jueves, 11 de agosto de 2016

Lugares apartados




“MI ESPÍRITU SE LLENA DEL AROMA QUE VEMOS A LA VERA DE LA SENDA”
o “Lugares apartados, silenciosos, 
perdidos entre montes y
colinas”

por José Ramón Muñiz
Álvarez

(Poema prosístico)

Mi espíritu se llena del aroma que vemos a la vera de la senda después de caminar algunas horas por un paisaje lleno de hermosura. Quizás es que revive el alma joven en quien empieza ya sus años viejos, perdiéndose en los bosques de otras épocas, un tiempo en que era todo más hermoso.
Pues hay en ello un cierto bucolismo que llena de esperanza al que la pierde, viniendo a regalar, a los que sueñan, un halo de nostalgia bienvenida, pues, halo de nostalgia bienvenida que sabe bendecir, que nos ayuda, nos trae la juventud que ya vivimos, nos deja regresar a lo que somos.
Y somos voluntad de un tiempo hermoso que queda atrás, que muere en el pasado, que siente su dolor y que se extingue, porque lo hemos perdido para siempre. A veces, hay momentos de la vida que quiere uno guardar como un tesoro, que quiere uno guardar dentro del pecho, que quiere uno guardar en la memoria.
Hacer la caminata es regalarse, dichoso como nadie, a la nostalgia que cura las heridas del olvido que hiere con cuchillos afilados. Y es bello que, entre verdes castañares, regrese esa niñez que hicimos nuestra jugando por los campos y los prados, buscando entre las ramas las ardillas.
La gente solitaria siempre busca lugares apartados, silenciosos, perdidos entre montes y colinas que esconden la belleza de los pueblos. Hacer su caminata en el otoño los deja ver, acaso, los colores que brillan repentinos en las ramas que mueren entre pardos y rojizos.
Y, como un solitario, se me antoja, si sigo caminando a lo lejano, que todo ese universo es la metáfora de un porvenir fatal, sin esperanza. Y cruzo los caminos, que, a la tarde, se tornan melancólicos y tristes, bajo ese velo amargo del crepúsculo que enciende sus antorchas a lo lejos.
Y sigo las veredas que contemplan, a veces, las estrellas primerizas que asoman, con sus raros resplandores, al cielo que se llena con las sombras. Y miro ese paisaje que descubre los símbolos de afanes y de muerte que llora donde llora el horizonte que vierte sus colores encendidos.
Las llamas del ocaso nos advierten que quiere el devenir arrebatarnos, llevarnos a un lugar donde la helada congela las más hondas emociones. Si el cielo muere y muere cada prado, cada lugar sagrado, cada valle, si muere cada bosque ante el sendero, nosotros moriremos algún día.
Igual que los ocasos, sin embargo, la luz del alba es siempre una promesa, con labios encendidos, como un beso que siente la caricia de la brisa que corre los espacios, como un aire que vive en la ilusión de verse libre, soltando por los anchos horizontes corceles que se escapan a su antojo.
Las sombras de la noche suelen irse, perdida la batalla, porque el cielo se arriesga a contemplar las luces nuevas que encienden los castillos de la aurora. Y, al ver amanecer, uno comprende que es vida lo que ofrece ese momento de luz y de belleza que deshace los cercos que dejaron las heladas.
El alba es optimismo en el verano, cansancio en el otoño y los inviernos, sonrisa en primavera, si es que llega temprano y nos saluda con sus brillos. El suyo es un carácter tan amable como la espuma blanca de los mares que bañan las arenas de las playas en tardes de veranos calurosos.
Y, viendo que la noche se aproxima, recuerdo el alba clara y su belleza, los árboles de antaño, donde siempre jugaba con amigos en las fuentes. Las aguas cristalinas, los tritones, los negros renacuajos del estanque llenaron esas horas de inocencia que quiero rescatar del tiempo viejo.
Pero es tiempo de ocaso, y el otoño se instala entre nosotros con tristeza, dejando que sintamos desalientos que explican un destino inexorable. Quizás ese destino no nos guste, pues no es su rostro amable con el hombre que sigue por las sendas cuando casi la noche se avecina sobre el campo.
El sol que roza al tiempo el horizonte permite ver, al lado del camino, las densas telarañas del arbusto, y, en ellas, una clara certidumbre. Sabed que la fortuna es azarosa y existen mariposas atrapadas que esperan su final en esas redes que tejen, maldadosas, las arañas.
La muerte es un destino para todos, y es esa la razón para llenarse de vida, de niñez y de ilusiones que quieran devolvernos nuestro reino. Nosotros fuimos reyes cuando quiso la voz de la inocencia en el espíritu.
El tiempo y el espacio fueron feudos que hubimos de asaltar con nuestras tropas. Tal vez la certidumbre de la muerte nos hace más sensibles a la vida, nos fuerza, nos obliga a ser felices, pues este tiempo corre sin remedio y habremos de morir temprano o tarde.
Y, al ver la mariposa, condenada y unida a aquella red que, pegajosa, tenía prisionera a la criatura, sujeta a ese destino sin remedio, voló, con gran afán, la fantasía, buscando en ello un símbolo que explique la suerte del que vive, del que muere, si sufre y si se angustia con saberlo.
Y habló con voz solemne aquel ocaso: la llama se deshizo del crepúsculo, y, hablándome del sol, de su retorno, su muerte y nacimiento, cada noche (su nacimiento y muerte, cada día), me dijo que era el ciclo al que, sujeto, tenía que entregarse, ese destino que no puede evitar el que lo sabe.
Ocurre con la gente que ha nacido, también con los que corren por la vida, con esos que caminan los caminos del bosque viendo soles moribundos. Y ocurre con la gente que se muere, las gentes que se encuentran en el cerco donde la muerte aguarda y el otoño que quiere guarecidas las ardillas.
Hablamos demasiado de la vida, mas poco de la muerte, aunque la muerte nos es tan natural como la vida, nos es, como la vida, tan presente, que estamos condenados a sentirla y a entrar en sus umbrales cavernosos, que son, tal vez, lo nunca conocido, mostrando tal rigor que nos asusta.

2014 © José Ramón Muñiz Álvarez

No hay comentarios:

Publicar un comentario