sábado, 23 de octubre de 2021

VII

 


            También canta el Noval, pero sus voces, continuas y monótonas, confunden el brillo de la noche y las cortinas calladas de la noche, de esas horas que corren con apuro, entre los sueños, cantando pesadillas desde sendas rodeadas por un halo de tristeza, las voces melancólicas que quieren cantar a la belleza de la noche. Manuel también disfruta con la umbría, la luz artificial de las farolas  y el beso silencioso de la luna. La noche le sugiere muchos versos, mirando las estrellas, si conviene, gozando del “orbayu” de la zona. Y sabe disfrutar de los "orbayos", bañándose en extraños pensamientos -¿se puede bañar uno en pensamientos?-. Y quedan muchas horas para el alba, se escapan, pero queda mucho tiempo, y el tiempo nos invita a hacer camino. Y, siendo tantas horas para el alba, tampoco es importante que el cansancio nos haga sentir sueño, si no es hora: la luz escasa dice lo que siente, lo indican las llamadas de los bosques, los últimos ladridos de los perros:

           las voces de las aves de la noche,
          la densa oscuridad de los mochuelos
          y el valle dominado por la sombra,
          sus horas dominadas por la sombra,
          su aliento dominado por la sombra,
          sabiendo que el Noval descansa triste,
          cantando que el Noval discurre triste,
          queriendo confesarnos su tristeza…”
 
          Los versos de Manuel son cosa extraña, sus noches, sus paseos, su culto a las leyendas del antaño. Hay algo sugerente en cada escrito que guarda en el cajón de la derecha, después de los paseos, cuando escribe. Parece que el camino hace dictados con todos los poetas, los inspira, los llena de paciencia con su brisa. Y el verso, la palabra, los acentos no quieren resistirse, si es que el mundo se inspira en esa brisa y ese “orbayu”. De pronto, tras la tarde calurosa -pongamos que el verano se apresura-, la lluvia despaciada nos relaja. De golpe, nos relajan los ambientes callados de la noche, cuyas horas nos hacen meditar en la poesía.
 
          “Los últimos ladridos de los perros,
          las voces del mochuelo y el autillo,
          en medio de estas negras soledades,
          cantándole al amor en primavera,
          jugando a festejar, con su reclamo,
          las lluvias de la vida, que acontecen
          sobre estos rostros puros, amigables
          al mundo de la sombra y de la noche
          que asoma a las mansiones de los cárabos.
 
          Los últimos ladridos de los perros,
          la brisa que se antoja perezosa,
          en medio de la nada, al caminante,
          y el eco de los viejos caminantes,
          eternos peregrinos de la noche,
          amigos de la noche, sin descanso,
          que escuchan esa voz del arroyuelo,
          que sienten esa voz del arroyuelo,
          que viven esa voz del arroyuelo…”
 
          Manuel se baña siempre en pensamientos que tienen algo lírico y extraño, tan raro como el viento de la noche. Manuel escucha siempre los relatos má raros que se cuentan en la aldea, tan raros como el aire del sendero. Manuel habla de brujas y no cree, sabiendo que sus voces nos acechan, tan raro como el miedo que nos ronda…
          Y no se intuye el beso de la luna, cuando Manuel, ya en casa, sin apuro, escribe la poesía en su cuaderno: “Parece que la noche se ha obcecado”, nos dice con su gracia inteligente y haciendo buen alarde del estilo. ¿Parece que la noche se ha obcecado? Lo dice por las aves de la noche, lo dice por las sombras de la noche. Y es cierto que la noche se ha obcecado: se obcecan los arroyos, los caminos, las voces del paisaje que no entienden. Y, acaso al obcecarse con la noche, Manuel escribe versos y relaja la mucha fantasía que lo llena. La noche se ha obcecado y, con el alba, podremos escuchar lo razonable, si amanece con cantos diferentes la mañana.
          El canto de los gallos rompe al alba.
 

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