- José Ramón Muñiz Álvarez
JORNADA CUARTA DE “EL CABALLERO VENCIDO O EL
AMOR QUE NO SE ENTREGA”
(breve representación
dramática)
ESCENA PRIMERA:
La dama, acompañada de sus damas, dialoga con el duque al amor de la lumbre de la chimenea del palacio del duque.
DUQUE-. Pues es el vino hablador,
pues que lo es en demasía,
hablar hace en pleno día
de las galas del amor.
DAMA-. El vino, dulce licor
que del alma se apodera.
DUQUE-. El amor, la rara espera
que en tristeza se convierte,
porque el amor es la muerte
si en el desdén desespera.
Siglos de gran amargura,
con acento quejumbroso,
en su aliento poderoso
supieron la sepultura.
Porque con ansias apura,
ese dolor, si es destino,
que no existe otro camino
ni, en la senda de la vida,
es posible otra salida
que ese desierto mezquino.
DAMA-. Y el rey llora en su aposento,
en el lecho, con tristeza,
viendo que ya la realeza
pierde al paso de un momento.
Nadie mira con contento
el lugar donde se sienta.
DUQUE-. Y el príncipe se lamenta
viendo el destino cercano,
porque hasta el amor lozano
de su esperanza se ausenta.
SIRVIENTA 1-. Y se queja el caballero,
que, a pesar de su nobleza,
cuando a la vida bosteza,
sabe el suspiro postrero.
SIRVIENTA 2-. Y contempla el escudero,
cuando, próxima, la advierte,
esa desdicha tan fuerte
que es amar y no tener
ese beso de mujer
que hasta el alma deja inerte.
SIRVIENTA 1-. Y, pues arden en el fuego
la edad y la blanca leña,
sabe bien quién es la dueña
de su futuro el labriego.
SIRVIENTA 2-. Que sabe que vendrá luego,
prometiendo la dulzura.
DUQUE-. Tuvo mayor hermosura
la luz que, con lozanía,
los ventanales abría
de la mirada que apura.
Y, al recordar la belleza
que le diera más ornato,
el tiempo fugaz e ingrato
le dio su amarga certeza.
Y, en la mezquina maleza
ya la luz de la mañana,
si otras veces la halló ufana,
no la admiró ya tan bella.
DAMA-. Tal vez la belleza en ella
era una llama temprana.
DUQUE-. Es el tiempo traicionero
con los que, simples mortales,
ven las horas desiguales
escapar en el sendero.
Y el destino es duro acero,
si tal destino depara,
que corre el tiempo y no para
cuando busca la salida
del camino de la vida,
sabiendo la edad avara.
Por eso es amar, señora,
la severa prioridad
que se suplica a la edad
cuando amanece la aurora.
DAMA-. Si la dicha se demora
y la belleza marchita,
jamás la virtud irrita
cuando pura se derrama.
DUQUE-. Sois honesta y casta dama.
DAMA-. Y vos un galán que incita.
SIRVIENTA 2-. Muestra la muerte, contenta,
su poder, con gran alarde,
que al valiente y al cobarde
sabe enfrentar en la afrenta.
SIRVIENTA 1-. Y, si el que fugarse intenta
ve su rostro descarnado,
en el silencio callado
que nos arranca al vacío,
nos conduce al señorío
de su triste principado.
SIRVIENTA 2-. Porque loca es la imprudencia
de olvidar que en el camino
asalta al que, peregrino,
temblar suele en su presencia.
SIRVIENTA 2-. Falta siempre de inocencia,
Viste raros antifaces.
Y es que sus mañas audaces
cuele mostrar, siendo fuerte,
con arrogancia, la muerte
que desnuda sus disfraces.
DUQUE-. Por eso digo, y no en vano,
que aprovechar el calor
que nos ofrece el amor
es lo más justo en verano.
Y es el momento temprano
de la aurora de la vida
el verano que convida
a gozar sus sentimientos.
Todo han de ser desalientos
en la invernada dormida.
Que la muerte la riqueza
del poderoso en su gloria,
da al olvido su memoria,
y del pobre en su pobreza.
SIRVIENTA 2-. Pues, si el rigor es dureza
en esa triste guadaña,
sabed que siempre nos daña,
si se acerca, sigilosa,
cuando pronuncia quejosa
la palabra que no engaña.
Que, con las manos heladas
y el granizo en el aliento,
siempre es risueño el acento
de sus palabras calladas.
Y, a regiones apartadas
en ese reino olvidado,
con un silencio callado
que nos arranca al vacío,
nos conduce al señorío
de su triste principado.
DUQUE-. Pero hablemos de alegrías
para animar la velada,
porque un alma cultivada
no quiere melancolías.
DAMA-. Son extrañas cortesías
las que piden estas cosas,
que hablar de cosas hermosas
para raudo seducir
es como acaso pedir
exquisiteces golosas.
Que, agradecida, señor,
de tan caro alojamiento,
del portentoso sustento,
niego si acaso el amor.
DUQUE-. No me hacéis un gran honor
en tanto que mi apetito
se queda en un rostro escrito
que es el vuestro, y lo diré.
DAMA-. Pues sois atrevido y sé
que eso es pecado y delito.
DUQUE-. Son, como el más generoso,
los placeres del amante,
cuando, capricho inconstante,
hacen perder el reposo.
SIRVIENTA 1-. No se engañe el que, gozoso,
sienta el amor en su ser:
Pues promesas de placer
son las que ofrece Cupido
para, tras haber mentido,
sus pasiones encender.
Que promesas y maldades
son lo que engendra el amor,
cuando, con tanto dolor,
esconde sus caridades.
DUQUE-. Muchas son sus mezquindades
Que han ahogado mi respiro.
Por esa razón suspiro,
por esa razón me quejo,
y, siendo joven, es viejo
el amor en que deliro.
Y justo es que así lo diga
el que en la bodega sueña
y en hallar vino se empeña
que deshaga su fatiga.
Pues a esta maldad obliga
el amor, si es pendenciero,
que he de aliviarme, si quiero,
con las glorias del licor,
porque su dulce sabor
el alma llena de esmero.
ESCENA SEGUNDA:
El duque se retira a sus aposentos, algo mohíno, mientras la dama y sus sirvientas se quedan al fuego.
DAMA-. Pudo, encendido y valiente,
pues era tal su querer,
ver en llanto aquel placer
que tornado se ha doliente.
SIRVIENTA 1-. Lo llaman amor ausente,
mas yo digo sinrazón,
que, sin saber la razón
de ese mal que lo retiene,
de nuevo al llanto se viene,
destrozado el corazón.
SIRVIENTA 2Pues la gran sabiduría
de los sabios, en verdad,
dice que es enfermedad,
si con calores se enfría.
DAMA-. Roba al alma la alegría
y la torna en desazón.
que, sin saber la razón
de ese mal que lo retiene,
de nuevo al llanto se viene,
destrozado el corazón.
Y, pues hace gran alarde
del poder del que es señor,
maldecir quiero el amor,
y a Dios pido que me guarde.
Bien diréis que soy cobarde,
pero no será objeción,
que, sin saber la razón
de ese mal que lo retiene,
de nuevo al llanto se viene,
destrozado el corazón.
2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.
José Ramón Muñiz Álvarez nació en la villa de Gijón y sigue residiendo en Candás (concejo de Carreño). Su infancia transcurre de manera idílica en dicho puerto, donde pasa su juventud hasta el término de sus estudios. Licenciado en Filología Hispánica y especialista en asturiano, vive a caballo entre Asturias y Castilla León, comunidad en la que es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Su afán por las letras y las artes lo ha llevado al cultivo de la poesía.
viernes, 12 de abril de 2013
Comedia (IV)
miércoles, 3 de abril de 2013
Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María de los Dolores Menéndez López
Soneto XXIII
Dejaste este rincón cuando la aurora
Lucía sus mayores hermosuras,
Sus luces y sus galas, donde, oscuras,
Las sombras la supieron vencedora.
Llegaba la mañana que, sonora,
Los pájaros halló en las espesuras,
Alegres de encontrarte en las alturas,
Un ángel resignado que no llora.
Luciérnaga que brilla sin apuro
El tiempo que se escapa traicionero,
Los cielos liberó del viejo muro.
Será llorar tu falta al mundo entero
Buscar consuelo, como el aire puro,
Allí donde se apaga tu lucero.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.
Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María de los Dolores Menéndez
López
Soneto XXII
Recuerdo tu mirar, que,
perezoso,
A veces quejumbroso de la vida,
Los párpados cerraba, si, dormida,
Buscabas un descanso más gozoso.
Sentada en la butaca, con
reposo,
Solías ver las horas, su partida,
Corriendo a la aventura, y,
aburrida,
Salvabas un bostezo generoso.
El sueño era en tus carnes un
consuelo
Que siempre tus plegarias suplicaron
Aquellas tardes grises y otoñales.
Soñabas, y tus sueños eran
cielo,
Descanso a los dolores que segaron
Sonrisas, otras veces, con sus
males.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
Todos los derechos reservados por el
autor.
Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María de los Dolores Menéndez
López
Soneto XXI
Rindió el bastión sus torres y su
muro,
Sus piedras y su fuerza, y,
generoso,
El cielo se hizo claro y espacioso,
Soltando sus corceles sin apuro.
La sombra desmintió su velo
oscuro
Dejando que bullera, luminoso,
Un sol febril, acaso temeroso
Del hielo de la noche, el aire puro.
El mar halló el pincel que, con el
día,
Manchaba con sus fuegos el paisaje,
Llenándolos de luz y de belleza.
Cansada de esperar, tu voz
dormía,
El alma presta, lista para el viaje,
Helado el pecho, viva la tristeza
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
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Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María de los Dolores Menéndez
López
Soneto XX
Fue el fruto silencioso del
manzano
De aquel color, al tiempo que
dormía,
La luz que despertó la brisa fría
De aquel diciembre gris pero lozano.
La luz del sol nacía en lo
lejano
Y el verde de los mares presumía
De verse tan hermoso, pues el día,
Madrugador, alzóse aún más temprano.
La lumbre se apagaba en tu
mirada,
Rendida ya a la sombra, que, al
acecho,
Borrar quiso su hoguera resignada.
Así calló tu voz, cedió tu
pecho,
Dejó de respirar y, derrotada,
Un féretro de rosas fue tu lecho.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
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Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María de los Dolores Menéndez
López
Soneto XIX
Existe un sueño intenso y tan
profundo
Que sueña en él aquel que,
adormecido,
Sumerge su conciencia y, abatido,
Exhala su suspiro más rotundo.
El cielo alcanzó el oro en un
segundo,
Un reino de colores que, encendido,
De músicas se llena y de sonido,
El ánimo mudando en vagabundo.
Allí reposas hoy, triste el
aliento,
La vida y la esperanza en lo lejano,
También la luz, el oro ceniciento.
Dejando sólo un eco del verano,
Cayó del árbol, al correr del
viento,
El fruto generoso del manzano.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
Todos los derechos reservados por el
autor.
Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María de los Dolores Menéndez
López
La lluvia de diciembre
Mirad, tras los cristales,
La lluvia de diciembre,
Que vuelve, sin apuro,
Manchando las mañanas,
Las tardes y las noches con su beso
Amargo, silencioso y peregrino,
Sereno y apagado
Como una pincelada que las sombras
Dejaron en un lienzo
Callado como el sueño del arroyo.
Mirad, tras los cristales,
La lluvia de diciembre,
Que vuelve, sin apuro,
Dejando atrás el brillo
Del fuego del crepúsculo temprano,
Sereno, resignado, sentencioso,
Cansado de agotarse,
Ahogado entre las trenzas de la
noche,
Cuyas estrellas saben
Del curso rumoroso del arroyo.
Mirad, tras los cristales,
La lluvia de diciembre,
Que vuelve, sin apuro,
Los recuerdos tristes
De cómo la sonrisa de la abuela
Se fue apagando, casi sin saberlo,
Porque la edad la pudo,
Porque los años fatigosos derrotaron
Su vida malherida
Por el cansancio amargo del camino.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
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Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María de los Dolores Menéndez
López
Soneto XVIII
No escondas la mirada
luminosa
Que alcanza, vivaracha, la alegría,
Que el brillo que se enciende cada
día
Envidia tu alborada generosa.
Enséñanos tus ojos y,
graciosa,
Irrádianos de luz donde, sombría,
Renace con tristeza, helada y fría,
La aurora que despierta perezosa.
Y muéstrate feliz, que tu
sonrisa
Compite con la luz de las estrellas
Que guarda el cielo al alba siempre
aprisa.
No escondas tus miradas si son
bellas,
Enséñanos tu luz clara, imprecisa,
Y olvida, si las tienes, las
querellas.
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“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
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Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María de los Dolores Menéndez
López
Soneto XVII
De nuevo alejará las sombras
muertas
La alcoba de la noche mortecina,
Las sábanas oscuras, la cortina
Que ve las horas tristes y
desiertas.
Las luces de otro sol verán
abiertas
Los pórticos que aún cubre la
neblina,
Y lenta, temerosa, peregrina,
La aurora cruzará sus anchas
puertas.
Un cielo despejado traerá el
día
Por donde vuela libre el aire sano,
Extraño mensajero de alegría.
Vendrá la luz del reino más
lejano,
Más no te encontrará en la brisa
fría
Ni el sol verá el bostezo más
temprano.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
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Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María de los Dolores Menéndez
López
Soneto XVI
La espuma que rizaba tu
cabeza
Manchaba los cabellos blanquecinos,
Hermosos como mares coralinos
Que dejan en la costa su pereza.
Tu rostro fue bandera de
nobleza,
Los ojos vivarachos, peregrinos,
Atentos a los brillos cristalinos
Del aire que enseñaba su pureza.
Halló en tu pecho un rico
posadero
La luz de tu cariño y tu ternura,
Nacida de tu voz, raro lucero.
Jamás bebió tu voz de la
amargura
Ni el brillo ardió en tus ojos sin
esmero,
Mas tu cabello heló la nieve pura.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
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Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
Soneto XV
Prendieron las antorchas su
belleza,
Las luces, el color y la hermosura,
Las llamas de una súbita ternura
Que ardió sobre su frágil fortaleza.
Voló un suspiro al aire y, sin
torpeza,
Cruzó el silencio triste, y su
figura,
Serena, fue buscando otra postura,
Librando en su bostezo la pereza.
Sus ojos se entreabrieron y
miraron
Con dulce claridad, nunca con prisa,
Gozando de la siesta y su reposo.
Las llamas de una estrella
dibujaron
La bella mariposa de su risa
En su semblante dulce y cariñoso.
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“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
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Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
Soneto XIV
La sombra que borró su rostro
bello
Volviéndolo cenizas en la nada
Negar quiere mi voz, cuando,
callada,
Se rinde al alumbrarla en un
destello.
La nieve que fue antorcha en su
cabello
Haciéndolo más claro, a la alborada,
Recuerdo pudo ser, donde, apagada,
Revive, al recordarla en todo
aquello.
Hirió su voz sin lucha el
sinsentido
Que arranca de los pechos el aliento
Que ceden, quejumbrosos, su sonido.
La muerte arrebató su
sentimiento,
Y el hielo sus rosales hizo olvido,
Hiriéndola con fuerza el raudo
viento.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
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Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
El brillo incandescente
Dejad que nazca,
En la lejanía,
El brillo incandescente
Que llena de colores las alturas,
Y que, rompiendo las sombras,
Corran los campos azulados del
firmamento,
Siempre a sus anchas,
Los corceles de la mañana.
Mas no venga la muerte en su
galope.
Corriente sobre corriente,
Abrazarán las aguas de los mares.
Corriente sobre corriente,
Las de los lagos y arroyos.
Corriente sobre corriente,
Las de los montes, las de los
valles.
Y, pronunciando su claridad
atrevida,
Arrancarán la noche de un zarpazo,
Hiriendo el cielo con sus relinchos,
Con su alegría repentina,
Llenando de bullicio
Las horas que se desperezan.
Mas no venga la muerte en su
galope.
Corriente sobre corriente,
Alcanzarán los reinos que bostezan,
Los de las sierras dormidas,
Los del estanque, los de las playas.
Y, pronunciando su claridad
atrevida,
Derrotarán las huestes de la noche,
Borrando, a su paso, las estrellas,
Dejando al aire las crines
Lucientes como el oro
Que vuelve a despertarnos.
Mas no venga la muerte en su
galope.
Dejad que nazca,
En la lejanía,
El brillo incandescente
Que llena de colores las alturas,
Y que, rompiendo las sombras,
Corran los campos azulados del
firmamento,
Siempre a sus anchas,
Los corceles de la mañana.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
Todos los derechos reservados por el
autor.
Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
Soneto XIII
El sol buscó un crepúsculo
callado
Detrás de las montañas y cordales,
Las luces, las estrellas celestiales
Que al orto dan, desde su
principado.
El oro fue en los mares
reflejado
Y el vuelo alzaste, yendo a los
cristales,
Del alba, cuyos brillos celestiales
Ardieron en un cielo despejado.
El árbol deshojado de tu risa
Las noches desnudaron sin apuro,
Las horas, las auroras y la brisa.
Desnuda pudo verte el aire
puro,
Errante voladora tu sonrisa
Donde cayó, a la noche, un sol
oscuro.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
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Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
Soneto XII
Sus manos delicadas,
temblorosas,
Ya débiles, estaban siempre frías,
Mas no sus ojos, cuyas alegrías
Lucieron en el fuego de dos rosas.
Sus piernas caminaban
temerosas
De algún tropiezo, pero ciertos días
Andaba con soltura si, en las mías,
Sus manos se apoyaban jubilosas.
Y, júbilo febril, me dio el
hechizo
Que pueden dar los ángeles del
cielo,
Hasta que su sonrisa se deshizo.
La luz del sol cortaba el blanco
hielo
Que el prado hirió, con nieves y
granizo,
Pincel de la mañana sobre el suelo.
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“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
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Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Soneto XI
La luz sobre las sombras se
deshizo
Un viernes de noviembre donde,
bella,
En el fogón ardía una centella
Que alzó la magia rara del hechizo.
La lluvia dejó paso al
invernizo
Susurro de los vientos, su querella,
Cansados de quejarse, pues aquella
Más dura sonó en boca del granizo.
Las lluvias y los vientos
sacudieron
Con toda su dureza los tejados,
Luciendo, firmes, su perseverancia.
Las brasas, sin embargo,
resistieron
A los chubascos, viendo preparados
Viruta, carbón, leña en abundancia.
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“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
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Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
El alba despertaba
El alba despertaba
Sobre las sombras tristes,
Y, oyendo su bostezo,
Corrieron lentamente a las alturas
Las llamas de aquel sol que se
encendía
Con paso lento, débil y cansado,
Al tiempo que los mares,
Rozados por la brisa,
Dejaban que las olas se escapasen
Como un caballo blanco por la
sierra.
El alba despertaba
Sobre las sombras tristes,
Y, oyendo su bostezo,
Temblaron los rosales que la
escarcha
Rasgaba sin pudor, cuando,
inclemente,
Su hielo sobre el pétalo, lo hería
Con un cuchillo fino,
Acaso cristalino,
Veloz, cada mañana de diciembre,
Como un caballo blanco por la
sierra.
El alba despertaba
Sobre las sombras tristes,
Y, oyendo su bostezo,
De nuevo salpicaron los arroyos
Los prados, las orillas, los alisos
Desnudos de las hojas de sus ramas
Que, en tardes otoñales,
Perdieron sin remedio,
Llevándolas las brisas invisibles
Como un caballo blanco por la
sierra.
El alba despertaba
Sobre las sombras tristes,
Y, oyendo su bostezo,
La luna y las estrellas retiraron
Su luz hermosa, débil y cansada,
Al tiempo que la noche se escondía,
Volando hacia otros reinos,
Fugaz como las horas
Que corren como el viento, como el
aire,
Como un caballo blanco por la
sierra.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
Todos los derechos reservados por el
autor.
Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
Soneto X
No vueles, ruiseñor, hacia los
cielos
Que se hacen más azules en verano,
Ni escapes, golondrina, de mi mano,
Llevada por la brisa y sus desvelos.
No corras, herrerillo, aunque tus
vuelos
Te dejen alcanzar lo más lejano,
Ni escales, carbonero, el aire en
vano
De donde caen las nieves y los
hielos.
No partas, ave blanca, si tu
nido
Lo tienes junto a mí, donde la
tierra
Se alegra de tu voz y tu sonido.
Amor serán los bosques y la
sierra,
Los árboles y el prado que, dormido,
Se olvida de la helada que lo
encierra.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
Todos los derechos reservados por el
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Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
Soneto IX
Dejaste transcurrir la hora
temprana,
Palacio que en el sueño se escondía,
Y vio volar la luz la brisa fría,
Después de bien corrida la mañana.
Manchada por la luz, halló
lozana
La risa que en tu rostro se
encendía,
Tan clara como el sol al mediodía,
Que el cielo hizo del aire soberana.
Montó, en un cielo lleno de
belleza,
La noche su corcel de madrugada,
Las crines sujetando con firmeza.
Mas no encontró más luz en tu
mirada
Que aquel amanecer vuelto en
tristeza,
Que el prado halló cubierto por la
helada.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
Todos los derechos reservados por el
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Perña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
Soneto VIII
El despertar más dulce y
placentero
Cubrió su rostro cuando, de mañana,
Cruzaba, aventurero, su ventana
El sol del mediodía pendenciero.
Robábale los sueños su
lucero,
Valiente y atrevido, pues, lozana,
La luz la despertaba, con desgana,
Besándola, al llevarle aquel
platero.
Después iluminaba el cuarto
oscuro
Corriendo la cortina, que, luciente,
Dejaba gala al oro y su belleza.
Alzábase del lecho y, sin
apuro,
Serenos, de su boca, lentamente,
Brotaban los bostezos con pereza
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
Todos los derechos reservados por el
autor.
Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
Soneto VII
Un mar navegarás donde,
brumosos,
Negando al sol la luz, llama
escarlata,
Los vientos, sombra gris, noche
insensata,
El cielo cerrarán avariciosos.
Después de los umbrales
cavernosos
Del sueño que en la noche se dilata,
Tus ojos se abrirán, perla de plata,
Buscando los paisajes luminosos.
Y todo mostrará su luz
dorada,
El cielo, el sol, el mar y las
orillas,
Para escuchar tu voz, ayer callada.
Risueñas nuevamente tus
mejillas
La brisa sentirán más que hechizada,
La leña dando al alba y sus
astillas.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
Todos los derechos reservados por el
autor.
Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
Soneto VI
Heraldo de bondad fue su
semblante,
Más puro que la luz de la alborada,
La gracia de su rostro, la mirada,
Sincera siempre, bella a cada
instante.
En ella la ternura era
constante,
Más clara que el granizo y la
nevada,
Hermosa como el sol, jamás nublada
La frente cuyo rostro hizo
brillante.
Más pura fue su piel que la
azucena
Que brota en primavera por los
prados,
Más cándida y más bella, siempre
buena.
Recuerdo que sus párpados
cansados
Tendían a cerrarse, aunque sin pena,
Buscando sueños siempre reposados.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
Todos los derechos reservados por el
autor.
Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
La aurora de la muerte
Los prados humedecidos
Que, besados por la helada,
Con la misma madrugada
Yacían adormecidos,
Escucharon los gemidos
Llegados del firmamento,
Que, rozados del aliento
De la aurora blanquecina,
Apartaron la neblina,
Densa en las alas del viento.
Y aquella mancha de plata
Que el sol trajo en su carruaje
Iluminaba el paisaje,
Mezclando al blanco escarlata,
Que, aunque tímida, sensata,
De agotarse temerosa,
Rasgó la caricia hermosa
Al rayar en la mañana,
Como caricia temprana,
Llena de luz, olorosa.
El arroyo, sin apuro,
Aún su cauce empobrecido,
Murmuraba su sonido
Al cruzar el valle oscuro,
Siguiendo el curso seguro
Que, en su descenso tranquilo,
Avanzaba con sigilo
Entre las cómplices sombras,
Regando secas alfombras,
Buscando mayor asilo.
De las aguas transparentes,
Su curso lento, sencillo,
Se saciaba el cervatillo
Que bebió de las corrientes,
Reflejándose en las fuentes
Donde las juncias brotaban,
Y en las alturas hallaban
La copia de su hermosura,
El sosiego y la frescura
En las nubes que flotaban.
Y entonces te despertaron
De aquel sueño perezoso,
Con el beso más gozoso
Que jamás imaginaron,
Los colores que llegaron
A las alturas de un cielo
Que alcanzaste, alzando el vuelo,
Al nacer de la mañana,
Donde la llama temprana
La escarcha halló sobre el suelo.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
Todos los derechos reservados por el
autor.
Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
Soneto V
A cambio de tus besos
silenciosos
Un reino he de entregar, tierra
olvidada,
Aire sin voz, llegando a la morada
De todos los misterios y reposos.
Los guiños de tus ojos
cariñosos
Allí me encontrarán, alma cansada,
Lleno de amor, de entrega fatigada
De anhelos y de esfuerzos dolorosos.
Habré llegado a ti desde la
vida
Para volverte vida entre mis brazos,
Y habremos de emprender el largo
viaje.
Del sueño volverás del que,
dormida,
Pretenden despertarte mis abrazos,
Que abrieron a tu amor tanto coraje.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
Todos los derechos reservados por el
autor.
Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
Soneto IV
No oiréis correr de nuevo el
arroyuelo
Que, alegre, se lanzaba a su caída,
Ni al dulce ruiseñor, cuya venida
La bóveda alumbró del alto cielo.
Dolores era hermosa como el vuelo
Que alcanza las antorchas de la
vida,
Luciente como el alba que,
encendida,
Cuajaba en sus cabellos el deshielo.
Mi espíritu poblaron las
malezas
Dejándome en las sombras misteriosas
Que llenan hoy mis versos de
tristezas.
Sus ojos son estrellas
luminosas,
Sus luces, altas torres, fortalezas,
Alegres sus sonrisas perezosas
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
Todos los derechos reservados por el
autor.
La Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
Soneto III
La orilla alborotó un mar
coralino
Y el cielo asaltó, puro y despejado,
Aquel caballo raudo que, embrujado,
Pincel se hizo del aire cristalino.
Y hallaste, al avanzar en el
camino,
Crepúsculos sin voz, un mar dorado,
Y pudo descansar, ya fatigado,
Tu aliento, firme ayer, hoy
peregrino.
La noche vino larga y
duradera
Con el amanecer, robando el día,
Su luz, su brillo, toda la
hermosura:
Mi pecho será luz, y,
dondequiera,
Habrá de iluminarte cuando, fría,
Te aceche, sin pudor, la noche
oscura.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
Todos los derechos reservados por el
autor.
La Peña Furada en Candás (Asturias)
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
Soneto II
Un ángel vi de niño en la
mirada
De aquella anciana dulce y cariñosa,
Más bella que la aurora perezosa
Cuando apagó su voz de madrugada.
En su cabello blanco la
nevada
Hirió el color luciente de la rosa,
Y el pardo de sus ojos hizo hermosa
De su mirar la luz, alma hechizada.
De niño vi en su rostro la
dulzura
De aquella vieja a la que,
agradecido,
Besaba con amor en la mejilla.
Su voz hablaba llena de
ternura,
Amable siempre, en tono suspendido,
Mostrando, con amor, su alma
sencilla.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
Todos los derechos reservados por el
autor.
Peña Furada de Candás
“Arqueros del alba”
Para María Dolores Menéndez López
Soneto I
El viento helado que rozó el
cabello,
Llenándolo de escarcha y de
blancura,
No osó matar su hechizo,
su ternura,
Sus luces, sus bellezas, su
destello:
Manchado de granizo fue más
bello,
Más puro que la nieve cuando, pura,
Desciende de los cielos, de la
altura,
Tan diáfano que el sol luce en su
cuello.
Hiriéronla los años, la
carrera,
El rápido correr hacia el vacío,
Más no perdió la luz de su alegría.
Sus risas, floración de
primavera,
Fluyeron como, rápida en el río,
El agua en su correr, helada y fría.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del
alba"
Todos los derechos reservados por el
autor.
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