al nacer la luz sombría?
EL VIGÍA-. Solo las luces del día
y un caballero que corre.
EL DUQUE-. ¿Y qué lugares recorre
el valiente caballero?
EL VIGÍA-. Va de la sierra al otero,
por una extensa llanura.
EL DUQUE-. ¿Y quién es el que se apura
por el estrecho sendero?
EL VIGÍA-. Lleva un extraño estandarte
que da anuncio a su nobleza.
EL DUQUE-. ¿Viene hacia aquí con presteza,
o se va a alguna otra parte?
EL VIGÍA-. Viene hacia aquí con gran arte,
montando su yegua overa.
EL DUQUE-. Larga se me hace la espera
hasta que llegue al castillo.
EL VIGÍA-. Su armadura es puro brillo
bajo la llama primera.
EL DUQUE-. Di si ha llegado al molino
que está junto al arroyuelo.
EL VIGÍA-. Allí está, que vive el cielo
que es su correr repentino.
EL DUQUE-.¿Y sigue por el camino
que queda detrás del puente?
EL VIGÍA-. Viene hacia aquí el inocente
como quien busca el combate.
EL DUQUE-. ¿No buscará que lo mate,
que viene hacia aquí vehemente?
EL VIGÍA-. De su escudo los colores
parecen azur y plata.
EL DUQUE-. ¿Su linaje no delata
ni sus más altos honores?
EL VIGÍA-. No lo sé, mas sus ardores
contienen ira arrogante.
EL DUQUE-. ¿Y no lleva algún colgante
que lo pueda distinguir?
EL VIGÍA-. Solo os pudiera decir
que es un hombre delirante.
EL DUQUE-. Pues que tiene tanto brío,
es que me viene a retar.
EL VIGÍA-. No sé ya lo que pensar,
que ignoro su señorío.
EL DUQUE-. Aceptaré el desafío
y mataré al muy cobarde.
EL VIGÍA-. No parece que se guarde
de no ser visto, señor.
EL DUQUE-. Lo rendiré sin favor,
si con tantas furias arde.
PAJE 1-. Pues si que parece raro
lo del jinete brioso.
PAJE 2-. Es un hombre misterioso,
mas lo ha de pagar bien caro.
PAJE 1-. ¿Y no es tener gran descaro
mostrar tal descortesía?
PAJE-. 2-. Al nacer la luz del día
ha venido amenazante.
PAJE 1-. Morirá en solo un instante
en pago de su osadía.
PAJE 2-. ¡Y qué furia le habrá dado
para ser tan descortés!
PAJE 1-. ¿Sabes acaso quién es?
¿O sabes lo que han hablado?
PAJE 2-. Solo sé lo que he escuchado
al vigía en su torreta.
PAJE 1-. Debe morir el que reta,
pues que es tal su atrevimiento.
PAJE 2-. No cabe un buen sentimiento
hacia quien nunca respeta.
PAJE 1-. Morirá y se lo merece,
pues que buscándolo llega.
PAJE 2-. Toda clemencia se niega
a quien tan ancho se crece.
PAJE 1-. Con el destino tropiece
quien piensa ser aguerrido.
PAJE 2-. Ese ha de verse vencido,
muerto, triste y humillado.
PAJE 1-. Parece que lo ha cegado
un mal nunca conocido.
PAJE 2-. Me alegrará verlo muerto
antes de acabar el día.
PAJE 1-. Os juro por vida mía
que ya rendido lo advierto.
PAJE 2-. No ha de llegar a buen puerto
el que tales cosas hace.
PAJE 1-. Bueno será, si deshace
al duque, gran luchador.
PAJE 2-. El duque será el mejor,
pues la lucha le complace.
PAJE 1-. Siempre en la guerra brioso,
en el combate aguerrido…
PAJE 2-. En el combate encendido
se le admira fragoroso…
PAJE 1-. Y en los torneos gozoso
gusta de ganar trofeos…
PAJE 2-. Siempre en los grandes torneos
al buen duque se admiró.
PAJE 1-. Por eso le guardo yo
mis más sinceros deseos.
EL VIGÍA-. Es un joven, según veo,
y parece distinguido.
EL DUQUE-. ¡Impetuoso mal nacido!
Será mi nuevo trofeo…
EL VIGÍA-. Pienso que tiene deseo
de bajarse del caballo.
EL DUQUE-. Tendrá que morir, pues hallo
que es fatal su atrevimiento.
EL VIGÍA-. Pienso que pierde el aliento,
tras avanzar como el rayo.
EL DUQUE-. He de sacarle la entraña
a ese joven insolente.
EL VIGÍA-. Ya se refresca en la fuente,
que viene con mucha saña.
EL DUQUE-. Gente de mala calaña
la que viene a este bastión.
EL VIGÍA-. Pienso que es un infanzón
de la más rancia nobleza.
EL DUQUE-. Gente de vil aspereza
habrás de decir que son.
EL VIGÍA-. Ahora cansado respira,
recobrando ya el aliento.
EL DUQUE-. Yo, para su contento,
sabré mostrar mayor ira.
EL VIGÍA-. Pero ahora ¿se retira?
¿se nos parcha peregrino?
EL DUQUE-. Quiero saber a qué vino,
no me digas que se va.
EL VIGÍA-. Y ahora parado se está,
y que viene lo adivino.
EL DUQUE-. Pues he de darle yo muerte,
o castigar su imprudencia.
EL VIGÍA-. Tened, mi señor, paciencia,
que parece joven fuerte.
EL DUQUE-. Y pagará con su suerte,
cumplirá con su destino.
EL VIGÍA-. Se vuelve para el hayedo.
se retira el muy mezquino.
EL DUQUE-. ¡Qué inconstante y peregrino!
¡Tal vez ha tenido miedo!
EL VIGÍA-. Ahora parece que trata
de quitarse la armadura.
EL DUQUE-. Pues a la muerte se apura,
puesto que es cosa insensata.
EL VIGÍA-. Quita su yelmo de plata
y su coraza de argenta.
EL DUQUE-. Pagará cara la afrenta
si hace cosa semejante.
EL VIGÍA-. Muestra en su noble semblante
el dolor que le atormenta.
PAJE 1-. Pues, si viene dolorido
talvez de combate o guerra,
corriendo por esa sierra,
¿a qué ser tan atrevido?
PAJE 2-. ¿Con qué intención ha venido
a esta tierra ese malvado,
si, malherido su estado,
no le permite luchar?
PAJE 1-. Sabrá El duque castigar
su maldad y su pecado.
Tras vencerlo, arrodillado,
muerte le dará violenta.
PAJE 2-. Esa soberbia violenta
en verdad me ha impresionado.
Matará a ese desdichado
si es que tan fiero se impone.
PAJE 1-. Algo es que se sobrepone
a los deseos de paz.
El duque es hombre sagaz
y no espero que perdone.
PAJE 2-. Siempre engendra irritación
la soberbia de los mozos.
PAJE 1-. Suelen darse a tales gozos
exhibiendo su intención.
PAJE 2-. Pero me da el corazón
que acaso ha de arrepentirse.
PAJE 1-. Con el duque ha de medirse:
sé que mal lo pasará.
PAJE 2-. El duque lo matará.
PAJE 1-. No es difícil prevenirse.
LA PRINCESA-. ¡Si, asomada a la ventana,
miro el claro resplandor
que, con su beso, el albor,
enseña cada mañana,
y al ver la luz soberana
con su brillo de oro viejo,
siento su fuego bermejo
rozando la brisa fría,
qué no siente el alma mía,
viendo su claro reflejo!
Mas que todos quieran guerra
y busquen injustos duelos,
cuando la aurora en los cielos
enseña el sol tras la tierra,
siendo cosa que me aterra
y parece tan injusta,
no diré yo que me gusta
que, por ser un forastero,
odien a ese caballero
y lo fuercen a una justa.
Pues en su rostro he encontrado
la dulce melancolía
que sus amores decía,
sin haberlos pronunciado.
Y quién sabe si ha llorado
por amores sus tristezas,
tejiendo mil sutilezas
de poeta malherido
que huye, por verse vencido,
del amor y sus durezas.
Y, sabiendo sus amores,
sus penurias, su dolor,
malo es hacerlo deudor
de esos ajenos errores,
que no pienso yo, señores,
que quien llega, caballero,
sea cruel y pendenciero
con quien vive en su morada,
pues quién sabe si posada
espera de nuestro fuero.
Bello es el joven, lo digo,
como el alba que despierta,
como la llama que acierta
a ser del día testigo,
y, por lo tanto os obligo,
pues lo quiere así el deber,
solo que esperéis a ver
lo que dice, lo que quiere,
que de sus ojos se infiere
que ningún daño ha de hacer.
PAJE 1-. La princesa es muy confiada
y es preciso no hacer caso.
PAJE 2-. Pero vamos paso a paso,
que ella es dulce y delicada…
PAJE 1-. Esa razón enunciada
no parece la mejor.
PAJE 2-. ¿No sabe más que el albor
nuestra princesa notable?
PAJE 1-. Como mujer es amable,
pero piensa en el amor.
PAJE 2-. ¿Y no sientes que razona
como el ángel más hermoso?
PAJE 1-. El muchacho es peligroso,
según el duque pregona.
PAJE 2-. Más alta fue la corona
de la más alta princesa.
PAJE 1-. Para la guerra más pesa
la del duque, digo yo…
PAJE 2-. Es posible, pero no:
mas poderes ella apresa.
EL CABALLERO-. Vengo, señores, de Francia,
y de parte de su rey,
que gobierna por la ley
y reparte su abundancia.
Es hombre de sangre rancia,
honrado y justo, valiente,
respetado por la gente
que le presta vasallaje
por la ley del homenaje
y por su noble ascendiente.
De París, señores, llego,
por el viaje fatigado,
por el hambre amedrentado,
perdido todo sosiego.
Después de tanto trasiego,
pido hospedaje y reposo,
porque darlo es siempre honroso
al que hospeda al caminante
que espera ya en este instante
del castillo junto al foso.
Y no temáis mal alguno,
pues que vengo como amigo,
y a este castillo bendigo
de todo mal oportuno,
pues, si amigos, somos uno;
pues, si hermanos, somos fuego,
y, aunque yo cansado llego,
conozco bien esta sierra,
estos llanos, esta tierra
y los mares que navego.
Os diré mis aventuras,
ya que fueron singulares,
y os hablaré de otros mares,
de otras sendas y espesuras,
de las noches más oscuras,
pues, durmiendo en campo raso,
me costaba abrirme paso
por las tierras que pisé,
buscando, sin saber qué,
el camino y el ocaso.
No me neguéis la posada
y no queráis darme mal,
pues que soy guerrero igual
y no es cobarde mi espada,
y, temblando entre la helada,
miro la luz y su brillo,
esperando que al castillo
os dignéis dejarme entrar,
si es que queréis levantar
el formidable rastrillo.
EL REY-. Bien es tener humildad
con quien, tan necesitado,
aquí llega en este estado,
pidiendo hospitalidad.
Que pase el joven dejad,
que no quiere haceros daño,
y no es noble ser tacaño
con caballeros andantes,
si es que estos vienen errantes
a quien los acoge huraño.
Dejad pasar, como os digo,
a ese buen aventurero,
que por huésped yo lo quiero
y debo brindarle abrigo.
Su palabra hará testigo
en quien escuche su historia,
que quien busca hallar la gloria
merece digno cobijo,
que de mirarlo me aflijo
si no alcanzó la victoria.
EL CONDE-. La razón que el duque tiene
no se la voy a quitar.
EL MARQUÉS-. Sabe solo alborotar
a la gente que aquí viene.
EL CONDE-. Es un noble y se previene
De quien se muestra aguerrido:
bien se hubiera arrepentido
Ese insolente, es de ley…
EL MARQUÉS-. Haced caso, porque el rey
debe ser obedecido.
La orden está cumplida
y el rastrillo se levanta.
EL CONDE-. El coraje en la garganta
quema al duque, por mi vida.
EL MARQUÉS-. Arde su furia encendida
cuando llega un extranjero,
y ese joven caballero
ha venido de París.
EL CONDE-. Pues vos todo lo decís,
algo yo deciros quiero:
y es que deseo la muerte
de ese joven tan osado.
EL MARQUÉS-. No sé que daño ha causado
que le queréis esa suerte.
EL CONDE-. Deje Dios que me concierte
para causar vuestro enojo.
EL MARQUÉS-. De escucharos me sonrojo,
que jamáis hablasteis mal.
EL MARQUÉS-. No se os hace más normal
odiar solo por antojo.
EL CONDE-. Muerto en el suelo lo viera
y os diré que será bien.
EL MARQUÉS-. Pensad que el joven también
verlo rendido pudiera.
EL CONDE-. El marqués es una fiera
si se le llama al combate.
EL MARQUÉS-. Es hombre que no debate
y que gusta de matar.
EL CONDE-. Y, porque sabe luchar,
que nunca quedó en empate.
EL MARQUÉS-. Hará lo que el rey ordena,
pues este es hombre prudente.
EL CONDE-. El arrojo del valiente,
la prudencia lo condena.
EL MARQUÉS-. La osadía lo envenena
por su carácter forzudo.
EL CONDE-. Es un hombre corajudo
en la lucha y en la guerra.
EL MARQUÉS-. Siempre en sí mismo se encierra
Por su orgullo linajudo.
DONCELLA 1-. Parece que es tan precioso
como la altura del cielo.
DONCELLA 2-. En su mirar hay desvelo
melancólico y hermoso.
DONCELLA 1-. No parece peligroso,
sino que es fino y cortés.
DONCELLA 2-. Y nadie sabe quién es
ese muchacho que llega.
DONCELLA 1-. La tristeza que lo ciega
ha de contarnos después.
EL REY-. Sé bienvenido, extranjero,
a este reino que recibe
a quien como amigo escribe
su firma de caballero.
Sé bienvenido, que espero
que goces la cortesía
que tu noble nombradía
y tu linaje merecen,
que grandes glorias se ofrecen
a tu fuerza y tu valía.
Hospedado en mi castillo
como el más alto invitado,
ya que aquí te has presentado,
que levanten el rastrillo.
Y, pues soy hombre sencillo,
te trataré en igualdad,
porque tiene dignidad
tu nobleza y tu apariencia
y parece ser prudencia
respetar la majestad.
EL CABALLERO-. Gracias mil por darme paso,
que pensaba ya sufrir
sin cobijo que pedir
desde la aurora al ocaso.
Bien se ha torcido mi paso,
que llego con tal lamento,
y fatigado me siento
al llegar a este palacio
donde el reposo, despacio,
va a devolverme el aliento.
El camino se hace duro
para quien camina errante
en un mundo delirante,
lleno de sombras oscuro.
Yo, que perdido me apuro,
por los estrechos senderos,
como tantos caballeros
que obedecen a señores,
llego aquí, con los albores,
con los primeros luceros.
Y humilde siempre y cortés,
agradezco este remanso,
esta paz, este descanso,
en este mundo al revés.
Rendidos traigo los pies
del cansancio del camino,
pues, vagando en el camino,
he de sufrir mi penuria,
si lo quiere así la furia
del miserable destino.
Gracias por esta acogida
que da vida al desdichado,
que, perdió y fatigado,
ya la daba por perdida.
Y es que puede, arrepentida,
la fortuna dar un bien,
cuando es ella ese desdén
que nuestras vidas maltrata,
y si más cruel se delata,
es generosa también.
EL REY-. Buena ha de ser tu llegada,
misterioso caballero
que, con el rayo primero,
ha llegado a mi morada.
Aquí hallarás la posada,
buen pan, si quieres, y el vino
que ayuda al buen peregrino,
con ser el vino tan rancio,
a olvidarse del cansancio
y las penas del camino.
Yo soy el rey de esta tierra,
el que todo lo domina,
el que en la lucha adivina
la mezquindad de la guerra.
De la llanura a la sierra,
nadie me hará un desafío,
pues cuanto admiras es mío,
y aquí quiero yo acogerte
y ver mejorar tu suerte,
pues este es mi señorío.
Mas has de hablarnos, amigo,
de tu suerte y tu ventura,
de la curiosa figura
a quien doy tan buen abrigo.
Pasa unos días conmigo,
que, si la aurora derrama
los colores de su llama
como noble bendición,
tendrás aquí la ocasión
de decir tu nombre y fama.
DONCELLA 2-. ¡Qué galán y qué educado
es el joven, y cortés!
DONCELLA 1-. Mas no sabemos quién es
ni qué señor lo ha mandado.
DONCELLA 2-. Si desde Francia ha llegado
a este lugar, es famoso.
DONCELLA 1-. ¡Qué camino peligroso:
lo que debe haber sufrido!
DONCELLA 2-. ¿Ves que se haya malherido
y se muestra fatigoso?
EL CABALLERO-. Si me dejáis descansar,
daré yo a vuestra demanda
lo que vuestra boca manda,
lo que quiera gobernar.
Pero dejadme posar,
conciliarme con el sueño:
no es el cansancio pequeño
el que pesa sobre mí,
pues largo trecho corrí
y ahora de mí no soy dueño.
Bastará cualquier rincón:
no hace falta un aposento,
ya que suele ser mi asiento
cualquier parte en la región.
Derrotado el corazón,
os quedaré agradecido,
pues, por el sueño vencido,
que toda esperanza roba,
tendré por más digna alcoba
el más sucio tendejón.

2012 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

sábado, 25 de agosto de 2012

LA NOBLEZA DEL VENCIDO


  1. José Ramón Muñiz Álvarez
    “La nobleza del vencido” o “Amor en trescientos versos”
    (Consejos de un amante al
    escudero)


    ...


    EL CABALLERO-. Morir de amores quisiera
    la razón de mi cuidado.
    EL ESCUDERO-. Otro noble sentenciado
    al que le espera la hoguera.
    EL CABALLERO-. Y es que de amores muriera
    por esa doncella hermosa.
    EL ESCUDERO-. Siempre en amores reposa
    el corazón del guerrero.
    EL CABALLERO-. Y, pues que de amores muero,
    no es la ocasión deshonrosa.
    EL ESCUDERO-. Siempre suele la nobleza
    enredarse en los amores.
    EL CABALLERO-. No hay sentimientos mayores
    ni más dulce gentileza.
    EL ESCUDERO-. Pero, si el amor empieza,
    es esa una enfermedad.
    EL CABALLERO-. Eso, amigo, es gran verdad,
    y veo que tenéis tino.
    EL ESCUDERO-. La razón más alta afino
    viendo tanta vanidad.
    EL CABALLERO-. ¡Qué sabrás tú de amoríos,
    de pasión y devaneos!
    EL ESCUDERO-. Mas, mi señor, deteneos,
    que no tengo tales bríos.
    EL CABALLERO-. Pudiera desbordar ríos
    el amor con su poder.
    EL ESCUDERO-. Y también una mujer
    que mostrara su dulzura,
    mas para una calentura
    que se hubiera de encender.
    EL CABALLERO-. Decir tal es un exceso,
    que vos no sabéis de amor,
    de caricias sin dolor,
    de placeres en un beso.
    EL ESCUDERO-. Nunca el amor tuvo preso
    a este escudero que, sabio,
    sabe escapar de su agravio
    y burlar esas pasiones.
    EL CABALLERO-. ¡Qué plebeyas emociones!
    ¿Jamás besasteis un labio?
    EL ESCUDERO-. Besó mi labio, señor,
    cuando ya estaba rendido,
    el sabor de un buen cocido,
    que es preferible sabor.
    EL CABALLERO-. ¿Y es preferible al amor
    el cocido de un gañán?
    EL ESCUDERO-. Cuando hay hambre, capitán,
    más se quiere la comida
    que a la dama pretendida,
    que no es ni miga de pan.
    EL CABALLERO-. Solamente el alimento
    parece darte alegría.
    EL ESCUDERO-. Y triste la suerte mía,
    que en las tripas lo lamento.
    EL CABALLERO-. Te oigo gemir como el viento,
    que es tan vana plañidera.
    EL ESCUDERO-. Cansado, de esta manera,
    bajo lluvias y granizo,
    quién me diera un buen chorizo
    que solazarme pudiera.
    EL CABALLERO-. Llama el amor a mi puerta
    y piensas tú en el comer.
    EL ESCUDERO-. ¿Y, si hay hambre, qué he de hacer,
    ya que mi ingenio no acierta?
    EL CABALLERO-. Pues has de estar bien alerta
    y vigilar mi locura.
    EL ESCUDERO-. Y la vieja sepultura
    de quien su aliento ha entregado.
    EL CABALLERO-. ¿Tú me ves amortajado?
    ¡Tienes cada chifladura…!
    EL ESCUDERO-. ¿Y para qué los quereres,
    si no son buena ventura?
    EL CABALLERO-. Para afirmar la locura
    del amor a las mujeres.
    EL ESCUDERO-. ¿Y para qué los prefieres
    a la sangrienta batalla?
    EL CABALLERO-. Para que allí donde vaya,
    no me tenga en menor gloria.
    EL ESCUDERO-. ¿Y no basta la memoria
    el arrojo en la batalla?
    EL ESCUDERO-. ¿Para qué, tras estos hechos,
    Tantas palabras derramas?
    EL CABALLERO-. Para arrancar a las damas
    el corazón de los pechos.
    ¿Para qué tantos despechos,
    querellas extraordinarias?
    EL CABALLERO-. Para encender luminarias
    en cada oscuro concepto.
    EL ESCUDERO-. ¿Para qué tanto precepto,
    tantas normas literarias?
    EL CABALLERO-. Para admirar la grandeza
    de ese dios que es tan perverso.
    EL ESCUDERO-. ¿Para qué escribir un verso
    con ingenio y sutileza?
    EL CABALLERO-. Para cantar la belleza
    y expresar tanto dolor.
    EL ESCUDERO-. ¿Para qué ser trovador
    con tanta melancolía?
    EL CABALLERO-. Para escribir la poesía
    que se eleva hacia al amor.
    EL ESCUDERO-. Yo, que ya fui buen juglar,
    que canté mil amoríos,
    que supe los extravíos
    de quienes quieren amar…
    que el amor es lamentar
    las ausencias de la amada
    hasta que ya la alborada
    se asoma en lejana tierra,
    pues es el amor la guerra
    si el alma está enamorada.
    EL CABALLERO-. Pues, desde aquí hasta el castillo,
    que mucho camino queda,
    cantarás por la alameda
    algún romance sencillo,
    mientras se asoma el autillo
    y nos vigila el mochuelo,
    porque, si oscuro está el cielo,
    protegerán las estrellas
    a quienes tiernas querellas
    pronuncian con mucho celo.
    EL ESCUDERO-. No es ese el caso, señor,
    que yo tal no vaticino.
    EL CABALLERO-. ¡Háblame claro, mezquino,
    o has de sufrir mi furor.
    EL ESCUDERO-. Mi canción no habla de amor,
    sino del vientre afligido,
    pues se sabe conmovido
    por el hambre que lo hiere
    y longaniza prefiere
    al amor más abatido.
    EL CABALLERO-. Perdidos en el sendero,
    piensas tan solo en comer.
    EL ESCUDERO-. Una posada ha de haber
    que tenga un buen mesonero.
    EL CABALLERO-. De lo que dices infiero
    que ya la noche no tarda.
    EL ESCUDERO-. Ved ese sol que se guarda
    en el lejano horizonte:
    ya se pone tras el monte,
    pues el hambre lo acobarda.
    EL CABALLERO-. Miro lejana su brasa,
    que el bermejo fuego atiza.
    EL ESCUDERO-. Yo sueño con longaniza,
    que no es cosa tan escasa.
    EL CABALLERO-. Cuando lleguemos a casa
    podrás comer, y abundante.
    EL ESCUDERO-. Qué raro es que un tierno amante
    dé en bendecir el comer.
    EL CABALLERO-. Tú comerás: yo he de hacer
    un soneto delirante.
    EL ESCUDERO-. Alguna nueva poesía
    para agrado de las damas.
    EL CABALLERO-. Bien dices, mas como no amas,
    nunca tendrás mi alegría.
    EL ESCUDERO-. Iba a ser grande porfía
    entregarme yo al amor.
    EL CABALLERO-. Imita tú a tu señor
    y tendrás mayor estado.
    EL ESCUDERO-. Para ser desventurado,
    mejor quiero el desamor.
    EL ESCUDERO-. Una canción aprendí
    siendo niño, y era triste.
    EL CABALLERO-. Nada al amor se resiste,
    cántala ya para mí.
    EL ESCUDERO-. Es asunto baladí
    el tema de esta canción.
    EL CABALLERO-. Dará alivio al corazón
    por los amores vencido.
    EL ESCUDERO-. ¿Y no es un tanto atrevido
    para tan alto infanzón?
    EL CABALLERO-. Pues, desde aquí hasta el castillo,
    que mucho camino queda,
    cantarás por la alameda
    algún romance sencillo,
    mientras se asoma el autillo
    y nos vigila el mochuelo,
    porque, si oscuro está el cielo,
    protegerán las estrellas
    a quienes tiernas querellas
    pronuncian con mucho celo.
    Canta y deja de gemir
    como suelen las gallinas,
    que tú jamás adivinas
    que pueda el alma sentir.
    Empieza ya.
    EL ESCUDERO-. Sé decir
    que el amor no me envenena,
    ni la clara luna llena
    me invitó jamás a hablar,
    pero yo sabré cantar
    esta canción que enajena.

    (Empieza a cantar)

    Dicen bien los cortesanos
    que la maldad de Cupido
    es que es ciego resentido
    con delirios soberanos.
    Un arco sobre sus manos
    y dispuesta la ballesta,
    con su dura flecha asesta
    las maldades del amor.
    Y, dado que está vendado,
    con el ánimo más duro,
    infunde el amor más puro
    a quien llora desdeñado.
    Es un muchacho malvado
    cuya locura molesta,
    si con dura flecha asesta
    las maldades del amor.
    Nunca duerme ni descansa,
    y dispara, traicionero,
    sus puntas de rudo acero
    a la inocencia más mansa.
    Donde el agua se remansa
    y suspira la floresta,
    con su dura flecha asesta
    las maldades del amor.
    Por eso quien es prudente,
    confesándose cobarde,
    huye al amor cada tarde,
    cada mañana luciente.
    Nunca sus brillos consiente
    quien teme dura respuesta,
    si con dura flecha asesta
    las maldades del amor.
    Viendo ya cada suceso,
    he de ser desamorado
    de ver al desventurado
    que más caro paga un beso.
    Pues este niño travieso
    a raro licor apesta,
    si con dura flecha asesta
    las maldades del amor.
    Que no hay para qué desdenes,
    que no hay para qué lamentos,
    si quieren los firmamentos
    dar al alma mil vaivenes.
    Quebraderos en las sienes
    esta pasión jamás resta,
    si con dura flecha asesta
    las maldades del amor.

    (Deja de cantar)

    Todo en las viejas canciones
    ha de entregarse al amor.
    EL CABALLERO-. Ni entiendes a tu señor
    ni a los nobles corazones:
    no comprendes las pasiones
    donde el alma, ya vencida,
    para gozar de la vida,
    quiere jugar a perderla,
    que la vida es rara perla
    que a la muerte da guarida.
    En todo caso diré,
    que siendo el mayor amante,
    del amor, en un instante,
    sus maldades mostraré.
    EL ESCUDERO-. Yo, que de amores no sé,
    quiero escucharos atento.
    EL CABALLERO-. Pues que me acompañe el viento
    mientras canto la canción
    que alas cede al corazón
    que sabe escalar el viento.

    (Empieza a cantar)

    Ya quiera el amor la guerra,
    ya quiera el amor la paz,
    como es Cupido sagaz
    y afamado en esta tierra,
    viendo que cruza la sierra
    para hacer mayor el daño,
    de su fe me desengaño
    sin dolor.
    Y, como es niño atrevido,
    para no hacerme el valiente,
    mézclome yo entre la gente
    por pasar inadvertido,
    que acabo, si no, dolido
    y, viéndolo tan extraño,
    de su fe me desengaño
    sin dolor.
    Y no son raras manías,
    ahorrar en sufrimiento,
    que todo es verse memento
    tras sufrir sus felonías,
    pues que, lleno de alegrías,
    si es amante del engaño,
    de su fe me desengaño
    sin dolor.
    De modo que la cautela
    debe ser bien extremada,
    porque una flecha dorada
    es arma que el alma hiela,
    y si es de plomo y desvela
    un mal terrible y tamaño
    de su fe me desengaño
    sin dolor.

    (Deja de cantar)

    No es amor agradecido
    con sus muchos seguidores.
    EL ESCUDERO-. ¿Pero tanto hablar de amores
    no se os antoja aburrido?
    EL CABALLERO-. Cuando el amor se ha encendido,
    nunca deja de hechizar.
    EL ESCUDERO-. Es el amor como el mar
    traicionero y peligroso.
    EL CABALLERO-. El sentimiento amoroso
    os juro que sabe a mar.
    EL ESCUDERO-. Pues ya la noche ha llegado
    a ese cielo que, cobarde,
    rinde la luz de la tarde
    a un crepúsculo callado.
    EL CABALLERO-. Ya la lechuza ha escuchado
    la llamada del autillo.
    EL ESCUDERO-. Tórnase el cielo amarillo
    con la luna nocturnal.
    EL CABALLERO-. Hemos llegado al final:
    allí se admira el castillo.

    2010 © José Ramón Muñiz Álvarez

sábado, 18 de agosto de 2012

ODA A CHILE



CANTO A CHILE


El color de la alborada
que se enciende con el día
anuncia la brisa fría
que se agita alborotada.
Y es que, en el aire cuajada,
corre ya, con fino aliento,
como en las alas del viento,
ese Chile que despierta
y abre a la brisa su puerta
bajo un cielo ceniciento.

Y es que vienen los albores
con un viento mortecino
que, corriendo su camino,
ve lejanos resplandores.
También los trabajadores
ven esa aurora que nace,
que en el cielo se deshace
la madrugada vencida,
que, dando paso a la vida,
tiene así su desenlace.

Y es que llega la mañana
que saluda al arroyuelo
con la clara luz del cielo,
reflejada a hora temprana.
Mientras brilla soberana
con sus colores bermejos,
los arroyos son espejos
de sus llamas bulliciosas,
si en las ondas, caprichosas,
se hacen trémulos reflejos.

Y el sol consume su alarde
al cruzar el mediodía,
que ya la tarde se enfría
y su luz se hace cobarde.
Y la noche, tras la tarde,
alarde de su derroche,
sus mil estrellas por broche
muestra a la luna serena,
cuando la tierra chilena
halla el ocaso y la noche.

Y es la noche ese momento
en que la sombra se cruza
para escuchar la lechuza
en compañía del viento.
Y mira, en el firmamento,
con su brillo extraordinario,
en el callado escenario,
la luna que, con más gala,
su luz callada regala
al triste y al solitario.

2012 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Memorias de un exilio voluntario”
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS