viernes, 17 de mayo de 2013

La catedral de San Esteban

Für Erich Schagerl, mit ganzen Herzen

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La vieja catedral de San Esteban
escucha los violines callejeros
que dejan sus susurros en el aire.

La lluvia, al descender sobre el asfalto,
empaña el aire mismo, y su sonido
se mezcla con el beso de la música.

Y es cierto que si Mozart está muerto
el alma de la música revive
y se hace cotidiana para todos.

Pues un divertimento dice mucho,
si suenan los cuartetos por las calles
y se hacen escenarios las aceras.

Los viejos repertorios del Barroco
contrastan con lo clásico y romántico,
que suelen ser frecuentes a la tarde.

Lo saben quienes siguen su camino
escucha los violines callejeros
que dejan en el aire sus susurros.

Y caiga ya la nieve o el granizo,
no han de faltar en Viena los compases
que llenen a la gente de alegría.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez

No dicen las estrellas

Für Erich Schagerl, mit ganzen Herzen 

           No dicen las estrellas
secretos susurrados en silencio
al aire que las mira, dejando que el destino
desnude las verdades que se esconden,
pues nadie ha de saber lo que deparan
la suerte y los caminos
que corren, al azar, en la vorágine.
           Parece que no quieren
mostrar lo que nos tiene tan inquietos,
pues todos quieren algo que venga a sugerirles
aquello que vendrá cuando el futuro
se torne en el presente que vivimos,
acaso resignados
en la celeridad vertiginosa.
           El mundo es una rueda
que gira como un vuelo inexplicable
que infunde miedo a veces, que invita a la aventura,
que corre, que se apura, que acelera,
y no podrá llegar a detenerse,
no siendo que la muerte
imponga el fin con aire pendenciero.
           Pero hay quien ha podido,
y sale vencedor de tantas lides,
sabiéndose seguro, señor en ese suelo
de barros engañosos y de lodos
que pueden desplomarse hacia la nada,
que pueden embaucarnos,
pues son, acaso, arenas movedizas.
           Y hoy vemos cómo Schagerl
se muestra vencedor de la batalla,
igual que quien doblega las fieras que se lanzan,
mordiendo y arañando al caminante
que vaga por las sendas más oscuras,
pues nadie ha de quitarle sus tesoros.
           La música esacaso
el sueño en el que vive el violinista
que el aire llena siempre de notas coloridas,
pues sabe que su música es hermosa,
y corre como un halo de poesía,
buscando los nadires
y alzándose a ese cénit ambicioso.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez

jueves, 16 de mayo de 2013

Canto eglógico

 
EL CABALLERO-. Quieren los altos castillos
de la mañana que nace
ver el bello desenlace
que alumbra con raros brillos.
PASTOR-. En los colores sencillos
se dibuja la belleza
que, si callada bosteza
la luz sobre las heladas,
las brisas ve alborotadas
el alba, si el alba empieza.

EL CABALLERO-. Pero también el ocaso
sabe de melancolías,
pues se consumen los días
y las horas a su paso.
PASTOR-. Y, con ese sol escaso,
el inocente pastor
suele cantar el dolor
que ya lamentó a la aurora
por culpa de una pastora
que pagó con desamor.

EL CABALLERO-. Y, sin ser corrrespondido,
desde la misma alborada,
triste lo ve la majada,
falto de paz y vencido.
PASTOR-. Y quien, por amor herido,
se deshace en el lamento,
suele ser aire en el viento,
si es el viento su pesar,
que su vida y su llorar
mal pueden ser su alimento.

EL CABALLERO-. Dejar el amor quisiera
el corazón malherido
que, si suspira vencido,
al suspirar se acelera.
PASTOR-. Es dolorosa la espera
para quien, enamorado,
se confiesa en el estado
y se rinde al desvarío.
EL CABALLERO-. Del amor poco me fío,
pues su dolor me ha cansado.

Y, como es harto sagaz,
quiero esquivarlo y no puedo.
PASTOR-. Pero la paz del hayedo
en tanta tormenta es paz.
Y es que ese pobre rapaz
es un niño ciego y triste.
EL CABALLERO-. Nada al amor se resiste,
aunque resulte jovial,
porque es veneneo su mal
y su instinto siempre insiste.

PASTOR-. Raro mal es el amo
que, gustoso, nos maltrata.
EL CABALLERO-. Si con su pena no mata,
es por causar más dolor.
PASTOR-. Retirar quiere el favor
a quien más lo habrá sentido.
EL CABALLERO-. Por sus flechas el vencido
sufre la desesperanza.
PASTOR-. Quiere el amor la mudanza
de la suerte y el olvido.

EL CABALLERO-. Quiere el alma más reposo,
mayor bien y más descanso
junto al arroyo que, manso,
sigue su cauce dichoso.
PASTOR-. Siempre el amor doloroso
torna las horas del día
de singular alegría
en la tristeza callada.
EL CABALLERO-. Puede la misma alborada
sucumbir a su osadía.

Y, in pecar de valiente,
porque nos dice la ciencia
que es contrario a la prudencia
hablar insensatamente,
diré el amor imprudente
si es el instinto maldito
por el que lloro, si grito;
por el que grito, si lloro,
que, faltando a mi decoro,
siento el ánimo marchito.

PASTOR-. Raro pincel el amor,
que, con cada plenilunio,
pinta triste el infortunio,
pues se jacta en el dolor.
EL CABALLERO-. No ha de faltar el rigor
con que, dichoso, nos hiere,
pues a su gusto prefiere
ver dureza y sufrimiento,
pues es malo y avariento
con quien en su poder muere.

PASTOR-. ¡Oh, dulce calma callada
en ese bosque frondoso
donde sueña su reposo
triste el alma enamorada!
EL CABALLERO-. ¡Oh, silenciosa majada
donde duerme, cada día,
la voz de la brisa fría
que sospecha en el dolor
otro flechazo de amor,
lleno de melancolía!
PASTOR-. Y es que, falto el corazón
de esperanza y de bondad,
se vuelve en la soledad
al llanto y la desazón.
EL CABALLERO-. Es el amor la traición
que quiebra, con veleidades,
los amores y bondades
que siente el ánimo bello
ante su claro destello,
que todo son mezquindades.

Ha de ser compadecido
quien por amores lamenta
haber perdido la cuenta
de cuanto va consumido.
PASTOR-. Ha de verse arrepentido
quien al amor se regala,
quien sigue la senda mala
de su metira y rigor.
EL CABALLERO-. Ha de llorar con dolor
quien sube por esa escala.

Y es que el amor traicionero
premia con la desazón.
PASTOR-. Si es el amor la tración,
es acaso un embustero,
pues, como hace el halconero,
no ha de amarrar los halcones.
EL CABALLERO-. Son las mismas emociones,
contradiciendo la ciencia,
las que piden la obediencia
en tan osucras prisiones.

Y los rumores maldigo,
pues, perdida la bonanza,
me consuela esta venganza
de la que no me desdigo.
Mas, como el triste mendigo,
por el amor obligado,
soy un pobre enamorado
a costa de no querer,
con lo que pierdo mi ser
en un querer quebrantado.

Así soy triste lamento
y, como el mismo pastor,
me lamento del amor
junto al quejumbroso viento.
Y, olvidando el alimento
que hace falta en la otoñada,
me alimenta la alborada
con la luz resplandeciente,
cuando se mira en mi frente
la mañana enamorada.

PASTOR-. Del amor también vencido
me he venido a lamentar,
que todo es siempre penar
a causa de ese bandido.
EL CABALLERO-. Bajo el cielo ennegrecido
en que se mira cobarde,
huye ya el sol sin alarde,
temiendo al amor maldito.
PASTOR-. Es el amor gran delito
para quien de él non se guarde.

¡Oh, raro llanto callado
que llaman el mal de amor,
porque, lleno de dolor,
suele ser tan alabado!
Pero, por él maltratado,
todo es llanto el pecho mío,
que, llorando a su albedrío,
olvida ya su linaje,
porque falto de coraje,
se abandona el poderío.

Si quiere el amor ser muerte
a costa de ser esquivo,
lleno de amor, pero vivo,
vivo buscando esa suerte.
Y porque la vida advierte
que presta la muerte acecha,
vivo huyendo de la flecha
con la que hiere el amor
a quien toma a su favor
y canta su triste endecha.

PASTOR-. Si, con estar despachado
del amor más encendido,
se hace grito mi gemido
donde su mal no he callado,
pues sabido es que es malvado
el que teje los amores,
evitar quiero dolores
que no servirán de nada,
pues es senda desgraciada
para tristes amadores.

EL CABALLERO-. Y es que el amor, en su abrazo,
se hace más cruel y más fuerte,
si prometiendo la muerte,
no mata su latigazo.
Porque, si enlaza en su lazo
al que delirante vive,
mayores galas recibe
de dominar al amante,
porque, con dolor constante,
tantas desgracias escribe.


Y así me admiro cansado
del amor que me destierra,
que en esta prisión me encierra,
pues que vivo desterrado.
PASTOR-. Un caballero expulsado
de los más altos castillos
a estos parajes sencillos
donde llorar con ternura
el encierro en la locura,
preso de amor y sus grillos.


Triste canto el del amor
cuando se enseña dichoso,
que, embustero y mentiroso,
es cruel y causa dolor.
EL CABALLERO-. Triste y mezquino el favor,
si es que favores ofrece,
pues su castigo merece
quien es cruel, mas no quien mira
al amor, cuando suspira,
y por amores perece
Y porque el amor lo quiere
llora en esta sierra, herido,
el caballero vencido
por el amor que lo hiere.
Y, en su desdicha prefiere
sentir en su carne el dardo
y en este paisaje pardo
y estas tardes otoñales
lamentar penas iguales
a las que gustoso aguardo.

Que por eso he de decir
que, si bien soy caballero,
por el amor embustero
me he venido a repetir.
Y, venturoso al servir
como sirven los pastores,
soy pastor cuyos amores
ha venido aquí a cantar,
que no es mucho lamentar
cuando llegan los albores.

PASTOR-. Nunca falta en el paisaje
quien nos llegue con lamentos
a cantar los descontentos
que se encienden con coraje.
Es el amor abordaje
del espíritu vencido,
cuando se mira encendido
pero falto de valor,
porque sabe que el amor
con sus flechas lo ha vencido.

PASTOR-. Escuchan los castañares
el cantar del arroyuelo
que, cantando el desconsuelo,
corre en busca de los mares,
que, si en sus raros altares
quiso cazarlo el amor,
huyendo de tal rigor,
supo correr con viveza
entre la densa maleza
que lo guarda del calor.


EL CABALLERO-. Saben seguir los helechos
el canto de tanta brisa
que lamenta sin sonrisa
sus dolores y despechos,
que, entre quereres desechos
y tristezas y dolor,
huyendo de tal rigor,
quieren correr con viveza
entre la densa maleza
que los guarda del calor.


PASTOR-. Y dicen los ruiseñores
del dolor que han de sentir,
hasta el punto de morir,
los que viven en amores,
que, con ser raros favores,
los favores del amor,
huyendo de tal rigor,
saben correr con viveza
entre la densa maleza
que los guarda del calor.


EL CABALLERO-. Que ya se escucha la orilla,
cuando canta, con dulzura,
entre la verde espesura,
en la maleza sencilla,
que, si el amor maravilla
a quien quiere su dolor,
huyendo de tal rigor,
saben correr con viveza
entre la densa maleza
que los guarda del calor.
Que, en la orilla, silencioso,
canta el arroyo que grita
la palabra nunca escrita
para un corazón hermoso,
y, si quiso, generoso,
entregarse por amor,
huyendo de tal rigor,
supo correr con gran viveza
el arroyo en la maleza
que lo guarda del calor.


2013 © José Ramón Muñiz Álvarez

miércoles, 15 de mayo de 2013

Para Erich Schagerl


 "LA NIEVE Y EL GRANIZO"


       La nieve y el granizo se deshacen
bajo ese cielo azul de Niederösterreich 
que vio llegar las nubes del invierno.
       Tal vez las tempestades dan sus treguas
al beso de las brisas silenciosas
que llenan, desde abril estos rincones.
       Y, libres los caminos de la escarcha
que el sol derrite firme en su grandeza,
se advierten los colores del paisaje.
       El mundo vuelve al fin de su letargo,
manchado por los labios de la helada
que rinde sus imperios al más fuerte.
       Y, entonces, los alientos de las flores
desgarran en el aire los perfumes
que invitan a la dicha de estar vivo.
       Mas no es más que un suspiro que despierta,
vencido de antemano y que, valiente,
nos llega con su canto pregonero.
       Las nieves cuajarán sonre los prados
que acaso se ilusiona con la vida
que solo es, de momento, una promesa.
       Quizás ha de tardar ese verano,
si vuelan esos tristes temporales
que suelen ser frecuentes en la zona.
       Pero esta brisa amable que, dichosa,
se acerca, juguetona, y acaricia
los bosques que renacen, no es malévola.
       Y así lo dirá Schagerl cuando toque
bajo ese cielo azul de Niederösterreich

que vio llegar las nubes del invierno.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

Para el profesor Erich Schagerl


"El brillo repentino" 

          El brillo repentino
que llega con el alba
y muestra la belleza de los bosques
dibujan con esmero los violines,
la cuerda y los metales
que encienden su dureza,
para enseñar sus llamas y sus bríos.
          El brillo repentino
que llega con el alba
y muestra la belleza de los bosques
dibujan los timbales con violencia,
en un torrente enérgico
que corre, a su capricho,
como un potro salvaje que se fuga.
          El brillo repentino
que llega con el alba
y muestra la belleza de los bosques
acaso es la belleza inalcanzable
que enseña el filarmónico,
si está el alma encendida,
dispuesta a un nuevo baño de emociones.
          El brillo repentino
que llega con el alba
y muestra la belleza de los bosques
regala en su pincel el violinista,
pues Schagerl es virtuoso
y sabe, con su música,
llevar a mayor gloria esa grandeza.
 
2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

lunes, 13 de mayo de 2013

Poema




          La llama de la aurora en la colina
el brillo halló del sol, cuando, bermejo,
el brillo vio, la luz en oro viejo,
cansada, fatigada, peregrina.
          Y supo que era el sol que se adivina
aquel rayo de luz donde el vencejo,
valiente, el vuelo alegre con gracejo
bordar supo dichoso, si se inclina.

           Y, rápido jazmín en pleno cielo,
si no es el cielo su jardín avaro,
morir supo la escarcha de la noche.

           La luz hirió la nieve, mordió el hielo,
quebrando su color, callado y claro,
aliento dando el fuego en su derroche.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

Erich Schagerl


Soneto para Erich Schagerl

           El brillo de la luz de la alborada
hallaron, silenciosos, con el día,
los ecos de una fina melodía
al aire por violines regalada.
           La música era bella, si callada,
la oyó volar al fin la brisa fría,
herida por la luz que repetía
un eco de torrente alborotada.
           El aire hizo volar el instrumento
capaz de despertar, a la mañana,
el brillo del jazmín y del rocío.
           Y, rápido, llevado por el viento,
ardió, bostezo raudo con desgana,
herido en el espacio helado y frío.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

viernes, 10 de mayo de 2013

Soneto para Peter Schmidt


Soneto para Peter Schmidt

 
           Quebró en el aire el vuelo de un vencejo
que acaso sospechó la luz del día
en la región que ayer fue nieve fría
y tiñe ya sus cielos de oro viejo.
           La luz del sol cubrió con su bermejo
un brillo hasta llegar el nuevo día,
y, viendo que sus luces encendía,
del sol quiso el violín ser bello espejo.
           Imperio de las músicas calladas
que gimen donde llora el arroyuelo
serán, con su torrente alborotadas.
           Y el reino tejerán de sueño y hielo,
tras esa noche, claras alboradas
que miran sus colores bajo el cielo.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez

Para Albin Fries


Un soneto para el compositor Albin Fries

Soneto

           Dejó toda blancura en el granizo
la noche, con ser nieves y blancura,
manchada por la llama que se apura,
si oscura la supuso con su hechizo.
           Fue página de hielo y se deshizo
en llamas de color y de hermosura,
si en música su fuego nos figura
el genio al retratarlo en raro rizo.
           Y la llanura austríaca, la montaña
nos muestra tan alegre este soneto
que mira bello el hielo del paisaje.
           La nieve dibujó, si el sol la daña,
un gran compositor en un quinteto,
de quien los versos hacen homenaje.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez

Soneto para Erich Schagerl


Soneto

           La luz del sol se admira en las colinas
que bañan lentas aguas danubianas
que saben reflejar de las mañanas
las llamas entre brumas y neblinas.
           Parecen encenderse y, mortecinas,
hablar de alegres horas que, lozanas,
el sol vieron llegar cuando, tempranas,
sus llamas se extendieron peregrinas.
           Y bello fue ese rizo de colores
que ardió, lleno de luz, en los jardines
que saben recibir el nuevo día.
           Sus notas dejó al aire a los albores
el beso de los cálidos violines
que Schagerl embrujó con su alegría.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez

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martes, 7 de mayo de 2013

El devenir y el absurdo


Entendiendo que las dimensiones son parámetros espaciales en los que pueden aparecer los distintos entes corpóreos y que la conjunción de tres distintas dimensiones permite la aparición de los volúmenes de dichos entes, pero considerando, a su vez,  que el tiempo es el eje del devenir en el que los acontecimientos se suceden y que dichos acontecimientos son cambios que afectan a los entes corpóreos, pero que no son en sí los entes corpóreos, el tiempo debería ser descartado como cuarta dimensión.
Ahora bien, ello no implica que el tiempo no sea una condición necesaria para la física, debido a que no todo lo material es corpóreo y a que la “incorporeidad” del tiempo no priva al tiempo de ser materia. Con el tiempo ha venido a ocurrir lo que también ocurrió con el concepto de información cuando Shannon enunció su teoría de la información, y es que puede cuantificarse con más facilidad que ser definido: si la fórmula de Shannon permitió el cómputo de información a Telecomunicaciones Bell, el tiempo ha sido, de mejor o de peor manera, cuantificado y no definido (relojes, calendarios, cronologías dan fe del tiempo).
Y es que existe una relatividad del tiempo que tiene naturaleza psíquica (para la unidad de una hora psicológica no ocurre lo mismo que para lo que va de un kilo de paja a uno de plomo, porque una hora aburrida “parece” durar más que una alegre), además de otra relatividad cronométrica (dos relojes nunca podrían marcar con exactitud milimétrica la misma hora) o la física, que es la expuesta por las teorías de Einstein.
En suma, que toda intentona de explicar lo que es el tiempo se ahoga en una rica polisemia que ofrece mucho de sí, pues la psicología hablará del tiempo como la percepción del paso del mismo (en todo caso, ¿hay un sentido especial para percibir intuitivamente  el paso de un momento a otro, si los gustos son cinco?), pero la física se orientará a las cuantificaciones mecánicas (relojes, calendarios, anuarios) para explicar los fenómenos que le es necesario explicar, la filosofía ensayará conceptos imposibles y muy especulativos, etcétera.
Y lo único que queda claro es el lenguaje impreciso en que el tiempo habla a la memoria cuando entendemos que todo lo que percibimos como presente es inmediatamente pasado, puesto que la percepción de cualquier suceso que ocurra es necesariamente retardada. Tenemos que el tiempo debería ser un decurso entre tres momentos distintos: pretérito, presente y futuro. Pero el futuro no existe todavía y el pasado más inmediato ya se ha desvanecido siendo solamente un reflejo de la memoria.
Existe el presente, que no es lo que percibimos, desde luego, de una manera inmediata, pero el pasado y el futuro responden a lo recordado (la memoria es un reflejo de lo que no puede ser presente ya, en la mayoría de los casos) y a lo que se produce como expectativa no cumplida todavía. El tiempo es entonces un devenir o se orienta, al menos, en un devenir que crea paradojas, pues consiste en ser un presente (lo único que existe) a instancias de proceder de un pasado y encaminarse a un futuro tal que estos no existen como presentes.
La afinada inteligencia de Kant advirtió que el tiempo era una condición imprescindible del ser: las cosas no pueden tener ser fuera del tiempo. Lo corpóreo, lo existente, se desarrolla a instancias del presente: sin presente solamente la nada existe y la nada carece de sentido, pues solamente tiene sentido el ser (no la entendemos, claro está, como vacío, puesto que el vacío sí existe, siendo una porción de espacio donde la corporeidad se ausenta).
¿Cómo puede ser el tiempo un devenir? Devenir es una noción que entraña el avance del tiempo (lo cierto es que el tiempo jamás se detiene) y el devenir no podría ser un viaje de la nada hacia la nada, a no ser que exista un devenir puntual, lo que supone que dicho devenir ni podría progresar ni tendría dirección, con lo que no sería un devenir.
Y a estas dificultades que parecen insalvables, al menos en principio, se une la difícil cuestión de lo atemporal, porque lo no corpóreo puede tener atemporalidad a costa de ser pensable, lo que nos conduce a la metafísica, por un lado (y consideramos que el saber no debe ser metafísico) y porque, presumiblemente, sin corporeidad (algo necesariamente unido al tiempo), nadie ha quedado para pensar lo metafísico.

 2013 © José Ramón Muñiz Álvarez

jueves, 2 de mayo de 2013

MEMORIAS DEL SENDERO DE QUEREÑO


       Esta es la historia de dos profesores amigos de la liebre y del ciervo, en las soledades del Puente de Domingo Flórez, allá por el curso 2009-2010.

       No suelen, en invierno, retrasarse los brillos del ocaso silencioso, cuando la tarde muere en lo lejano. Los cielos, encendiendo sus colores, enseñan en la altura esos bermejos que llenan de belleza la alta bóveda. No importa, sin embargo, que, a su antojo, desciendan los termómetros, pues siempre se puede caminar por las veredas. Y es bello caminar cuando la helada, tentada por eneros aburridos, regresa, cada noche a estos lugares. Los lunes suelen ser tan rutinarios como el manjar mezquino que les niegan los campos a las aves migratorias (difícil es amar las horas lánguidas del lunes miserable que condena los sueños del descanso del domingo). Resulta bello, en cambio, por la tarde, si suenan rumorosas las corrientes del Sil, al enlazar con el Cabrera. Y, al tiempo, en su fatal melancolía parece haber un halo de emociones que envuelve a los espíritus nostálgicos.
     La noche se ha instalado, impertinente, mientras, buscando la estación, con paso lento, desciendo sin apuro al puente nuevo. Se eleva sobre el Sil, donde los árboles, se lanzan, despechados, a la altura, quién sabe si queriendo saludarme. Aquí, como las aves, soy vecino de sus follajes pardos, malheridos por la maldad callada de otro otoño. Y, ya en Galicia, escucho esos rumores, dejando atrás los puentes que cruzaron en otro tiempo viejos peregrinos.
      Quereño tiene trenes, que no el Puente, sin tren, con carreteras comarcales dejadas al olvido de los mapas. Por eso vengo aquí, por eso espero, dejando atrás el Bierzo y La Cabrera, que llegue el tren que viene desde Vigo. Y Vigo está muy lejos: Pontevedra contempla el mar azul desde sus playas, románticas acaso, silenciosas. Y quedan solamente unos minutos para que el tren alcance esa parada que casi no es destino de ninguno. Por eso es bueno, acaso, entretenerse bebiendo un vino suave, si lo sirve Lucita, con sus risas inocentes. Lucita, vieja ya como los siglos, conserva la niñez en la mirada, mantiene la bondad dentro del pecho. Conversa amable con quien la visita, y escapa del terrible aburrimiento de tantas horas llenas de tristeza.
      El bar es muy pequeño, mas se admira su gris rusticidad, su encanto humilde, muy propio de los bares que son tienda. Y junto al fuego alegre de la estufa, que siempre se agradece, porque hay frío, se escucha conversar a los oriundos. No es mucha la clientela que ella tiene, y algunos son amigos de la caza que beben unas copas en la barra. También está Fidel, el de San Pedro, que pasa largas horas con Lucita, y ancianos que prefieren la baraja. Y un hálito fugaz que me ha invadido parece haber colado en la memoria recuerdos que no pueden ser los míos: es como si pudiera descubrirme, perdido en otro siglo, rescatando momentos de una vida que no es mía. Y se oye el tren por fin, que, retrasado, se acerca a los andenes de Quereño, cuando, sin prisas cruzo yo la puerta.
      El viento congelado por la helada fustiga sin piedad el pelo corto, la piel de la amplia frente y las orejas. El clima es interior, mas no muy seco, distinto de las tardes carreñenses, a las que estuve siempre acostumbrado. Acaso admiro, casi en la penumbra, bajar del tren a un tipo que sostiene una maleta enorme en una mano. Y entonces me saluda el argentino, con ese aire guasón, con picardía, feliz, dichoso, joven con sus años. El viejo profesor ha regresado tras un descanso largo, porque tiene que hacer media jornada solamente. Y empieza una aventura ya distinta, que no son ya momentos solitarios, al animar el alma las palabras.
      En un rincón tal vez insospechado para dos profesores interinos, la vida se ha hecho hermosa, de repente. El pueblo, sin un cine ni un teatro, no ofrece distracción a quienes vienen para ganarse el pan con la enseñanza. Pero una magia mística nos llena, porque, con poco, puede ser dichoso quien sepa disfrutar de este paraje. Pensar que ya conozco estos villorrios de dos años atrás, cuando me vine para hacer mi trabajo en Ponferrada… Y ya fui amante entonces del paisaje, de los largos caminos de Quereño, de las desnudas tierras de Las Médulas. Era el final del curso, y César Gómez el compañero fiel de caminata, llegadas ya las cinco de la tarde.
      Y, al fin, vamos camino de La Torre, donde vendrá la cena a nuestra mesa, pues se ha encargado liebre al cocinero. Mas antes, digo yo, será prudente tomarnos unos vinos en Los Arcos, el bar que tienen Carmen y Gustavo. (Mi amigo es un amante del Godello, que es vino que prefiere al Albariño, por más que tenga fama y muy buen nombre. El caso es consumir lo de la zona, pues tiene cada tierra cosas buenas que pueden encantar al forastero). La helada importa poco al que se atreve, y es grato congeniar con un amigo, si sabe de Carracci y Caravaggio. (También lo es criticar el tenebrismo mediocre de los lienzos de La Torre, de la que el vino bueno va menguando). La cena es generosa cada lunes, y la amistad no es menos generosa, para estos dos excéntricos tan lúcidos.
      Lugar donde tomar vino del bueno, que suele ser un gusto cada tarde, Los Arcos es local muy concurrido. Las gentes suelen ir por las mañanas, y toman el café, ya a medio día, las gentes que regresan del trabajo. No es raro entretener allí las horas, y es casi obligación, cuando hay mercado, comer allí los callos, tras el pulpo. Se toma allí el Godello de colores dorados como el sol que, tras la niebla, levanta su belleza con el alba. Y no faltan los tintos, favoritos de grandes bebedores, que no faltan en la región del Bierzo y La Cabrera. Sentados a la mesa discutimos mi amigo y yo del arte de estos tiempos, pues él defiende la pintura abstracta. A veces, opiniones de política parecen enfrentar a quienes sólo discuten por ser esto una terapia. Solemos defender puntos de vista contrarios por pinchar, por buscar algo que dé pie a discusiones encendidas. También dudo si es útil la lectura de tanta actualidad, pues los periódicos se mofan del lector con sus engaños.
      A veces recordamos ese martes maldito en que, perdidos, ya a la noche, buscábamos la casa de Socorro. Socorro es ya mayor y viene al Puente con regularidad a hacer sus compras, mas vive en el Villar, tierra de Orense. Un viernes coincidió que en la parada del autocar mi amigo habló con ella, pensando si comprarle algún cordero. Le dio su dirección, y, caminando, subimos al Villar, desde Quereño, por una cuesta acaso interminable. Porque el Villar está mucho más lejos de lo que imaginó mi amigo Carlos, y así cayó la noche, sorprendiéndonos. Y Carlos, como siempre asustadizo, me dice que la noche es peligrosa, temiendo que aparezcan los “currunchos”. Así llama mi amigo el argentino (de ancestros catalanes y gallegos), al bravo jabalí que anda los montes. E insisto muchas veces en que Eugenio, que, amable, nos mostró el largo camino, no tiene culpa del desaguisado. Y no hay temor alguno si se canta, por más que algún anciano se sorprenda, que Andrés se sabe todo el romancero. Gustavo es más callado, pero Carmen nos da conversación constantemente, cuando nos colocamos en la barra.
       Las horas pasan casi inadvertidas y es hora de cenar, porque en La Torre los lunes es frecuente que vayamos. Llegar pronto a La Torre es un pretexto para un vinillo más, y nos lo sirve, risueño y amigable, el viejo Berto. Allí están el sargento, el indio quichua, Simón, de convicciones peronistas, e xentes que nos falan en galego. Carliños sabe bien falar a lingua, que mezcla al catalán y a un castellano que tiene fuerte acento bonaerense. Y el fútbol, tema siempre socorrido, se instala sin pudor después del arte, la música, las letras, la poesía. Tomamos ya un Mencía, preparando la tripa para el tinto que acompaña las cenas, rebajado con gaseosa. Después queda sentarse ante la mesa del comedor que aguarda, iluminado, la entrada de corrientes comensales. El indio ecuatoriano cena solo, mas, al estar nosotros, se nos une, nos cuenta sus miserias y alegrías.
       El tiempo de la cena es oportuno para soñar proyectos ilusorios que pueden ser verdad un día cualquiera. Y Carlos, que es galaico, nos seduce con tradiciones propias de un galaico, pues quiere organizar una queimada. La cosa queda para primavera, y, al tiempo, retomando viejos temas, hablamos del trabajo y los muchachos. Algunos pueden ser más aplicados, por norma general hacen lo justo, sin merecer siquiera el suficiente. La cena no se acaba con los postres, que suelen ser variados, pero suelen servirnos un helado cada lunes. Después llega el café, y, sabiendo a pouco, tomamos “cuturrús”, que es un brebaje que suele degustarse en la comarca. Y luego, tras la cháchara dichosa que ya es ritual aquí con los que alternan, volvemos al camino de Quereño.
      Quereño, ya en Rubiá, porque es Orense, conoce nuestro vicio por los cantos y sabe bien de nuestros repertorios. Y Alicia sigue siendo esa muchacha perdida en las ciudades cristalinas del arquitecto extraño de los sueños, al tiempo que cantamos los fragmentos de aquellas operetas olvidadas que, un siglo atrás, gustaban en Europa. Oroza, “Las campanas de la muerte”, “La barca que se mece allá en la ría”, se mezclan, se recitan y se cantan. La charla seguirá con el camino, llegando hasta la ermita de Sobredo, mirando las farolas de San Pedro. Y nos saluda Salas a la vera del Sil, un viejo amigo, a nuestros ojos, que sabe conocer nuestros espíritus.

2010 © José Ramón Muñiz Álvarez

viernes, 26 de abril de 2013


EL CANTO DEL AUTILLO EN LA BUHARDILLA

Los troncos de los árboles, ya muertos, les sirven de mansión a los mochuelos que habitan lo profundo de los bosques. El cárabo es más tímido, si acaso, pues vuela sigiloso, entre los robles, cazando ratoncillos y batracios. En cambio, la lechuza y el autillo no temen instalarse en las buhardillas, de las casonas viejas de la aldea.
El mes de abril, que suele ser lluvioso, también tiene sus tardes encendidas de sol y luz, de magia entre los árboles. Mas, al llegar el brillo del ocaso, se escuchan los autillos en los parques, que llaman al amor en plena noche. Los más supersticiosos tienen miedo, y dicen que convoca al aquelarre de brujas en los montes colindantes.
De niño, en la buhardilla de la abuela, sentí la voz crispada del autillo, su grito lastimero, para algunos. Jamás pensé que fuera una criatura maligna cuyo grito desgarrado, volara, amenazante, con la brisa. Tal vez, al ser un niño, imaginaba que su llamada dulce, vivaracha, tenía el colorido de otros trinos.
Los niños tienen grandes cualidades para formar su imagen de las cosas, a costa de ignorar tantos secretos. Y quiso mi inocencia caprichosa pensar que era el autillo, entre las sombras, como el cuclillo, oculto en la hojarasca. Difícil es, no en vano, ver cuclillos, por más que en primavera se les oye cantar entre las densas arboledas.
No es raro en la niñez ser tan curioso, pues es, en esta edad, cada detalle como un descubrimiento inesperado. Por eso pregunté a la vieja anciana, de rostro bello y pelo blanquecino, pendiente del fogón en la cocina. Y dijo que era el pájaro del agua, criatura singular que, cada noche, las lluvias prevenía en su llamada.
Y cuántas veces, siempre fantasioso, tomaba, en la mesilla de mi tío, cuartillas de papel, y dibujaba siluetas del autillo y la lechuza. Y viendo ya cercanos esos meses que llegan calurosos, en verano, por la ventana abierta, los buscaba. Mis ojos exploraban en la sombra los vuelos que rizaban en la nada sus grandes alas ricas en sigilo.
La anciana falleció dejando un hueco que no podré llenar en muchos años, y no podré volver a la buhardilla: sus dueños la arreglaron y vendieron a nuevos propietarios que no quieren amar el canto viejo del autillo. Mas, al llegar abril, siempre lo escucho, y anima en mi a ese niño que otras veces hurgaba en los misterios de la sombra.
El mundo cambia, y cambian los lugares, y pueblos de otras épocas lejanas se fueron transformando lentamente. Las villas de los viejos pescadores también han alterado su apariencia, tomando un aire acaso más urbano. Y es fácil recordar esas fachadas antiguas y las calles empedradas que fueron dando paso a otros ambientes.
No son las mismas ya, tras tantos años, las vistas de rincones apartados donde se admiran altos edificios. Pero, según nos vamos, caminando, sin prisa, a las afueras, ese tiempo parece conservarse en el entorno. Los campos, las colinas, el arroyo, los densos eucaliptos en el monte se pueden contemplar igual que entonces.
Llegado junio, en días despejados, es grato deambular cuando oscurece, mirar el sol, hundido en la distancia. Es bello deleitarse con nostalgias de tiempos que, si no fueron mejores, tal vez imaginamos más felices. Es la niñez que vuelve, es el momento de revivir al niño que no existe, pues lo hemos encerrado en lo profundo.
Y, tras ponerse el sol, con sus dorados, sentado sobre un banco en San Antonio, descubro las estrellas en la altura. No hay duda de que es todo un espectáculo, cuando la brisa baña ese montículo, borrando los rigores de la tarde. Y, entonces, encendiendo el cigarrillo, regreso por veredas que la luna me deja adivinar entre la sombra.
En la estación existe un parque humilde, sereno, con sus sauces melancólicos, que lloran desde el brillo de la aurora. Allí se escucha el canto del autillo, quimérico y extraño, casi mágico, y entonces el recuerdo se hace intenso. La brisa ha refrescado el aire puro, y el grillo, en su concierto interminable, le da acompañamiento al viejo autillo.
Llamando a los amores, el reclamo de la rapaz nocturna nos sugiere los sueños de las noches de la infancia.  Poblado de dragones y de gárgolas, el mundo era tal vez más sugerente, mirado con los ojos de un chicuelo. También el mar, entonces, era abismo de rémoras, marrajos y piratas y las mansiones eran un castillo.
Después se esconderá el viejo mochuelo, y el canto de los cárabos del monte se irá apagando allá, en lo más profundo. La Fuente de los Ángeles murmura, risueña en primavera, mientras canta feliz, entre las ramas, un jilguero. La calma llena el aire, y el paisaje se admira con el alba que despierta con claras llamaradas de alegría.
Al fin se pueden ver, en cualquier parte, cuando el hurón se esconde y los raposos, el pardo de la piel de los tritones. No suelen esconderse en lo profundo del manantial alegre y vivaracho, donde los capturaban los muchachos. También, de niño, yo jugué a cazarlos en los abrevaderos de las bestias y en las corrientes claras de las fuentes.
El canto del autillo se ha perdido, pero es posible ver, y las urracas, los cuervos y arrendajos recortan con sus alas cada soplo. El aire se hace amigo del cuclillo, del raro picachuelo y sus colores, bajo la vigilancia de la aurora. También acechan, rápido, el cernícalo y, fuerte, el poderoso ratonero, desde el tendido eléctrico, en los campos.
Pasaron esos años tan idílicos de casas encantadas, de misterios, de juegos infantiles en el patio. Y entonces era bello el sol al alba, la lluvia en los cristales y los charcos formados en la vieja carretera. El universo entero se enseñaba cuajado de sutiles maravillas en los lugares más insospechados.
El canto del autillo en la buhardilla, la luz de las estrellas en los cielos y el ruido de los grillos son promesa. Y el tiempo transcurrido se ha perdido, mas vuelve a suscitar, en la memoria, vivencias que conserva el alma vieja. Herido ya el espíritu cansado por una juventud tan agitada, la infancia sigue viva, sin embargo.

2010 © José Ramón Muñiz Álvarez
"EL CANTO DEL AUTILLO EN LA BUHARDILLA”
Todos los derechos reservados

miércoles, 24 de abril de 2013

Nuevo soneto para el maestro Erich Schagerl

Nuevo soneto para el maestro Erich Schagerl

             En Austria son los picos tan hermosos
que el firmamento hieren con su vuelo,
rascando con su cumbre el terciopelo
que Mahler supo en tonos cadenciosos.
             Descienden los arroyos poderosos
a costa del capricho del deshielo,
si el llano admira, cuando mira el cielo
sus brillos, entre puros y gozosos.
             La luz, un vals febril de primavera
saluda a un Erich lleno de alegría,
si sabe del abril claro y florido.
             Y genio será siempre dondequiera,
luciendo, con talento cada día,
el fuego del violín más encendido.

2013© José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

Albin Fries

"Soneto para el maestro Fries"

             Las óperas que suenan nuevamente
en el jardín de dicha que nos llena
compuso Albin alegre, porque en Viena
habita el arte y vive en cada fuente.
             En "Nora" arde la llama más vehemente
del siglo que la música envenena
con un talento grande que, en escena,
acaso es como un rayo sorprendente.
             Pues tiene de los grandes la belleza
y muestra su dominio en partituras
cuyas tonalidades son brillantes.
             No cabe en sus compases la torpeza,
que es música que vuela a las alturas
que gozan los vieneses delirantes.

2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

Soneto para Pablo Queipo de Llano

Soneto para el maestro Queipo

              Los versos que me inspira el Siglo de Oro
me llevan a ser más calderoniano,
acaso gongorino, pues a mano
sus libros tengo, todo su tesoro.
              La música barroca que yo adoro,
que mezcla lo alemán a lo italiano,
recuerdo es de ese tiempo ya lejano
que tuvo su grandeza y su decoro.
              En Queipo veis la noble arquitectura
que tiene siempre el genio cuando, loco,
se lanza en una fuga hacia el vacío.
              Compases son perfectos, cuya altura
alcanza la belleza del barroco
y muestra en su frescura el señorío.

2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS