miércoles, 3 de abril de 2013

Peña Furada de Candás


Arqueros del alba
 
Para María Dolores Menéndez López
 
Soneto VII
 
       Un mar navegarás donde, brumosos,
Negando al sol la luz, llama escarlata,
Los vientos, sombra gris, noche insensata,
El cielo cerrarán avariciosos.
       Después de los umbrales cavernosos
Del sueño que en la noche se dilata,
Tus ojos se abrirán, perla de plata,
Buscando los paisajes luminosos.
       Y todo mostrará su luz dorada,
El cielo, el sol, el mar y las orillas,
Para escuchar tu voz, ayer callada.
       Risueñas nuevamente tus mejillas
La brisa sentirán más que hechizada,
La leña dando al alba y sus astillas.
 
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.

Peña Furada de Candás


Arqueros del alba
 
Para María Dolores Menéndez López
 
Soneto VI
 
       Heraldo de bondad fue su semblante,
Más puro que la luz de la alborada,
La gracia de su rostro, la mirada,
Sincera siempre, bella a cada instante.
       En ella la ternura era constante,
Más clara que el granizo y la nevada,
Hermosa como el sol, jamás nublada
La frente cuyo rostro hizo brillante.
       Más pura fue su piel que la azucena
Que brota en primavera por los prados,
Más cándida y más bella, siempre buena.
       Recuerdo que sus párpados cansados
Tendían a cerrarse, aunque sin pena,
Buscando sueños siempre reposados.
 
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.

Peña Furada de Candás


Arqueros del alba
 
Para María Dolores Menéndez López

La aurora de la muerte
 
       Los prados humedecidos
Que, besados por la helada,
Con la misma madrugada
Yacían adormecidos,
Escucharon los gemidos
Llegados del firmamento,
Que, rozados del aliento
De la aurora blanquecina,
Apartaron la neblina,
Densa en las alas del viento.
       Y aquella mancha de plata
Que el sol trajo en su carruaje
Iluminaba el paisaje,
Mezclando al blanco escarlata,
Que, aunque tímida, sensata,
De agotarse temerosa,
Rasgó la caricia hermosa
Al rayar en la mañana,
Como caricia temprana,
Llena de luz, olorosa.
       El arroyo, sin apuro,
Aún su cauce empobrecido,
Murmuraba su sonido
Al cruzar el valle oscuro,
Siguiendo el curso seguro
Que, en su descenso tranquilo,
Avanzaba con sigilo
Entre las cómplices sombras,
Regando secas alfombras,
Buscando mayor asilo.
       De las aguas transparentes,
Su curso lento, sencillo,
Se saciaba el cervatillo
Que bebió de las corrientes,
Reflejándose en las fuentes
Donde las juncias brotaban,
Y en las alturas hallaban
La copia de su hermosura,
El sosiego y la frescura
En las nubes que flotaban.
       Y entonces te despertaron
De aquel sueño perezoso,
Con el beso más gozoso
Que jamás imaginaron,
Los colores que llegaron
A las alturas de un cielo
Que alcanzaste, alzando el vuelo,
Al nacer de la mañana,
Donde la llama temprana
La escarcha halló sobre el suelo.

2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.

Peña Furada de Candás


Arqueros del alba
 
Para María Dolores Menéndez López
 
Soneto V
 
       A cambio de tus besos silenciosos
Un reino he de entregar, tierra olvidada,
Aire sin voz, llegando a la morada
De todos los misterios y reposos.
       Los guiños de tus ojos cariñosos
Allí me encontrarán, alma cansada,
Lleno de amor, de entrega fatigada
De anhelos y de esfuerzos dolorosos.
       Habré llegado a ti desde la vida
Para volverte vida entre mis brazos,
Y habremos de emprender el largo viaje.
       Del sueño volverás del que, dormida,
Pretenden despertarte mis abrazos,
Que abrieron a tu amor tanto coraje.
 
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.

Peña Furada de Candás


Arqueros del alba
 
Para María Dolores Menéndez López

Soneto IV
 
        No oiréis correr de nuevo el arroyuelo
Que, alegre, se lanzaba a su caída,
Ni al dulce ruiseñor, cuya venida
La bóveda alumbró del alto cielo.
        Dolores era hermosa como el vuelo
Que alcanza las antorchas de la vida,
Luciente como el alba que, encendida,
Cuajaba en sus cabellos el deshielo.
       Mi espíritu poblaron las malezas
Dejándome en las sombras misteriosas
Que llenan hoy mis versos de tristezas.
       Sus ojos son estrellas luminosas,
Sus luces, altas torres, fortalezas,
Alegres sus sonrisas perezosas
 
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.

La Peña Furada de Candás


Arqueros del alba

Para María Dolores Menéndez López

Soneto III

        La orilla alborotó un mar coralino
Y el cielo asaltó, puro y despejado,
Aquel caballo raudo que, embrujado,
Pincel se hizo del aire cristalino.
        Y hallaste, al avanzar en el camino,
Crepúsculos sin voz, un mar dorado,
Y pudo descansar, ya fatigado,
Tu aliento, firme ayer, hoy peregrino.
        La noche vino larga y duradera
Con el amanecer, robando el día,
Su luz, su brillo, toda la hermosura:
        Mi pecho será luz, y, dondequiera,
Habrá de iluminarte cuando, fría,
Te aceche, sin pudor, la noche oscura.

2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.

La Peña Furada en Candás (Asturias)


Arqueros del alba

Para María Dolores Menéndez López

Soneto II

            Un ángel vi de niño en la mirada
De aquella anciana dulce y cariñosa,
Más bella que la aurora perezosa
Cuando apagó su voz de madrugada.
            En su cabello blanco la nevada
Hirió el color luciente de la rosa,
Y el pardo de sus ojos hizo hermosa
De su mirar la luz, alma hechizada.
            De niño vi en su rostro la dulzura
De aquella vieja a la que, agradecido,
Besaba con amor en la mejilla.
            Su voz hablaba llena de ternura,
Amable siempre, en tono suspendido,
Mostrando, con amor, su alma sencilla.

2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.

Peña Furada de Candás


Arqueros del alba
 
Para María Dolores Menéndez López
 
Soneto I
 
            El viento helado que rozó el cabello,
Llenándolo de escarcha y de blancura,
No osó matar su hechizo, su ternura,
Sus luces, sus bellezas, su destello:
            Manchado de granizo fue más bello,
Más puro que la nieve cuando, pura,
Desciende de los cielos, de la altura,
Tan diáfano que el sol luce en su cuello.
            Hiriéronla los años, la carrera,
El rápido correr hacia el vacío,
Más no perdió la luz de su alegría.
            Sus risas, floración de primavera,
Fluyeron como, rápida en el río,
El agua en su correr, helada y fría.
 
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.

viernes, 1 de marzo de 2013

CICLO LIEDER


JOSÉ RAMÓN MUÑIZ ALVAREZ
"CICLO LIEDER"

http://jrma1987.blogspot.com

I

Llega el alba y es hermosa,
pues que trae la luz del día
donde la noche sombría
era una mancha borrosa.
Llega la luz codiciosa
con sus colores y galas.
Quien pudiera tener alas
para arrimarse a ese cielo
en que tienen su consuelo
las aves con claras galas.

Densas son las espesuras
de estos callados paisajes,
entre los densos follajes
y las calladas alturas.
Abundan las aguas puras
que caminan hacia el mar,
y es hermoso este lugar
donde nace la alborada
que la nieve ve cuajada
de la sierra al encinar.

Son hermosos los caminos
y poesía es el helecho
que pierde el verde a despecho
de los otoños cansinos.
Los arroyos mortecinos
siguen su ruta y, sereno,
se mira el paisaje lleno
de malheridos frutales
que a las horas matinales
me escuchan, si triste peno.

Y peno, porque es tristeza
apartarse de la vida,
si se siente consumida
por la crueldad, la dureza,
que es el desdén aspereza
para quien siente el amor,
que maltrata su rigor
e impone suerte tan fría
que tanta melancolía
ha matado mi favor.

Brilla por fin la mañana,
Y, contemplando lejano
ese débil sol temprano,
luce su llama lozana.
Poco esa llama se ufana
en la estación otoñal.
Todo se torna en cristal,
que es la helada raro hechizo,
mientras, lleno de granizo,
se contempla el pastizal.

II

Despierta el sol y la aurora,
por recordar mi tristeza,
me escucha mientras bosteza
y con mis lamentos llora.
Siempre me llega a deshora
esta cruel melancolía
que, abatiendo el alma mía
de la mañana a la tarde,
me considera cobarde,
falto de toda osadía.

Huyeron los estorninos
que, buscando otros lugares,
volarán lejanos mares,
cruzarán viejos caminos.
En el aire peregrinos
se van ya los azulones.
Vuelan como las legiones
que, en su gloriosa escapada,
aprovechan la alborada
y sus calladas mansiones.

Nace la luz, que lejana,
nos regala, entre ceniza,
esa llama primeriza
que nos deja la mañana.
Madura allí la manzana,
contemplando el desconcierto
de un horizonte despierto
que de las luces se admira
donde callado suspira
el dulce sueño en el huerto.

Pues quiere la brisa fría
correr los campos callados,
una vez iluminados
por la clara luz del día.
Otras veces se encendía
más temprana la alborada.
En verano, alborotada,
encendiendo su arrebol,
mostraba su luz el sol
sobre la cumbre nevada.

Parece que el pensamiento
sabe turbar al que llora,
que se contempla la aurora
con un brillo ceniciento.
Y no queda ya un aliento
que mi dolor desaliente.
Y quiere el amor ausente
que pene y dolores sienta
lo que la suerte consienta,
en tanto que se contente.

III

Qué bellos los resplandores
que, reflejo de la helada,
quebrando la madrugada,
saludan a los pastores.
Qué bellos son los colores
que se esparcen silenciosos.
Qué bellos, qué rumorosos
los arroyos que caminan
y en su correr peregrinan
hacia mares procelosos.

Pero ya se ve ese brillo
sobre el lejano horizonte,
que despunta, tras el monte,
de la alborada un castillo.
Es ese fuego sencillo
con su plata y sus dorados:
por mil pinceles manchados
van ardiendo ya los cielos,
que se deshacen los hielos
que ya cuajan sobre el prado.

Y yo miro los caminos
de este mundo desolado
que admira al enamorado,
sus acentos peregrinos.
Y se hacen siempre mezquinos
los pensamientos que agitan
las almas que solicitan
un amor no concebido,
que es el amor sinsentido
y locos los que lo habitan.

Y como soy morador
en un imperio encendido,
cual vasallo de Cupido,
he de ser su servidor.
Quien es el adorador
de este niño alado y ciego
ha de perder el sosiego
que pudo tener un día
cuando vio en la llama fría
el más encendido fuego.

Y los campos encendidos
ven esa luz que destella
donde se esconde una estrella
y arden tantos coloridos.
Y pueden verse dormidos
en su sueño los frutales.
Y en las horas otoñales.
es más bella la alborada
que quiebra la madrugada
en las cortes celestiales.

IV

En las horas invernizas
ha nacido la mañana
que se descubre temprana
entre luces y cenizas.
Que las luces primerizas,
con su canto de tristeza,
son un alba que bosteza
y un suspiro delicioso
donde se vuelve espacioso
el sol con su fortaleza.

Y las alturas del cielo
abren al ancho horizonte
las luces que sobre el monte
traen su llama de consuelo.
Puede así todo desvelo
y nace la luz del día
con la mañana sombría
que derrama su derroche
sobre el beso de la noche
que rasga la brisa fría.

Que, pues llega la frescura
de la brisa por las puertas
de las mañanas despiertas,
su brillo ardiente se apura.
Puede también la locura
madrugar, que la velada
paso dio a la madrugada
con el ruido bullanguero
del granizo en el sendero
sobre la escarcha y la helada.

Y aquí está el enamorado,
por los amores vencido,
prisionero de Cupido,
con el ánimo enojado.
Y parece derrotado
junto al ganado que pace,
pues donde ya se deshace
la aurora con la mañana,
una rabia de desgana
de su despecho renace.

Pobre joven hechizado
por los delitos de amor,
que, con el arco mejor,
en su disparo ha acertado,
porque el ciego niño alado
es tirador e verdad,
y le gusta la crueldad
al inyectar su veneno
en quien sabe que ese cieno
es causa de enfermedad.

V

No me importa el ostracismo
que padezco en esta sierra,
pues hermosa es esta tierra
desde la cumbre al abismo.
Mas, si estuviese aquí mismo
la razón de mi dolor,
con un humilde fervor
claramente le diría:
“Aquí está la vida mía
y la causa de mi amor.

Que sois vos, bella hermosura
que ni los cielos igualan
cuando sus luces regalan
desde la diáfana altura.
Y aunque miráis sin mesura
demostrando tal enojo,
yo vuestras iras aflojo,
suplico vuestro perdón,
os entrego mi pasión
y a vuestro poder me acojo.

Porque el bello pensamiento
que inspira vuestra mirada
es recuerdo, a la alborada,
de su luz y de su aliento,
pues la dicha y el tormento
se conjugan, felizmente,
en el agua de la fuente
que, volviéndose bermeja,
esos colores refleja
al susurrar su corriente.

No en vano sois la belleza
que tales versos inspira
en el amor que respira
vuestra crueldad y dureza.”
Y tal vez será torpeza
hablar de amores así,
mas prende tal frenesí
esa mujer en mi pecho
que no amarla ya es despecho,
pues a sus pies me rendí.

Bellos versos son, a fe,
y no soy hombre letrado,
mas en lo que se ha escuchado
muy gran tormento se ve.
De tales cosas no sé,
pues no entiendo la poesía,
pero enciende el alma mía
ver así a un joven garzón
a quien llena la pasión
de tanta melancolía.

VI

¿Y cómo olvidar los ojos
que con su clara mirada
me recuerdan la alborada
con sus caprichos y antojos?
¿Y de los labios más rojos,
que encendiendo mi deseo,
siento que acaso los veo,
prometiendo s hermosura
a quien la siente más pura
para tornarse en trofeo?

¿Su melena desatada,
que más que la aurora bella
se enciende como una estrella
con su mágica alborada?
¿De su rostro la nevada,
cuando enseña la pureza
que allí pintó la belleza
con esa magna maestría
de quien sabe que, si es fría,
cálida es cuando bosteza?

Hermosura del deshielo,
siento en mi pecho su vida,
esa luz que abre la herida
de mi eterno desconsuelo.
No tiene piedad el cielo,
no sabe nada el destino,
y mi tristeza imagino
en el poder de su ausencia,
pues reclamo su presencia
como amante peregrino.

Será buen apartamiento
ese lugar que se ofrece,
ver allí cómo amanece,
soñar otro pensamiento.
Si lo piden yo me ausento
y tendré esa curación
que hace falta a un corazón
que el amor solo alimenta,
que, para pagar la cuenta,
ya basta la sinrazón.

Qué bellos los resplandores
que, reflejo de la helada,
quebrando la madrugada,
saludan a los pastores.
Qué bellos son los colores
que se esparcen silenciosos.
Qué bellos, qué rumorosos
los arroyos que caminan
y en su correr peregrinan
hacia mares procelosos.

VII

Tiene el sol esa belleza
que en todas partes se admira,
cuando, callado, delira
y al horizonte tropieza,
que el crepúsculo ya empieza
a mostrar raros dorados,
y, en sus colores bordados,
miro yo mis desazones,
que en derrotadas pasiones
he de volverme en pedazos.

Gran locura los amores
que en mil quebraderos quieren
a quienes siempre prefieren
sus querellas y dolores,
pues que, pidiendo favores,
suplicando sin descaro,
huyen del arroyo claro,
de la calma y la paciencia
para perderse en la ciencia
de pagar precio tan caro.

Sin embargo, es bien decirlo:
pues que vivo enamorado,
quiero un poema inspirado,
mas tardaré en escribirlo,
y, con tener que pedirlo,
vengo a pedir un favor
a este viejo trovador
que verso y música sabe
para que un dolor más suave
se torne el dolor de amor.

Quiero morir de otra muerte,
pues me siento ya humillado,
que me maltrata a su lado,
que me aleja de su suerte,
y, siente mi pecho fuerte
el desgraciado flagelo
de su dureza, que el pelo
va cubriendo su mirada,
y esconde la llamarada
que es causa de mi desvelo.

Será bueno que, contento,
aprenda a hablar de las flores,
de los dulces ruiseñores,
del brillo del firmamento,
no fallando en el intento
de seducir sus encantos,
duros como los amiantos
que cortan con gran bravura
a quien sufre la tortura
entre mil gritos y espantos.

VIII

El ánimo resquebraja
el amor que me domina
y la fortuna mezquina
a vil siervo me rebaja.
Es el amor, que agasaja
con dolores y torturas,
cuando las palabras duras
quiere a su gusto el desdén,
porque el amor no hace bien
y el ánimo deja a oscuras.

Bien sabes mi nombradía,
la bravura que arde en mí,
y no es cosa baladí
sentir tal melancolía.
Hasta el alma se me enfría,
que me siento derrotado
al disputar este estado
que me destroza violento,
pues es capricho de viento
que me sienta enamorado.

Por ella vivo vencido,
que su sin par hermosura
sabe herir, con llama pura,
en su mirar encendido,
que las aves, en su nido,
escuchan el canto hermoso,
cuando canta, melodioso,
cuando dichoso la halaga,
cuando terrible me llaga
y me enamora tedioso.

Por ella vencido vivo,
por ella pierdo la calma,
por ella se escapa el alma
y me admiro pensativo.
Y todo este mal recibo
como la más dulce pena,
que me place la condena
de admirarme enamorado,
de sentirme encadenado
al oro de su melena.

Y es tan alto el pensamiento
que sustenta tal idea,
que advierto que, como sea,
es amor y es mi sustento.
Y con eso yo alimento
el dolor del pecho mío,
porque me ciega ese frío
que me trae con osadía,
siendo todo gallardía
cuanto respira en mi brío.

IX

¡La noche por fin apura
esos últimos momentos
en que la quiebran los vientos
donde, infeliz, se apresura.
Y la luz se hace blancura
y es razón de mi dolor,
si, en la alcoba de tus besos,
vuela alegre el ruiseñor.

Porque las altas mansiones
de las sombras, derrotadas,
apartan las alboradas,
alcanzando sus bastiones.
Y separan corazones
que se llenan de fervor
si, en la alcoba de tus besos,
vuela alegre el ruiseñor.

Y aunque corra la mañana
y arda su luz poderosa,
donde puede, luminosa,
desperezarse temprana,
serás reina soberana
más allá de su color,
si, en la alcoba de tus besos,
vuela alegre el ruiseñor.

Y aunque encienda los cordales
y los montes con sus brillos
el sol desde sus castillos
sobre escarchas invernales,
dichoso, tras los cristales,
seré, teniendo tu amor,
si, en la alcoba de tus besos,
vuela alegre el ruiseñor.

Y, en la blancura inocente
de las sábanas del lecho,
cruzando el amor el pecho
con su llama incandescente,
me arrastrará tu corriente
con poderoso fragor,
si, en la alcoba de tus besos,
vuela alegre el ruiseñor.

x

¡Siento amores de una dama
que, como el alba que llega,
enciende toda la vega,
al tiempo que se derrama!
¡Y cada noche, en la cama,
llena mis sueños tan pura
la ilusión de su figura,
que, por amores vencido,
he de morirme rendido
al amor y su tortura!

Y es el amor extravío
que no admite concesiones,
cuando aprieta las pasiones
en el pecho triste y frío…
Pero el susurro del río
sabe más que del corazón.
Si esa es toda tu razón,
no eres un buen escudero,
que, con ser noble y sincero,
solo quieres tu ración.

Gran pecado es el amor
para quien amor profesa,
para el que no le interesa,
para quien es desamor.
Produce daño y dolor
que nos lleva al desengaño.
Como señor es tacaño,
como amigo es melindroso,
como enemigo es odioso,
como verdugo es extraño.

Como guerrero se arroja,
como general nos guía,
como hielo nos enfría,
nos calienta y nos sonroja.
Quiero más que no me escoja
en su corte atormentada.
Tuerce la senda trazada,
nada entrega y nos despide,
mientras la suerte decide
de quien lo sigue por nada.

Él es el amor ufano
que contempla al que suspira,
que en su locura delira,
que se arma de viento vano.
Es religioso y mundano,
Es carnal y espiritual,
mezcla del bien y del mal,
de lo humano y lo divino
del agua fresca y el vino,
de la miel y del panal.

2012 © José Ramón Muñiz Álvarez

CANCIONERO


José Ramón Muñiz Álvarez
"NUEVO CANCIONERO"
(CANTOS TROVADORESCOS)

 

1

Bajo un cielo despejado
arde la luz de
l lucero
que saluda al mundo entero,
donde duerme el campo helado.
Reflejándose en el prado
la llama de su corcel,
mira al sol a ese doncel
que avanza por el camino,
donde corre, peregrino

en busca de San Michel.


Por el amor ya rendido

y por sus leyes juzgado,
huye de allí, desterrado,
enterrado en el olvido.
Muchacho de amor vencido
que, sin responderle aquel,
mal pudo vengarse en él,
entre dulce y mortecino,
donde corre, peregrino

en busca de San Michel.


Y, llegado a Normandía,

por la campiña callada,
pisa el prado con la helada
y en ella la luz del día.
Siente la vereda fría,
mira en la costa un bajel,
halla en el cielo el clavel
de un sol que luce mezquino,
donde corre, peregrino

en busca de San Michel.


Y por los bellos senderos

canta sus versos cansados,
los labios enamorados
que creyó claros luceros.
Pero fueron traicioneros
los colores del pincel
cuando soñó por vergel
esos punzantes espinos,
donde corre, peregrino

en busca de San Michel.

2


Quiero librarme y no quiero

de este dolor inaudito,
que, sintiéndome maldito,
esta desdicha prefiero.
Me hiere el dolor más fiero
y no lo querré por suerte,
que del amor los pesares
son anuncio de la muerte.

Y, pues es este el destino,

al mirarme en este apuro,
miro al ocaso seguro
y el horizonte mezquino.
Mi dolor es desatino,
y lo sabe quien lo advierte
que del amor los pesares
son anuncio de la muerte.

Y, dándome ya por muerto,

malherido y vagabundo,
un sentimiento profundo
hace mi pecho un desierto.
Es mi dolor, si despierto,
como el martirio más fuerte,
que del amor los pesares
son anuncio de la muerte.

Y, llorando esta tristeza

que sobre mí se derrama,
sueño el amor de una dama
que me muestra su aspereza.
La imagino, si bosteza
y su mirada me advierte,
que del amor los pesares
son anuncio de la muerte.

¿Y quién a su amor cantara

este penar doloroso
en el bosque rumoroso,
en la mañana más clara?
Y no sé que me depara,
si este dolor no convierte,
que del amor los pesares
son anuncio de la muerte.

3


Quiere verme el arroyuelo

entretenido en el llanto,
que de amores soy quebranto
y dolor de mi desvelo.
Nace la aurora en el cielo
con resplandores tan suaves,
y todo a mis penas graves
responde con su alegría,
que con tal melancolía
me miran dichosas aves.

Y, mientras la luz valiente

a sus balcones se asoma,
viene triste una paloma
a mi ventana inocente,
para encontrarme doliente,
para escuchar mis endechas,
ya que sufro por las flechas
de Cupido el insensato,
que, causando mi arrebato,
abre en mi pecho sus brechas.

Y, para más sufrimiento,

esta amada desdeñosa,
de tanto amor recelosa,
muestra su resentimiento.
Alma soy del desaliento,
que un mensajero me trajo
su mensaje con trabajo
y con bastante pesar,
pues que no me quiere amar
y desprecia mi agasajo.

Oh, crueldad de los desdenes,

si es que el desdén es crueldad,
porque es ella la maldad
si no es fuente de mis bienes.
Mientras tanto te entretienes,
alma, con estos dolores
que sufren con sus amores
los que al amor se declaran,
los que su culto acaparan,
los que sienten sus pavores.

Desvelado en mi tristeza,

ver pasar la madrugada
es ser un alma encerrada
con la más firme dureza,
que, preso en la fortaleza,
siento mi llanto encendido
en las aras de Cupido,
cuando, a matarme dispuesto,
de sus daños yo protesto,
aunque me siento vencido.

4


Pudo el Amor, con su flecha,

arrastrarme a su mandado,
que, tras haberme ganado,
con mayor crueldad acecha.
Con el desdén me desecha,
porque bien sabe cantar
que los amores primeros
son muy malos de olvidar.

Y, como quiso matarme,

para hacerlo, me dio vida,
y, como antorcha encendida,
vengo triste a lamentarme.
Que no basta querellarme
contra su vil atinar,
si los amores primeros
son tan malos de olvidar.

Y, pues quieren sus antojos

no sospechar los dolores
que producen los amores,
sabe cebar sus enojos.
Y es que le faltan los ojos
con que pueda adivinar
que los amores primeros
son muy malos de olvidar.

Por eso este ciego alado

parece tan inclemente,
que su veneno indecente
es amor envenenado.
Y, sintiéndome apagado,
vengo al fin a lamentar
que los amores primeros
son muy malos de olvidar.

En tiempo no muy lejano

dicen algunos que oyeron
los lamentos que dijeron
que era el amor soberano.
Y una mañana temprano
vino un romance a rezar
que los amores primeros
son muy malos de olvidar.

5


Será menester morir,

si es que la muerte se ofrece,
porque al tiempo que amanece,
voy dejando de sentir.
Y, aliviando mi sufrir,
muero de amores perdido,
dichoso, febril, herido
de esa flecha silenciosa
que se me clava, gozosa,
al verme triste y rendido.

Morir será menester,

si es lo que quiere la suerte,
porque consuela la muerte
un amor sin poder ser,
ya que, falto de placer,
llorará el enamorado
la humillación de su estado,
siendo la misma alborada
la dama que al ser amada
jamás hubiera aceptado.

Y, entre tanto yo me muero,

pido aquí la compasión
a la luz, a la pasión
que apaga el primer lucero,
ya que, nunca pendenciero
con los cielos se me ha visto,
y, pues al amor desisto,
conceder debe el favor
de matar en mí ese amor
por el cual ya no resisto.

El amor es mentiroso

y sabe encender la guerra,
ya que, pícaro, no yerra,
cuando dispara, gozoso,
y siente al noble quejoso
por el amor cortesano,
entre infeliz y profano,
deleitándose en la ruina
que lentamente maquina
como injusto soberano.

Alma de luz, claro día,

vena que el oro derrama,
eco del viento que brama,
palabra de nombradía,
esperanza de alegría
que no alcanzará mi mano,
vuelo de luz que lozano
muestra el mundo a los dichosos,
mientras otros, quejumbrosos,
lloran tu amor soberano.

6


Tras correr la madrugada

por los pórticos cerrados,
en los bosques apartados
se percibe una llamada.
Y, cercana la alborada,
en los rincones vecinos,
mezclan ecos peregrinos
el mochuelo y el amor.

Y, mientras se espera el día

y el color de la mañana,
es la noche soberana
en esta mansión sombría.
Que, al correr la brisa fría
sus misteriosos caminos,
mezclan ecos peregrinos
el mochuelo y el amor.

Y, hasta ver el sol despierto

tras las cimas de las sierras,
ganan las sombras las guerras
y es el paisaje un desierto.
Que, mientras el aire muerto
sueña suspiros mezquinos,
mezclan ecos peregrinos
el mochuelo y el amor.

Mas, de pronto, con bravura,

en la altura, mientras arde,
muestra el sol, con gran alarde,
el color de su figura.
Y, si valiente se apura
con colores coralinos,
mezclan ecos peregrinos
el mochuelo y el amor.

Y se vierte el oro viejo

de esa luz de puro brillo
desde el más alto castillo
donde se enciende bermejo.
Y, siendo todo reflejo
y destellos cristalinos,
mezclan ecos peregrinos
el mochuelo y el amor.

7


¡Quién dirá que yo, un guerrero,

un caballero valiente,
la flecha siento que, hiriente,
lanza un niño traicionero…!
Y, feliz, al mundo entero
quiero mostrar que me ufano,
que si es ese el soberano
al que he de servir, es justo
no servirlo con disgusto,
en este reino lejano.

Antes bien, con obediencia,

debo acaso reclinarme,
que, habiendo de resignarme,
hacerlo será prudencia.
Y lo pide la conciencia,
lo dicta el conocimiento,
porque dueño de mi aliento,
me da la felicidad
saber que amor, en verdad,
ha de ser ese sustento.

Por eso estoy jubiloso

y la mayor alegría
bulle en el alma vacía
que es anhelo de reposo.
Yo, que, guerrero enojoso,
fui tal servidor de Marte,
entregarme quiero al arte
del famoso trovador,
que en las aras del amor,
vengo, Cupido, a cantarte.

Y que me escuchen los prados

y los bosques y espesuras,
que tales son las locuras
de pechos enamorados.
Príncipes enajenados
si frente humildes inclinan
cuando acaso te imaginan
sobre todos como rey,
y es rigurosa esa ley
a que todos se destinan.

Por eso, mi ciego amor,

más valioso eres que el oro,
que es en mi pecho un tesoro
tu inconstancia y tu dolor.
Hazme, al matarme el favor,
ya que el espíritu quiere,
que, como la espada hiere,
pueda herir yo con un verso
al corazón que, perverso,
toma el mío mientras muere.

8


No lejos de los hayedos

y de las cumbres calladas,
donde las nieves reposan,
frenó su yegua alazana.
Buscó los viejos senderos
en las mansiones de escarcha
que tejió la brisa fría
con el beso de la helada.

Tomó el aliento sin vida

y la luz de la mañana
contempló en el horizonte
las luces claras del alba.
Y el sol le indicó el camino
al retirar con sus llamas
los hielos que quiso el aire
con el beso de la helada.

Tras un suspiro profundo,

pidió las alas prestadas
al viento por ir deprisa,
a las horas por frenarlas.
Y, con las alas del viento,
cruzando aquella comarca,
saludó el eco del río
con el beso de la helada.

Y se lanzó por la cuesta

como suele hacer el agua,
si desciende, bulliciosa,
al lanzarse en la cascada.
El aire lo hirió valiente
cuando, rozando su cara,
en ella estampó un cuchillo
con el beso de la helada.

No me detengan los cielos,

que, si vencida va el alma,
más puede el fuego en mi pecho
que el valor de la invernada.
Y, buscando los amores
donde el hielo se desata,
halló su valor coraje
ante el beso de la helada.

9


Sobre los altos castillos

que custodios son del cielo,
nace el alba, cuyo velo
teje con luces y brillos,
mientras colores sencillos
llenan el monte y el llano
con ese aliento temprano
que anunciando viene el día,
porque ya la brisa fría
trae su aliento soberano:

pronto arderá la mañana

sobre los valles callados
y los montes que, nevados,
sienten la brisa temprana.
Y mientras brilla lozana
la aurora, hallando la altura,
se hace verde la espesura,
coronando la belleza,
el color y la pureza
de esa llama que se apura.

La claridad de los ríos

toma en su raro reflejo
el claro brillo bermejo
en los grandes señoríos.
Arde la luz con más bríos
cuando la noche vencida
se retira a su guarida
de las luces temerosas,
porque las luces hermosas
tienen ya su bienvenida.

Y en idílicos lugares

cantan las aves del cielo
su temor, su desconsuelo,
dentro de los castañares.
Mientras, los bellos altares
adorna el amor hermoso,
pues el mundo jubiloso
nos deja buenas noticias,
que grandes son las albricias
de Cupido el poderoso.

Mi corazón se ha turbado

por tan alto sentimiento
que ya vuela con el viento
al lugar más apartado,
porque, en su brillo callado,
de la que nace el albor,
siento en mi pecho el dolor
de la mayor alegría
que se enciende con el día
como canción al amor.

10


Doliente siento que muere

el alma dentro del pecho,
que matarme con despecho
amor con saña prefiere:
si con sus flechas me hiere,
solo podré suspirar
que los amores primeros
no los pudiera alcanzar.

Y, como siento el veneno

dentro del alma callada,
desde la misma alborada
siento en el alma este cieno.
Y es que adorándolo peno,
ya que me sabe embaucar,
que los amores primeros
no los pudiera alcanzar.

¿Quién, mirándola, dijera

que, más clara que la helada,
luce en una llamarada
que el eco del día espera?
Y la callada ribera
se podría alborotar,
que los amores primeros
no los pudiera alcanzar.

Así yo, desamparado,

triste entre bosques y mares,
desespero en los azares
del amor a su mandado.
Y, como vivo apenado,
nunca dejo de gritar
que los amores primeros
no los pudiera alcanzar.

Pues, dejado de esperanza,

me resigno a este lamento
que, llevado por el viento,
altas mansiones alcanza.
Que lo quiere así la andanza
que me ve peregrinar,
que los amores primeros
no los pudiera alcanzar.

2012 © José Ramón Muñiz Álvarez

Todos los derechos reservados por el autor.


domingo, 20 de enero de 2013

Peña Furada de Candás (Asturias)


Arqueros del alba


Para María Dolores Menéndez López


Soneto I


            El viento helado que rozó el cabello,
llenándolo de escarcha y de blancura,
no osó matar su hechizo, su ternura,
sus luces, sus bellezas, su destello:
            Manchado de granizo fue más bello,
más puro que la nieve cuando, pura,
desciende de los cielos, de la altura,
tan diáfano que el sol luce en su cuello.
            Hiriéronla los años, la carrera,
el rápido correr hacia el vacío,
más no perdió la luz de su alegría.
            Sus risas, floración de primavera,
fluyeron como, rápida en el río,
el agua en su correr, helada y fría.

2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.





sábado, 19 de enero de 2013

No dijo la verdad aquella llama





       No dijo la verdad aquella llama
que vio la luz primera cuando el día
rompía en lo lejano, entre las sierras.
       También mintió el coral bajo los mares,
sabiendo que las luces y destellos
no pueden penetrar en esos reinos.
       Y no se pronunció el aire sagrado,
sabiendo que la brisa fatigada
acaso sospechaba lo ocurrido.
       Mas fueron viejos cómplices los mirlos,
los tiernos ruiseñores en los árboles,
el canto del cuclillo en la espesura.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

Allá donde se van los azulones




      Las tardes se hacen largas cuando nieva
y duermen, escondidas por las sombras,
las sierras en las horas de la noche.
      Las tardes se hacen largas cuando nieva
y el viento deja un eco de tristeza
al pronunciar sus llantos con su aliento.
      Las tardes se hacen largas cuando nieva
y mueren congelados los estanques
que fueron el hogar de tanta vida.
      Veréis partir al fin, con raudo vuelo,
al ánade que tiembla, al retirarse
allá donde se van los azulones.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

No digáis que el febril abandono


       No digáis que el febril abandono
en que quedan las tierras es triste,
pero acaso se deja al abismo
el recuerdo de aquellos momentos:
      el enero que llena de escarcha
las colinas y bosques del reino,
el silencio que gime a la noche,
sospechando las nuevas ventiscas,
      el dolor de los viejos espíritus
que imaginan las gentes del campo,
esos duendes que nadie conoce
y que pueblan las mentes de todos.


2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

   


Volaron las bandadas de estorninos


      Volaron las bandadas de estorninos
buscando aquella voz, cuando diciembre
dejaba otro suspiro entre las cumbres
      Las horas de nevada comenzaron
con esa ingenuidad llena de hechizos
que sabe cautivar con su blancura.
      El hielo se hizo hermoso en cada prado
negando los colores de las briznas
de hierba que esperaban otro marzo.
      Y luego los deshielos y los cauces
por donde corre el agua, que apurada,
persigue esas mansiones que no existen.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

El alba bostezaba





     El alba bostezaba,
mirando en lo lejano un horizonte
confuso como el beso de la bruma.
     Las luces que bordaron
castillos con reflejos encendidos
se vieron nuevamente en los arroyos.
     Los viejos castañares
supieron que el otoño se encendía
con brisas y granizos repentinos.
     Y el sol, como un anhelo
que se alza a las alturas suplicante
lloró el verano ausente en las regiones.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

Crepúsculo


         Mezquino fue el domingo que moría. Las horas detenidas, apagadas, dejaban en el aire su veneno de rancio olor, retazos de miseria. No lejos, la estación, donde los trenes solían arrancar a media tarde, buscando ese destino sin retorno. Las calles que la lluvia maltrataba, monótona, en lamentos y gemidos, dejó mayor tristeza en el ambiente. Se oyeron los ladridos de los perros. Sonaba en su concierto interminable, con cantos desolados que entonaba, con rara sobriedad, el aguacero. El mundo era ya gris, y sin la magia que dejan los colores encendidos,sintió el dolor, la pena, la fatiga.Mas ella, desde aquella balconada,supuso que era lógico ese acento que trajo su terrible fatalismo. Y el sol llegó por fin a su crepúsculo.


2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

El fin de la otoñada



         Nació lejana y triste la alborada. Los viejos castañares, los hayedos supieron de las lluvias repentinas que trajo aquel otoño despiadado. Crecieron los arroyos mortecinos que corren de las cumbres a los mares, dejando en el ambiente su lamento. Las hiedras dibujaron sus diseños anárquicos, trepando en los robledos que esconden a los cárabos dormidos.
         La luz voló a la altura con sigilo. El aire endemoniado iba rasgando los velos de las densas hojarascas, heridas por los pardos de la muerte. Aquello era una fiesta de colores, mostrando sus rojizos y dorados, los ocres mortecinos, melancólicos. Y, siempre juguetonas, las ardillas, haciendo los deberes, preparaban las horas prolongadas del invierno.
         Y, pronto, ardió, luciente el mediodía. Las nieves se admiraban en las cumbres, lejanas en las altas fortalezas que quiso más violentas la caliza. Las sierras, elevando sus puñales, querían alcanzar los nubarrones, oscuros como un mar ennegrecido. Aquella soledad forjada en hielo, romántica, decía sus palabras, abriendo su sentido a lo profundo.
         Y, al fin, vino la tarde, siempre triste. Las horas vespertinas, pegajosas, acaso son salmodias aburridas que ofrecen, con crueldad, sus apatías. Y no se escucha ya el reclamo amargo de cientos de estorninos que, de golpe, se fueron a lugares tan remotos. Parece que la muerte se ha instalado por reinos donde siempre los deshielos anuncian nuevas nieves y granizos.


2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.


viernes, 18 de enero de 2013

Sabores marinos




        La espuma de los mares se hace olvido. El puerto ve las tardes silenciosas que dejan un lamento en las entrañas del tiempo que camina lentamente. El sol avanza firme hacia su ocaso, calmado, malherido y sentencioso, sabiendo que la noche se aproxima. Los ocles que descansan en la arena se olvidan de las aguas y el salitre que vieron el origen de las algas.

        La espuma de los mares se hace olvido. La brisa llega suave y las estrellas crepitan en los cielos más oscuros que quieren abrazarse con la luna. Las lanchas sienten ese balanceo que quieren, cuando llegan de lo lejos, las olas que las mecen blandamente. Y vuelan las gaviotas despistadas que tornan a la costa, tras las horas de mares, de cantiles y horizontes.
        La espuma de los mares se hace olvido. Las brumas que los viejos marineros sintieron en su carne no se extinguen y vuelven a tomar reinos dormidos. Es alto el precipicio que, vehemente, admira en lo lejano un horizonte que funde sus abrazos con los cielos. ¡Qué bello es el destello de los faros que alumbran en los puertos de las costas que deja contemplar la orilla agreste!
        La espuma de los mares se hace olvido. Las islas que conocen a las aves nos hablan de petreles, cormoranes, charranes y otros pájaros diversos. No faltarán jamás viejos albatros que visten con gran gala esa librea que enseñan orgullosos y elegantes. Y el horizonte es canto entre los cantos, abriendo sus paisajes infinitos a sueños imposibles para el hombre.



2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.


martes, 8 de enero de 2013

Sonetos de Niederösterreich


I

        El mes abrió las puertas al granizo
que quiso dibujar valles nevados,
y, como los arroyos desbordados,
un mágico violín rizó su hechizo:
        un trémolo que raudo se deshizo,
susurro de los valles olvidados,
los montes pudo ver alborotados,
sospecha del enero primerizo.
        La música batió toda hermosura,
sabiendo que los valles del olvido
pudieron ser un halo de poesía.
        Y Schagerl el feliz violín apura,
sacando de su cuerda ese sonido
que enciende la más bella melodía.

II

        Los Alpes admiraron en la altura
las tierras más humildes, las colinas,
lugares que las brisas peregrinas
suponen junto al agua que murmura.
       Y nace de la fuente, siempre pura,
que a Mahler inspiró, si, cristalinas,
las aguas, con las músicas divinas,
discurren anunciando su dulzura.
       Querrá beber purezas el deshielo
cuando, llegada ya la primavera,
su aliento se haga canto perezoso.
       Podrá ser más azul el alto cielo
que ver la luz del sol acaso espera,
sin altas cumbres, lleno de reposo.

José Ramón Muñiz Álvarez
Todos los derechos reservados.

lunes, 7 de enero de 2013

LAS VOCES SILENCIOSAS DE OTRO ENERO


LAS VOCES SILENCIOSAS DE OTRO ENERO


PRIMERA

          Hoy Viena ha despertado melancólica, dejada a las penurias de un enero que espera nuevas nieves en la helada. No importa esa resaca que dejaron las horas de ajetreo y de los bailes que hicieron de la música un milagro. Y el eco de la lluvia en su descenso nos trae recuerdos mágicos de días que ven un sol radiante en las alturas. Es leve la caricia de la aurora que llega con tardanza descubriendo sus luces y dorados, sus grisallas. La luz del sol se filtra entre las nubes, queriendo penetrar en esos reinos que el hielo ganar pudo sin esfuerzo. No falta una batalla, pues es tiempo de noches y de inviernos que no ceden, sabiendo del silencio que ha vencido.


SEGUNDA


          Las tardes del invierno saben tristes, al ver, tras el cristal de la ventana, las nieves que descienden con paciencia. El viento corre rápido en la calle, callado y solitario, como el hombre que enciende el cigarrillo sin un rumbo. Y el ritmo del granizo repentino parece darle brillos apurados al lánguido concierto del asfalto. Pero antes del crepúsculo que incita al llanto y al dolor, con alegría, veréis el entusiasmo en los hogares: no todo es desolado en ese mundo que anegan furibundos temporales que hieren desde el este sin clemencia. La noche caerá pronto, y con la noche, Herr Schagerl ha dejado los ensayos, la vida repentina de los músicos.


TERCERA

          Qué fácil suponer que ya ha llegado, que, entrando por la puerta, su familia lo espera, sin paciencia, pues es hora. Hoy es nueve de enero y es preciso que Schagerl sea feliz y que disfrute, dejando atrás tensiones cotidianas. Él deja su violín, y, ya cansado, se sienta en el salón junto a la esposa, que esconde una sorpresa a su marido. Y, al ser nueve de enero, los recuerdos afloran de un lejano Niederösterrich que no está tan atrás, al fin y al cabo. Al fin llega el momento del descanso, pues Viena, con su vida tan urbana, pudiera confundirse a un torbellino. No faltarán las nieves esta noche, mas hay calor en casa, y el afecto de dos hijas hermosas que lo adoran.



CUARTA


          Ya es tiempo de los goces en familia.



QUINTA

          No importa si ha crecido alguna cana si el alma es la de un niño cuando toca y luce su talento el viejo Schagerl. No falta en él la gracia y la maestría que lo hace ser la luz de PhiliTango, y es parte de la insigne Filarmónica. Es Schagerl, además, muy tolerante, cortés, gentil, querido entre las gentes que saben apreciar su cortesía. El suyo es un espíritu que mezcla la magia de los valses del antaño y el jazz ruidoso de los nuevos tiempos. Es clásico y moderno, porque sabe que esconden la poesía en cada nota las musas que regalan bellas artes. No cabe duda, en fin, que su linaje procede de una raza, cuyo brillo se advierte en un destello, cuando mira.


José Ramón Muñiz Álvarez

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS