martes, 10 de julio de 2012

SONETOS PARA LOS ALUMNOS SORIANOS

 
SONETO I

Para Ángel Calavia Chicote

        Las aguas rumorosas en el Duero
dos ojos alcanzaron, de mañana,
con pardos de la tierra castellana
y brillos para el cielo mañanero.
        Lucieron su color, y, con esmero,
miraron esa luz siempre temprana
que llena de coral la senda llana,
que mira del sol firme su lucero.
        De dama delicada, pero oscuros;
acaso de princesa, aunque morenos;
quién sabe si de reina, si de diosa;
        la luz del sol hallaron sin apuros,
y sus reflejos nunca fueron menos
en ojos de soriana tan hermosa.

SONETO II

Para Raúl Pascual Aragonés

        Retorna de entre frondas y espesura,
rendido al verde intenso, aunque lejano,
a Soria, peregrino, un asturiano,
cansado, derrotado en la andadura.
        Aquí a Gerardo admira, en su locura,
que, pluma magistral, fue buen soriano,
y, amante de este campo castellano,
tornó su sentimiento en aventura.
        Leyendas de los viejos hubo habido,
y supo, con ingenio, en raro juego,
plasmarlas don Gustavo, atormentado.
        Los muros de los siglos del olvido
alzados permanecen, y, en sosiego,
recuerdan los andares de Machado.

SONETO III

Para Diego Gil Acero

        No habrá de durar siempre, mas la quiero,
la Soria de mi exilio en estas tierras,
que vivo enamorado de sus sierras,
sus llanos, los caminos que hace el Duero.
        Y pronto he de partir, que, plañidero,
se torna el corazón en tristes guerras,
sabiendo que si, triste, te destierras,
después se hace el destierro placentero.
        Mas no dirán las lenguas delirantes
que no he querido a Soria como mía,
si bien llegué lanzado al ostracismo.
        Y pronto la Alameda de Cervantes
serán, y el Duero alegre, al claro día,
recuerdos encerrados en mí mismo.

SONETO IV

Para Mario Encinas Rodea

        Nos muestra con orgullo la fachada,
la piedra que labraron los canteros,
la magia de románicos austeros
y nobles de la edad más que pasada.
        Y, uniendo arco con arco, rematada
con suma perfección, siglos enteros
contempla, y mirará los venideros,
paciente, silenciosa, engalanada.
        Y no hay templo mejor en toda Soria,
que no falta hermosura a su rudeza
forjada en las edades más lejanas.
        Así, Santo Domingo, vieja historia,
presume de su edad, de su belleza,
sin gótico esplendor, sin filigranas.

SONETO V

Para Diego Paricio Serrano

        El viento en las llanuras y colinas,
si duermen bajo el claro firmamento,
sabrá del oro claro y ceniciento
que vuela entre las rosas coralinas.
        Serán las alboradas peregrinas
en ese caminar, con paso lento,
amante del susurro, del lamento
de fuentes junto al Duero cristalinas.
        Y, al verlas, un suspiro repentino
que suele detener al caminante
que San Saturio ve por los senderos.
        Y, al refrescarse en ellas, peregrino,
la voz de otro susurro delirante,
bajo ese sol que enciende sus plateros.

SONETO VI

Para Sergio Sebastián Lacalle

        Más clara fue la nieve, más los hielos
que en el invierno cubren la llanura,
las sierras que, pobladas de espesura,
con sed lamen su amor, bajo sus velos.
        Helada Soria ya, sus terciopelos
enseña y, en su mágica figura,
se miran los paisajes, que es blancura
el traje que da abrigo a blancos suelos.
        La nieve descendió con raro hechizo
poblando el campo, pura y primeriza,
tejiendo su ancha sábana en el suelo.
        Rozó la escarcha triste ese granizo
que sobre el suelo, si graniza,
y sueña silencioso, siendo hielo.

SONETO VII

Para Alberto Rodríguez Monge

        Reflejo que se mira en la Laguna,
las llamas desenvuelve de su ovillo
el sol, bello corcel, verso sencillo
que el horizonte tiene como cuna.
        No pudo la alborada inoportuna
negar que sus colores y su brillo
del cielo se hacen mágico castillo,
y esconden la belleza de la luna.
        Y mira entre el azul ese carruaje
la llama majestuosa, con nobleza,
besando cada pueblo, cada villa.
        Valor le dio la luz a ese paisaje
austero, pero lleno de belleza,
insigne en los dominios de Castilla.      
           
SONETO VIII

Para Rodrigo Ortega Izquierdo

        El sol, desde la altura, el aire humilla
con fuego que se enciende, y, cristalino,
anuncia el espectáculo taurino,
si mira desde el cielo donde brilla.
        La tarde azul del cielo de Castilla
alumbra la belleza en el camino,
y sabe Soria a brillo numantino
del Duero coronando la alta orilla.
        El sol sobre la arena sabe a ruedo
y a toros que, atacando la estocada,
la vida dan, se entregan a la fiesta.
        Se funden el respecto con el miedo
y, donde el matador alza su espada,
el sol mira ese golpe que le asesta.

SONETO IX

Para Alejandro Oliva Fernandez

        Dormido el cielo bajo la mañana,
empieza a despuntar, con brisa fría,
el alba que es en Soria la alegría,
la aurora que es del aire soberana.
        Herido por el rayo halló lozana
al Duero melancólico que el día
miraba, mientras, lento, descendía,
reflejo de la llama más temprana.
        La nieve su color y su blancura
sumó con la blancura del granizo,
del Duero en las orillas, perezoso.
        Del sol el brillo fue la quemadura,
y, raudo, con su rayo, se deshizo
el hielo helado, triste y silencioso.

SONETO X

Para Andrea San  Andrés Lázaro

        El cielo azul en Soria es tan hermoso
como el color azul que en la mirada
se admira de una dama enamorada,
si el Duero mira, bello y quejumbroso.
        El cielo azul en Soria es luminoso,
y bello es contemplar esa alborada,
si ya el verano trae la Sanjuanada,
que el cielo hace coral irrespetuoso.
        El cielo azul en Soria es brisa fría,
y brilla, cuando corre la mañana,
cuya mansión de llamas atesora.
        El cielo azul en Soria es la alegría
que enseña la belleza más temprana
que puede alumbrar clara con la aurora.

SONETO XI

Para Luna Romero Sanz

        La fuente silenciosa, en sus reflejos,
la ardilla admira atenta que se lanza
y en repentino salto alegre alcanza
el tronco de los árboles ya viejos.
        Mazmorra de la imagen, sus espejos
pintaron la alborada con templanza,
y un búcaro de luz en lontananza
tiñó el agua dichosa de bermejos.
        Poblada de sorianos, la Alameda
espera ya el crepúsculo cansado
que al fin cede a la noche, ya vencido.
        El sol regresará a mostrar la rueda
del carro que dirige, coronado,
después de retirarse en el olvido.

SONETO XII

Para Javier Pérez Soriano

        Y el aire ardió, jugando en lo lejano,
al ver del sol la brasa que, encendida,
la luz perdió, perdió color y vida,
el cielo condenando tan temprano.
        Y vino al cielo claro y castellano
la sombra de la noche envejecida,
estrellas sujetando en su guarida
de sombras y dolor al viento vano.
        Y halló la luna allá en sus corredores
la Soria que, al rendirse a la alegría,
enciende su carácter bullicioso.
        Y tuvo así la plaza de Herradores
más vida que el Casino a mediodía,
si el vino ofrece dulce y silencioso.

SONETO XIII

Para David García Lacarra

        Memorias de la orilla con la aurora
que suelta sus overos en la altura
podrá admirar el alma que se apura
cuando sus rayos, rápida, atesora.
        Las luces pronunciadas con demora
podrán, tras una noche tan oscura,
jugar, en una mágica aventura,
a ser del aire planta trepadora.
        El Duero por susurro en la vereda
las aves soñarán, al primer rayo,
si no es la brisa dulce en la Alameda.
        Y el sol correrá el cielo en su caballo,
cazando sombras, al morir la veda,
tomando al horizonte por lacayo.


SONETO XIV

Para Julia Ramos Hernández

        Y el aire ardió, jugando en lo lejano,
al ver del sol la brasa que, encendida,
la luz perdió, perdió color y vida,
el cielo condenando tan temprano.
        Y vino al cielo claro y castellano
la sombra de la noche envejecida,
estrellas sujetando en su guarida
de sombras y dolor al viento vano.
        Y halló la luna allá en sus corredores
la Soria que, al rendirse a la alegría,
enciende su carácter bullicioso.
        Y tuvo así la plaza de Herradores
más vida que el Casino a mediodía,
si el vino ofrece dulce y silencioso.

SONETO XV

Para Daniel Gómez Barrio

        Memorias de la orilla con la aurora
que suelta sus overos en la altura
podrá admirar el alma que se apura
cuando sus rayos, rápida, atesora.
        Las luces pronunciadas con demora
podrán, tras una noche tan oscura,
jugar, en una mágica aventura,
a ser del aire planta trepadora.
        El Duero por susurro en la vereda
las aves soñarán, al primer rayo,
si no es la brisa dulce en la Alameda.
        Y el sol correrá el cielo en su caballo,
cazando sombras, al morir la veda,
tomando al horizonte por lacayo.

SONETO XVI

Para Alejandro Fernández Jiménez

       En Arcos de San Juan, con la nevada,
el alba, al despertar, la brisa fría,
halló como el cristal que se encendía
y su reflejo alzó en su llamarada.
        No pudo ser más clara la alborada
que, rauda, los espacios recorría,
si, entre la escarcha y nieve, relucía
el brillo de su llama alborotada.
        Llegado a las mansiones de la altura,
cubrió el suelo el invierno de belleza
de sábanas en campos extendidas.
        Y vieron los sorianos la blancura
que los paisajes mancha sin dureza
en horas de silencio detenidas.
LLEGÓ LA MAÑANA

Para Raquel Zapata Arancón

        Llegó la mañana
con claros reflejos,
bordando sus luces,
tejiendo bostezos.
Y brilló en la altura
un claro destello,
al mostrar el oro,
al mostrar su sueño.
        Y vio los paisajes
el rayo primero,
rasgando las sombras,
quebrando los cielos.
Y halló los colores
dorados del Duero,
entre dulces cantos
y amargos lamentos.
        Las aves felices
alzaban el vuelo,
sus trinos, si acaso,
lanzados al cielo.
Los llantos la niña,
por amor sincero,
por verse engañada
de quien fue su dueño:
        “Dejadme que llore,
orillas del Duero,
con lágrimas tristes,
con un pecho tierno.
Dejad que se escape
mi llanto y mi duelo,
ante el sol y el alba
y sus oros bellos.
        Pues fue tan canalla
de mentir primero,
de pedir favores,
de negarlos luego.
Y aquí me abandona,
me deja en silencio,
corriendo el camino
y huyendo mi beso.
        Y, yendo en su yegua,
galán caballero,
se parte a otras villas,
se parte a otros pueblos.
Y dice que espere
como hacen los vientos
que vienen del norte,
que llegan de lejos.
        Y, triste y perdida,
oyendo el lamento,
esconde los ojos,
esconde su pecho.
Y sigue el camino,
el viejo sendero
que va entre colinas
y corre entre cerros.

2012 © José Ramón Muñiz Álvarez

sábado, 7 de julio de 2012

EL CANTO DE LOS CÁRABOS DEL MONTE


José Ramón Muñiz Álvarez
EL CANTO DE LOS CÁRABOS DEL MONTE
(Los ecos de las aves que se escuchan,
llegadas ya las horas de
la noche)

DEDICATORIA
Al viejo cantautor
Carlos Emilio,  que fue mi compañero en la enseñanza
y en el amor al vino de la zona del
Bierzo, la Cabrera y
Valdeorras.

SONETO PRELIMINAR O PRELUDIO

          Las horas bautizaron su reflejo
camino de un crepúsculo mezquino,
tiñendo aquel ocaso mortecino
con rubios del dorado más bermejo.
          El cielo, convertido en oro viejo,
Sobredo contempló y, en el camino,
con paso perezoso y peregrino,
la llama derrotada de su espejo.
          Es un rincón amable y son sencillas
las gentes del lugar que los colores
y llamas ven morir cada segundo.
          Y, junto al Sil callado, en las orillas,
conversan estos viejos profesores,
que ven el sol ponerse moribundo.

“El canto de los cárabos del monte”
2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVAD

UNA CITA DEL AUTOR
           (…) Ushuaia, triste, duerme en una alcoba de hielos que aprisionan su esperanza de magia, de color, de luz, de vida, si acaso es que esa vida se guarece, sabiendo de la noche y de sus fríos. Los tercos habitantes de estas tierras insisten en quedarse junto al hielo, tal vez como un esclavo enamorado del yugo que lo vuelve más esclavo, quién sabe si más triste o menos libre. Empieza a amanecer, y los colores del alba que despierta sin apuro pudieron ser bostezos apagados, porque la luz es débil y las yeguas del sol encuentran esta tierra inhóspita (…).

          Fragmento de “Ushuaia duerme el sueño de las nieves”
          2011 © José Ramón Muñiz Álvarez

           (…) Esteban, un alumno serio y tímido, se vio atacado entonces por Rimada, que le lanzó una bola tras el cuello, dejando sorprendido al buen muchacho. Mas este, al no ser tonto, decidido, correspondió al ataque belicista, lanzándole otra bola en plena frente. Después de algunas risas se marcharon, que el hambre aprieta siempre los estómagos, después de tantas horas en el centro. Y no quiso cesar la nieve hermosa, formando sus tejidos por los prados.
          A veces, las durezas del invierno se tornan como un beso en plena boca, dejando su regusto tan extraño, que mezcla la alegría y la tristeza. La escarcha de la helada también tiene sus ecos de belleza, tornando en cristal blanco cada hierba. Las lluvias, al rozar las cristaleras, también prometen blandas emociones que traen ternura y calma a los espíritus.
          No suelen, por lo pobre de la zona, quedarse aquí a vivir los profesores. Lo usual es que se alquile en Ponferrada la casa de otras gentes que se han ido, que viven en España o en otra parte y alquilan sus viviendas entre tanto. De todos modos, en aquellos tiempos quedaron en el pueblo algunos pocos, cansados de una vida tan monótona. Por eso esta reunión era importante, y allí fueron, sin falta, a ver el fútbol, los cuatro profesores de que hablamos (…).

          Fragmento de “Memoria de las tardes de nevada”
          2011 © José Ramón Muñiz Álvarez

EL CANTO DE LOS CÁRABOS DEL MONTE (II)


José Ramón Muñiz Álvarez
EL CANTO DE LOS CÁRABOS DEL MONTE
(Los ecos de las aves que se escuchan,
llegadas ya las horas de
la noche)

PRÓLOGO

          Las luces del crepúsculo sumergen sus sueños coralinos, para marzo, más tarde en los senderos y caminos, llenándose de púrpuras calladas. El tiempo, en primavera, es más amable y enciende el sol sus luces en Orense, con más vigor, dejando su reflejo sobre ese Sil que corre con más fuerza.
          Los astros, encendidos en la altura, se dejan percibir y se adivinan los rayos de planetas como Venus, la diosa del amor de los romanos. Atrás quedan las horas de silencio que el viento rompe cuando la invernada confunde los ladridos de los perros con el aullido fiero de los lobos.
          Al lado de Quereño está Sobredo, que mira a Salas, que respeta el Puente y admira tras el río los cordales que tejen ese Bierzo bullicioso. Las flores del cerezo, placenteras, sospechan, al brotar tímidamente, la brisa moderada del paisaje que siente el declinar del astro regio.
          Y, hablando de mil cosas diferentes, sentados en el porche de la ermita, discuto con Rimada, y él responde, guerrero en la polémica encendida. El viejo cantautor que enseña plástica no ignora que, en silencio, los difuntos escuchan nuestros diálogos extraños y nuestras encontradas opiniones.
          La noche entra despacio y queda un vino pendiente para luego, si Lucita no tiene ya cerrado, y el camino tendrá que seguir luego, tras el río, llegados a La Torre, que la liebre, manjar entre manjares, es excusa para seguir contando disparates, verdades y mentiras a capricho.
          La noche tiene un toque bello y raro que suele hacer pensar en el embrujo. No es raro que la noche nos atraiga con esa oscuridad, con la tiniebla que esconde los senderos, los caminos que quiere el alba llenos de colores. Pero la noche tiene sus matices, marcados en los cielos por los astros.
          Sabéis que cuando llegan los otoños, las horas del crepúsculo son tristes, mas no lo suelen ser en primavera, momento de bullicio vivaracho que junta, que conjuga varias voces que toman raros tinos orquestales, si el canto del autillo se armoniza con grillos que acompañan al jilguero.
          Acaso los crepúsculos son tristes metáforas del beso de la muerte, y el beso de la muerte es una imagen que angustia a quienes viven, los maltrata. Así muchos prefieren la alborada, sus hielos, sus escarchas y sus brumas, que suelen recordar esos paisajes de lienzos coloridos y risueños.
          Y, en cambio, ese crepúsculo es hermoso, dichoso, y cómo no, tan atractivo como lo son los verdes del hayedo, los densos tonos verdes de los mares, las sierras recortándose a los lejos, detrás de la neblina incandescente que siente ese sol débil que se agota, que torna nuevamente a su aposento.
          Y, en fin, aunque pudiera sorprenderos, la muerte es ese trámite obligado que siempre rechazamos, que tememos, volviendo rostro siempre temeroso, si es que alguien la menciona y si sucede que la naturaleza cumple un ciclo que es parte de un conjunto de sucesos que no pudieran ser de otra manera.
          Mas no he querido ser desagradable. No me mostréis el gesto represivo, de adusto ceño y ojos enfadados, pues no he querido violentar a nadie. Y si es que alguno teme los relatos que versan de la vida y de la muerte, mejor será que deje de escucharme, pues algo de ello habré de referiros.
          Las gentes de los ámbitos rurales, igual que los labriegos de otros siglos, son gentes temerosas y su ciencia, escasa las más veces, los obliga a ser supersticiosos como antaño, cuando los caballeros medievales luchaban desde almenas, desde torres, mostrando su lealtad a viejos reyes.
          La noche los asusta y sus sonidos les traen a la memoria mil comentos que oyeron de los viejos, cuando el fuego solía crepitar en las estancias de aquellos caserones que habitaban, de aquellas casas pobres pero dignas, donde era tan frecuente la leyenda cantada a media voz por las abuelas.
          Los ecos que escuchaban al ocaso, llegados de los árboles frondosos, solían asociarlos con la muerte, con diablos y con brujas, con hechizos extraños y con ritos ancestrales que pueden parecer incomprensibles, si, atento a estos rumores olvidados, los oye con paciencia el urbanita.
          Los cárabos son seres de la noche: llegado de los bosques más cercanos, su grito lastimero nos asusta, del modo en que solían alterarnos los ruidos de los sapos y el susurro del aire y la ventisca del invierno, si acaso, sorprendidos, la escuchábamos, cuando rozaba, osada, la ventana.
          Distintos son los cantos del autillo, que suele concertar citas secretas con su llamada aguda de soprano, después de que el ocaso se consume y el velo de la noche oculte todo, pues suele solazar las primaveras con su chillido tímido, tan breve y exacto que resulta inconfundible.
          Y no falta la nieve en esa máscara que muestra, misteriosa, la lechuza, la dama de la noche, cuyas alas se agitan, sigilosas, junto al río, si alguna vez la veis de cacería, cayendo, por sorpresa y levantándose, llevándose en el pico un ratoncillo, quizás algún anfibio desgraciado.
          Y el bosque es cada noche del mochuelo, que suele hallar guaridas en los troncos, que tiene discreción y que se esconde, mostrando sus instintos cautelosos, si el paso del humano se le acerca y en ellos se sospecha ese peligro que intuye cada bestia ante lo insólito que suele ser el hombre en sus lugares.
          Quién sabe qué razón lleva a las gentes a entrar, a penetrar en esos reinos que, siendo patrimonio de las sombras, fascinan a quien oye esa llamada febril y sugerente, misteriosa como la noche misma, si es que enciende pasiones tan románticas y fuertes que pueden dar lugar a lo impensable.
          Rimada, a quien le digo tales cosas, me mira sorprendido, cautivado, no sé si prisionero del espíritu que llena a las entrañas del curioso por cuanto es sugerente y atrayente en este mundo extraño pero bello, que oculta, cada noche, aves tan raras entre las arboledas de la zona.
          Rimada, que comparte estas pasiones, prendado por el canto de las aves, confiesa su afición por esas noches eternas y polares que pudo conocer allá en Ushuaia, y al tiempo reconoce que le gusta sentir ese alarido misterioso que muchos interpretan como augurio de muerte y de desgracia inevitable.
          Es músico y conoce la poesía, por lo que cala en él ese momento dichoso del reclamo del autillo que observa con cautela a dos extraños. Le gustan los rumores de las aguas que suenan en la orilla no lejana y vienen a arrullar a los autillos que cantan, como suelen, cada noche.
          Y, así como se exaltan los románticos, dos hombres no, dos niños si es el caso, hablamos de la noche y su misterio, temido por los rústicos que duermen, que sueñan en gallego y que se asustan del canto misterioso del coruxo, señor entre las sombras insondables que besan los amantes de la noche.
          Los muertos son testigos de estas pláticas que nadie entenderá si no ha sabido dejarse seducir por lo siniestro, quién sabe si al ser tales los temores y tales los instintos del cobarde que teme caminar cuando anochece y escucha al caminante, en plena calle, pensando que el bandido no descansa.
          Habrá quien quiera al alba y sus excesos por ser la noche un nido de aquelarres. Pensad lo que queráis, cada uno es libre. Yo no maldigo nunca las auroras: son bellas como el sol que nunca abrasa, son dulces como el beso repentino que corre los espacios con su rayo dorado como el fuego de un overo.
          Sabed que por lo mismo que la aurora, no puede haber fealdad en los ocasos que ven salir al viejo y avisado raposo de su lúgubre guarida. Y así fue que Rimada, como suele, me dijo que escribiera algunas líneas que hablasen de lechuzas en la noche, del canto de los cárabos callados…
          Y, en fin, aquí las tienes, aunque raras. Son hijas de caprichos arbitrarios de quienes gustan siempre, por los bares, godellos y mencías a deshora, que el vino alegra siempre los espíritus de viejos enseñantes interinos que corren estas tierras alejadas del pueblo en que vivimos normalmente.
          Ya puedo hablar, al fin, de las tinieblas, del cerco de la bruma y la neblina, del mundo de la noche y sus misterios, sabiendo que, curiosos, estáis cerca de ver a esas criaturas silenciosas que vuelan en la noche con sigilo cazando miserables alimañas que suelen ser, acaso, su sustento.
          Dejad de criticar mi lento estilo, mi modo de narrar anquilosado, tan viejo como el mundo, tan arcaico, romántico unas veces, otras clásico, barroco en no contadas ocasiones, y dadle rienda ya a la fantasía, pues hemos de dejar estos lugares, partiendo hacia las noches orensanas.
          De pronto, imaginad ese camino, las aguas del Sil, raudas en su cauce, las voces de los grillos primerizos que llaman al amor en primavera; sentid la brisa fresca que, del Bierzo, se acerca con sus alas agotadas, penando los delirios del invierno más duro de la zona en muchos años…
          Ya estamos en la ermita de Sobredo.

           “El canto de los cárabos del monte”
          2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
          TODOS LOS DERECHOS RESERVADO

José Ramón Muñiz Álvarez
EL CANTO DE LOS CÁRABOS DEL MONTE
(Los ecos de las aves que se escuchan,
llegadas ya las horas de
la noche)

SONETO PREVIO

          No perderá su encanto la alborada,
si asoma al horizonte su belleza,
su voz, aunque cuajada de pereza,
después de ya pasada la invernada.
          Sus ecos repetidos a la nada
traerán la luz a la naturaleza
y, en un destello raudo de agudeza,
sus brillos vencerán la noche alada.
          Y quebrará las sombras insolentes
con su llegada mágica, dichosa,
corriendo por un cielo alborotado.
          Y el cárabo, en la espesura silenciosa,
su voz apagará, porque, lucientes,
los brillos de la aurora han despertado.

“El canto de los cárabos del monte”
2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

EL CANTO DE LOS CÁRABOS DEL MONTE (III)


José Ramón Muñiz Álvarez
EL CANTO DE LOS CÁRABOS DEL MONTE
(Los ecos de las aves que se escuchan,
llegadas ya las horas de
la noche)

“EL CANTO DE LOS CÁRABOS DEL MONTE”

I

Previa

          No solo con el alba son hermosas las luces que se encienden en los cielos: los brillos que se admiran al ocaso también muestran sus ecos de belleza. Son notas melancólicas que suenan lejanas como un canto de agonía que suele preludiar la muerte triste, destino inevitable para todos.
          El alba es el encanto de la vida que arranca, que comienza sus bostezos tras una noche incierta, desbordante que esconde cuanto existe entre la sombra. En cambio, es el ocaso la metáfora que canta a las imágenes que vienen a despertar temor en quienes viven pensando en el recuerdo de la muerte.
          No en vano, en las aldeas, en invierno, solían, con temor, los pobladores, en puertos de montaña y otras zonas, el grito quejumbroso de los cárabos, no bien llegaba el halo de granizo, los vientos impetuosos, la nevada que cubre las campiñas y las cumbres con sábanas tan limpias como puras.
          Las voces del crepúsculo, aunque tristes, no dejan de tener sus hermosuras: se mezclan mil rumores que, lejanos, avanzan por el aire transparente, nadando en esa brisa vespertina que quiebra toda calma, y el ladrido del perro, el bello trino de los pájaros se funden al sonido del arroyo.
          Y suelen ser frecuentes los rumores, el ruido de la lluvia en la ventana, cuando, al llegar por fin la primavera, se sienten sus caricias, sus aromas: las luces del ocaso se retrasan algunas horas porque crece el día, y, entonces, los paseos solitarios se tornan algo más apetecibles.
          La noche se hace bella desde entonces.

II

Las églogas que cantan las lechuzas

          Las voces que escucháis antes del alba las cantan al amor viejos autillos que suelen esconderse en los follajes que visten con sus verdes los abriles, pues llaman a las hembras para el rito ya viejo del cortejo, cada noche, después de procurarse el alimento al lado de la orilla del arroyo.
          Las voces que escucháis antes del alba, como un susurro triste, acongojado, quién sabe si hasta lúgubre, en la noche, no es una voz maligna que convoque las brujas para nuevos aquelarres, sino que son los versos amorosos que invocan los amores de las damas con un vocabulario delicado.
          Las voces que escucháis antes del alba y alcanzan a inspiraros tantos miedos son una voz hermosa y sugerente que rinde culto a la naturaleza: jamás oséis mirarlas con recelo ni habléis de su belleza y de sus brillos con el desprecio propio de las gentes que sienten el temor de la ignorancia.
          Las voces que escucháis antes del alba pudieran conmover al más sensible, si hubiera forma de poder hallarles la justa traducción, porque sus ecos repiten nuevamente a cada brisa, rompiendo los silencios, entre sombras, que ya llegó por fin la primavera que no sabe de heladas y granizos.
          Las voces que escucháis antes del alba debieran ser amadas como nadie, pues son las mensajeras más dichosas que avanzan las noticias del verano que bebe del deshielo y hace ricos los cauces del arroyo y del riachuelo que funden en su beso cada afluente para reverdecer las praderías.
          Las voces que escucháis antes del alba…


III

Tratado de “coruxas e coruxos”
          El reino de las noches pertenece, sin duda, a las lechuzas, cuyo vuelo jamás percibiréis entre las sombras calladas de la noche en primavera. Son ellas las que gimen, las que lloran con cantos agoreros en las fábulas que cuentan las abuelas de otros tiempos, sentadas junto al fuego a horas tardías.
          Y, en viejos cementerios olvidados, donde hay alguna anciana que visita tal vez a algún pariente fallecido, aguardan a las horas de la noche, pacientes, cautelosas, como siempre, para libar los néctares sabrosos que brinda a su placer, en raras lámparas, el jugo del aceite contenido.
          Los bosques son el feudo del mochuelo, que, oculto, a la mañana, en algún tronco, se deja, se abandona al sueño intenso, para cobrar su mundo en el crepúsculo: lo llama el sol poniente y, vivaracho, comienza su labor, matar insectos, roedores y batracios de las charcas que duermen, solitarias, en el claro.
          El pardo de los cárabos hermosos pudiera ser un canto a lo siniestro: los cárabos dominan densos bosques y cazan por el día, si hace falta. Robustos y aguerridos, son valientes, y atacan con sus garras a los hombres osados que se acercan a sus nidos. Jamás turbéis el sueño de los cárabos…
          También la noche advierte otros rumores que pueden confundirse con los cantos callados, lastimeros de estas aves: veréis allí al tritón, junto a las fuentes, al sapo con verrugas, una rana y, acaso salamandras atrevidas que cruzan los caminos a deshora, siguiendo los dictados del instinto.
          La noche quiere extraña su belleza…

IV
Los búhos hechiceros del antaño

          Los búhos son las aves más hermosas: lo dice su belleza, sus colores, la luz amarillenta de sus ojos, en plena oscuridad, cuando la noche permite su violento desenfreno y advierten a estos seres las estrellas que miran, siempre fijas, en la altura, sus formas tan curiosas y atractivas.
          Habitan en los altos farallones, en los cordales viejos y en las sierras, también en las estepas y llanuras donde la encina crece sin apuro. Las liebres y conejos bien les sirven, si existen en sus amplios cazaderos, lugar que no comparten, porque sienten gran celo por su extenso territorio.
          Y miran, majestuosos, en la altura, posados en las ramas de los árboles, tal vez entre las rocas de un picacho, donde las cumbres rozan blancos hielos que quedan de las últimas nevadas que quiso el tardo invierno a su capricho. Parecen solitarios, melancólicos, en un paisaje lleno de silencios.
          Imagen repentina de la muerte dirán que son los ojos de estas aves las gentes ignorantes de la aldea que miran con recelo a tales pájaros. Existen mil leyendas y atributos de augurios misteriosos, viejos mitos que ven en estos seres al demonio, salido de sus antros infernales, si no toma la forma de carnero.
          Pudieran ser amigos de las brujas.

V

Las voces desgarradas de la noche

          Los cantos gemebundos de los pájaros que vuelan libremente cada noche debieran ser temidos por sus presas, sobre las que se abaten con gran furia. Hablemos del hurón, del ratoncillo que deja cada noche la guarida, buscando el alimento necesario por esa densidad de la maleza…
          La vieja comadreja se desliza también con gran soltura, y, despiadada, voraz, sabe dar muerte a los bichejos que cruzan el sendero a raras horas. La noche es de los fuertes, como el día, y es lógico temer tantos peligros que suelen esconderse tras las sombras que dan amparo al grito desgarrado.
          Y es cuando las arañas tejen rápido sus telas invisibles a las moscas. Y cuando, por los prados y caminos, se admira a los raposos al acecho. Es bello ese animal, es listo el zorro, que pintan tantas fábulas malvado. La astucia es su valor más importante y engaña a los demás en cada bosque.
          Los viejos cazadores lo conocen y no hay una alimaña que no tema sus pasos sigilosos como el viento, su aliento silencioso y sin jadeos que corre como el agua del arroyo, cuando besa las aguas de la orilla suspirando. El zorro, la marfusa de otro tiempo, que tal nombre le dieron otros siglos.
“El canto de los cárabos del monte”
2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

EL CANTO DE LOS CÁRABOS DEL MONTE (IV)



VI
Las voces de la noche y el silencio
          Caminos que discurren lentamente, que siguen por el llano junto al río, sintiendo sus murmullos, sus canciones dejadas a la brisa de la noche, que sabe acariciar muy suavemente las ramas del cerezo que dejaron desnudos los otoños que corrieron hacia otro nuevo invierno y sus heladas…
          Se admira el leve son del airecillo, los cantos de las aves en la noche, silbidos casi místicos que vuelan, que siguen, que recorren los parajes como el lamento triste y quejumbroso que puede producir un alma en pena si queda ya quien piense que estas almas se quedan condenadas en el mundo.
          Y el clima es indeciso, pues refresca no lejos del embalse de Quereño, no lejos de la casa de Lucita, que duerme ya, que ignora que los búhos, el cárabo, el autillo y la lechuza son los custodios dignos de ese reino que canta, entre las sombras, a la vida, pues es la vida misma entre tinieblas.
          Las voces de la noche y el silencio conjugan su violencia en estas tierras lejanas, apartadas de ciudades, distantes de ruidosas autopistas, y solo los ladridos de los perros parece confundirse, en lo lejano, con voces que ya son ecos ignotos de lo que no ha de ser reconocido.
          Muy lejos queda el Barco y Ponferrada está a mayor distancia todavía. La senda que camina hacia Quereño es cúmulo de ruidos alejados, si no se escucha al gato que, famélico, se queja del dolor que está en sus tripas o tejen su concierto los autillos, sopranos de veladas tan extrañas.
VII
Después del curturrús, raro brevaje

          Pero una noche todo se hizo extraño: después del cuturrús, que es un brebaje que beben los oriundos, caminamos las rutas silenciosas respetuosos. Y el canto del autillo se hizo pronto un eco misterioso que anunciaba la bella primavera inevitable que no pudo tardar, que estaba presta.
          Y Carlos, que ignoraba esos rumores románticos que tienen esas noches cuajadas de misterios tan curiosos, me vino a preguntar qué eran sus ecos. Aquella sinfonía bulliciosa, llenando el valle verde, se sumaba, con lánguido rumor al Sil dormido, que sueña, mientras corre hacia el Atlántico.
          Pasaron otras noches y otros días, y Carlos, que es curioso, mencionaba los cantos que escuchaba cada noche, si andábamos la senda de Quereño. Gustaba hablar del moucho, porque Carlos hablaba allí en gallego muchas veces. El caso es que el autillo no es el moucho, que tal nombre reciben los mochuelos.
          Contándole mil cosas de estas aves, le hablaba del “curuxu” y la “curuxa”. Atento a mi discurso, relajado, sintió tal vez la magia de las sombras, de los misterios raros de mi infancia, dejada atrás, después de tantos años. Y, hablando de las aves de la noche, volvía a recordar a mis abuelas.
          El cárabo, el autillo y el mochuelo llenaron muchas horas de paseos cuando los dos amigos caminábamos en un lugar perdido allá en Galicia. No sé si eran amigos o enemigos. Lo más seguro es que, a su manera, mirasen, en la noche, a los dos locos que, juntos, recorrían la comarca.
          El canto del autillo era precioso.
VIII
El canto del autillo en la buhardilla

          La madre de mi madre, en su buhardilla, dejaba que explorase, cada noche, las sombras intentando sorprenderlas, que aquellas aves eran sugerentes, dotadas de valores atractivos, románticos acaso, un algo lúgubres, como un gemido triste a medianoche que pide que lo auxilien en la nada.
          No sé si tuve culpa de enviciarlo, causándole obsesión, pues yo de niño sentía gran pasión por esos pájaros que nunca dejan ver densas tinieblas. Y el caso es que pasábamos atentos, pendientes del lugar donde cantaban, con voces gemebundas, su reclamo, siguiendo los dictados naturales.
          Pero el rumor discreto del autillo cedió luego el lugar a viejos cárabos. El cárabo es un ave que se esconde y llama con su voz amenazante, borrando con sus gritos repentinos los ecos del autillo pusilánime. Los suyos son rituales agresivos que llaman, que convocan a la guerra.
          Son estas aves los depredadores que alcanzan ratoncillos y batracios. En esa oscuridad donde no vemos ni el suelo que pisamos entre sombras. El cárabo es valiente y corajudo, guerrero con sus garras afiladas, capaces de dañar al más pintado, pues pueden hasta herir a un hombre adulto.
          Tal vez nos ignorasen, simplemente, y, atentos a su vida y sus cuestiones, dejasen que pasáramos de largo como un observador que nada importa. Quién puede adivinar lo que pensaron las aves de dos viejos profesores, amantes del Godello y el Mencía, perdidos en parajes tan hermosos.
          Nosotros adorábamos sus gritos.
IX

Dejando los caminos de Quereño

          Cantar las melodías de Puccini, tener mil discusiones sobre Wagner, hablar de Schubert y de la “Incompleta” se hacía sugerente en el entorno. Rimada trajo un disco con canciones que él mismo componía y que cantaba, y hablábamos de Oroza, de su genio, su raro surrealismo y sus imágenes.
          También todo lo bueno finaliza, de modo que hubo fin a aquellos tiempos: diré que son momentos que recuerdo con gran felicidad y con nostalgia, pues fui dichoso estando allí en el Puente, rincón en la memoria más querida, que quiero visitar en un futuro por todo lo que obtuve de esa tierra.
          El caso es que Rimada, en poco tiempo, dejó, por su salud, estos lugares, teniendo que tomar la baja médica, tras una operación que tuvo riesgo. El Puente y los caminos de Quereño se hicieron aburridos nuevamente, faltando aquel amigo, aquel hermano de extrañas correrías en la noche.
          Pero el contacto no se pierde nunca donde hay una amistad acogedora.          Tras el verano aquel, me llamó un día y hablamos de lo humano y lo divino, sabiendo uno del otro, desde entonces. Después me comentó que, emocionado, pasaba en tren, al lado de Quereño, paraje predilecto a nuestros ojos.
          Y un día me pidió que le escribiera quién sabe si una prosa, algún soneto de aquellos tiempos dulces de locura, cuando éramos dos niños en el Puente: quería que le hablara de los cárabos, del “moucho” y el autillo entre las ramas, sus cantos y sus quejas lastimeras, y aquella primavera que no olvido.
          Por eso os dejo escritas estas líneas.
X

Dejando atrás el Sil y la Cabrera

          Es toda una experiencia ver nevados rincones que no suelen tener nieve, y el Bierzo es más hermoso si las mantas de nieve y de granizo lo atenazan. Pero ha pasado ya el momento justo, la lógica estación para las nieves, los hielos caprichosos, las heladas que quiso otro diciembre ya lejano.
          Al fin, cuando florecen los cerezos, cuando el camino es barro de humedades que trajo abril con vientos y aguaceros, el aire cristalino está más limpio, más puro en el rincón de la Cabrera que ve correr el Sil hacia Galicia, no lejos del solar que los romanos cribaron al robar oro a la tierra.
          Es tiempo de experiencias diferentes: quitarse ya el abrigo, sin embargo, parece ser más propio de atrevidos, porque las noches suelen ser muy frescas. El Puente tiene un raro microclima, de modo que más vale al forastero que sepa suponer que los termómetros descienden, por la noche, sin pudores.
          Entonces me contó que allá en Ushuaia los vientos corren más que los caballos, los hielos pueden más que la alborada, las brisas son cuchillos asesinos. Y, hablando de los grados bajo cero, tras una cena llena de alegría, llegábamos felices a Sobredo, por el camino estrecho de la zona.
          Pero corrió el invierno y, agotado, llegó, por fin, la nueva primavera, la dama presuntuosa de las luces, los brillos y las flores encendidas. Y aquella tradición siguió vigente sin esa escarcha que, ya con la tarde, llenaba cada brizna en las praderas, cada lugar dormido en el asfalto.
Y al fin se fue el invierno, a su capricho.


“El canto de los cárabos del monte”

2011
© José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

EL CANTO DE LOS CÁRABOS DEL MONTE (V)


José Ramón Muñiz Álvarez
EL CANTO DE LOS CÁRABOS DEL MONTE
(Los ecos de las aves que se escuchan,
llegadas ya las horas de
la noche)



SONETO PARA FINALIZAR

          Brotar podrá de nuevo en los cerezos
que vieron los veranos ya pasados

la flor cuyos colores delicados

miró el ocaso triste entre bostezos.

          Podrá nacer dichosa y sin tropiezos
donde los cantos penan, apagados,

del Sil, cuando los versos recitados

confundan ya las sombras con sus rezos.

          Y, beso silencioso, mas sencillo,
la luna escuchará, desde la altura,

los cantos de los cárabos más viejos.

          Será escuchar el canto del autillo
presencias sospechar en la espesura,

testigo de crepúsculos bermejos.


“El canto de los cárabos del monte”

2011
© José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.
José Ramón Muñiz Álvarez
EL CANTO DE LOS CÁRABOS DEL MONTE
(Los ecos de las aves que se escuchan,
llegadas ya las horas de
la noche)

A MODO DE POSDATA

          Aquí tienes, Rimada, verso y prosa mezclados, conjugados de manera tal vez inverosímil, tal vez sabia, quizás un algo necia, si es que quieres: pedías que te hablase nuevamente del cárabo, el mochuelo y la lechuza, quién sabe si risueño o conmovido, del mismo modo en que solía hacerlo.
          Las noches de los vinos en La Torre, Quereño, el Bierzo y toda su belleza parecen olvidarse en el pasado, mas siguen habitando en la memoria de quienes advertimos esa magia que existe eternamente en sus paisajes. Quereño, el Puente, Salas y San Pedro… ¿Recuerdas esas luces encendidas?
          Lucita sigue allí, donde, de vuelta de aquellas caminatas vespertinas, tomaban un vino, dos si acaso, y algunas veces tres, porque ese vino lo fue de la amistad que, compartida, parece saber más, tener más fuerza para embriagar las vidas aburridas de viejos profesores interinos.
          Aquí tienes los cárabos y “mouchos”, criaturas de los reinos nocturnales que ya conoces bien, porque en los pueblos no es raro el encontrarlos a la noche. El canto del autillo en la buhardilla, las voces de los cárabos del monte, los gritos que pronuncia la lechuza y un eco de febril romanticismo…
          No sé si me tendrás por un fantástico. Lo cierto es que soy algo fantasioso y amante de advertir estos detalles que dan vida a la noche en primavera. No olvides asomarte a la ventana, pues ese Vigo tuyo, ante el Atlántico, esconde mil secretos sugerentes que debes descubrir como los niños.
          Saludos y un abrazo, buen amigo.

“El canto de los cárabos del monte”

2011
© José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

sábado, 30 de junio de 2012

"LAS HIEDRAS EN LOS MUROS DE UNA TORRE" O "ESTAMPAS DE UNA TORRE EN DECADENCIA"


Los frutos de los árboles, maduros, quedaron por los suelos, esparcidos, y, helada, la caricia del otoño, llenó la brisa fresca con sus lluvias, en tanto que el camino de la fuente, vencido por las aguas abundantes, quedó en un barrizal impracticable para las gentes que iban a por agua. La brisa dulce y suave del verano, tan fresca y halagüeña, con la aurora, cedió al aire violento que, indignado, mostraba su rencor por cada calle, quebrando los tendales de las casas, rompiendo los paraguas de la gente, si acaso, con la lluvia, los vecinos tenían que salir con tiempo malo. Algunas, fueron tardes de delirio, sintiendo las familias, en sus cuartos, en la cocina acaso, aquellos truenos, la fuerza del granizo, la dureza del golpe de las olas en las rocas, no lejos de las playas aterradas por esa furia llena de coraje que elevan, cuando quieren, las espumas.


No es tiempo de que salgan los pesqueros, si vienen ya los meses de galerna, y el golpe de las olas arremete, ni es tiempo de salir por las callejas y hablar con los vecinos que regresan por las estrechas cuestas de la villa, sabiendo que en los próximos villorrios muy pronto iniciarán otra cosecha. Atrás queda el verano con su calma, con su mesura dulce, con sus besos, sus horas de calor y sus fatigas, a veces aliviadas con un baño, con un suspiro leve de la brisa, rozando las camisas y las blusas de gentes que se vienen de las fábricas o suben a la ermita, allá en el monte.


En cambio, sí es momento de reposo, de espera, mientras llueve y los cristales nos cantan la balada juguetona del agua en la ventana, del azote del viento encabritado contra nadie, gruñón, como lo es siempre, al repetirnos las viejas regañinas que acostumbra, de la que danza libre en el espacio. Pero es posible siempre una escapada de las mansiones tristes del mal tiempo, cuando el otoño quiere (si es que quiere) dejar, como un respiro, tardes buenas; y el sábado habrá sol, ese sol bajo tan típico, vencido ya setiembre, que muestra en cada brillo la tristeza que llama, melancólico, al estío.


Y, en esas tardes llenas de belleza, qué bello es sorprenderse por los prados, mirando el color pardo de las hojas, a punto de soltarse de las ramas, los densos amarillos en las copas de los castaños, siempre generosos, que esconden su tesoro todavía, para cuando noviembre se avecine. Y cierto es que, en otoño, son más bellas las densas arboledas del paisaje, que pronto perderán sus hojarascas, mas quieren invitarnos con sus frutos, promesa codiciada por los viejos, y acaso por los niños, cuando, un viernes, llegada ya la tarde, no hay colegio, y entonces van por higos y castañas. También hay otros ocios que practican los chicos en los fines de semana, como perderse, alegres en las rocas que están bajo el cantil y buscar bígaros de formas caprichosas en las piedras de calas tan recónditas que solo podréis allí llegar por los caminos y sendas que os ofrezcan mayor riesgo.


No importa que el otoño haya arrancado los cantos de las aves, de mañana, rompiendo, con sus voces, la penumbra que juega con las últimas estrellas, porque hay belleza aquí, donde las nubes recorren las alturas de los cielos, amenazantes siempre, caprichosas, dispuestas a arrojar otra tormenta. Y el pueblo sigue siendo tan hermoso como en la primavera, cuando encienden los campos su hermosura y los pesqueros se admiran con frecuencia en lo lejano, manchando el mar azul con sus colores, tan raros como vivos, tan lucientes como el color del alba cuando llega con un destello dulce en la mirada. Ha vuelto ya el momento de dejarse por fin al ejercicio de las piernas, de recorrer los campos y los montes, de divisar el sol en lo lejano desde que el alba arranca, y ser dichoso corriendo los caminos del concejo, las sendas, los caminos, los cantiles, llevando, en previsión, el chubasquero.


Tal vez en otro tiempo era más dado que hoy día a esas temibles caminatas, que no es capricho mío ser prudente, sabiendo que los años van corriendo, que pesan en las piernas y en el pecho, por lo que es bueno hacerse el humildito, sin demostrar valor en demasía, buscando, de momento, rutas cortas. De modo que, sacando del recuerdo de las que ya hice antaño, se me ocurre volver a repetir ese trayecto, que muestra el mar en toda su hermosura, llegados por la vera del paseo, que arranca, desde el pueblo hacia Coyanca, para perderse luego entre los prados y ver crecer los raros eucaliptos.


No son pocas las cuestas del paisaje, por lo que toda calma es conveniente, merced a las durezas de las muchas pendientes inclinadas que se encuentran, mientras, al caminar, se lleva un ritmo que no hay que abandonar, pues toda marcha nos pide un ejercicio mesurado, mas nunca interminable al peregrino. Me fueron conocidos, ya en la infancia, lugares tan recónditos que, a veces, parece uno perderse por los cuentos, leyendas y patrañas que las viejas contaban, junto al fuego, en otros siglos, hablando de las brujas de los pueblos, de sus hechizos raros y su magia, capaz de hacer que vuelen por los aires. Entonces iba yo con los amigos a recoger castañas, cada viernes, por más que son tempranos los ocasos, si va mediado el tiempo del otoño, y es justo recogerse pronto entonces, que así lo quieren esas buenas madres al darles a sus hijos las meriendas envueltas en papeles de cocina.


En cambio, la batalla es ya distinta, siguiendo, a mi capricho, esos instintos que llevan a los cuentos y leyendas que cuentan las ancianas pueblerinas con ojos más escépticos y sabios, quién sabe si, tal vez, menos románticos, cuando, parando a alguno, en pleno campo, me gusta conversar unos instantes. Un sábado cualquiera es buen momento para partir en busca de aventuras, oyendo el curso casi alborotado de fuentes y arroyuelos del camino. A veces son regueros, solamente, mas la costumbre quiere hacerlos ríos según cuentan las gentes de los pueblos que aguardan nuevas lluvias este otoño.


Cabalgará de nuevo el conde Olinos, y lo verá la mora que, en la fuente, callada, espera al bueno de don Bueso, que ignora que es la hermana que robaron los moros para Pascua, en primavera, si espera a su marido Catalina sentada en el laurel que ella tenía, no lejos de la casa, tras la guerra…


Es tierra bella y sabe a romancero la vasta pradería carreñense, que cuenta con bastiones orgullosos allí donde la piedra se hace muro: si en ella no hay castillos, a lo menos, se pueden divisar torres rendidas al peso de la edad desde el Medievo, guarida de mochuelos y de zorros. Y el Torruxón de Yavio es como un símbolo de lo que hay de perenne o bien de efímero, dormido entre las hiedras que lo cubren, de la que caminando, se divisa, como un árbol de formas regulares, acaso coronado por almenas, en actitud guerrera, tras milenios, vestigio de otras épocas pasadas.


La paz de estos lugares no recuerda los tiempos que admiraron con asombro las luchas de las gentes más osadas, cruzando las espadas con bravura, ni el grito de la guerra, siempre fiero, que consagrado a rudos espatarios, bañó esta zona idílica de sangre, de fuerza, de coraje y de grandeza. Y quién recuerda, en fin, aquellos nombres de gentes linajudas que forjaron la historia de estos campos singulares, de las veredas dulces que camino, si, al cabo, no han quedado más vestigios que torres orgullosas y casonas de hidalgos que ostentaron sus escudos sobre sus altas casas palaciegas.


2010 © José Ramón Muñiz Álvarez

jueves, 28 de junio de 2012

PAISAJES SILENCIOSOS JUNTO AL FARO


PRIMERA PARTE

I

          Dejó la primavera que las lluvias cedieran, como siempre, al tiempo bueno, y el sol brilló en los cielos despejados. Son siempre tan hermosas esas horas que aplacan las locuras invernales, las horas de los vientos y el granizo… Y, al fin, junto a ese mar que no se acaba, la calma nos saluda con sosiego, brindándonos la paz de estos rincones.

II

          Y estamos a las puertas del verano, radiante como el cielo a mediodía, feliz como los niños inocentes. La hoguera de San Juan ya se ha apagado, sus brasas han dejado en la pradera la huella de luz, tres noches antes. Y siguen escuchándose, en la noche, los cantos del autillo y el mochuelo que habitan en las densas arboledas.

III

          Y no por ser verano van menguados cruzando, entre las tierras campesinas, los cauces del arroyo, en su descenso. Las lluvias, desde abril, fueron frecuentes y el prado sigue verde y encendido, como la hiedra asida al viejo tronco. Pero este reino es todo de la noche, que brilla, huraña, llena de belleza, colmada de tristeza, como suele.

SEGUNDA PARTE

I

          Las noches del verano son más claras, pues faltan en la bóveda celeste las nubes peregrinas del otoño. Así, los cielos, limpios, siempre puros, enseñan, a quien pasa, las estrellas, hermosas, luminosas a lo lejos. El mar es sólo entonces como el eco callado de un murmullo tierno y tímido que llora su canción entre las sombras.

II

          Las noches del verano son tranquilas, serenas como el mar y el aire fresco que invita al caminante a detenerse. Qué bello es ver entonces ese cielo de estrellas encendidas que saludan desde un espacio dulce y melancólico. A veces, los reflejos de la altura se miran en las aguas de los mares, hermanos de las brisas perezosas.

III

          Las noches del verano son románticas, y, llenas del perfume de las algas, respiran el salitre de la espuma. Las olas, cuando llegan a la costa, no muestran su despecho, pero dejan el vuelo de su aroma e el ambiente. No lejos de las playas apartadas, es grato respirar esa frescura que el mar regala al aire de la noche.

TERCERA PARTE

I

          Y el faro, por ser noche, está encendido, testigo de los barcos que navegan hacia otros reinos, yendo por los mares; el faro, el viejo faro que decora, sobre el acantilado, los paisajes agrestes como un grave desafío. También tiene su historia el viejo faro, que supo de galernas y tormentas en tiempos de miserias y de hambruna…

II

          Los barcos que se pierden por los mares contemplan la belleza de sus brillos, que avisa del peligro de las rocas: no debe el navegante, en estas aguas, dejarse a su placer, que el viejo faro previene los naufragios y las muertes. También los pescadores más humildes respetan la advertencia de los faros, sabiendo de tragedias más que nadie.

III

          El viejo faro es el protagonista de todas las historias que suceden en este cabo triste y olvidado. Los mares pueden ser antojadizos y amar al marinero, darle alientos para cruzar sus reinos infinitos. Mas es traidor en muchas ocasiones y quiere que le paguen el despecho de entrar en su morada con la vida.

2010 © José Ramón Muñiz Álvarez

MEMORIAS DEL SENDERO DE QUEREÑO

       Esta es la historia de dos profesores amigos de la liebre y del ciervo, en las soledades del Puente de Domingo Flórez, allá por el curso 2009-2010.

       No suelen, en invierno, retrasarse los brillos del ocaso silencioso, cuando la tarde muere en lo lejano. Los cielos, encendiendo sus colores, enseñan en la altura esos bermejos que llenan de belleza la alta bóveda. No importa, sin embargo, que, a su antojo, desciendan los termómetros, pues siempre se puede caminar por las veredas. Y es bello caminar cuando la helada, tentada por eneros aburridos, regresa, cada noche a estos lugares. Los lunes suelen ser tan rutinarios como el manjar mezquino que les niegan los campos a las aves migratorias (difícil es amar las horas lánguidas del lunes miserable que condena los sueños del descanso del domingo). Resulta bello, en cambio, por la tarde, si suenan rumorosas las corrientes del Sil, al enlazar con el Cabrera. Y, al tiempo, en su fatal melancolía parece haber un halo de emociones que envuelve a los espíritus nostálgicos.
     La noche se ha instalado, impertinente, mientras, buscando la estación, con paso lento, desciendo sin apuro al puente nuevo. Se eleva sobre el Sil, donde los árboles, se lanzan, despechados, a la altura, quién sabe si queriendo saludarme. Aquí, como las aves, soy vecino de sus follajes pardos, malheridos por la maldad callada de otro otoño. Y, ya en Galicia, escucho esos rumores, dejando atrás los puentes que cruzaron en otro tiempo viejos peregrinos.
      Quereño tiene trenes, que no el Puente, sin tren, con carreteras comarcales dejadas al olvido de los mapas. Por eso vengo aquí, por eso espero, dejando atrás el Bierzo y La Cabrera, que llegue el tren que viene desde Vigo. Y Vigo está muy lejos: Pontevedra contempla el mar azul desde sus playas, románticas acaso, silenciosas. Y quedan solamente unos minutos para que el tren alcance esa parada que casi no es destino de ninguno. Por eso es bueno, acaso, entretenerse bebiendo un vino suave, si lo sirve Lucita, con sus risas inocentes. Lucita, vieja ya como los siglos, conserva la niñez en la mirada, mantiene la bondad dentro del pecho. Conversa amable con quien la visita, y escapa del terrible aburrimiento de tantas horas llenas de tristeza.
      El bar es muy pequeño, mas se admira su gris rusticidad, su encanto humilde, muy propio de los bares que son tienda. Y junto al fuego alegre de la estufa, que siempre se agradece, porque hay frío, se escucha conversar a los oriundos. No es mucha la clientela que ella tiene, y algunos son amigos de la caza que beben unas copas en la barra. También está Fidel, el de San Pedro, que pasa largas horas con Lucita, y ancianos que prefieren la baraja. Y un hálito fugaz que me ha invadido parece haber colado en la memoria recuerdos que no pueden ser los míos: es como si pudiera descubrirme, perdido en otro siglo, rescatando momentos de una vida que no es mía. Y se oye el tren por fin, que, retrasado, se acerca a los andenes de Quereño, cuando, sin prisas cruzo yo la puerta.
      El viento congelado por la helada fustiga sin piedad el pelo corto, la piel de la amplia frente y las orejas. El clima es interior, mas no muy seco, distinto de las tardes carreñenses, a las que estuve siempre acostumbrado. Acaso admiro, casi en la penumbra, bajar del tren a un tipo que sostiene una maleta enorme en una mano. Y entonces me saluda el argentino, con ese aire guasón, con picardía, feliz, dichoso, joven con sus años. El viejo profesor ha regresado tras un descanso largo, porque tiene que hacer media jornada solamente. Y empieza una aventura ya distinta, que no son ya momentos solitarios, al animar el alma las palabras.
      En un rincón tal vez insospechado para dos profesores interinos, la vida se ha hecho hermosa, de repente. El pueblo, sin un cine ni un teatro, no ofrece distracción a quienes vienen para ganarse el pan con la enseñanza. Pero una magia mística nos llena, porque, con poco, puede ser dichoso quien sepa disfrutar de este paraje. Pensar que ya conozco estos villorrios de dos años atrás, cuando me vine para hacer mi trabajo en Ponferrada… Y ya fui amante entonces del paisaje, de los largos caminos de Quereño, de las desnudas tierras de Las Médulas. Era el final del curso, y César Gómez el compañero fiel de caminata, llegadas ya las cinco de la tarde.
      Y, al fin, vamos camino de La Torre, donde vendrá la cena a nuestra mesa, pues se ha encargado liebre al cocinero. Mas antes, digo yo, será prudente tomarnos unos vinos en Los Arcos, el bar que tienen Carmen y Gustavo. (Mi amigo es un amante del Godello, que es vino que prefiere al Albariño, por más que tenga fama y muy buen nombre. El caso es consumir lo de la zona, pues tiene cada tierra cosas buenas que pueden encantar al forastero). La helada importa poco al que se atreve, y es grato congeniar con un amigo, si sabe de Carracci y Caravaggio. (También lo es criticar el tenebrismo mediocre de los lienzos de La Torre, de la que el vino bueno va menguando). La cena es generosa cada lunes, y la amistad no es menos generosa, para estos dos excéntricos tan lúcidos.
      Lugar donde tomar vino del bueno, que suele ser un gusto cada tarde, Los Arcos es local muy concurrido. Las gentes suelen ir por las mañanas, y toman el café, ya a medio día, las gentes que regresan del trabajo. No es raro entretener allí las horas, y es casi obligación, cuando hay mercado, comer allí los callos, tras el pulpo. Se toma allí el Godello de colores dorados como el sol que, tras la niebla, levanta su belleza con el alba. Y no faltan los tintos, favoritos de grandes bebedores, que no faltan en la región del Bierzo y La Cabrera. Sentados a la mesa discutimos mi amigo y yo del arte de estos tiempos, pues él defiende la pintura abstracta. A veces, opiniones de política parecen enfrentar a quienes sólo discuten por ser esto una terapia. Solemos defender puntos de vista contrarios por pinchar, por buscar algo que dé pie a discusiones encendidas. También dudo si es útil la lectura de tanta actualidad, pues los periódicos se mofan del lector con sus engaños.
      A veces recordamos ese martes maldito en que, perdidos, ya a la noche, buscábamos la casa de Socorro. Socorro es ya mayor y viene al Puente con regularidad a hacer sus compras, mas vive en el Villar, tierra de Orense. Un viernes coincidió que en la parada del autocar mi amigo habló con ella, pensando si comprarle algún cordero. Le dio su dirección, y, caminando, subimos al Villar, desde Quereño, por una cuesta acaso interminable. Porque el Villar está mucho más lejos de lo que imaginó mi amigo Carlos, y así cayó la noche, sorprendiéndonos. Y Carlos, como siempre asustadizo, me dice que la noche es peligrosa, temiendo que aparezcan los “currunchos”. Así llama mi amigo el argentino (de ancestros catalanes y gallegos), al bravo jabalí que anda los montes. E insisto muchas veces en que Eugenio, que, amable, nos mostró el largo camino, no tiene culpa del desaguisado. Y no hay temor alguno si se canta, por más que algún anciano se sorprenda, que Andrés se sabe todo el romancero. Gustavo es más callado, pero Carmen nos da conversación constantemente, cuando nos colocamos en la barra.
       Las horas pasan casi inadvertidas y es hora de cenar, porque en La Torre los lunes es frecuente que vayamos. Llegar pronto a La Torre es un pretexto para un vinillo más, y nos lo sirve, risueño y amigable, el viejo Berto. Allí están el sargento, el indio quichua, Simón, de convicciones peronistas, e xentes que nos falan en galego. Carliños sabe bien falar a lingua, que mezcla al catalán y a un castellano que tiene fuerte acento bonaerense. Y el fútbol, tema siempre socorrido, se instala sin pudor después del arte, la música, las letras, la poesía. Tomamos ya un Mencía, preparando la tripa para el tinto que acompaña las cenas, rebajado con gaseosa. Después queda sentarse ante la mesa del comedor que aguarda, iluminado, la entrada de corrientes comensales. El indio ecuatoriano cena solo, mas, al estar nosotros, se nos une, nos cuenta sus miserias y alegrías.
       El tiempo de la cena es oportuno para soñar proyectos ilusorios que pueden ser verdad un día cualquiera. Y Carlos, que es galaico, nos seduce con tradiciones propias de un galaico, pues quiere organizar una queimada. La cosa queda para primavera, y, al tiempo, retomando viejos temas, hablamos del trabajo y los muchachos. Algunos pueden ser más aplicados, por norma general hacen lo justo, sin merecer siquiera el suficiente. La cena no se acaba con los postres, que suelen ser variados, pero suelen servirnos un helado cada lunes. Después llega el café, y, sabiendo a pouco, tomamos “cuturrús”, que es un brebaje que suele degustarse en la comarca. Y luego, tras la cháchara dichosa que ya es ritual aquí con los que alternan, volvemos al camino de Quereño.
      Quereño, ya en Rubiá, porque es Orense, conoce nuestro vicio por los cantos y sabe bien de nuestros repertorios. Y Alicia sigue siendo esa muchacha perdida en las ciudades cristalinas del arquitecto extraño de los sueños, al tiempo que cantamos los fragmentos de aquellas operetas olvidadas que, un siglo atrás, gustaban en Europa. Oroza, “Las campanas de la muerte”, “La barca que se mece allá en la ría”, se mezclan, se recitan y se cantan. La charla seguirá con el camino, llegando hasta la ermita de Sobredo, mirando las farolas de San Pedro. Y nos saluda Salas a la vera del Sil, un viejo amigo, a nuestros ojos, que sabe conocer nuestros espíritus.

2010 © José Ramón Muñiz Álvarez

MEMORIA DE LAS TARDES DE NEVADA


          –Qué bella es la mañana cuando llega–, se dijo al ver la luz y el horizonte.
        Mirar tras la ventana, al levantarse, quizás era ya un hábito corriente. Movió al fin la cortina, y, reflexivo, tomó los libros y salió de casa. El alba bostezaba en lo lejano, y, abriendo paso al sol débil y triste, mostraba sus dorados melancólicos. Diciembre viene siempre con los hielos y la tardanza propia de la aurora, que menos tarda en julio y en agosto.
        –Qué bella es la mañana cuando llega–, se dijo al caminar entre las sombras.
      Notó al cerrar la puerta, ya en la calle, que no era mucho el frío de otras veces, pues suelen las heladas ser intensas en este rincón bello junto al Bierzo. Y vio, mirando al cielo, aquella mota, tan frágil en el aire, casi un copo, sujeto de la mano de la brisa. El Bierzo es un lugar donde las nieves no suelen abundar como en los montes, subiendo por el curso del Cabrera.
        –Qué bella es la mañana cuando llega–, se dijo al tomar rumbo al instituto.
       Quitó los guantes, siempre necesarios, camino ya del centro de enseñanza, sabiendo que los grados bajo cero no habrían de atacar con su cuchillo. Y, entonces, sorprendido, vio, en el aire, volar, como pavesa de silencio, de nuevo aquellas motas danzarinas. Y pudo comprender que, a su capricho, la nieve rompe el frío de la escarcha que suelen las heladas impasibles.
    –Qué bellas son las nieves cuando vienen–, le oyeron murmurar viejos senderos. Y, haciendo su camino comúnmente, entró por fin, frotándose las manos, y a Loli saludó con su sonrisa, diciéndole que pronto nevaría. Los más madrugadores ya ocupaban su silla ante la mesa de la sala, minutos antes de empezar las clases. Y el cielo, más oscuro, de repente, dejó que las nevadas derramasen sus mantos por los campos de la villa.
       –Quedamos esta tarde a ver el fútbol–, le susurró Rimada por lo bajo.
     El Puente es un lugar aislado y triste, y, aquí, los profesores se aburrían, no habiendo cines, solo cuatro bares donde tomar acaso algo de vino. Y el cielo, casi negro, derramaba las sábanas de hielo por los suelo, mudando los paisajes y sus tonos. Los jóvenes alumnos modelaban esferas imperfectas con la nieve para formar extraños proyectiles.
      –Quedamos en el Thais sobre las cuatro–, propuso Carlos al marcharse a casa.
Esteban, un alumno serio y tímido se vio atacado entonces por Rimada, que le lanzó una bola tras el cuello, dejando sorprendido al buen muchacho. Mas este, al no ser tonto, decidido, correspondió al ataque belicista, lanzándole otra bola en plena frente. Después de algunas risas se marcharon, que el hambre aprieta siempre los estómagos, después de tantas horas en el centro. Y no quiso cesar la nieve hermosa, formando sus tejidos por los prados.
A veces, las durezas del invierno se tornan como un beso en plena boca, dejando su regusto tan extraño, que mezcla la alegría y la tristeza. La escarcha de la helada también tiene sus ecos de belleza, tornando en cristal blanco cada hierba. Las lluvias, al rozar las cristaleras, también prometen blandas emociones que traen ternura y calma a los espíritus.
        No suelen, por lo pobre de la zona, quedarse aquí a vivir los profesores. Lo usual es que se alquile en Ponferrada la casa de otras gentes que se han ido, que viven en España o en otra parte y alquilan sus viviendas entre tanto. De todos modos, en aquellos tiempos quedaron en el pueblo algunos pocos, cansados de una vida tan monótona. Por eso esta reunión era importante, y allí fueron, sin falta, a ver el fútbol, los cuatro profesores de que hablamos.
       El Thais está en la zona más moderna del Puente, que es la zona con más vida. Allí toman café los profesores al tiempo del recreo, si no hay guardias, o en esas horas que, entre y clase y clase, se puede escapar uno a tomar algo.
       Así, José Ramón salió de casa, llevando su paraguas en la diestra y habiendo de pisar con gran cuidado. Las nieves son, a veces, traicioneras y siempre patinar es grave riesgo, pisando las aceras o el asfalto. Y fue al llegar al Thais cuando, no lejos, halló un grupo de alumnos con sus chanzas. Gozaban del placer de ese regalo que suelen ser las nieves, un juguete que en manos de unos niños se hace magia, teniendo algo especial cuando se toca.
No estaba ya nevando para entonces y el agua de la nieve derretida formaba en el camino sus arroyos. Volvió a salir del bar y dio una vuelta, mirando aquellos montes, la apariencia de aquellas sierras altas y elevadas. Y al fin llegó Manuel, que alzó la mano:
     –¿Pero es que no han venido todavía?
     Y fueron hasta el Thais a tomar algo, tras ver que los demás tardaban mucho.
     –Nos queda poco ya para el partido–, llegó a decir Manuel con impaciencia, sin sospechar, acaso, que su amigo jamás tuvo pasión por el deporte.
Y luego ya llegaron los dos Carlos, envueltos en abrigos y con gorra, por eso de las nieves y los vientos. Mas, dentro del local no hacía frío, pues bien ardió la estufa aquella tarde de nieves hechizadas de belleza.
      –Qué bellas son las tardes cuando nieva–, pensó José Ramón, mirando fuera. Las tardes de diciembre duran poco y ya parece noche hacia las cinco, mas las farolas viejas de la calle mostraban gruesos copos en descenso.
      –Qué bellas son las nieves en el aire–, se dijo, ajeno a las conversaciones de aquel partido insulso y de las voces.
      Las gentes pasionales daban gritos tal vez por algún gol lanzado a puerta que no llegó a lograrse finalmente. Mas solo fue un momento de despiste, que no falta la cháchara si hay gente. Y suele la bebida alzar los ánimos, romper la timidez de los más tímidos y hacer hablar a los que son prudentes o tienen un carácter aburrido. Pues no faltaba vino y carajillos en un tiempo anterior a los recortes a los que los políticos son dados. Beber con los amigos es dichoso y en un pueblo pequeño sin más vida se vuelve un lujo casi imprescindible.
     Rimada se atrevió con un partido, retando a los pupilos de aquel año, que el viejo futbolín allí aguardaba. Escéptico, Ramón, que es más distante, lo vio marchar risueño con los chicos y unirse a sus jolgorios juveniles. Manuel y el otro Carlos lo animaron, mientras José Ramón, tras los cristales, miraba aquella nieve, ya más densa. Y pronto sintió ganas de ir al baño, donde aliviar, sereno, sus tensiones: después de haber bebido algunas copas, es siempre aconsejable esta costumbre, que nada reprochable nos parece.
      Y el caso es que, al salir, halló a Rimada, vencido, derrotado sobre el suelo, tras un golpe al azar, culpa de Esteban, que, si hemos de ser justos, nunca quiso mancar al profesor que enseña plástica. Pendiente de su profe, suspiraba, temiendo haber causado, sin quererlo, un daño irreparable al enseñante. Los otros apartaron a los chicos que se arremolinaban junto al hombre que, echado sobre el suelo, musitaba que le faltaba acaso un leve soplo de oxígeno llenando los pulmones. Mas pudo respirar, y, tras un rato, ya estaba alegremente con el fútbol.
     Las almas argentinas son extrañas. Lo comentó Joserra muy prudente, sabiendo que Rimada es, por su origen, gallego, catalán y americano. Habló de sus parientes de Argentina, su gusto por el fútbol más violento y el vicio de ir al campo con paraguas:
       –Allí el deporte es fiesta y es violencia–, aseguró risueño y con su fino carácter el genial Carlos Emilio.
      Después, Carlos Abad, el otro Carlos, habló de cómo hacer un alambique y fabricar cervezas con carácter, y prometió una cata a los presentes.
        –Te tomo la palabra–, le decía Manuel a Carlos, socarrón, a veces.
      Y, al fin, cesó la nieve y se hizo tarde, y, al irse, caminaron las aceras, cubiertas por las capas de las nieves escasas todavía, barruntando mayores espesores y más hielo para el siguiente día, cuando, acaso, los niños de transporte no pudieran venir desde los pueblos porque el tiempo lo quiso así, feliz como los niños que juegan a los dados en la calle.
      Cercanas ya las fiestas navideñas, era un primor la villa entre las sombras tomadas por el hielo blanquecino. Por eso, en vez de regresar y hacer la cena, quisieron posponer la vuelta a casa y fueron a Los Arcos, donde Carmen atiende bien a toda su clientela. Dudaron si tomar un carajillo, mas fue José Ramón quien, con ingenio, los supo convencer, al proponerles, tomar un irlandés, que más entona. Haciendo pues camino, entretuvieron la charla con alegres disparates y chistes de lo más desenfadado. Pero la nieve se hace traicionera. Por eso, tras un golpe, el buen Rimada, sufrió otro contratiempo, patinando.
      Optaron por llevarlo a ver al médico, no lejos de la vieja biblioteca, que está donde el Ayuntamiento nuevo. Pasaron solamente unos minutos y vino para verlo la doctora. Por suerte no fue nada y continuaron. Y, haciéndose unas fotos en la calle, pasaron luego a la cafetería, tomaron irlandés y discutieron como es común hablar con los amigos de la niñez más tierna y más profunda, si bien eran recientes conocidos.
       Después, ya tras la cena, cada copo volvió a poblar el aire, entre las sombras.

2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Memorias de las tardes de nevada”

viernes, 15 de junio de 2012

PARA JOSU HERNÁNDEZ OLABARRIETA

Soneto

         Las nieves y el granizo, con apuro,
bajaron de los montes hasta el llano,
y, triste, en el paisaje ayer lozano,
el cielo coronó el silencio oscuro:
         la herida de un otoño prematuro
sintió, con el crepúsculo temprano,
quien, alcanzando el fruto del verano,
el puerto vil halló, jamás seguro.
          Y fue el ocaso breve con su brillo
como esa luz que teje la alborada
que se alza, coronando su hermosura:
         si breve, si violento en la hondonada,
si raudo, si veloz en su castillo,
también como un destello de bravura.

2012 © José Ramón Muñiz Álvarez