viernes, 19 de febrero de 2016

El más digno gobernante (para Alejandro García González)


“El más digno gobernante”

Las verdades decir pudo
(que todo es decir verdades),
el viejo duque a su dueño,
supuesto que no la sabe.
Y dicen que, con confianza
(como si fuera a su padre),
la verdad escuchar quiso
a quienes se la regalen.
Y, si es la verdad regalo,
pues que por la boca sale,
por patrimonio del pecho,
le habrán de decir verdades.
Y, si verdades le dicen,
pues escucharlas es lance,
no temen los que las gritan
que su príncipe se espante:
-Tened, tened vuestras voces,
pues, escuchando los lances
que decís de la batalla,
cosa son que yo no aguante:
que todo es hablar de guerras,
que todo es hablar de sangre,
de arqueros crueles que lanzan
a los que tienen alcance.
Y no es justa tanta muerte
ni noble es el que se place
con la muerte de la gente,
en circunstancias iguales.
Mejor escuchando estaba
a trovadores que saben
deleitarme con sus cantos
y a los graciosos juglares.
La gente del rey lo escucha,
y pronto dan en turbarse,
pues nada de las batallas
quiere saber quien los vale.
El rey, que escucha a los nobles
en un caso semejante,
en el pecho un dolor siente,
pues del muchacho es el padre.
Y, porque siente vergüenza,
que mal es avergonzarle,
vengarse quiso primero
y luego justificarse.
Y así le dice al muchacho
los discursos que le nacen
del pecho más indignado
y de la intención más acre:
-No habrán de heredar mi reino
los que las armas no saben,
los que la guerra no quieren,
los que se sienten cobardes.
Si vos no podéis con ello,
que Dios me diga y me ampare,
mas, de no ser vos guerrero,
habréis de meteros fraile.
-Sabed, padre-le responde-,
que no he de mudar mi traje
por la brillante armadura,
sino por seda de amante.
Que amo el versar, la vihuela,
las esparzas y romances,
que no las guerras violentas,
sino las artes más suaves.
El rey lo oyó enfurecido,
que, molesto de escucharle,
le dijo con son severo:
-Ha de heredarme tu paje.
El paje, oyendo lo dicho,
sintió su pecho turbarse,
pues era razón de duelo
que viniera él a heredarle:
-Siervo soy, mi soberano,
por la ley del homenaje,
para pensar tal supuesto,
que es exceso delirante.
Y, mostrándose insistente,
porque suele así mostrarse,
dijo: “será mi capricho
que venga a heredarme un paje.
Pues el príncipe heredero,
tan dispuesto a traicionarme,
dice no querer las armas.
Mas así contestó el paje:
-También soy yo su vasallo,
y la ley del homenaje
me obliga a ser fiel al amo
ante el que quiero inclinarme.
Y díjole el rey al príncipe,
oyendo palabras tales,
del buen paje satisfecho
las palabras que le nacen:
-El reino quiere valientes,
quiere a las gentes leales,
los que sepan defenderlo
con su vida, y tú no sabes.
Aprende, ya que eres príncipe,
de este muchacho que es paje,
que no todo es hacer versos
y cantar a las beldades.
Allí don Marcos estaba,
y, al escuchar a los grandes,
supo lo que discutían,
queriendo quedar al margen.
Pensó que entrar en el juego
no era cosa interesante
para un hombre inteligente
que tales rumores sabe.
Y, por hacerse el discreto,
se anuncia al llegar delante
del rey, que, como era propio,
nunca dudó en inclinarse.
-Advierta en vos, gracia suma
de las altas majestades,
la de un monarca y del hijo
que bravo es como su padre.
Pero el rey, que era avisado,
oyéndole halagos tales,
suspiró por un momento,
y calló sin saludarle.
Y supo el príncipe entonces
de la astucia de su padre,
del interés de don Marcos
y de gentes semejantes.
Y quiso escuchar al duque
y saber de los leales,
que, defensores del reino,
protegían a su padre.
Y, apartando a las mujeres,
trovadores y juglares,
juró hacerse para el reino
el más digno gobernante.

2015 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Sonetos y otras trovas de los siglos”

Segunda parte: “Otras trovas”

Quiso el duque en su caballo (para Alejandro García González)


“Quiso el duque su caballo”

Despertó con gesto airado
quien con apuro el vestido
quiso ponerse, gritando
a sus vasallos y amigos.
Y también pidió el caballo,
y, al salir de su castillo,
lo vieron cruzar los valles
cabizbajo y pensativo.
Y no hallaron que su paso
fuese el del hombre con brío
que va de caza temprano
por los bosques y caminos.
Que no piensa en la aventura
quien, pensando en amoríos,
pronuncia un nombre callado
que le turba los sentidos:
-La muerte sois de mis ojos
y también de mi vacío,
si vacío el pecho siento,
desde que así me extravío.
Pues supo el amor sus flechas
regalar a un triste niño
que miente sus alas blancas
al dejarme malherido.
Por vos ya soy su vasallo
y lo soy vuestro en Cupido,
que si es el niño el amor,
yo soy para vos mendigo.
Y porque a su fe me abrazo
y sin derecho os suplico
el amor que no merezco,
he de decirme vencido.
Estas palabras el triste
pronunció, siendo atrevido,
que pidió lo que no tuvo
y de ello anduvo sentido.
Porque no volvió al palacio,
porque no volvió al castillo,
que el amor lo volvió loco
con la maldad de su hechizo.
Y dicen que no volvió nunca,
puesto que siempre se dijo
que nunca más lo encontraron,
y que ni muerto ni vivo.
Pero muerto ya lo estaba
por el amor que deshizo
la esperanza de su pecho
y lo llenó de capricho.

2015 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Sonetos y otras trovas de los siglos”

Segunda parte: “Otras trovas”

Pues era un hombre de rango (para Alejandro García González)


“Pues era un hombre de rango”

Pues era un hombre de rango
el que, al llegar la mañana,
recorriendo los caminos
la luz sorprendió del alba
(porque dicen caballero
al que, con la amanecida,
al recorrer los senderos
pudo ver la luz del día),
no pudo menos que, triste,
entregarse a esas nostalgias
de los recuerdos de antaño,
viendo la cumbre nevada
(porque, triste el caballero,
lleno de melancolía,
recordó pasados tiempos
viendo nevada la cima):
-Vos, señora, no quisisteis,
después que tanto os amaba,
desposaros por mi dicha
cuando os quise dar el alma
(pues no quisisteis, señora,
cuando el amor lo pedía,
entregaros a mi pecho
para daros yo la vida).
Así el destierro me place,
porque, en mi yegua alazana,
bello es buscar los parajes
en el momento del alba
(que parecen, si os lo digo,
al ver cómo nace el día,
mas hermosos los lugares
donde va la yegua mía).
Así se expresó su pecho,
que pudo ser voz del alma
que por amores callados
fue a buscar la nueva patria
(pues dicen del caballero
que el alma suya decía
por su pecho las tristezas,
buscando la luz del día).

2015 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Sonetos y otras trovas de los siglos”

Segunda parte: “Otras trovas”

Habló de amores don Carlos (para Alejandro García González)


“Habló de amores don Carlos”

Habló de amores don Carlos,
pues que dijo que la amaba,
que en el jardín del palacio,
sus amores declaraba:
“Sois vos, para mi ventura,
quizás para mi desgracia,
mi propia muerte, mi ocaso,
firme promesa del alba”.
Y, estas palabras oyendo,
puesto que tal le contaba,
no quiso guardar silencio
la pureza de la dama:
“Sabed don Carlos que siempre
son más prudentes las damas
cuando temen a las gentes
que de tales cosas hablan”.
De amores habló don Carlos,
que, pues tanto la quería,
del palacio ante las rosas
tales palabras decía:
“Para mi fortuna sois,
quizás con ser la mentira,
la noche que me da muerte,
la aurora que me da vida”.
Y, si estas palabras dijo,
ella, que mucho sabía,
por no entrar en el engaño,
de este modo respondía:
“Habéis de saber, don Carlos,
que prudentes son las niñas
que no suelen darle crédito
a necias descortesías”.
Habló de amores el joven,
que amores pidió don Carlos,
al decirle sus amores
en el jardín del palacio:
“Sois vos para mí la dicha,
quizás el destino infausto,
esa vida que es el alba
y esa muerte que es ocaso”.
Y, en oyendo este comento,
porque sus labios callaron,
silencio guardar no quiso
la que así le ha replicado:
“Sabréis, don Carlos, que siempre
es un prudente cuidado
a los que dicen requiebros
no venir a hacerles caso”.
Don Carlos amores tristes,
melancólico, le dijo,
en el jardín de las rosas,
a las puertas del castillo:
“Sois para mí la hermosura,
aunque también sois el frío
que hiela mis mocedades
y da muerte al que ha nacido”.
Y, pues oyó sus palabras,
respondiendo con hastío
la doncella al caballero,
estas palabras le dijo:
 “Sabed don Carlos que siempre
es prudente en el camino
quien escapa a estas palabras
y a sus locos desatinos”.

2015 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Sonetos y otras trovas de los siglos”

Segunda parte: “Otras trovas”

Habló el mancebo en la corte (para Alejandro García González)


 “Habló el mancebo en la corte”

Habló el mancebo en la corte,
sin prudencia, que, insensato,
pronunció raras palabras
como quien es tan osado:
-Sabed vos, señora mía,
que vive el pecho cansado
en quien los amores sufre,
si para vos es vasallo.
Y, pues soy vasallo y sufro,
ya que ante vos condenado
he de llorar esta pena,
quiero también publicarlo.
Por eso mis labios dicen
lo que ayer adivinaron
en vuestro desdén mis ojos,
que viven acobardados.
La condesa, que lo escucha,
su voz oyó y, con espanto,
al mirarlo amenazante,
su misiva ha pronunciado:
-Malhaya el muchacho necio
que se atreve, descarado,
a hablarme de amor y vicio,
siendo tanto mi recato.
Y el caso es que el imprudente,
pues que vive resignado,
mira sin miedo a la cara,
que no es propio en un muchacho.
Mas, porque soy desdeñosa,
que así decís que es mi trato,
sabré en mi alcoba cautivo
al que me acusa del daño.
Ya se van para la alcoba,
ya se van para ese tálamo
donde el conde halló la dicha
de ser hombre afortunado.
Dijo entonces la condesa,
que su voz hubo escuchado:
“Arráncame ya la blusa
y demuestra que eres bravo.
Y sé digno de un marido
al que pronto arrebataron
el rey, la guerra y los moros,
cuando partió a lo lejano”.
Allí respondiera el mozo,
que dichoso ha contestado:
“Pues soy cautivo en el lecho,
no tengáis mayor cuidado:
Es locura amar la celda
donde vivo resignado
y habrá de estar en presidio
mi espíritu todo el año.
Sabed, señora, que hay presos
que, pues cautivos se hallaron,
amaron el cautiverio
y encerrados se quedaron.
Sois vos, señora, las horas
en las que vive enredado
el corazón que se entrega,
el que gime resignado.
Y así a vuestros pies me rindo,
que, dichoso y derrotado,
vuestro amor hago mi cárcel
sin mostrarme despechado.”

2015 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Sonetos y otras trovas de los siglos”

Segunda parte: “Otras trovas”

La canción del crepúsculo (para Alejandro García González)


“La canción del crepúsculo”

-¿Qué arranca las sombras
que esconden su aliento
con esas cortinas
que alcanzan el suelo?
-Las llamas del alba,
mostrando el reflejo
que nace temprano,
llenando los cielos.
-¿Y qué es ese brillo
que luce, violento,
llenado de llanto
los cantos y versos?
-El oro que enciende,
callado, a lo lejos,
la voz del ocaso
que hiere a los viejos.
-¿Y qué es lo que miras
-preguntó al abuelo-
con esa tristeza,
los días de invierno?
Las risas burlescas
y el raro contento
que enseña en el rostro,
al fugarse, el tiempo.

2015 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Sonetos y otras trovas de los siglos”

Segunda parte: “Otras trovas”

Encuentro con el duendecillo (para Alejandro García González)


“Encuentro con el duendecillo”

“Las aguas abundantes de fuentes cristalinas que manan dulcemente les dan el alimento a los arroyos que corren, con apuro, que saltan entre montes elevados, buscando las llanuras del paisaje, si acaso han de morirse en playas alejadas y arenosas. Son aguas transparentes que dejan ver las piedras que existen en el fondo de raros manantiales que recogen el agua del granizo, tal vez de las nevadas del invierno que llena cada cumbre, pues los meses no apuran su camino, se van sin prontitud, quieren quedarse.
Y existen aguas frías, las aguas cuyo hielo maltrata, despiadado las rocas de los montes y montañas que sienten los azotes del viento, de la escarcha y las tormentas frecuentes en los tiempos desdichados que ven cielos cubiertos de negros nubarrones furibundos. Después, los ríos corren, se escapan como el ave que vuela, que planea, que cruza, sin esfuerzo, el ancho espacio, y el aire se hace joven, alegre, o tal vez triste, como el niño que llora enamorado como el hombre que sigue con su llanto del tiempo de una gris adolescencia.
Correr por las llanuras es bello para el río: se siente poderoso buscando viejos mares alejados, se siente poderoso soñando la belleza de la espuma que puede dar su golpe con violencia no lejos del cantil, muy lejos de los bosques y colinas. Correr por las llanuras es bello para el río: sus aguas cogen fuerza, creciendo más y más en su camino; sus aguas cogen fuerza, bebiendo de regueros y de arroyos que vienen de lo lejos, de lugares tal vez insospechados, perdidos en las sierras innombrables.
Os puedo hablar acaso del tiempo y los caminos, de todas las colinas que puede hallar el agua, si es que mira las cosas cuando avanza, dejando atrás regiones, por el cauce que sabe conducir las aguas mansas a reinos siempre nuevos, que siempre son los mismos, pese a todo. Os puedo hablar acaso del tiempo y los caminos, de todos los rincones que puede hallar el curso de ese río que busca libertades que no podrá soñar, si es que lo cierran, eternas carceleras, sus orillas, acaso esas orillas que buscan ese mar azul y libre.”
Son estas las palabras  que dijo sin temor el duende a los muchachos, los cuales se quedaron sorprendidos de ver esa apariencia tan rara y anormal, tan llamativa como lo suele ser la de los bichos extraños de los cuentos, tal vez de las leyendas de otras épocas. Hablaba señalando aquel arroyo triste, acaso mortecino, nacido en esas cumbres tan agrestes que pronto ven la prisa del agua cuando salta en las cascadas, del agua malherida en los torrentes que caen hacia los valles, volviendo sus colores azulados.
Y entonces comprendieron que hacía algunas cosas extrañas y curiosas que escapan a la lógica científica, que niega la existencia de seres que aparecen, a su gusto, y vuelven a perderse de manera acaso inadvertida, obrando como sabios hechiceros. Y entonces fue más fácil soñar con hadas bellas en bosques escondidos y hablar de los dragones de los cuentos, los cuélebres quizás, lagartos asturianos que se esconden en cuevas y que buscan, en la noche, difuntos que comer, cadáveres tal vez, gentes sin vida.

2015 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Sonetos y otras trovas de los siglos”
Tercera parte: “Prosas líricas”

El caminante (para Alejandro garcía González)

“El caminante”

El que camina sereno por estos rincones y se pierde a su gusto, no lejos de las orillas del arroyo (mansas y calmadas), ante el correr rumoroso, consciente de las bellezas del paisaje, ejercita los ojos más que las piernas y se detiene a pensar en la belleza de todo lo creado, si es que lo creado tuvo un Creador. Por eso el caminante, el hombre que, peregrino, se pierde por los lugares más diversos y se recrea, extasiándose en la belleza de la naturaleza, sin ir de aquí para allá en busca de ningún misterio, comprende que el misterio es constante, que por donde camina se esconden criaturas de todo signo a las que es preciso adivinar. Porque el paso poco discreto del excursionista disuade, muchas veces, a las aves, cuyo canoro trino entretiene la soledad, inútilmente, si nadie está presente para escuchar tan bellos cantos.
El cuclillo canta bellamente al amor sin saber de la belleza, ignorando que su canto es bello para el ser humano, que es, precisamente para quien no canta. Lo mismo puede decirse del jilguero, de los gorriones, del cárabo, según se adentra la noche. Pero el caminante, un hombre prudente entre todos los hombres prudentes, puesto que no existe razón alguna para faltar a la prudencia, ya que el hecho de caminar es una forma de vida saludable, si bien inculca un poco de locura en quien ya tiene cierta alma de poeta, sabe también de los peligros, y, si bien no acaba de adentrarse el otoño, pronto habrá que sospechar al lobo por los mismos caminos, o al más preocupante jabalí.
Y del jabalí habréis de saber que tiene más peligro que los lobos, pues raro es el lobo solitario que se acerca al ser humano. Antes bien, el lobo teme al hombre y se aparta de su camino, del mismo modo que los extraterrestres que descienden de la nave e imponen pavor al ser humano (si es que está bien creer que de un platillo volante, pongamos por caso, pueden bajar marcianitos). El lobo teme al hombre, que no al jabalí, que suele andar perdido entre la densidad y que puede librar su furia brutal, atropellando de manera mortal al que se ponga por delante.
No obstante, la vida urbana es tan peligrosa como adentrarse en la umbría del bosque y dejarse llevar por su encanto, pues es en las ciudades donde puede caernos de la altura esa teja mal colocada en un tejado. Eso por no hablar del material que se desprende, los útiles y las herramientas que tienen los obreros que trabajan colgados en un andamio. Por eso en el bosque es menos imprudente, en una época de retroceso de las bestias, temer al lobo, y mucho menos al oso, que es un animal de lo más infrecuente.
Dicen que los antiguos romanos son los introductores del culto a la humildad campesina, como se puede apreciar en los antiguos poemas que escribieron algunos autores latinos. Pero lo cierto es que ese tópico de la vida retirada al que luego cantaría nada menos que fray Luís de León en sus versos, ya en castellano y en época renacentista, ya estaba inaugurado por los griegos en los tiempos del autor de los “Idilios”, un tal Teócrito, menos conocido que el célebre Virgilio, que es el autor de las “Bucólicas”.
El gusto por apartarse del mundo urbano es algo que merece análisis, y el caminante, que es pensador, medita sobre ello en este ambiente que lo predispone a uno a lo filosófico, porque, en su intimidad, la senda relaja y la mente se expande y llega el momento para pensar. Dentro de cada uno de nosotros hay un pensador, y el caminante de este bosque, que soy yo y que eres tú, se ve necesitado de respuestas, porque es en el camino donde uno encuentra todas las preguntas.
El ser humano, piensa el caminante, es una criatura social. Esto, que no es ni bueno ni malo, lo acerca, por ejemplo, a los lobos, el peor enemigo al que el hombre ha hecho frente en épocas pretéritas. Hoy es fácil pensar que el lobo ha perdido la batalla y nadie imagina que esta criatura sea un peligro para ninguno, si bien hubo un tiempo en que el lobo era temible. En cualquier caso, el lobo es sociable, puesto que vive con animales de su misma especie, y los descendientes de los lobos han sido domesticados por el hombre: los perros. El hombre primitivo supo ya crear sus primeras aldeas, dejando atrás la vida trashumante, de modo que, de esta forma, estableció lo que iban a ser las primeras ciudades. La tribu, sin embargo, existía antes, ya antes de la civilización el hombre gozó de una vida social.
Y piensa el caminante, piensas tú o tal vez pienso yo, amigo lector, que caminas por estas líneas con tus ojos, tan peregrino como yo, que las voy escribiendo, que, en efecto, las urbes inhabitables son producto de este gusto por el hombre de no estar aislado, de no estar apartado de los demás, de no sentirse solo. Y el hombre, en esa cercanía que da la convivencia con los otros, halla la comodidad que necesita, pues más servicios dan que el yermo el pueblo y las ciudades. Pero, por cierto, el ser humano no se siente satisfecho sin esa escapada al campo, sin esa huída a la naturaleza de la que procede.
Algo en nuestro interior se depura cuando vamos caminando. Sí, es cierto, hay algo en nosotros que se purifica y que se depura, algo que nos hace sentirnos bastante mejor, que nos lleva a una calma y a un estado letárgico que nos libera de las tensiones de diario. Esto ocurre en esas caminatas en las que tú y yo también, como nuestro caminante, nos perdemos en la oscuridad del bosque, cerca de las cumbres de las montañas de la sierra, donde, por cierto, no se ven esas cumbres elevadas que quieren rasgar el cielo.
El hombre ha perdido algo que necesita recuperar. Es algo que busca en ese mundo apacible, distinto de las ciudades, que, pese a tener todo lo necesario, contaminan nuestros estados de ánimo. Es fácil sentirse lleno de la ciudad, asqueado, porque la ciudad carece de la calma que ofrece el campo, ese auténtico pulmón verde del espíritu, si realmente hay espíritu. Y el caminante descubre entonces que es a sí mismo al que busca en la soledad del paisaje, como tú y yo, que nos buscamos siempre en el paisaje.
En efecto, es una llamada ancestral que nos lleva a los instintos naturales que quedaron reprimidos siglos atrás. Se han constreñido y es necesario que regresen esos instintos emparedados en nuestras células, en los bastoncillos de nuestras células, que nos hacen escaparnos, llegados los periodos vacacionales, buscar otro paisaje y abandonar el paisanaje urbanita en pos de esa soledad que permite la reflexión interior a la que, en esos momentos vacacionales, regresamos.
Y ¿dónde está el caminante? Pero el lugar donde está el caminante interesa menos que cómo está el caminante. En todo caso, estemos donde estemos, tú y yo, como el caminante, no estamos en la playa que querríamos, no estamos en el monte que querríamos, no navegamos esos mares que tampoco nunca nos dieron a elegir.
Y uno se va intrépido, si puede, y, de no ser así, uno sueña que se va intrépido (que eso sí se puede), y habla de mares nunca vistos y de vivencias que no son suyas y es preciso imaginar, porque uno busca la libertad perdida del paraíso perdido. Por esta razón hay poetas, novelistas y literatos, y, porque hay sueños, yo escribo y tú lees, y lees lo que escribo, buscando en ello esa libertad perdida que queda en el paraíso que se te antoja.
Nuestro caminante se ha internado en el bosque para subir a lo alto de la montaña, nosotros nos hemos enredado en la oscuridad de una metáfora para buscar una verdad inaccesible. Y por eso no ha de extrañaros que un albergue a dos kilómetros de altura sobre el nivel del mar, un día de tormenta y de nevada, resulte el refugio más prometedor para los locos humanos que recorren el raro paisaje de su existencia. En medio de la borrasca también se deleita el ánimo violento de la criatura salvaje a la que han convertido en ese ser doméstico que trabaja en la oficina.
Es posible que esto sea un desvarío de los imbéciles que escriben o de los tontos que leen. Pero solamente los tontos creerían que es imbécil quien toma la palabra, si realmente, tiene algo que decir, y, si es que alguien lee, solamente un idiota podría tomarlo por tonto. ¡Pero sí que es cierto que el mundo está lleno de gente vacía! El caminante no es de ellos, y tú y yo tampoco, puestos en la ruta del caminante, cuando, desde nuestro mirador, hallamos el mundo de los demás diminuto, si es que acaso no han querido subir tan arriba.
El refugio en la nieve, las densas marejadas, la tormenta de arena en el desierto, el granizo y el viento, el terremoto y todo lo inhóspito son solo una cara, no necesariamente desagradable, por cierto, de un mundo elevado en que también hay calma, también serenidad y hechizo, cuando llegan los deshielos y un amanecer cuajado de belleza nos saluda con su beso para llenar de poesía todo lo que pide el aliento de la poesía sobre sí. El caminante ha escalado montañas y descendido a los valles para ver más allá del rascacielos de los raquíticos, alejándose de la vida común, tal vez este fin de semana.
La vida, indudablemente, pide tintes de aventura.

2015 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Sonetos y otras trovas de los siglos”

Tercera parte: “Prosas líricas”

Presentimiento (para Alejandro García González)


“Presentimiento”

No porque el aire doliente del otoño, que viene, antes de tiempo, en los días de septiembre, como un visitante inoportuno, semejante a esos viejos que están cansados de caminar, tenga el valor de volver a hacerlo y te roce, desenfadado y burlesco, vayas a pensar que es realmente otoño y que ya ha llegado el tiempo de las lluvias y de las matanzas, y que, con ese tiempo de matanzas y de lluvias, el cielo ha de oscurecerse como el preludio orquestal de un momento fatídico, porque, si bien es cierto que el cielo se oscurece como la música gris de una triste obertura, todavía el verano no ha muerto, y, en vez de llorar amargas lágrimas por los fracasos de ese estío, todavía tendrás (pero no para siempre) momentos en que pisar la arena suave de las calas frente a un mar que se menea y cuyas espumas invitan al baño de la vida, justamente antes de esos días en que se hace hermoso, pero no alegre, ver el pardo y los amarillos en los follajes de las frondosidades.
Imagina que este tiempo que todavía se nos regala debe ser hermoso para que no cometamos el terrible sacrilegio de dejar escapar al ruiseñor de nuestro tiempo, libre entre las ramas, dichoso en las alturas, si es que gime, negándonos el canto que primero apreciamos en el jilguero y que nos hizo querer esas frondas que esperan una muerte inexorable; que, a fin de cuentas, y, como consecuencia inevitable de los hechos que se precipitan, nosotros también dejaremos de ser tiempo para beber en las escarchas tristes de la noche, igual que los ocasos que, en un último intento de grandeza legan el oro de su fuego a los firmamentos en que se consumen para encontrarse, de golpe, sin aviso, en el sueño mismo de la muerte.
Y, mientras la vela de la vida se apaga, porque veremos desaparecer el mundo que nos ha sido prestado, que no dado, por deidades desconocidas (quién sabe si demiurgos o si extraños duendecillos que se burlan detrás de cada segundo), piensa que la vida todavía es vida mientras se desliza, y que no has de llorar tu muerte ni lamentar la angustia de extinguirte, si es que no vas a sobrevivirte a ti mismo para ver tu ruina. Y, aunque no se trate de saber vivir o de saber morir, porque nadie ha dicho que haya que demostrar nada a ninguno (que eso es lo que, en todo caso, suelen los generales hacer con los guerreros a los que se envía en la batalla), pediré que tu templanza te baste para algo que es tan hermoso como difícil, que, no en vano, hay que ser poeta y filósofo, hay que ser valiente y guerrero, para llegar a este punto oscuro de la noche y encarar un sol moribundo que sigue queriendo ser bello: el sol de septiembre es un sol bajo que no hace daño a la vista y los colores apagados del mes son, en esta tierra nuestra, la metáfora de un destino que ya suponíamos…
Y no lo olvides: cuando el tiempo te consuma, ya nada importará nada, ni tú importarás a los mismos que te lloran. ¿Qué te importa, pues, tu propia muerte? Pero que no deje de importarte la poesía que te acompaña al final del camino en que sigues tus pasos errantes, esos pasos donde has tenido luces y alegrías, porque, incluso para morirse, lo debe hacer uno con grandeza, poniendo en ello (para no ser de mal gusto), todo el esfuerzo que el actor pone cuando pisa las tablas del escenario, solo, quizás, para que le pagues con la mueca de tu risa. No olvides que eres un actor en este juego que no comprenderemos ni siquiera ahora, cuando nos toca hacernos a la idea de que todo cuanto amamos estará a nuestro alcance, pero no para siempre, y que pronto seremos la calma de otro ocaso bello en las alturas.

2015 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Sonetos y otras trovas de los siglos”
Tercera parte: “Prosas líricas”

viernes, 8 de enero de 2016

Para Erich Schagerl

SONETO DE CUMPLEAÑOS PARA ERICH SCHAGERL

9-1-2016

Lieber Erich, Ich wunsche eine frohe Geburstag
für dich in dieser 2016.
Mit ganzen Herzen
JR

           Las nieves que abrazaron los cristales
del grito del invierno, en su blancura,
pretenden que su luz es la más pura
que ardió donde las horas invernales.
           Y, entonces, tras los vientos otoñales,
los árboles que habitan en la altura
soñaron en los bosques la frescura
de brisas y color primaverales.
           Huyeron con el viento y con la helada
las horas de dolor y desconsuelo,
gozando la promesa repetida.
           Cruzar pudo el enero en la nevada
la brisa que renace sobre el hielo,
heraldo del regreso de la vida.


2015 © José Ramón Muñiz Álvarez