José
Ramón Muñiz Álvarez
“EN
LOS OJOS DEL CULPABLE
LA
MENTIRA SE
DELATA”
(Romance
sobre un enfrentamiento
de
dos hermanos de sangre
enfrentados
por la
herencia)
http://jrma1987.blogspot.com
–Traidor
sois, que la mentira,
porque
siempre es afilada,
en
los ojos del culpable,
suele
ser que se delata.
–Traidor
vos, que no mi gente,
pues
se sabe que en mi casa
es
la lealtad lo supremo
y
la cosa más honrada.
–Sois
culpable, y lo repito
ante
estas gentes ancianas,
que
esperan vuestra sentencia,
porque
deben confirmarla.
–Lo
sois vos, y he de decirlo
ante
nuestra soberana,
que
sabrá llevar el caso
y
condenar al canalla.
Sacó
la espada don Carlos,
que,
al sacarla de la vaina,
el
miedo tomó a la gente
que
llenaba aquella sala.
Don
Suero sacó el acero,
y,
presuntuoso, las armas
mostró,
con gran osadía,
a
las gentes que allí estaban.
Los
unos con susto miran,
los
otros que se desmayan,
y,
en medio de aquel silencio,
el
cruzar de las espadas.
Y,
porque se oyeron voces,
el
duque vino a la estancia,
y
a su gente halló revuelta
y
a la prole alborotada.
–No
me he muerto todavía,
que
soy dueño de esta casa
para
juzgar a mis hijos
y
decidir qué hace falta.
Y
pues son los alborotos
los
que mis hijos levantan,
castigaré
su soberbia,
porque
faltan a mis canas.
Que,
si sigo estando vivo,
aunque
moribundo estaba,
por
las herencias se baten
en
la sala de mi casa.
Que
desheredados quedan
y
han de marchar de mi casa,
que
esta casa la mía
y
soy en ella quien manda.
2014
© José Ramón Muñiz Álvarez
José Ramón Muñiz Álvarez
“EL MILAGRO DE LA FUENTE” O
“EL BANDIDO DE LA
SIERRA”
(“Tristes lloraban las gentes,
sabiendo a todos
decirlo”)
http://jrma1987.blogspot.com
Tristes lloraban las gentes,
sabiendo a todos decirlo,
por las plazas y las calles,
por los valles y caminos.
Y era grande la desgracia
que los buenos peregrinos
publicaban en las fondas
donde se sirve el buen vino.
Y las gentes, con saberlo,
susurrando que es aviso
de los cielos y la altura,
se dejaban al olvido.
La muerte vino callada
y, corriendo el señorío,
a los mozos casaderos
quiso llevarse consigo.
Porque en las villas oyeron
lo que oyeron los vecinos
de los rincones pequeños
y los lugares perdidos.
Y por eso doña Sancha,
temiendo por aquel hijo,
quiso del pueblo sacarlo,
del reino sacarlo quiso:
–No ha de quedar en la tierra
muerto el pobre que está vivo,
si es que sabe partir lejos
y dar rienda a su destino.
No olvides que soy tu madre,
no olvides que eres mi hijo,
y, con besar mis mejillas,
parte con prisa al camino.
–Señora, al camino parto,
pero siento que un bandido
puede los cuartos quitarme,
si lo cojo de camino.
Que no falta un desalmado
que quiera meter un tiro
por la espalda al caminante,
si lo coge de camino.
–Tú no temas, porque siempre
ampara Dios al que quiso,
y no ha de dejarte solo,
si te coge en el camino.
–Señora, la mi señora,
madre de la que soy hijo,
que con tristeza me siento,
si he de salir al camino.
Sigue el mozo por el llano,
va por la senda del río,
y, siguiendo por la sierra,
parece que va perdido.
Y no son estas las sierras,
las tierras del señorío
en que abandona a su madre,
porque se queda sin hijo.
Y, pues es un buen muchacho,
se le escapa algún suspiro,
que en la orilla mira triste
las aguas que lleva el río.
Y, pues os echo de menos,
quiero llorar y decirlo,
y lamentar que me parto
y quejarme de que sigo.
Mas siempre mi pensamiento
querrá al viento por testigo
para que os diga, señora,
que no os daré yo al olvido.
El muchacho, estando en esto,
llegaba un desconocido,
hombre de rara mirada
y con el gesto torcido.
–No debieras, jovenzuelo,
adentrarte en este sitio
sin llevar a un compañero
que te ayude en el camino.
–Sabed, señor, que soy fuerte,
y no quiero yo el abrigo
de gentes desconocidas
que pasan por el camino.
–Hay bandidos en la zona,
y es mejor venir conmigo,
previniendo que te encuentren,
si te ven en el camino.
–No he de dejarme engañar
por quien con gesto mohíno
quiera robar lo que tengo,
si me coge en el camino.
–No tengas miedo, muchacho,
que es mejor venir conmigo,
que no faltan bandoleros
de la sierra en el camino.
–Temor no tengo ninguno,
que soy hombre decidido,
y lucharé con quien sea,
si me coge en el camino.
–Pues dame entonces la bolsa,
y muere, por ser mezquino,
si así me respondes, necio,
si te cojo en el camino.
Para quitarle el dinero,
todo el puñal le ha metido
por la espalda y hasta el pecho,
dejándolo malherido.
El mozo, que ve la muerte,
se sabe despavorido,
y, como fuentes, sus lágrimas
parecen hacerse río.
–No me digas, doña Sancha,
que no dije mi destino
cuando, al temer por mi vida,
vino a cogerme un bandido.
–No me digas tú, mozuelo,
que de Sancha eres el hijo,
pues fui amigo de tu padre
y padrino en tu bautizo.
El joven entregó el alma
con solo dar un suspiro,
que la muerte es bondadosa
con quien muere malherido.
El viejo, llorando triste,
quiso enterrarlo en el sitio,
y al cura trajo del pueblo
desde el que el muchacho vino.
Pues dicen que era hombre santo,
y que, sabiendo su oficio,
más milagros hizo en vida
que el mismo señor obispo.
Y, en el lugar donde yace,
porque perdonó al bandido,
nació un arroyo pequeño
que viene a morir al río.
2014 © José Ramón Muñiz Álvarez
“EL MILAGRO DE LA FUENTE” O
“EL BANDIDO DE LA
SIERRA”
(“Tristes lloraban las gentes,
sabiendo a todos
decirlo”)
http://jrma1987.blogspot.com
Tristes lloraban las gentes,
sabiendo a todos decirlo,
por las plazas y las calles,
por los valles y caminos.
Y era grande la desgracia
que los buenos peregrinos
publicaban en las fondas
donde se sirve el buen vino.
Y las gentes, con saberlo,
susurrando que es aviso
de los cielos y la altura,
se dejaban al olvido.
La muerte vino callada
y, corriendo el señorío,
a los mozos casaderos
quiso llevarse consigo.
Porque en las villas oyeron
lo que oyeron los vecinos
de los rincones pequeños
y los lugares perdidos.
Y por eso doña Sancha,
temiendo por aquel hijo,
quiso del pueblo sacarlo,
del reino sacarlo quiso:
–No ha de quedar en la tierra
muerto el pobre que está vivo,
si es que sabe partir lejos
y dar rienda a su destino.
No olvides que soy tu madre,
no olvides que eres mi hijo,
y, con besar mis mejillas,
parte con prisa al camino.
–Señora, al camino parto,
pero siento que un bandido
puede los cuartos quitarme,
si lo cojo de camino.
Que no falta un desalmado
que quiera meter un tiro
por la espalda al caminante,
si lo coge de camino.
–Tú no temas, porque siempre
ampara Dios al que quiso,
y no ha de dejarte solo,
si te coge en el camino.
–Señora, la mi señora,
madre de la que soy hijo,
que con tristeza me siento,
si he de salir al camino.
Sigue el mozo por el llano,
va por la senda del río,
y, siguiendo por la sierra,
parece que va perdido.
Y no son estas las sierras,
las tierras del señorío
en que abandona a su madre,
porque se queda sin hijo.
Y, pues es un buen muchacho,
se le escapa algún suspiro,
que en la orilla mira triste
las aguas que lleva el río.
Y, pues os echo de menos,
quiero llorar y decirlo,
y lamentar que me parto
y quejarme de que sigo.
Mas siempre mi pensamiento
querrá al viento por testigo
para que os diga, señora,
que no os daré yo al olvido.
El muchacho, estando en esto,
llegaba un desconocido,
hombre de rara mirada
y con el gesto torcido.
–No debieras, jovenzuelo,
adentrarte en este sitio
sin llevar a un compañero
que te ayude en el camino.
–Sabed, señor, que soy fuerte,
y no quiero yo el abrigo
de gentes desconocidas
que pasan por el camino.
–Hay bandidos en la zona,
y es mejor venir conmigo,
previniendo que te encuentren,
si te ven en el camino.
–No he de dejarme engañar
por quien con gesto mohíno
quiera robar lo que tengo,
si me coge en el camino.
–No tengas miedo, muchacho,
que es mejor venir conmigo,
que no faltan bandoleros
de la sierra en el camino.
–Temor no tengo ninguno,
que soy hombre decidido,
y lucharé con quien sea,
si me coge en el camino.
–Pues dame entonces la bolsa,
y muere, por ser mezquino,
si así me respondes, necio,
si te cojo en el camino.
Para quitarle el dinero,
todo el puñal le ha metido
por la espalda y hasta el pecho,
dejándolo malherido.
El mozo, que ve la muerte,
se sabe despavorido,
y, como fuentes, sus lágrimas
parecen hacerse río.
–No me digas, doña Sancha,
que no dije mi destino
cuando, al temer por mi vida,
vino a cogerme un bandido.
–No me digas tú, mozuelo,
que de Sancha eres el hijo,
pues fui amigo de tu padre
y padrino en tu bautizo.
El joven entregó el alma
con solo dar un suspiro,
que la muerte es bondadosa
con quien muere malherido.
El viejo, llorando triste,
quiso enterrarlo en el sitio,
y al cura trajo del pueblo
desde el que el muchacho vino.
Pues dicen que era hombre santo,
y que, sabiendo su oficio,
más milagros hizo en vida
que el mismo señor obispo.
Y, en el lugar donde yace,
porque perdonó al bandido,
nació un arroyo pequeño
que viene a morir al río.
2014 © José Ramón Muñiz Álvarez
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