viernes, 20 de noviembre de 2015

Pelayo


“LAS GENTES DE PELAYO”

           Pudisteis escuchar esas leyendas que narran las hazañas de un pasado que pierde ya su rastro, tras los siglos. Supisteis del orgullo y el arrojo, leyendo los relatos de las crónicas que hablaban de Pelayo y sus vasallos. Y visteis el coraje y el orgullo, que ilustran el valor de aquellas gentes capaces de enfrentar grandes ejércitos. Pues fueron su refugio las montañas calladas, silenciosas, pero agrestes, que forman sus castillos naturales.
           Hoy quedan en silencio los santuarios, regados por las lluvias del otoño que cae con lentitud sobre los bosques. Hoy duermen en silencio los cantiles que sienten el azote de los mares traviesos de los meses de septiembre. Hoy oyen los ladridos de los perros, dejados a lo lejos, olvidados como ese canto triste de las aves. Podréis verlas partir, pues el estío se esconde en esas grutas que los Cuélebres tuvieron por mansión en otras épocas.


2015 © José Ramón Muñiz Álvarez

Hombres de bien



HOMBRES DE BIEN

“Sabed, hombres de bien –dijeron los juglares, con tono mesurado–, que es justo que las gentes de las villas escuchen las palabras del rapsoda que pueden relataros la aventura, y pueden referiros noticias de esas épocas que quedan enterradas para siempre, dejadas en el tiempo en que ocurrieron, en tierras del olvido y la leyenda.”
”Sabed, gentes prudentes –dijeron los juglares con tono mesurado–, que existen mil historias novedosas, sucesos tan extraños como ciertos, batallas que alcanzaron poderíos, fantásticas criaturas, princesas secuestradas, tragedias que asolaron a los grandes, los llantos de las gentes más pequeñas, sucesos tan extraños como ciertos.”
”Dejad, si sois humildes –dijeron los juglares con tono mesurado–, que canten los que saben y que os cuenten historias tan terribles como ciertas, traiciones y amoríos que pudieron tener lugar a veces, en viejas fortalezas, acaso en esas torres ancestrales que alzaron esos reyes tan antiguos de un tiempo que resulta inverosímil.”
”Cedednos la palabra –dijeron los juglares con tono mesurado–, y, en tanto que el silencio conveniente ayuda a los relatos importantes, dejad que os enseñemos lo ocurrido, mezclando fantasías y guerras repentinas que hubieron de ocurrir cuando los fuertes, con ánimo guerrero, se lanzaron forjando las naciones que ahora vemos.”
“Queremos escucharos –dijeron los labriegos a aquellos visitantes–, queremos las memorias de esos siglos, el nombre de los reyes y sus tropas, los nobles caballeros, la bravura que quiso la victoria, echando al enemigo, pues siempre las noticias que nos dicen razones del pasado legendario nos hablan de la fe de los más grandes.”
Y, entonces, los juglares, pues son condescendientes, tomaron la palabra: “Podemos comentaros, con los versos más bellos que se oyeron en el mundo, la muerte de los nobles aguerridos, los corazones fieles, la gloria y valentía de tanta gente hidalga que se impuso, queriendo antes morir en la batalla por no rendir sus armas ni estandartes.”
”A cambio, os pediremos el eco silencioso que quiere la atención, pues hemos de contaros, con detalle, discursos que se vuelven tan hermosos como si fueran miel, pues son tan tristes los versos que entonaron las gentes que cantaban baladas ante el fuego, en los bastiones, que hicieron que llorasen las princesas y reyes que escucharon estos lances.”
Y todos escucharon relatos que contaban sucesos imposibles, cantados con el arpa, cuyos brillos hicieron el sonido más hermoso, más dulce y melancólico que el viento, llevando a los que escuchan a un mundo más fantástico, un mundo en que los ecos del pasado conmueven al más fiero, mientras quiere la brisa recordar esas leyendas.
Por eso en cada aldea el bardo es recibido con todos los honores, que falto de nobleza y de raigambre, en cambio es el vocero que nos dice las cosas del pasado y nos revela la sed de la aventura que sienten los valientes, la gente de la sangre aristocrática que hierve cuando escucha los clamores que anuncian que comienza la batalla.


2015 © José Ramón Muñiz Álvarez

Pintura rupestre


LA PINTURA RUPESTRE

           El ciervo misterioso que quiso el hechicero sobre esa roca triste, entre las sombras, aguarda aquellas danzas de tribus cuyos nombres no pueden pronunciarse en nuestra lengua. Después de los milenios, mantiene su bravura, pintado en las paredes cavernosas, dejado en el silencio maldito de las grutas que fueron olvidadas por los siglos.
           Diréis que, silencioso, sumido en ese sueño, sucumbe, como muchos, al engaño, si espera que regresen las gentes que no viven, aquellos de los tiempos del Neolítico. Y aquellos de los tiempos que huyeron como el agua no habrán de regresar, ni el hechicero, el sabio que solía hacer brebajes raros, camino a la morada de los dioses.
           Vosotros lo hallaréis en esa cueva umbría, donde otras gentes fueron a adorarlo, donde otras gentes vieron sus cuernos atrevidos, la fuerza y la grandeza en la berrea. Y así imaginaréis que en él está el aliento más regio de los bosques de la zona, los densos castañares, los bosques de avellano que ayer vieron el brillo del crepúsculo.
           Pensad que en ese ciervo que aguarda, misterioso, dormido en esa noche interminable, parecen tomar fuerza recuerdos de otros días que habrán de interpretar hombres más sabios. Acaso los arqueólogos nos digan la verdad del tiempo que se agolpa en las paredes en las que veis al ciervo, cansado de los siglos y de esa noche triste en la que espera.
           Milenios nos separan de aquella raza vieja, de gentes que dejaron sus vestigios y huyeron, en silencio, por los atajos tristes que quieren los olvidos caprichosos. Y pueden ser emblema del hombre actual, sus signos, su forma de expresarse en dura roca: el caso es que no quedan sino esos ciervos ciegos, tras siglos de silencio en esa gruta.
           Y así, cuando os abrume pensar lo que es el tiempo, habréis de comprender al viejo ciervo, pues muere en esa noche igual que el signo triste que nada significa sin ser visto. Y habrá de tomar vida si veis, en lo profundo, sus trazos, en la noche de la cueva, lugar donde lamenta las horas dolorosas y el duelo de un castigo interminable.


2014 © José Ramón Muñiz Álvarez

El alba


José Ramón Muñiz Álvarez
“Las horas de la noche transcurrieron y el
alba desató su aliento
cálido”

           Las horas de la noche transcurrieron y el alba desató el aliento cálido que corre por el cielo con premura. Los brillos de otro sol vieron la llama que supo dar color al cielo triste, vencido, del otoño que comienza. La luz entró por fin, con parsimonia, como un bostezo débil y callado, filtrándose febril por la persiana, colándose febril por la persiana.
           Y vi que allí, desnuda, deliciosa, tu piel era un jardín entre las rosas del edredón y aquellos cobertores. Y quise acariciar tu rostro hermoso, tal vez el rostro tuyo, las mejillas que sueñan ese sueño que se pierde. Y quise recordar aquella noche de sueños, de pecados y pasiones que no ha de saber nunca el cura párroco, que nunca he de decir al cura párroco.
           También pensé cobrar esa inocencia, tenerla recobrada, hacerla mía, pues no se pierde nunca, si se es niño. Y fuimos inocentes y culpables, amantes en el lecho placentero, buscando los misterios de lo ignoto. Pero es momento ya de despertarse, si el mundo despereza sus bostezos, perdiéndose en las calles y avenidas, fundiéndose en las calles y avenidas.
           La luz del sol me obliga a despertarte del sueño que consume tu silencio, tu paz junto a la almohada blanquecina. Habrás de abandonar mis aposentos, el cuarto que te acoge cuando vienes buscando que te enrede con mis brazos. Irás a la oficina o a la compra, dejándome aquí triste y olvidado, sumido en la tristeza más absurda, vencido en la tristeza más absurda.
           Quizás fuera posible que me amases de nuevo con tu beso silencioso, callado como a veces son las lluvias. Tu beso, que no es lluvia que se cierne sobre este pecho triste y abatido, pudiera ser la dicha, sin embargo. ¿No quieres que te estreche en este lecho, dejando en el olvido a los que buscan las grises oficinas de las urbes, las calles miserables de las urbes?
           Yo quiero que un torrente de poesía nos una en ese raro remolino que ignoran los amores más anímicos. La carne será al fin el nuevo canto que pudo ser anoche, si me amaste, si yo te amé, llevado a la locura. Podremos conquistar otros imperios, soñar con reinos, ver los continentes que esperan la ambición de nuestro pecho, que temen la ambición de nuestro pecho.


2014 © José Ramón Muñiz Álvarez

Don Marcos


EL CABALLERO DON MARCOS

           Subió en su overo don Marcos,
que partió de madrugada,
por olvidar los amores
con el placer de la caza.
           Montó don Marcos su yegua,
que, viendo nacer el día,
el amor dejó al olvido,
por escapar con más prisa.
           Los campos sube y los montes,
las sierras y bosques baja,
queriendo olvidar un nombre,
la mirada de una dama.
           Los bosques baja y las sierras,
lleno de melancolía,
porque sabe que lo hiere
una mirada maldita.
           Y, si un mirar lo destroza,
negándole tanta calma,
quisiera ser, en la altura,
como la llama callada.
           Y, si lo rinden los ojos
de la dama a quien servía,
soñar puede con el vuelo
de la luz que tiene el día.
           “Ay de mí, don Marcos dice,
pues que no puede ya el alma
con el amor que me acecha
y me arranca la esperanza.”
           ”Ay de mí, llora don Marcos,
que soy el alma que grita
su derrota, por amores,
cuando muere el alma mía”.
           Estas palabras les dice
a los cielos donde el alba
retira ya sus colores,
al nacer de la mañana.
           Que a la clara luz que nace
tales palabras les grita,
viendo que la aurora es reina
de la mañana y el día.
           ”Y, porque soy desdichado,
quieran llevarme las aguas,
que el Duero sabrá acogerme
cuando no sepa una dama.”
           ”Y, pues el agua me lleva,
cesen al fin las desdichas,
que tiene el Duero un remanso
para un dolor que termina.”


2015 © José Ramón Muñiz Álvarez

Ringstrasse-Viena

José Ramón Muñiz Álvarez
 “ESTAMPAS DE LA RINGSTRASSE
Historia de un viaje lleno
de magia y de
poesía

DEDICATORIA

Quiere esta prosa (poesía de todos modos, que no deja nunca la poesía de ser la gran meta de los aficionados a escribir) ser un recuerdo de un viaje entrañable a una ciudad maravillosa. Hay lugares a los que uno va por accidente, rincones que uno descubre por casualidad, sitios donde uno quisiera no haber estado nunca y también ciudades a las que siempre quiso ir uno y, una vez visitadas, de las que uno regresa con el firme convencimiento de que es necesario regresar, que hay que volver. Por eso esta prosa (poesía de todos modos) busca no alejarse demasiado de lo lírico, permaneciendo así en un tono evocador que conviene para resaltar ese cierto subjetivismo, tan conveniente para expresar lo personal, lo propio, lo vivencial. No debemos olvidar que en todo ese subjetivismo es productivo, pues no existe experiencia humana que no sea, en último término, una vivencia de lo más personal. Y a esta prosa (poesía de todos modos) quiero unir algunos versos, corregidos tras el viaje, en el nuevo destino que tienen los desterrados, aquellos que, para tener trabajo, acaban tendiendo que escapar del lugar donde están sus verdaderos hogares.
Con respecto a los dedicatarios, son los mismos personajes que el viajero va encontrando en su camino por esa Viena mañanera, tardiega y nocturna en la que uno se pierde en una aventura irrepetible. Estos son personas anónimas a las que el caminante ha visto llegar y con los que ha compartido, a veces, escasos momentos, antes de seguir su ruta y olvidarse y ser olvidado de estas personas a las que ha tratado recientemente y con las que ha compartido templanza, exquisita educación y una enorme cordialidad. Pero esta prosa (poesía de todos modos, no he de dejar de repetirlo) no puede dejar de destacar que, si bien no están presentes en  el inicio de este viaje, este viaje fue también la búsqueda de buenos amigos y de personas bien conocidas, gentes de gran cultura y talento que han tenido la condescendencia de recibir al caminante con un ánimo hospitalario que, en todo caso, podría parecer inmerecido.
De este modo, mi prosa sobre la ciudad (poesía de todas las formas, ya que se suele escribir sobre Viena con una clara propensión a lo musical y hacia lo lírico) debe no ignorar tanto al público anónimo que me ha rodeado en Viena como el nombre de grandes personas a las que es necesario enviar, desde la lejana España, un  abrazo profundo y sentido. Ellos son los señores Peter Schmidt, con quien pude compartir un rato de cafetería, un viaje en metro, otro en autocar y una tarde en un heuriger; el profesor Erich Schagerl,  miembro de la Filarmónica, que me llevó en su coche a conocer los bosques vieneses y el monte Kahlenberg, quien me llevó a su casa, donde escuché la maestría de su violín; Zhou Hao, el aplicado estudiante de violín del virtuoso filarmónico, que también estuvo con nosotros compartiendo una cena griega, y el compositor Albin Fries, a quien debo agradecer una tarde inolvidable en su despacho, la grandeza de su ópera “Nora” y la visita al teatro que alberga la Wiener Staatsoper, que es una de las más elevadas instituciones del arte a nivel mundial. De no ser por ellos, tal vez nunca me hubiese decidido a esta pequeña aventura. Bueno, nunca es mucho decir.

José Ramón Muñiz Álvarez
 “ESTAMPAS DE LA RINGSTRASSE
Historia de un viaje lleno
de magia y de
poesía

INTROITO

Los viajes que emprendemos las gentes interinas, si acaso es nuestro oficio la enseñanza, no suelen ser por gusto, pues pueden los destinos tornarse una morada melancólica. Por eso el desterrado lamenta su destierro, sus meses de ostracismo en la esperanza de puentes y de fiestas que quieren prometernos regresos tan fugaces como alegres.
Quizás son los festivos un aliciente extraño, tal vez una mentira bondadosa que ayuda a que los días se abrevien y el destierro parezca, en todo caso, soportable. De todos modos, amo los pueblos conocidos en un peregrinar por esta España tan pobre como triste, que llora y que se burla de sus miserias viejas y las nuevas.
Y debo agradecerles a esos destinos grises poder tener el pan que me alimenta, poder beber el vino que endulza, algunas veces, los labios que codician sus sabores. Mas cierto es que los viajes resultan muy distintos cuando uno los elige, cuando corre, buscando en ellos sueños extraños y dichosos que pudo urdir la mente a su capricho.
Y es cierto que el dinero no es mucho, pero siento las ganas de viajar a otros lugares, dejando atrás Castilla, la tierra siempre triste, como un verano seco en campos áridos. Y quiero, aunque la adore, dejar atrás Asturias, la tierra siempre verde, cuyas playas me ofrecen su belleza, relajan cada baño, mostrando un horizonte inalcanzable.
No es esto que reniegue, no es esto que yo busque dejar atrás la tierra como suelen las gentes resentidas, mostrando su desprecio hacia las cosas propias, a lo nuestro. El caso es que el planeta se vuelve más pequeño, que quiere uno dejar estos rincones y ver otros lugares, hablar con otras gentes, perderse en las ciudades más exóticas.
España tiene historia, y es algo que no dudo (no habré de rechazar lo que es tan nuestro), mas buena es esa marcha que deja que encontremos lugares diferentes en el mundo. Europa es continente pequeño, pero, al tiempo, son muchas y variadas las naciones que tiene en su regazo, naciones tan hermosas que pueden compararse con la nuestra.
Y Viena no es mal sitio: acaso se me antoja la Roma de unos tiempos más modernos, más bella que París, Milán, Berlín o Praga, que habrán de perdonarme, si comparo. De modo que esa Viena podrá ser, en mis sueños, el viaje que programe el peregrino que busca lo lejano, que busca los hechizos perdidos en los siglos de la historia.
Después de la grandeza que quiso Carlomagno, llegó el momento para el Sacro Imperio, que vino a desarmarse, dejando que Austria misma se hiciera la heredera de su historia. Pudieran ser sus calles la Roma de otro tiempo, la Roma que mantuvo en sus centurias la huella de otra Roma que fue dominadora de todas las naciones en sus días.
Y vengo de esa Viena que muestra la hermosura de sus palacios bellos y edificios, el fasto del barroco que grita desatado en medio de los bosques de Germania. Y vengo de esa Viena que sabe siempre dulce, mostrando el lado amable de sus gentes, tabernas y violines, quizás cafés y tiendas que viven a caballo entre dos tiempos.
Os juro que es así, y el caso es que lo he visto: en Viena hay un ambiente tan curioso que mezcla lo más propio, lo autóctono y lo suyo al genio de lo más cosmopolita. Sabed que los imperios impregnan sus ciudades de sana variedad y de buen gusto, y es Viena la que ofrece tal vez el gran ejemplo de tantas tradiciones confundidas.
Dejadme, pues, que os diga anécdotas de un viaje que enciende la emoción en el recuerdo, pues tiene tal encanto la gracia danubiana que quiere uno quedarse para siempre. Dejadme que os comente la forma en que el austriaco se muestra acogedor con los de fuera, gustando de mezclarse, de hablar con los turistas que admiran la belleza de la zona.
Ofrezco este relato como el que tiene ganas de hacer un homenaje a gentes nobles que habitan en la Europa lejana, pero bella, que queda en la otra parte de los Alpes. Y acaso al que leyere la mágica aventura de hallarse entre alemanes verdaderos, si es cierto, como pienso, que son los verdaderos, los únicos y ciertos alemanes.

I

El viaje empieza tarde, pues es noche: el cielo está nublado y yo lo miro desde los ventanales de mi casa, fijándome en las luces de los faros. La costa es tan hermosa que da pena dejarla atrás, perderla algunos días, buscando una aventura en otras tierras. Y entonces se me ocurre que este viaje, capricho en todo caso, es como un reto, buscando la belleza de otros siglos.
Las horas van pasando lentamente. Y queda la maleta preparada para el momento mágico en que inicie la marcha a esos rincones apartados. Tal vez la medianoche viene bella, sabiéndome impaciente, en todo caso, pues quiero dejar ya la Asturias mía. Habré de ir a Gijón, de donde salgo, sabiendo que me esperan muchas horas, camino de Madrid, hasta Barajas.
Los viajes de este tipo son cansados. El interino sabe, desde luego, dejar correr el tiempo, relajarse sentado en su lugar, sin gran apuro. Y no es fácil dormir, pues es incómodo pasar las horas lentas, esas horas que habrán de transcurrir en carretera. Habremos de llegar primero a Oviedo. Y luego, ya en Madrid, hay tres paradas que se hacen, como siempre, interminables.
El autocar alcanza su destino. El aeropuerto es grande, diferente, distinto de otros muchos, más pequeños, quién sabe si hasta menos ostentosos. Y son muchas las horas que me quedan hasta poder partir, pues esas horas de espera son acaso más cansadas. Y las cafeterías tienen precios que habré de definir como indecentes, un robo en suma, si he de ser sincero.
Pagar caro el café no es lo más duro. Son muchas horas ya sin tomar nada, dejando atrás Gijón y las Asturias, Candás y las bellezas de la costa. También un bocadillo es cosa buena, si hay hambre sobre todo, mas no es digno comer un pan más seco que la piedra. Y sobra tiempo hasta emprender el viaje: primero facturar, luego otra espera, y, al fin, en el avión, a ver qué pasa.

Y, ya en el aire, todo es diferente. Es bello ver los valles y las sierras, los bosques y los ríos, las ciudades, desde la ventanilla, en las alturas. Las casas, los jardines, los caminos parecen alejarse, si subimos y vemos cómo encogen las parcelas. Los campos del verano piden agua, pues ya termina agosto y están secos, heridos por la fuerza del verano.
Alguna nube queda por debajo. En cambio, en el verano, lo frecuente serán los cielos siempre despejados que dejan ver el suelo y sus paisajes. Y puedo ver extensas plantaciones, los ríos cuyo nombre no sospecho, ciudades cuyos nombres he estudiado. Buscamos ascender en ese mapa que tiene al norte el alto Pirineo, para volar después sobre los Alpes.
Los Alpes son agrestes, imponentes. También se ven los ríos y los lagos, de un verde tan intenso como hermoso, que brillan bajo el sol más encendido. Y hay valles y quebradas con ciudades, pequeñas poblaciones y hasta cotas de enorme elevación, cumbres nevadas. Y hay hielo y se divisan los glaciares: quién sabe, pues sospecho que es el Ródano la mancha blanquecina que contemplo.
Volar sobre los Alpes emociona. Pensar que allí debajo está la vida de gentes diferentes a las nuestras, personas tan amantes de lo auténtico. Son autosuficientes y trabajan con gran abnegación, porque su esfuerzo les brinda la más sana independencia. Son nobles como el aire saludable que pueden respirar en las alturas, amantes de los bosques y los montes.
Es fácil sospechar lo que se acerca: la iglesia de San Carlos y su plaza, la vieja catedral en pleno centro, la música en las calles, por doquiera. Y, en tanto se avecina esa hermosura, la magia natural y los abetos que llenan bosques grandes allí abajo. Pues esos bosques deben ser rincones perdidos en la Suiza más abrupta, más bella, más salvaje, más agreste.

Dejemos las montañas y acerquémonos: podremos ver, llegando ya al destino, desde la altura inmensa, los azules que dan brillo al Danubio desde lejos. Pensar que no es azul es algo lógico, pues Johann lo hizo bello con un título que exhala, que rezuma la poesía. Pero es azul el río algunas veces, si acaso lo miramos desde Kahlenberg, si vamos en avión a gran altura.
Y Viena está delante del Danubio. Podemos verla inmensa, majestuosa, señora que se siente con grandeza, que mira con un gesto desdeñoso. Parece, desde el aire, principesca, preclara como lo es la digna historia que da mayores glorias a su nombre. Y el vuelo nos reserva la sorpresa de hallar esa grandeza en los jardines que vemos en Schönbrunn, en el descenso.
Y al fin tomamos tierra en suelo austriaco. ¿Es esta la belleza de los siglos, poblada de palacios y de historia, que tanta fama dio a tan gran imperio? Mas no estamos en Viena todavía, pues no está el aeropuerto en esa Viena de historias, de memorias y pasado. Llegamos hasta Schwehat, donde tengo que hallar al conductor que ha de llevarme, siguiendo la autopista, a mi destino.
Después, en el hotel, miro la alcoba: no es buena, desde luego, no es un lujo, mas no hace falta más, porque la vida no se hace en el hotel, se vive fuera, siguiendo los caminos y las calles. Decido que no es bueno perder tiempo, que tengo que salir, andar sereno, mirar esos lugares, la belleza. Y, libre de maletas y equipajes, me voy a conocer la dulce Viena, su brillo, los encantos más secretos.
Por fin estoy en Austria y es magnífico. Y sigo caminando por la acera, llegando a sorprenderme de la higiene que tiene esta ciudad de buena gente. Las calles españolas desesperan a costa de estar sucias, de estar llenas de cigarrillos tristes y colillas. Quizás los fumadores abundantes que tiene Viena son considerados y quieren ver hermosa cada plaza.

El sol invade el aire y los espacios: la tarde muestra todos sus rigores y el aire pesa más de lo que suele, pues es tierra interior en el verano. El cielo que hay en Austria me recuerda los cielos castellanos, tan azules, más puros y más limpios que los mares. Empieza uno a sudar con tanto fuego, camino de una plaza memorable, no lejos de la Viena más antigua.
Y nace la emoción en el espíritu: la torre de la vieja San Esteban saluda al fondo, muestra su belleza, sabiendo que camino decidido. Y entonces, al mirar a la derecha, descubre uno la iglesia más hermosa que pudo diseñar el genio humano: la iglesia de San Carlos y el estanque. Y anoto en el cuaderno algunos versos que puedan ser esbozo de esa idea que arranca del placer de lo explorado.
Mis rápidos apuntes os lo dicen: “La vieja catedral de San Esteban reposa el sueño triste de los tiempos que corren, sin apuro, como el río. La advierto allí, lejana, majestuosa, como una emperatriz, como una reina que enseña la grandeza de su torre. Pero he de ver la plaza, ver acaso su gracia y su belleza, ese barroco que luce la Karlskirche ante el estanque.
Y sigo caminando lentamente. Y, entonces, se descubre el auditorio que tienen las orquestas más brillantes que goza nuestra Viena engalanada. Detrás, en la Ringstrasse, la Staatsoper, lugar de culto para los amantes del arte y la belleza con mayúsculas. Y sigo en el avance y llego a Hofburg, y, entrando por el Parque de los Héroes, descubro la belleza de su cúpula…”
El tiempo ha detenido su camino. Y puede uno pensar que los Habsburgo mantienen su poder, sientan el trono de tantos territorios como hubieron. Y entonces nace un algo en los adentros y quiere uno escribir sus impresiones, después de regresar a ese pasado. ¡Qué bellos esos tiempos que se pierden, buscando un siglo atrás el imposible de estar en un momento no vivido!
¡¡Al fin estoy en Viena, ya he llegado!!

II

Quien busca, en plena tarde, las calles más insignes, no tarda en encontrarlas en esta ciudad llena de edificios que tienen su valor, que tienen su belleza. Son estos edificios las piedras de la historia que quedan de un imperio que vio su ocaso ya en otra centuria, lejana, sí, perdida, dormida en el olvido del sueño de la nada. Y los historiadores, que suelen ser curiosos, podrían deleitarnos, narrarnos los sucesos de otros siglos en esta Viena mágica que advierto delirante, acaso decadente: los ricos eran ricos y alzaban sus mansiones, los pórticos barrocos que tienen los palacios de la zona, aun antes de adentrarnos en esa Viena antigua que existe en la Ringstrasse. Y, entrando en la Ringstrasse, son todo monumentos, la Viena de otras épocas, jardines de belleza incuestionable, palacios como el Kinski, las calles que conducen a algún lugar recóndito, perdido, si es el caso, entre las construcciones que son interesantes, como el Café Central, todo un emblema, o como las callejas estrechas y calladas de tiempos sin recuerdo.
Las gentes que caminan avanzan sin apuro, pisando suelos grises de calles peatonales que se ofrecen quizás como el más bello de todos los paseos que puede mostrar Austria. Y, en medio de estas gentes, como un austriaco más, avanzo y me sorprendo, camino y me deleito en las fachadas de raros palacetes de un tiempo tan confuso como ese estilo extraño. La tarde, que es hermosa, tan bella como pocas, castiga con los rayos de un sol enardecido que maltrata al hombre que camina, al joven que se sienta y al viejo sudoroso. La sed nos acribilla, nos hace vernos débiles y obliga a que paremos, buscando algún refresco en una tienda, quizás en algún bar, pues hay cafeterías que tienen buena pinta. Acaso un vino blanco no baste al caminante, pero es obligatorio probar todo lo bueno que la vida ofrece a los viajeros que emprenden tan a gusto su aventura. Y el vino que me sirven recuerda al albariño que habréis probado en Vigo, no lejos de esa ría tan hermosa que oyó cantar susurros y versos desatados a todos los segreles.
Y el vino que me sirven es dulce y menos ácido, pues se hace más goloso llegado al paladar que lo disfruta, pues, si es el vino bueno, tampoco es menester ponerse especialista. Y así, probando el vino, descanso unos instantes, volviendo a recordar al cuervo inesperado que se posa, no lejos, en Karlsplatz, sereno, sosegado, tranquilo al ver la gente. El vino sabe bien, si es bueno,  en todas partes, y el vino que hay en Viena no envidia cualidades de otros vinos, pues son los buenos vinos que da la tierra fértil, preñada por la mano que trabaja. Y pienso que, en los heurigger, podré probar el vino famoso de la zona, oyendo las canciones más alegres, las letras más amargas que, más que hablar de vida, nos hablan de la muerte. El vals, en sus orígenes, nació donde se cantan canciones de este tipo, probando el vino bueno que el otoño concede al campesino que sufre trabajando las tierras heredadas. Y, amante de la música, podré notar en falta las óperas y el fuego que enciende con tesón la Filarmónica, lejana en estos días de sol y de verano, si tocan en Salzburgo.
Y así, al probar el vino, empiezo a imaginarme dichoso entre estas gentes que beben en silencio y que comentan momentos de este día que va desvaneciendo sus luces y sus brillos. Después de darme gusto con ese vino dulce, quisiera caminar, dejarme a la deriva por las calles, perderme en una vuelta, buscando los jardines, mirando las mansiones. Y entonces me apetece llamar a un viejo amigo, decirle al buen Rimada que pude disfrutar de un vino suave como es el albariño y en un lugar lejano, distante de su tierra. Lo llamo por teléfono, mas no ha de contestarme: quizás está ocupado, vendiendo las pinturas que se exponen en bares donde para y bebe, como todos, el vino de Galicia. Yo sé que, si pudiera, también se escaparía, llegando con apuro, para asistir conmigo a ese espectáculo que es ver la noche triste en ese cielo bello, igual que el castellano. En Viena, los palacios parecen más hermosos si el sol está cayendo, si todo se engalana con la noche y mira las estrellas que acuden presurosas al cielo más oscuro.
Y, al fin, salgo a la calle, me pierdo por la zona y aprendo a entretenerme con los escaparates más diversos, la gente que va y viene, la luz que se diluye, besando las fachadas. Parece que es prudente tener algún cuidado, pues no es bueno extraviarse en un lugar como este en que el idioma nos hace no entender a quienes nos ayudan, si explican un camino. Supongo que hace falta tener un  callejero para poder moverme por esta ciudad grande, tan hermosa, magnífica y romántica que puede embelesarme con toda su belleza. Encuentro un viejo kiosco cercano a la Staatsoper, donde comprar la guía, tal vez el callejero que me ayude, que sirva al caminante que busca, peregrino, lugares azarosos. La joven que me atiende, amable como pocas, conoce bien mi lengua, y hablamos un ratito en castellano. Después me voy tranquilo, siguiendo mi camino, contento con la compra. Es útil, según pienso, poder tener idea de todo lo que admiro, y hallar también las rutas que interesan en esta ciudad grande, acaso majestuosa que ve la tarde-noche.

III

La iglesia de San Carlos Borromeo me vuelve a contemplar, mientras la miro, tomando una jarrita de cerveza, pues hay una taberna al aire libre, y puede uno beber mientras contempla la clara majestad de esa fachada. Un viejo profesor de los de Oviedo se acerca hasta la barra y lo saludo formal, con la correcta cortesía. Hablamos brevemente unos minutos y sigo disfrutando la cerveza. Beber me lleva a estar algo contento, pues siempre pienso en la literatura, si bebo y si contemplo cualquier cosa que tenga una belleza sugerente. Quien ama la poesía la pretende por donde va su paso, a todas horas, y el alma de poeta enajenado me lleva, repentino, a la escritura de versos que se apuran en la mente. El caso es escribirlos, porque luego podré arreglar con ellos un soneto que tenga perfección y buena maña:

Sospecha de un septiembre, pero esquiva,
la brisa alcanza el suelo, los cristales,
la imagen de barrocos ventanales
que la hacen decadente, pero altiva.
La Viena de otros siglos sigue viva
entre esas hojarascas imperiales
que saben de calores estivales,
si van, como un otoño, a la deriva.
El sol se pierde y todo es oro viejo
que busca el sueño, el eco y el reposo
en una noche bella y estrellada.
Y siguen reflejando con su espejo
las aguas del estanque silencioso
la iglesia de San Carlos, su fachada.

Si sigo de este modo en este viaje y apunto en mi cuaderno tales cosas pudiera hacer un libro, aunque discreto, contando las más raras impresiones que ofrece esta ciudad acogedora. Y quiero desmentir lo que se ha dicho de todos los que habitan esta tierra: no pienso que sean fríos, como dicen. Los miro y me parecen gente noble, con alma generosa, acogedora, con todos los que vienen, hechizados, buscando un imposible que se cumple.
De pronto ya no veo lo que escribo: la noche se ha cerrado y en la altura saludan las estrellas temblorosas. En Viena cae la noche antes de tiempo y es hora de encontrar un restaurante, pues no he comido nada en todo el día. Y entonces me doy cuenta de un letrero, pasando más allá de la Ringstrasse, que anuncia el escalope vienés, que es obligado al visitante. La cena en soledad es un momento de calma y reflexión en la aventura.
La cena vendrá bien, como el descanso, tras horas de camino por las calles, llegado ya al hotel, que queda lejos. Allí podré cambiarme los zapatos, que no eran ni muy nuevos ni muy viejos, después de que rompieran cuando andaba buscando los lugares más insignes. De todos modos, tengo unos playeros y es bueno pisar cómodo en los viajes. Mañana será el día de ponerlos y hacer camino en busca de lo bello.
Hay tiempo, en el hotel, para otro escrito, quizás acelerado, pues muy pronto querrá el cansancio convertirse en sueño. Comienzo a redactar otro soneto, después de haber hablado con mis padres y un rápido saludo a mis hermanos. Los versos se suceden fácilmente:

El cielo es siempre puro en el verano
en esta Viena hermosa que visito,
y el hielo se adivina de granito
en un invierno gris pero lejano.
La escarcha tomará ese suelo llano,
el viento que se lanza con su grito,
la lluvia repentina en un escrito
que versa de este tiempo más lozano.
No habrán de derrotarla las nevadas,
pues es ciudad que vive del hechizo,
del arte de la música más pura…
Y vientos que sugieren las heladas
y tiempos para el llanto y el granizo
no habrán de arrebatar esa hermosura.

Y es cierto que me lleno de fatiga, después de caminar por esas calles, por los rincones más inesperados, donde no falta, como en los más célebres, la magia de explorar estos lugares. Y entonces me desnudo, prometiéndome guardar las fuerzas para, de mañana, salir a caminar y verlo todo. Habré de levantarme muy temprano. El sol llega primero y huye pronto, si vamos a paisajes alejados, buscando el este, desde la península. Acabo la jornada entre las mantas, tumbado sobre lecho y agobiado por el calor violento de la noche, pensando en este viaje repentino, un viaje agotador y emocionante que pronto desemboca en un bostezo. El caso es descansar junto a la almohada.
Mas no puedo dormir, y es necesario. Comprendo que, aunque siente la fatiga, mi cuerpo tiene ganas de aventura. Y entonces me decido y doy un salto, pues quiero ver la vida de esa Viena nocturna en que se esconden mil promesas. Entonces, al ducharme, me imagino que ignoro muchas cosas, que es preciso pensar en qué lugares son propicios al hombre que camina peregrino. Es miércoles y sé que es la costumbre en muchos sitios cerrar cuando la noche se avecina. Serán algunas jarras, poca cosa, si es cierto que encontramos algo abierto, tal vez junto a San Carlos Borromeo. Deambulo nuevamente sin un rumbo.

IV

“La iglesia de San Carlos es una iglesia enorme, de estética barroca, que tiene una fachada impresionante, tan bella como extraña, con su cúpula, la cúpula que aporta su verde blanquecino, muy frecuente cuando en los edificios de importancia se elevan esos techos que miran con orgullo  con grandeza, haciendo ostentación innecesaria. Y adoro esa fachada. Y sé del arquitecto que fue un hombre importante ya en su siglo: von Erlarch, que no suena, según dicen, a muchos entendidos, a gentes que escribieron del arte de lugares como Italia. Sabed que este von Erlach también supo inspirarse en lo italiano, y que la iglesia sigue mostrándose imponente, cuando la noche se abre a las estrellas y cierra al sol su paso, vengándose por tantas alboradas.”
Anoto estas palabras en mi diario, bebiendo más cerveza y contemplando la mágica fachada, sus blancos y sus verdes, esa cúpula, tan grande como hermosa, y un joven que se acerca con un aire de rara timidez parece decir algo que no comprendo bien, dado el idioma. Pasamos al inglés, que no domino, y entonces, con trabajo, comprendo algunas cosas que me dice: es uno de esos músicos de Viena que viven en las calles, y no tiene dinero, que quiere que le pague una cerveza. En Viena son comunes estos músicos. Por cierto, que la gente los adora, no ocurre como ocurre aquí, en España, lugar donde los ven como mendigos. Le pago una cerveza y conversamos: se me hace ya más fácil seguir lo que me dice, mezclando el alemán a otros idiomas, y dice que es de Chequia, de Bohemia, igual que el mariscal, el gran Radetszky. Y hablamos de la guerra de otros siglos, del buen soldado Schwejk y de otras cosas. Así quiere enseñarme unas postales e indica que las mande desde España después de mi regreso, que no hay prisa. Por fin, la lluvia fina, la lluvia semejante al fino “orbayu”, frecuente en las Asturias, nos hace abandonar la vieja plaza, Kalrsplatz, donde tomábamos cerveza en una mesa puesta al aire libre. Camino hacia el hotel, hacia la cama, pensando que ya el día ha terminado, y habré de confesarlo: el tiempo en Viena sabe siempre a poco.
Camino desde el centro de la bendita plaza, buscando, por las calles, perdido en la ciudad desconocida, debajo de esa lluvia que es tan nuestra. Los asturianos somos propicios a mojarnos y el agua nos deleita por donde nos perdemos, caprichosos, buscando nuestro albergue en otras zonas. Y entonces me doy cuenta: no sigo hacia el hotel, no voy a Schaefergasse, pues he tomado acaso otro camino, ya fuera de lo que era la muralla. Y pienso que ahora sigo por una calle extensa que suele ser la sede de lo que son las ferias y mercados: Naschmarkt es el lugar en que me pierdo. Los puestos se prolongan en esta calle larga, igual que los vagones de un tren interminable en esas vías que quedan circundadas por aceras. Es noche y los sonidos que suelen ser frecuentes en horas de mercado no llenan, con su vida, estos vagones callados, melancólicos, serenos. Y siento, bajo el cielo que llena de fragancias la lluvia perezosa, que no he dejado atrás la Asturias mía, tan solo me he alejado hasta esta tierra. Tal vez un asturiano no pueda ser del todo foráneo, entre estas gentes, si sabe disfrutar de este mercado cuando la noche cae sobre los vivos.
Al fin, en el hotel, cansado de la andanza, después de tantas horas, intento conciliar, con gran trabajo, el sueño que no viene, de momento. Descubro entre mis cosas esa dichosa guía comprada en aquel kiosco, y advierto, al ver las fotos que contiene, que he visto muchas cosas esta tarde: he visto la Staatsoper, he visto, por ejemplo, la plaza de San Carlos, la iglesia y su barroco desbordante, y el templo del Concierto de Año Nuevo. También he visto Hofburg, y, lejos, he admirado, acaso la Volksoper a distancia, si no me he confundido, al divisarla, buscando tal vez cosas diferentes. Son esas horas raras que vienen reflexivas, que tientan a la gente, llevándola a balances arbitrarios sobre las horas previas, sobre el día. Los párpados ya pesan y es hora de dormir, de hallar descanso, después de tantas horas de camino.
El pobre peregrino que se rinde, que entrega, indigno, todo su cansancio, podrá soñar con esa Viena inmensa, con todas las sorpresas que ha tenido, buscando a la deriva, sin acierto, tal vez con un desorden que no es malo, pues todo en la aventura se improvisa. También bosteza Viena, pues es tarde, y no son los bullicios en la ciudad hermosa molestos como en urbes más movidas: los coches no se escuchan, van despacio, sin prisa, y quienes siguen en orden su camino son gentes que no tienen espíritu de juerga ni quieren la bullanga de otros sitios. La aurora avisará con su venida.


2015 © José Ramón Muñiz Álvarez

martes, 17 de noviembre de 2015

Los placeres del amor

JOSÉ RAMÓN MUÑIZ ÁLVAREZ
"LOS PLACERES DEL AMOR” o "LOS GALANES DE LA POESÍA"
(Compuesto en
verso)

Interior del Castillo de D.Marcelino, ese señor de viejas barbas que está al lado de Marcos, su humilde criado. Los atuendos de ambos señalarán levemente la diferencia de la condición social de ambos. Están en el despacho de D. Marcelino, las ventanas abiertas, y desde el interior del gabinete se ven paisajes más allá de las ventanas, con montes coronados por otros castillos.

MARCELINO-. Para el que sabe de amor
y se mete en amoríos
puedo contar desvaríos:
de cuanto sé, lo mejor.
Y, si me haces el favor,
si me quieres escuchar,
yo bien te podré avisar
de mujeres litigantes
y de estúpidos amantes
que tienen que escarmentar.
Presta atención, como digo,
si el saber es un derecho,
que sacarás buen provecho
de quien te pone a su abrigo;
que no es mirarse al ombligo
dar instrucción y saber
a quien debe conocer
todo lo que amor enciende,
cuando en el pecho se prende
el amor de una mujer.
Y son esto cosas graves
en las que te he de enseñar,
que siempre es bien no llorar
como sé que tú bien sabes.
Las mujeres son muy suaves
y sutiles sus maneras,
y, para hablar a las veras,
su trato pide cuidado,
pues es su pecho malvado
y sus mentes traicioneras:
cómo saben engañarnos,
manipularnos, metirnos…
Siempre quieren conducirnos,
siempre buscan gobernarnos.
Es necesario ayudarnos
siempre con estas cuestiones,
porque quiebran corazones,
no conocen la piedad,
dándose a la mezquindad
de desprecio y sinrazones.
¿Quién de una mujer se fía,
si ni ellas mismas se entienden?
Tanta apariencia que venden
es necedad y porfía.
¿Sabes que una prima mía
trajo a un príncipe, su amante,
a locura delirante
con decir que no lo amaba?
MARCOS-. Si la verdad le contaba…
MARCELINO-. No seas extravagante.
Haz caso de tu señor,
que por tener nombradía,
muestra más sabiduría
incluso que el buen prior.
¡Qué sabe un cura de amor,
como no sea del divino!
MARCOS-. Sabed vos, don Marcelino,
que temo ser descortés,
pero no tengo interés
en seguir este camino.
No hay cosa más elevada
y bella que las mujeres,
pues ofrecen los placeres
y nos cuidan la morada;
ese lugar donde, airada,
a veces la veis reñir,
que también el discutir
ha de tener su momento.
MARCELINO-. Clamar quiero al firmamento,
Pos lo que me haces sentir.
MARCOS-. Vos amáis a vuestra esposa
con vuestro pecho valiente,
como bien cuenta la gente.
MARCELINO-. ¡Qué bobada tan graciosa!
Si un infeliz se desposa,
¿no hará bien hacer la gracia,
evitando la falacia
de mentir a los demás,
en contar lo que sabrás
de mi dolor y desgracia?
Cuando a mi mujer amé,
que fue ya en tiempo lejano,
me sentí limpio y ufano,
pero luego me casé.
Me casé, mas me cansé,
que una bruja al hombre amansa
cuando se casa y se cansa,
y sigo, en fin, yo cansado
del mal de verme casado
con alguien que no descansa.
¿Quién quiere casarse hoy día,
sabiendo que son los años
malos amigos, tacaños,
con quien va a la vicaría?
Yo me casé, y fue porfía
que de pagar en salud.
Haz caso de la virtud
y prudente escucha al viejo,
haciéndote buen reflejo
de su justicia y virtud.
Casarse es una locura.
Tú no te puedes casar
sin haber visto pasar
la edad que volando apura,
pues es terrible la cura
de quien se rinde a pasiones,
dibujando corazones
en los árboles callados.
Yo digo que están tarados
y que son unos pendones.
Y para que, firme venza
sobre tu tan loco intento,
ilustraré el argumento
a costa de mi vergüenza:
el caso es que fui a Sigüenza,
noble ciudad, no lo dudo,
y como el Amor me pudo,
me jugó una dura treta:
y es que vine a ser poeta,
sujeto a su extraño nudo.
De todo, lo más pesado
es el joven que sin guía
se dedica a hacer poesía
con rancio verso rimado.
No fui malo, fui afamado
con mis extrañas letrillas,
que, si son cosas sencillas,
yo, no falto de pereza,
pude mostrar mi cabeza
con tan raras maravillas.
Pero mira, por favor,
a lo que el sino nos lleva,
que te voy a dar la prueba
de que amar no es lo mejor.
Trajo el amor tal dolor,
que, dejando mis asuntos,
pensaba yo en estar juntos
mi persona y mi señora
desde el alba a la otra aurora.
Y qué terribles barruntos…
Porque siempre la poesía,
a pesar de su belleza,
nos trastorna la cabeza
cada noche y cada día.
Piensa con la mente fría,
que no es útil para nada
escribir cada alborada
al amor más encendido
para que luego Cupido
te deje un sabor a nada.
MARCOS-. Mi señor don Marcelino,
bien sé yo que sois muy viejo,
mas por seguir el consejo
todavía no me inclino.
Yo pienso que me encamino
a singulares pasiones.
por eso escribo canciones,
que, aunque, sin utilidad,
dan gusto a mi mocedad.
Cambiemos estas lecciones.
No acudo a vos, buen amigo,
a quien tanto yo agradezo
favores que no merezco,
por no mirarme el ombligo,
ni me pongo a vuestro abrigo
para maldecir amores.
Quiero hacer versos mejores,
quiero, como hicisteis vos,
buscar, no el amor de Dios,
sino infinitos amores.
Aprender las reglas quiero
en el arte de trovar
para poder elevar
este amor que es tan sincero.
Sed vos señor, yo escudero,
en tan difícil momento:
no quiero rimas de viento
para hacerme yo el festivo,
quiero sentir lo que vivo
para decir lo que siento.
MARCELINO-. Pues vas de cabeza al río,
he de enseñarte a trovar,
pero antes debo buscar
en este comodín mío.
A veces yo miro y río
mis raras letrillas viejas,
mis lamentos y mis quejas,
que con tanta devoción,
suplicaron el perdón
de una dama en sus orejas.
Aguarda, que he de buscarlas
para que, alegre las leas,
que bien está que las leas.
Remueve el cajón con tiento.
Mira, acabo de encontrarlas.
¿No las ves? Ven a mirarlas,
que tienes vista mejor.
MARCOS-. Leyendo:
Letras hechas al sabor
del señor don Marcelino
de Priaranza del Camino,
cuando tuvo un gran amor:
Recitando:
Pues mal me quiere la vida,
que me mata un mal de amores,
por pedir altos favores,
he de llorar la partida.
La dejaré por perdida
si a este destierro me envía,
con la mirada más fría,
que no es justo padecer
el amor de una mujer
cada noche y cada día.
Y ya que tal mal provoca
en mis ánimos dolidos,
llevo los labios vencidos
sin recuerdo de su boca.
Mal destino el que me toca,
Si es triste la suerte mía,
con la mirada más fría,
que no es justo padecer
el amor de una mujer
cada noche y cada día.
Por eso vivo apartado
de todas las devociones,
y enojado de pasiones,
muero triste, alborotado.
Del amor avergonzado,
no envidies la suerte mía
con la mirada más fría,
que no es justo padecer
el amor de una mujer
cada noche y cada día.
Quiero penar, solitario,
dolerme del mal que tengo
y sentir que me prevengo
de subir otro Calvario,
que es un fuego extraordinario
hallar pena en la alegría
con la mirada más fría,
que no es justo padecer
el amor de una mujer
cada noche y cada día.
Quiero morirme ya en suma,
y ser espuma en los mares,
si es Venus, en sus altares
la que nace de la espuma.
Por eso tomo la pluma
que el ingenio hace porfía
con la mirada más fría,
que no es justo padecer
el amor de una mujer
cada noche y cada día.

TELÓN Y FIN

2009 © José Ramón Muñiz Álvarez
“LOS PLACERES DEL AMOR”
Cuadro único
Todos los derechos reservados por el autor.

sábado, 10 de octubre de 2015

Erich Schagerl



José Ramón Muñiz Álvarez
El sendero del músico de Wilhemsburgo
(Las estampas bucólicas de
la Viena de Erich
Schagerl)

Soneto I

           El brillo del violín siempre despierto
enciende esa pasión que los oyentes
confiesan, los sonidos relucientes
que llenan de placeres el concierto.
           Es Erich el que toca, y es acierto
que vuelen los sonidos más lucientes,
si se oyen partituras sorprendentes
y vuelve a revivir el aire muerto.
           La música cautiva con su hechizo
y llora su violín con cortesía,
embrujo que sostiene en una mano.
           El arco corre raudo con su rizo,
y alcanza a ser fugaz la melodía
que lo hace un violinista soberano.

Es Erich un virtuoso

           Es Erich un virtuoso
que sabe bien su oficio,
y, el arco siempre en mano, solo él puede
llevarnos con su magia a ese pasado
que buscan y no encuentran
los sueños que soñamos cada noche.
           Pues es un hechicero
que evoca aquellos tiempos
de encanto y elegancia en que los príncipes
llevaban a la guerra sus ejércitos,
queriendo engrandecerse
con tierras de otros príncipes y reyes.
           Aquellos tiempos bellos,
no menos agresivos,
hermosos sin embargo, porque entonces
las gentes eran sabias y sensibles,
amantes del misterioso
que el alma llena de romanticismo.

Soneto II

           No puede haber más brillo ni belleza
en un sonido que, en sus claridades,
exhibe de los genios las bondades,
su fuego, su talento y su nobleza.
           La música, que la naturaleza
retrata con ideas, con verdades,
el bosque teje con sus densidades,
sus verdes, su follaje y su maleza.
           Beethoven retrató con su pintura
paisajes de esa Viena rumorosa
que ve crecer las vides lentamente.
           Pues es la Pastoral la partitura
nacida del arroyo que rebosa
y escucha el trino tierno y complaciente.

El otoño en los bosques de Viena

           Fue bordando sus raros colores
en follajes callados y tristes
el otoño en los bosques de Viena.
Porque enciende su fuego con gana
en la densa hojarasca que muere
el otoño en los bosques de Viena.
           Y es que sabe mostrar la belleza,
con su fuerza y su gran colorido,
el otoño en los bosques de Viena.
Porque duermen los árboles bellos,
mientras deja sus hojas al aire
el otoño en los bosques de Viena.
           Porque viste los bosques rojizos,
y con ocres y pardos, acaso,
el otoño en los bosques de Viena.
Porque siempre las lluvias apura
entre densas malezas y arbustos
el otoño en los bosques de Viena.

Soneto III

           El arco deslizó con raro hechizo,
llevado por la cuerda de su mano,
mostrando, con un gesto soberano,
la gracia de la música en un rizo.
           La nota que en el aire se deshizo
las llamas describió del sol lejano,
vencido a la mañana, si, temprano,
brillaba sobre mares de granizo.
           Y, beso de violín, alma de brisa,
el vuelo de un espíritu callado
mudó con su sonido bullicioso.
           Su mano se agitó casi con prisa,
pues Erich, con un gesto enajenado,
la música convierte en algo hermoso.

Los bosques de coníferas

           Los bosques de coníferas,
amigos del estanque,
se alternan con los árboles caedizos,
que encienden los colores más variados,
porque el paisaje triste
desnuda su belleza en el otoño.
           También los urogallos
lamentan la llegada
del viento del invierno que, inclemente,
parece castigar a los que viven,
dejando que se escapen
las aves a otros reinos alejados.
           En tanto, los austríacos
parecen alegrarse
del velo de las nieves que ya llegan,
que cubren cada prado, porque Simmering
se ofrece a quien patina,
y allí vemos a Schagerl con los suyos.

Soneto IV

           Después de transcurrir la noche oscura,
la brisa ve que en Austria los deshielos
apura un sol que corre por los cielos
que encienden, con el alba, su hermosura.
           Y, pues que con la noche se apresura,
sabiendo que las nieves en los suelos
tejieron los hermosos terciopelos,
los hiere, los derrite y los apura.
           Nostalgia de una clara primavera
parece el cielo azul, que, malherido,
nos habla como un viejo moribundo.
           La luz se siente débil a la espera,
sabiendo del crepúsculo encendido
que llora despidiéndose del mundo.

Sabed que la mañana

           Sabed que la mañana
despierta en Niederösterreich,
mirando las escarchas de otro tiempo.
Sabed que sus colores
repiten los dorados de otras veces
en las colinas tristes de la escarcha.
           Y un Erich, siendo niño
las pudo contemplar cuando vivía
en la región más bella del planeta.
El sol siempre lejano
parece melancólico y poético
al alma que lo admira silencioso.

Soneto V

           El sol llegó a ese cielo que, invernizo,
su reino abandonó, entre las neblinas,
sabiendo que eran brasas coralinas
que danzan al azar, metal cobrizo.
           Parece que, en los meses de granizo,
de nieves y de hielo en las colinas,
las músicas se tornan cristalinas
como ese hielo raro con su hechizo.
           Hermosa suele ser, de los violines,
llenando los inviernos más inciertos,
la música que suena en los jardines.
           Escuchan sus sonidos, sus aciertos
los mármoles de viejos querubines,
fingiendo, en su letargo, estar atentos.

El hielo se deshizo
          
           El hielo se deshizo
no lejos de Sankt Pölten, donde siempre
la luz primaveral llama al deshielo.
Las horas de la nieve,
la escarcha y los granizos repentinos
habrán de apaciguarse por lo pronto.
           Es bello suponerlo:
las flores arderán en un incendio
de vida que se lanza hacia el verano.
Y luego los otoños
traerán el fruto rico del trabajo
del hombre que cultiva su parcela.

Soneto VI

           Los bosques callan, calla ya el sendero
donde arden las antorchas en que, oscura,
se viene a deshacer, donde se apura,
la noche cuyo sueño es más ligero.
           En Viena duerme el sueño del enero
la nieve que desciende de la altura,
que cubre cada suelo, que se apura,
llegando a los caminos sin esmero.
           Y entonces una luz anuncia el día
que llena melodías con sus besos,
si un beso puede ser su fortaleza.
           Y vemos las nevadas, los excesos
que dejan un perfume de alegría,
un halo de misterio, de belleza.

La música se embriaga del espíritu

           La música se embriaga del espíritu
que prenden los violines y las violas,
la trompa, el clarinete, el violonchelo,
si buscan ese cielo inaccesible.
           Así imagina el alma los paisajes:
las aguas perezosas del Danubio,
los ecos de las aves de los bosques,
los cálidos colores del otoño…
           Los trémolos anuncian un inicio
que llama a los deleites más extraños,
dejando que se sienta en los adentros
un halo de callado misticismo.
           Podemos aprender mil sensaciones:
la calma relajante en e ambiente,
la noche misteriosa de la angustia,
tal vez la luz que enciende la esperanza.

Soneto VII

           Dejó el invierno atrás, siempre ligera,
la luz que, por los amplios corredores,
derrama su hermosura a los albores,
los brillos que despacha como quiera.
           Podrá la aurora, dulce y lisonjera,
al tiempo que se escapa entre vapores,
la sábana alcanzar con sus colores
que aquella orilla advierte prisionera.
           La luz del alba, el beso del rocío,
la voz que sabe a verso de alborada
se admiran de la brisa repentina,
           De su violín escuchan todo el brío
y es Erich quien derrite la nevada,
si canta al sol allí donde ilumina.

Un eco mozartiano

           Un eco mozartiano
se vuelve mensajero de alegría
al ver la primavera
que llega a cada parque
y enciende los verdores en las ramas,
rompiendo ese silencio
que quieren los inviernos y las nieves.
           Un eco mozartiano,
un eco cadencioso que suplica
la vida en cada bosque,
el verde en cada planta,
la llama de las flores que preludian
el renacer que espera
la vida que despierta de su sueño.
           Y sabe que es hermoso
quien toca con la técnica magnífica
del sabio filarmónico,
del hábil violinista
que aprecia, con el alma de un poeta,
los cambios del paisaje,
metáfora de todo cuanto es nuestro.

Soneto VIII

           Los cuentos de los bosques se hacen bellos
y un gusto a vals en ellos siempre suena
si se oyen a las viejas, cuando, en Viena,
la luz se hace crepúsculo con ellos.
           Pues arden con bravura los destellos
que ven el cielo hermoso en luna llena,
si acaso el blanco toma y la azucena
admiran campesinos y plebeyos.
           Que pueblan las aldeas imperiales
los duendes del febril romanticismo
que siente una niñez con fantasía.
           Y acaso entre viñedos y frutales
esconde cada sombra el raro abismo
que habita con su magia y alegría.

La música es en Viena

           La música es en Viena
un canto y un milagro de alegría
que alivia las tristezas del invierno.
           Las nieves son frecuentes,
las lluvias y los fuertes temporales
de vientos que se agitan encendidos.
           La soledad no es dulce
si no se oye un violín, alguna cítara
que traiga la promesa de otro tiempo.
           Y así la tarde triste,
monótona y amarga por la nieve,
no olvida que el verano vendrá pronto.

Soneto IX

           La nieve llega siempre tras la helada
a Schönbrunn y sus mágicos jardines,
lugar donde se escuchan los violines
que el alma elevan hasta su morada.
           La senda, muchas veces escarchada,
nos lleva donde están los paladines
que cuidan, como nobles querubines,
la llama de un imperio enajenada.
           La gloria vive donde está el pasado
perdido por los siglos de la historia,
que corre caprichosa hacia la nada.
           Y mira Erich el templo custodiado
por hechos y momentos cuya gloria
tan solo es la leyenda recordada.

Los bosques apartados

           Los bosques apartados
inspiran melodías
que pueden describir esa hermosura
que tienen los viñedos del otoño,
si hiere el verde intenso
la helada con su aliento peregrino.
           Los árboles que abundan
esconden los senderos
que aquellos personajes de leyenda
pudieron caminar en esos siglos
de miedo y de ignorancia,
poblados por las brujas y los monstruos.
           El vino deleitoso
conjuga sus sabores
con el color callado de diciembre,
cercano ya el invierno, mientras Erich
se inspira en el paisaje
que regaló su música a los genios.
           Si Strauss compuso valses,
Beethoven, con paciencia,
compuso una brillante sinfonía
que deja una impresión de bucolismo
en quienes se entretienen
oyendo a la oropéndola en las frondas.

Soneto X

           Se enciende entre coníferas el cielo
que el bosque ven tan lleno de alegría,
que escucha la más bella sinfonía
el aire limpio y puro del deshielo.
           Parece despertar un nuevo vuelo,
de llamas y dorados cuando el día,
meciéndose en febril melancolía,
la niebla teje en suave terciopelo.
           Pues hace de la música baluarte
quien toca esa belleza reluciente
que canta los paisajes silenciosos.
           Y Viena, la mayor cima del arte,
bucólica es a veces donde siente
que los sonidos arden cadenciosos.

El valle de Wachau y sus castillos

           Parece que el camino
se vuelve más romántico,
mirando la belleza del Danubio,
que sigue silencioso
el curso destinado por el cauce
del valle de Wachau y sus castillos.
           Pues magnas fortalezas
saludan, con sus torres,
al caminante alegre que transita,
mirando la arboleda,
los montes, las colinas de la zona
del valle de Wachau y sus castillos.
           El viaje se hace rápido,
dejado a las corrientes,
siguiendo el curso mágico del agua,
que ve, entre farallones,
los pueblos más discretos y los muros
del valle del Wachau y sus castillos.

Soneto XI

           Dormido en su febril melancolía,
el sol nos trae de nuevo la mañana
que ve correr la luz donde lozana
se escapa para dar su fuerza al día.
           Y el eco de una suave melodía
la nieve ve morir en senda llana,
si, lejos, en la cumbre grita ufana
la gloria de la noche más sombría.
           La noche deja siempre su granizo,
su escarcha, sus nevadas y su hielo,
sobre un paisaje bello y hechizado.
           Mas siempre la blancura se deshizo,
si quiso Schagerl limpio hallar el cielo
allí donde un violín vuela hechizado.

El tango es argentino

           El tango es argentino,
agreste como agrestes los rufianes
porteños que hallarás en los burdeles.
           Sus cantos son de amores
que mueren traicionados en el llanto
de alguna copa vil en un tugurio.
           Un llanto de amargura
define sus compases caprichosos,
como el destino aciago de un afecto.
           El humo del cigarro,
el llanto de Gardel cuando cantaba
y un eco de nostalgia en el vacío.

Soneto XII

           La luz que se derrama a la alborada
y muestra el brillo mágico del día
parece saludar la brisa fría
que besa los alientos de la helada.
           Enero corre viendo alborotada
la música que vive en la alegría
el halo que romántico encendía
el alma de otros siglos olvidada.
           Y vuelan esos valses caprichosos,
que alegran el invierno y el granizo
que viene sin clemencia de los cielos.
           Se tornan los compases bulliciosos,
llegado el Año Nuevo, cuyo hechizo
las nieves deja libres y los hielos.

Las llamas del crepúsculo

           Las llamas del crepúsculo
que enciende el horizonte, entre dorados,
esperan el momento del concierto.
           Y Schönbrunn es testigo
de toda la hermosura que sugieren
las notas, los compases, los sonidos.
           Son bellas partituras
que elevan el espíritu más noble
al cielo de los sueños más amables.
           La música exquisita
parece ese perdón que el peregrino
buscaba en los caminos de otro tiempo.

Soneto XIII

           De Schagerl es acaso la grandeza
su forma de tocar, que el alma clara
expresa algo profundo que declara
su fuego o su febril delicadeza.
           Es él un violinista que la pieza
distingue, pues la partitura rara
parece más difícil, y él declara
que sabe interpretarla con belleza.
           Y luce bello el tango, reluciente,
el drama del amor que contraría
la falsedad del beso a medianoche;
           los valses cuya música demente
encienden la pasión de la alegría,
su fuego, su belleza y su derroche.

Las horas de silencio

           Las horas de silencio
que trajo la mañana con el alba
encienden la belleza de los cielos.
           Su luz, en primavera,
recuerda que se han ido ya las nieves
y el campo y las malezas viven libres.
           No en vano, la mañana
parece despertar con la alegría
que falta en las mañanas del invierno.
           Acaso la belleza del paisaje
renueva sus colores y se enciende,
llevada de un hechizo inesperado.

2013-2014 © José Ramón Muñiz Álvarez