Esta es la historia de dos profesores amigos de la liebre y del ciervo,
en las soledades del Puente de Domingo Flórez, allá por el curso
2009-2010.
No suelen, en invierno, retrasarse los brillos del ocaso silencioso,
cuando la tarde muere en lo lejano. Los cielos, encendiendo sus colores,
enseñan en la altura esos bermejos que llenan de belleza la alta
bóveda. No importa, sin embargo, que, a su antojo, desciendan los
termómetros, pues siempre se puede caminar por las veredas. Y es bello
caminar cuando la helada, tentada por eneros aburridos, regresa, cada
noche a estos lugares. Los lunes suelen ser tan rutinarios como el
manjar mezquino que les niegan los campos a las aves migratorias
(difícil es amar las horas lánguidas del lunes miserable que condena los
sueños del descanso del domingo). Resulta bello, en cambio, por la
tarde, si suenan rumorosas las corrientes del Sil, al enlazar con el
Cabrera. Y, al tiempo, en su fatal melancolía parece haber un halo de
emociones que envuelve a los espíritus nostálgicos.
La noche se ha instalado, impertinente, mientras, buscando la
estación, con paso lento, desciendo sin apuro al puente nuevo. Se eleva
sobre el Sil, donde los árboles, se lanzan, despechados, a la altura,
quién sabe si queriendo saludarme. Aquí, como las aves, soy vecino de
sus follajes pardos, malheridos por la maldad callada de otro otoño. Y,
ya en Galicia, escucho esos rumores, dejando atrás los puentes que
cruzaron en otro tiempo viejos peregrinos.
Quereño tiene trenes, que no el Puente, sin tren, con carreteras
comarcales dejadas al olvido de los mapas. Por eso vengo aquí, por eso
espero, dejando atrás el Bierzo y La Cabrera, que llegue el tren que
viene desde Vigo. Y Vigo está muy lejos: Pontevedra contempla el mar
azul desde sus playas, románticas acaso, silenciosas. Y quedan
solamente unos minutos para que el tren alcance esa parada que casi no
es destino de ninguno. Por eso es bueno, acaso, entretenerse bebiendo
un vino suave, si lo sirve Lucita, con sus risas inocentes. Lucita,
vieja ya como los siglos, conserva la niñez en la mirada, mantiene la
bondad dentro del pecho. Conversa amable con quien la visita, y escapa
del terrible aburrimiento de tantas horas llenas de tristeza.
El bar es muy pequeño, mas se admira su gris rusticidad, su encanto
humilde, muy propio de los bares que son tienda. Y junto al fuego
alegre de la estufa, que siempre se agradece, porque hay frío, se
escucha conversar a los oriundos. No es mucha la clientela que ella
tiene, y algunos son amigos de la caza que beben unas copas en la barra.
También está Fidel, el de San Pedro, que pasa largas horas con Lucita,
y ancianos que prefieren la baraja. Y un hálito fugaz que me ha
invadido parece haber colado en la memoria recuerdos que no pueden ser
los míos: es como si pudiera descubrirme, perdido en otro siglo,
rescatando momentos de una vida que no es mía. Y se oye el tren por
fin, que, retrasado, se acerca a los andenes de Quereño, cuando, sin
prisas cruzo yo la puerta.
El viento congelado por la helada fustiga sin piedad el pelo corto, la
piel de la amplia frente y las orejas. El clima es interior, mas no
muy seco, distinto de las tardes carreñenses, a las que estuve siempre
acostumbrado. Acaso admiro, casi en la penumbra, bajar del tren a un
tipo que sostiene una maleta enorme en una mano. Y entonces me saluda
el argentino, con ese aire guasón, con picardía, feliz, dichoso, joven
con sus años. El viejo profesor ha regresado tras un descanso largo,
porque tiene que hacer media jornada solamente. Y empieza una aventura
ya distinta, que no son ya momentos solitarios, al animar el alma las
palabras.
En un rincón tal vez insospechado para dos profesores interinos, la
vida se ha hecho hermosa, de repente. El pueblo, sin un cine ni un
teatro, no ofrece distracción a quienes vienen para ganarse el pan con
la enseñanza. Pero una magia mística nos llena, porque, con poco, puede
ser dichoso quien sepa disfrutar de este paraje. Pensar que ya conozco
estos villorrios de dos años atrás, cuando me vine para hacer mi
trabajo en Ponferrada… Y ya fui amante entonces del paisaje, de los
largos caminos de Quereño, de las desnudas tierras de Las Médulas. Era
el final del curso, y César Gómez el compañero fiel de caminata,
llegadas ya las cinco de la tarde.
Y, al fin, vamos camino de La Torre, donde vendrá la cena a nuestra
mesa, pues se ha encargado liebre al cocinero. Mas antes, digo yo, será
prudente tomarnos unos vinos en Los Arcos, el bar que tienen Carmen y
Gustavo. (Mi amigo es un amante del Godello, que es vino que prefiere
al Albariño, por más que tenga fama y muy buen nombre. El caso es
consumir lo de la zona, pues tiene cada tierra cosas buenas que pueden
encantar al forastero). La helada importa poco al que se atreve, y es
grato congeniar con un amigo, si sabe de Carracci y Caravaggio.
(También lo es criticar el tenebrismo mediocre de los lienzos de La
Torre, de la que el vino bueno va menguando). La cena es generosa cada
lunes, y la amistad no es menos generosa, para estos dos excéntricos
tan lúcidos.
Lugar donde tomar vino del bueno, que suele ser un gusto cada tarde,
Los Arcos es local muy concurrido. Las gentes suelen ir por las
mañanas, y toman el café, ya a medio día, las gentes que regresan del
trabajo. No es raro entretener allí las horas, y es casi obligación,
cuando hay mercado, comer allí los callos, tras el pulpo. Se toma allí
el Godello de colores dorados como el sol que, tras la niebla, levanta
su belleza con el alba. Y no faltan los tintos, favoritos de grandes
bebedores, que no faltan en la región del Bierzo y La Cabrera. Sentados
a la mesa discutimos mi amigo y yo del arte de estos tiempos, pues él
defiende la pintura abstracta. A veces, opiniones de política parecen
enfrentar a quienes sólo discuten por ser esto una terapia. Solemos
defender puntos de vista contrarios por pinchar, por buscar algo que dé
pie a discusiones encendidas. También dudo si es útil la lectura de
tanta actualidad, pues los periódicos se mofan del lector con sus
engaños.
A veces recordamos ese martes maldito en que, perdidos, ya a la noche,
buscábamos la casa de Socorro. Socorro es ya mayor y viene al Puente
con regularidad a hacer sus compras, mas vive en el Villar, tierra de
Orense. Un viernes coincidió que en la parada del autocar mi amigo habló
con ella, pensando si comprarle algún cordero. Le dio su dirección, y,
caminando, subimos al Villar, desde Quereño, por una cuesta acaso
interminable. Porque el Villar está mucho más lejos de lo que imaginó mi
amigo Carlos, y así cayó la noche, sorprendiéndonos. Y Carlos, como
siempre asustadizo, me dice que la noche es peligrosa, temiendo que
aparezcan los “currunchos”. Así llama mi amigo el argentino (de
ancestros catalanes y gallegos), al bravo jabalí que anda los montes. E
insisto muchas veces en que Eugenio, que, amable, nos mostró el largo
camino, no tiene culpa del desaguisado. Y no hay temor alguno si se
canta, por más que algún anciano se sorprenda, que Andrés se sabe todo
el romancero. Gustavo es más callado, pero Carmen nos da conversación
constantemente, cuando nos colocamos en la barra.
Las horas pasan casi inadvertidas y es hora de cenar, porque en La
Torre los lunes es frecuente que vayamos. Llegar pronto a La Torre es
un pretexto para un vinillo más, y nos lo sirve, risueño y amigable, el
viejo Berto. Allí están el sargento, el indio quichua, Simón, de
convicciones peronistas, e xentes que nos falan en galego. Carliños
sabe bien falar a lingua, que mezcla al catalán y a un castellano que
tiene fuerte acento bonaerense. Y el fútbol, tema siempre socorrido, se
instala sin pudor después del arte, la música, las letras, la poesía.
Tomamos ya un Mencía, preparando la tripa para el tinto que acompaña
las cenas, rebajado con gaseosa. Después queda sentarse ante la mesa
del comedor que aguarda, iluminado, la entrada de corrientes
comensales. El indio ecuatoriano cena solo, mas, al estar nosotros, se
nos une, nos cuenta sus miserias y alegrías.
El tiempo de la cena es oportuno para soñar proyectos ilusorios que
pueden ser verdad un día cualquiera. Y Carlos, que es galaico, nos
seduce con tradiciones propias de un galaico, pues quiere organizar una
queimada. La cosa queda para primavera, y, al tiempo, retomando viejos
temas, hablamos del trabajo y los muchachos. Algunos pueden ser más
aplicados, por norma general hacen lo justo, sin merecer siquiera el
suficiente. La cena no se acaba con los postres, que suelen ser
variados, pero suelen servirnos un helado cada lunes. Después llega el
café, y, sabiendo a pouco, tomamos “cuturrús”, que es un brebaje que
suele degustarse en la comarca. Y luego, tras la cháchara dichosa que
ya es ritual aquí con los que alternan, volvemos al camino de Quereño.
Quereño, ya en Rubiá, porque es Orense, conoce nuestro vicio por los
cantos y sabe bien de nuestros repertorios. Y Alicia sigue siendo esa
muchacha perdida en las ciudades cristalinas del arquitecto extraño de
los sueños, al tiempo que cantamos los fragmentos de aquellas operetas
olvidadas que, un siglo atrás, gustaban en Europa. Oroza, “Las campanas
de la muerte”, “La barca que se mece allá en la ría”, se mezclan, se
recitan y se cantan. La charla seguirá con el camino, llegando hasta la
ermita de Sobredo, mirando las farolas de San Pedro. Y nos saluda
Salas a la vera del Sil, un viejo amigo, a nuestros ojos, que sabe
conocer nuestros espíritus.
2010 © José Ramón Muñiz Álvarez